martes, agosto 07, 2007

Por calentura

Las urbes son objeto de cualquier tipo de alabanzas y denuestos. Hay quienes viven enamorados de sus “modernidades” y los hay que las padecen añorando bucólicos paisajes. Sea como fuere, las urbes regalan historias dignas de conservarse en la memoria porque en ellas se anudan las numerosas contradicciones de toda urbe. Ésta es una de esas.

Todo comenzó con la calentura propia de dos adolescentes. Y cuando digo propia no me refiero al inevitable privilegio de la hormona durante ese lapso de la vida, sino a otra circunstancia que la acompaña: la falta de recursos económicos para cobijarse en un hotel, por un lado, y por otro, la pena que ello implica, particularmente en la ciudad de México, sobre todo desde que en los puestos ambulantes del Eje Central o Tepito es posible encontrar, por módico precio, clandestinas filmaciones caseras en los hoteles pasionales de Tlalpan, la colonia Doctores, Sullivan y otros más que fungen de niditos sexuales.

Estos adolescentes, sin ganas de ser filmados, sin dinero, y con la pena inmemorial de una cultura católica que condena cualquier acercamiento sexual antes del matrimonio, pero con enormes ganas de gozarse el uno al otro, decidieron inundar con su pasión la fría noche del Parque de los Venados. Las bancas, las veredas, los caminos, recibían con singular alegría la temperatura de sus besos y caricias. Todo era idílico, una maravilla, hasta que llegó una de las realidades citadinas justo para golpear en ese hermoso sueño urbano. Los adolescentes no atinaban qué hacer cuando una voz pastosa les exigió dinero, celulares, y “esa guitarrita” que la chica traía como testimonio de su profesión.

La “guitarrita”, como había llamado el asaltante al instrumento que presumía estaba guardado en un estuche pequeño de curvas similares a las de la chica, no era tal cosa, sino un violín, y probablemente de los más caros que se fabrican en este país. El monto de la “guitarrita” alcanzaba los 40 mil pesos, que tímidas y calenturientas manos de chica desquitaban con gran destreza. Ambos adolescentes estaban convencidos de darlo todo, el dinero, los celulares, incluso la honra de ambos, pero nada más de imaginar el robo de tan delicado instrumento, el estómago se les revolvía con violencia. Por desgracia, no hubo nada que hacer. El asaltante se perdió en la oscuridad con un par de billetes, dos celulares de tarjeta, y la “guitarrita” en cuestión.

Al llegar a casa de su tía, la adolescente recibió una retahíla de reclamos precisamente por andar de calenturienta en un parque, cuya consecuencia había sido tan costosa. Todos los familiares recibieron la consabida llamada que les informó de lo sucedido, previa limpia de la “parte indecorosa” del anécdota. El tío, de dudosa reputación, diestro en los vericuetos de la delincuencia de esta ciudad, inmediatamente llamó al celular de la sobrina para recibir la respuesta de una voz aún pastosa. Tras amable plática que sirvió al tío para evaluar que se hallaba ante un asaltante de poca monta, ofreció a cambio de la “guitarrita” la fabulosa cantidad de 600 pesos. Al otro lado de la línea, la voz pastosa se alegró de la cantidad que habría de recibir e inmediatamente acordó con el tío un punto de entrega.

Ante una situación de desgracia, la familia opera como una nube protectora. Pero en una urbe esta nube se revela como lo que es: humo cuya sombra se evapora con facilidad, particularmente en hogares rotos, cuando la comunicación no es precisamente una virtud. El padre de la adolescente, al enterarse del robo, tuvo exactamente la misma idea que el tío: llamó al celular de la hija y ofreció a la voz pastosa la extraordinaria suma de dos mil pesos. El asaltante, que sin duda era vicioso pero no pendejo, sospechó que se trataba de una trampa o bien que la “guitarrita” valía mucho más de lo que le ofrecían. Sobra decir que no se presentó a la cita ni con el tío ni con el padre. Mientras tanto, a regañadientes y con la resignación de quien no tuvo éxito ante los ojos de su hija, la fallida figura del héroe, el padre, decidió ir a levantar un acta en el tormentoso Ministerio Público de esta ciudad.

Para la adolescente la experiencia fue traumática. En su inconsciente rápidamente se generaba una asociación peligrosa: calentura igual a peligro, pena-robo, culpabilidad en todos los sentidos. Pero el azar, que en cualquier urbe es diosa suprema, vino a restituirle la estima y a liberarla de la culpa por la misma vía que todo había empezado: la calentura.

Aun con su dimensión inasible, la ciudad de México conserva el rastro y la traza de lo que una vez fue una ciudad pequeña. En su primer cuadro los comerciantes se organizan según su especialidad. En una sola calle se concentran las casas de artículos musicales. La comunidad musical no es numerosa en semejante urbe y todos acuden a las mismas tiendas a comprar lo que necesitan.

Tiempo después de aquel robo, a sugerencia de un colega, el padre de la adolescente decidió acudir a una tienda musical en la que la dependiente era una belleza digna de ser conquistada, estrujada, recorrida palmo a palmo en sus curvas. Es difícil saber si lo que imperó en aquel día en particular fue la necesidad musical o la necesidad hormonal que exige sacudirse la soledad de la cama. El padre se paseaba por toda la tienda, con un ojo en los instrumentos y otro en las curvas de la que caminaba tras el mostrador. Eligió una pregunta trivial, de esas de: ¿me puede mostrar esas cuerdas de tripa de gato por favor, que me han dicho que son maravillosas para los violines?, cuando escuchó precisamente el dulce sonido de un violín.

Dicen los que saben que el “sonido” de un instrumento cualquiera es como una huella digital: infalsificable. El padre de la adolescente, músico al fin, reconoció de inmediato el instrumento hurtado a su hija. Cuidadosamente solicitó a la dependiente que le mostrara el violín que alguien probaba en un lugar incierto de la bodega. La dependiente, esperanzada en vender a un precio extraordinariamente elevado aquel violín que recién había adquirido por cinco mil pesos, se lo llevó. Al mostrárselo, con hábil palabra, de conocedora de música, dijo al padre de la adolescente todas las virtudes de aquel violín, a lo que el padre respondió: “sí, lo sé, yo mismo se lo compré a mi hija y recién se lo robaron. Este es el violín de mi hija, devuélvemelo”. La dependiente, sorprendida, hizo sonar alguna alarma silenciosa a la que inmediatamente respondió con su presencia lo que habría de ser su empleado pero que parecía guarura. Tras una larga discusión la dependienta se negó a regresar el violín. Como remota posibilidad, exigió el monto de su inversión para devolver aquel instrumento.

El padre de la adolescente, probablemente meditando en la extraordinaria posibilidad de volver a ser un héroe ante su hija, no transigió. Salió de la tienda con la manida frase de todo héroe que pretende regresar por sus fueros: “¡volveré y se arrepentirán!”. Y efectivamente, volvió horas más tarde con la factura del violín y el acta de robo levantada en el Ministerio Público semanas antes, y con un par de judiciales acompañándolo. Al mostrar la factura y el acta, la dependiente se empecinó en su dicho de que el violín que no era robado y que no estaba dispuesta a devolver nada. Tal vez apostaba a la infalibilidad de su belleza. Por desgracia, ese día en particular, los judiciales estaban dispuestos a cumplir con su deber y sin pestañear se la llevaron al Ministerio Público.

Allí, en esas oficinas ominosas, sucedió lo increíble: dado que el monto estipulado en la factura del violín pasaba con creces la cantidad de 5 mil pesos, el juez decidió que la dependiente, por vender cosas robadas, había de ir a parar a la cárcel sin derecho a fianza. El padre de la hija tuvo entonces un triunfo amargo: llegó a la casa en que su hija vivía con violín en mano, lo cual fue motivo de alegría indecible para todos, pero dejó a la comunidad musical masculina sin el trofeo a conquistar en lance medieval. De la misma forma, el asaltante real, el de la voz pastosa, quedó libre de culpa pues desapareció en las dimensiones inasibles de la ciudad de México. El padre siguió en la soledad de su cama, y la hija, sin dinero y con la misma vergüenza para entrar a un hotel, recuperó su estima y ganó algo más: la prudencia. Ahora se la ve dando calor en ese y otros parques pero ya sin “guitarrita” ni celulares ni dinero. Como dice quien me contó esta historia: todo por calientes. Ni qué decir, así también se mueve el mundo: por calentura.

Isaac García Venegas.
Texto original del blog: con los pies en el fango. Febrero 2007

domingo, agosto 05, 2007

Para ti, José Cruz

La vida es la bronca, dices, y uno asiente sintiendo todas las cicatrices del cuerpo, del alma, de la mirada. Pero tú bien sabes el secreto: con música la bronca se sublima y deja de ser solo padecimiento; se vuelve habitable, quiero decir, vivible. Invitándonos a tu nave de blues nos has hecho comprenderlo. Por eso, de la nostalgia a la alegría del momento irrepetible, del encuentro amoroso que naufraga en la piel al desencuentro tortuoso que navega en el alcohol, tu música, tus arreglos, tus composiciones, tus letras, nos han salvado con la bendición de fuego propia de letra y música que de alma negra llega por barcos y trenes, esclavitud y exploración, ansiedad de libertad y necesidad de amor.

No sé, José, de música y poco de palabras. Sin embargo, te veo y te escucho, y me digo que esta bronca letal que te invade es también tu decisión de volverte completamente música. Veo tu cuerpo hecho de notas ondulantes que asidas del aire se dispersan, tocando cada poro de piel que te escucha. Eres voz, eres palabra, eres compás y ritmo, eres estado de ánimo, eres parte de aquella nota más alta que buscaba la luna como realización. Si la vida es la bronca, la tuya es hoy poesía y ganas de vida, es amor y desamor, encuentros y desencuentros. ¿Hay alguna respuesta más serena para la eterna pregunta de qué es la vida?

Así es José: hay quien da a tu bronca el nombre de una enfermedad; yo, que soy incapaz de hacerlo, la miento como música vuelto cuerpo. Eso eres José: la nota precisa que ya alcanzó eternidad.

Isaac García Venegas
Ciudad de México
5 de agosto de 2007

martes, julio 24, 2007

Majestuosidad


Ir al correo y encontrarse un toro de lidia vigilando la entrada. Por este inesperado encuentro, ser consciente de su majestuosidad. Hallar en su pétrea mirada la bravura de la que abusan valientes bípedos. Tener ganas, entonces, de disculparse por tanta sangre, por tanto abuso, por convertirlo en adorno de ruedo vociferante. Hincarse para reconocer un lejano pariente de minotauro y observar en las sombras que le bañan la constelación de sagitario en los cielos terrestres. Añorar el laberinto y dudar de la heroicidad de Teseo. Desear por un momento ser toro de lidia para mirar este mundo antropocéntrico, esta desviación de la naturaleza. Ser presa del solo instinto sin darle razones. Regresar a la realidad y percatarse que aquí esta naturaleza está acorralada por paralelográmicos pensamientos. Razón instrumental que nos degrada. Mirar en derredor para topar de frente con el desierto. Hasta que una sonrisa conocida rompe el hechizo de este viaje sin sentido.

Isaac García Venegas

lunes, julio 02, 2007

Hipótesis

En ese ejercicio tan común y hasta cierto punto banal de hacer comparaciones y hallar diferencias, propongo la siguiente hipótesis de trabajo que habré de desarrollar con el tiempo:

A. México y América Latina vivimos teatralizando: jugamos un juego de gestualidad que sublima las contradicciones.

B. Estados Unidos vive en la más plena artificialidad: creen haber anulado las contradicciones con el artificio del gadget, cuya primera fuente es el orden en lo exterior, la represión y el miedo en el interior.

jueves, junio 07, 2007

Basura

“Somos basura” dice la madre de una de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Es decir, la mujer despojada de su humanidad, objeto desechable que está allí para “adquirirse” y “usarse” sin mayor trascendencia que la satisfacción del goloso. Así, la mujer-objeto ha sufrido una mutación: se ha vuelto provisional, con fecha de caducidad inserta en la satisfacción de un deseo. Se le tira porque una vez cumplido su “papel” de satisfacción se impone otra exigencia: “la novedad”. En este nuevo derrotero, el amor se torna ya en vieja usanza para los que no saben vivir con las exigencias de lo nuevo. La estabilidad no está en la compañía, sino en la superlativa individualidad que halla su identificación en el desenfrenado goce de la acumulación desechable.

Precisamente por lo anterior, resulta absurdo ver lo que ocurre en Juárez como una “excepción”, como una “locura”, como una simple “saña” que cometen pervertidos y anormales. Se trata de la desnuda y brutal lógica de un “sistema” que ha eliminado todas las fronteras entre lo humano y la mercancía, que desde el poder del dinero (vieja fórmula: D-M-D) asimila lo “humano” a la “naturaleza”, y por tanto, lo encuentra como objeto a ser explotado y usado en beneficio propio, como se ha hecho desde hace cinco siglos. Lo que sucede en Juárez no es una “rareza”, por el contrario, es el desenlace lógico de un sistema cuyo éxito es haberlo mercantilizado prácticamente todo, incluido el cuerpo humano.

En este sentido, lo que sucede en Juárez es la expresión de una lógica que se manifiesta brutalmente en todos los espacios posibles: la venta de órganos, no ya por unos que les extraen a otros sus perlas vitales, sino por los mismos individuos que deciden vender un riñón, una córnea, sangre o médula espinal; la persecución y asesinato de homosexuales y transexuales; la ejecución y desmenuzamiento corporal de narcotraficantes y camellos; las relaciones sociales que se circunscriben a ser meros “contactos” estilo “chat” en el mundo; los noviazgos y el sexo cibernético… Es aquí, en este enorme proceso mercantil, de “desechamiento” y “novedad”, de “provisionalidad” de las objetos, que lo de Juárez adquiere su verdadera dimensión.

Por supuesto, la aplicación de la justicia es necesaria y urgente. No hay acción que sobre en este sentido. Pero tan exigente como ello es la urgencia de cambiar este sistema. Aun la justicia hecha en este mundo de mercancías es, simplemente, una mercancía más.

miércoles, mayo 30, 2007

Parafraseando

Leo a Harold Bloom. Me pierdo en sus eruditas elucubraciones. Sólo se me ocurre hacer algo parecido a una paráfrasis, de muy mala factura por cierto:

Vida: don que mengua; dejemos como única herencia el regocijo de no pretender atrapar vientos.

sábado, marzo 10, 2007

Los impresentables

Desde las alturas cualquier inferioridad resulta impresentable. Desde el poder lo único presentable son las “nubes celestiales” de su propio autoelogio, mientras que los márgenes y las inferioridades son siempre los infiernos que, por definición, le son impresentables. Desde el privilegio únicamente su propia realidad es presentable. Y los privilegios no son exclusivos de las derechas; también, por desgracia, existen entre las que se autodefinen “izquierdas”.

Impresentable fue la “chusma” que hizo la independencia, que luchó contra las invasiones extranjeras, que vertió su sangre en la revolución. Impresentables también fueron los jóvenes que se opusieron a la “dictadura perfecta” y que por eso padecieron el fuego, la sangre y la represión. Impresentables para la irracional opresión masculina son las mujeres que se niegan a cumplir su “histórico papel” de sumisión y de objeto sexual. Impresentables para los burgueses son los obreros y campesinos. Siempre impresentables para los ricos son los pobres. Impresentable para la “alta cultura” es la “cultura popular”.

Pero son esos impresentables los que le dan sentido a este país, los que alimentan las elucubraciones sofisticadas de la “alta cultura”, los que generan el plusvalor que permite a unos cuantos vivir parasitariamente en nuestro país y en el mundo. Esos impresentables son los que hoy ya no parecen estar de acuerdo con la “normalidad del silencio”, con el rezo de que unos cuantos saben mejor que ellos lo que merecen y les conviene, con la “tranquila idea” de delegar en esos pocos lo que su propio andar marca como horizonte.

A nadie debe asustar que sean ellos, los impresentables, los que hoy irrumpen en el escenario nacional y citadino para decir sus verdades y para gobernarse a sí mismos. Lo que horroriza es que entre los que se dicen de “izquierda” haya quien utilice este epíteto para descalificar a los que han demostrado con creces que el Faro de Oriente no depende ni de títulos ni de apellidos ni del abolengo del que supone ser presentable.

Los impresentables están del lado de las mejores causas, del lado izquierdo. Felicitémonos porque el Faro de Oriente continúa del lado que vale la pena.





Texto en apoyo al nombramiento de Agustín Estrada como director del Faro de Oriente

lunes, marzo 05, 2007

Vuelta de siglo: luminoso y esperanzador

Desde que comencé a leer libros, hace ya bastantes años, me inventé un juego que pronto se convirtió en costumbre: al concluir la lectura de un libro, debía yo de pensar espontáneamente en una o dos palabras que en su inmediatez permanecieran indefectiblemente ancladas al libro en cuestión. El juego pronto reveló las limitaciones propias de mi lenguaje, que obviamente con el tiempo he ampliado. Este juego, inocente y trivial, ya forma parte cotidiana de mi forma de leer.

Si confieso lo anterior es para señalar que al terminar de leer el libro que hoy nos convoca, Vuelta de siglo, de Bolívar Echeverría, vinieron a mi cabeza dos palabras: luminoso y esperanzador. Lo que a continuación diré tiene que ver precisamente con algunas de las razones y motivos por los que el conjunto de ensayos que lo conforman me parecieron lo uno y lo otro.

Cuando yo entré a estudiar a esta facultad, allá por 1991, el “mundo socialista” daba sus últimas patadas de ahogado. Recuerdo que en las charlas de bienvenida, muchos de mis compañeros estaban convencidos de su vocación para la historia contemporánea. Sin embargo, conforme el “socialismo realmente existente” se desmoronaba, a la mayoría le bastó un semestre para cambiar sus intereses: el que no se dedicó a asuntos prehispánicos se fue a historia del arte; algunos más decidieron asentarse en el siglo XIX, y muy pocos permanecieron con preocupaciones contemporáneas. Este cambio súbito de interés me llamó mucho la atención.

En ese entonces sospeché que en realidad lo que sucedía es que estábamos frente a la “carencia” o “insuficiencia” de elementos con los cuales analizar la realidad que se nos presentaba cotidianamente. En nuestro caso, como estudiantes, atribuía la situación a la ignorancia que nos caracterizaba, pero la explicación perdía su validez al considerar a nuestros maestros, muchos de los cuales, antes aguerridos comunistas, ahora reculaban de sus anteriores convicciones, y muy probablemente echaban al cesto de la basura sus libros de Marx, que por cierto, se acumulaban en las librerías de viejo formando alteros enormes.

Esta misma sensación de carencia, o si se prefiere, de orfandad, me asaltó cuando la aparición del EZLN, el surgimiento de los movimientos antisistémicos, y particularmente con la larga huelga que vivimos en nuestra universidad en 1999. Pensaba que de manera generalizada aún no teníamos elementos con los que analizar la realidad, salvo honrosas excepciones, como el caso de Bolívar Echeverría, en cuyo seminario, que durante tres años tuvimos de manera ininterrumpida (1994-1997) y posteriormente de manera intermitente, abordábamos el análisis de estos procesos desde la perspectiva del cuádruple ethos de la modernidad. Allí, invitados al “mirador” que Bolívar Echeverría había pacientemente elaborado sin abandonar la perspectiva de Marx, nos hicimos de un modo de ver que nos ayudó a comprender y explicar esta nueva realidad que se presentaba ante nuestros ojos.

Ahora, la relectura conjunta de estos ensayos contenidos en Vuelta de siglo, me confirman, una vez más, lo atinado y luminoso (por la claridad que proporciona), de lo que sucedió en aquellos años de nuestro seminario. A lo largo de estas páginas encontramos una mirada nítida que efectivamente cumple con su propia aspiración: el “desciframiento del sentido enigmático que presentan los datos más relevantes de esta vuelta de siglo”.

En primer lugar, Bolívar Echeverría nos dice que en esta vuelta de siglo nos encontramos ante un nuevo sistema civilizatorio que puede ser identificado por diversos fenómenos relacionados directamente con la actividad del autor y con la actividad de instituciones como la UNAM. Me refiero a la “pérdida de hegemonía de la alta cultura” y de su personaje más singular, el homo legens, al que Bolívar Echeverría define como “el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura”.

El autor, con toda razón, afirma que lo que se tambalea, que lo que está en cuestión, no es el libro y la lectura, sino “el uso tradicional, canonizador y jerarquizante de los libros y la lectura; un uso que ha servido durante tantos siglos a la reproducción del orden y la jerarquía imperantes en la sociedad de la modernidad capitalista”. En lo personal creo que precisamente a esto se debió en gran medida aquella sensación de desamparo a la que hice referencia al principio. Lo que hoy Bolívar Echeverría tematiza como un signo de cambio civilizatorio, lo hubimos de padecer primero como perplejidad.

Lo interesante es que el autor no se abandonó a la parálisis, que es uno de los caminos a los que conduce la perplejidad. Reactualizando una serie de principios teórico filosóficos provenientes de Marx y la teoría crítica, y sobre todo, reivindicando un modo y una manera hispana, latinoamericana y mexicana de hacer “filosofía sin más”, construyó un mirador desde el cual observar este tránsito civilizatorio. Desde allí, Bolívar Echeverría da cuenta de dos fenómenos que también marcan nítidamente este nuevo comienzo civilizatorio.

Por un lado, el autor señala que la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo está llevando a cabo una actualización religiosa de lo político, que va precisamente en contra de uno de los principios más caros de la modernidad: la secularización del mundo, su “desencantamiento”. En realidad, nos dice Bolívar Echeverría, no es que Dios haya muerto, sino que solamente cambió su sustentación: “Confiar en la ‘mano oculta del mercado’ como la conductora última de la vida social implica creer en un dios, en una entidad metapolítica, ajena a la autarquía y la autonomía de los seres humanos, que detenta sin embargo la capacidad de instaurar para ellos una sociedad política, de darle a ésta una forma y de guiarla por la historia”. En esta vuelta de siglo lo que vivimos es una religión profana, fundada en el fetichismo de la mercancía: vivimos, dice el autor, el reencantamiento frío o económico del mundo.

Por otro lado, en este pseudoateísmo de la modernidad capitalista en la vuelta de siglo, lo que prevalece, lo que impera sin cortapisa alguna, es una violencia destructiva que carece del núcleo creativo de la violencia dialéctica o trascendente por la que la humanidad había transitado durante siglos. Se trata, fundamentalmente, de una violencia de las cosas mismas. Afirma Bolívar Echeverría:

"La violencia moderna no actúa sobre el individuo singular sólo desde fuera de él, desde los otros individuos singulares o desde la comunidad –como sucede en condiciones no modernas– sino que lo hace sobre todo desde dentro de él mismo, en tanto que es un propietario de mercancía que ha interiorizado en su ethos el impulso productivista del capital, dirigido a someter todo brote de ‘forma natural’ que aparezca en el mundo. Esta perversión de su empleo, que junta en uno a la víctima y al verdugo, es lo que marca la especificidad de la violencia moderna".

Una violencia que si bien durante el proceso en el que la técnica no había alcanzado los niveles de desarrollo actuales, se monopolizaba y era ejercida por los estados nacionales, hoy que pasa precisamente lo contrario, aparece un “nación posnacional” que la ejerce de manera brutal sin importarle que monte un caballo con destino cierto en la barbarie, que es una “región aparte –-dice el autor-–, no en la geografía, sino en la topografía del sistema de las necesidades de consumo, destinada a los seres ‘civilizados’ o propiamente ‘humanos’, cuyo costoso mantenimiento sólo puede sufragarse mediante la creación de un entorno relativamente miserable, destinado a seres marginales, a los que se les regatea la adjudicación plena de la categoría de humanos o civilizados”. Es decir, el “nuevo hombre” de esta nueva región se identifica por el “nivel mínimo de lo humano occidental”.

Por más desolador que sea el panorama, los textos de Bolívar Echeverría son luminosos porque a mi juicio colocan en su justa dimensión la situación actual de la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo. Pero al mismo tiempo, en todos los ensayos que conforman su libro, hay un cierto discurso esperanzador que consiste en detectar los caminos posibles por los que se va configurando una resistencia y una rebeldía a esta modernidad capitalista que quisiese desaparecida cualquier discrepancia.

Así, mientras otros lamentan la pérdida de hegemonía de la alta cultura y del los usos canónicos y jerarquizantes del libro y la lectura, Bolívar Echeverría encuentra las posibilidades de una “relectura creativa y democrática de la herencia cultural”. Una herencia cultural que necesariamente ha de pasar por una actualización secular de lo político, un verdadero desencantamiento del mundo que traslade el acento de las cosas a los sujetos autónomos que son los seres humanos, que libere de su enajenación la esencia del ser humano que no es otra cosa que su politización. Afirma Bolívar: “la secularización […] [habría que verla] como un movimiento de resistencia o una lucha permanente contra la tendencia ‘natural’ o arcaizante a actualizar lo político por la vía de la religión; contra una tendencia que debió haber desaparecido con la abundancia y la emancipación”.

Y no sólo: esta herencia cultural de relectura creativa, horizontal y democrática habrá de encontrar en la diversidad y la diferencia de los sujetos lo que la homogeneidad neoliberal niega. En este sentido, resulta esperanzadora la “lectura” que de América Latina hace el autor, puesto que en su “tendencia a la defensa y al cultivo de la pluralidad identitaria en contra y dentro de la unidad” hay un pozo enriquecedor desde el cual extraer experiencias para alimentar esta resistencia. Experiencias cuyo arsenal es infinito si se consideran las estrategias barrocas que una y otra vez aparecen en América Latina y que al parecer definen hoy el tipo de resistencia difusa, inasible, no identificable en un sujeto colectivo concreto, que se está confrontando a la modernidad capitalista. Dice nuestro autor:

"La reticencia por parte del protosujeto, que trabaja anónimamente en contra de la modernidad capitalista, a constituirse en sujeto, proviene sobre todo del respeto que le tiene a su propia diversidad, es decir, de la aceptación militante de un hecho ahora innegable –después de la ilusión moderna de la uniformidad–: la dispersión de los significantes que prevalece como momento esencial de esa resistencia social. Se basa en el reconocimiento positivo de la intraductibilidad del significado de cada una de esas resistencias, no obstante la comunidad secreta de su sentido".

¿Qué otro lugar más propicio para este protosujeto que América Latina, cuya modernidad capitalista parece siempre enrevesada, deforme, incompleta, en ciernes, en vías de desarrollarse?, ¿qué otra cuna mejor que esta América Latina, cuya peculiaridad proviene de la conjunción de diversas estrategias de mestizaje y la presencia simultánea de distintos tipos de modernidad?, ¿qué otro mensaje más esperanzador que este que nos dice que en nuestro modo de ser existe un potencial enorme para oponerse y resistir a la devastación de la modernidad capitalista?

Sin embargo, y con esto termino, no hay que llamarse a error. En modo alguno Bolívar Echeverría esté proponiendo la vida barroca como alternativa a la modernidad capitalista. En el ethos barroco Bolívar Echeverría encontró un modo de vivir dentro del capitalismo. Sus estrategias, en tanto modernas y distintas a las del ethos realista, pueden resultar útiles para algo más que vivir dentro del capitalismo. Se trata de construir un mundo de la vida distinto, un mundo comunista. Concluyo con las palabras del mismo Bolívar: “El comunismo es el movimiento social y político moderno que pretende sustituir, si es indispensable por vías violentas, el orden establecido (orden basado en una exploración y una injusticia carentes de las justificaciones premodernas) por otro diferente, en el que la realización plena de cada individuo sea la condición de la realización plena de la comunidad en su conjunto”.



Texto que sirvió de presentación al libro de Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 22 de febrero de 2007

lunes, febrero 26, 2007

La fuerza de la costumbre

Todo amor, si es tal, es un compromiso. Lo es porque nos libera de la incertidumbre de la pérdida (“se está pese a todo”). Lo es porque nos obsequia la certeza del destino y la trascendencia. Lo es porque incita la sustitución de su pasión por la comodidad de su asepsia: allí están los hijos, la casa, los gastos, los recuerdos de una época feliz, que suplantan la alegría que antes provocaba una mirada. Lo es porque en la resignación no se cava una tumba, sino el altar ante el cual deben inclinarse siempre, con reverencia, los que vienen detrás. Lo es porque a cierta edad más vale la cosificación que la plasticidad. Lo es porque a falta de poesía queda la dureza del deber ser que nunca se fue pero que se espera que otros sean. Lo es porque el miedo se vuelve compañero de cama. Lo es porque el hombre es el único ser que se acostumbra a morir antes de dar el último suspiro. Eso es el amor: el vacío que se llena con todo lo que se pueda, aunque aquel latido inicial haya desaparecido de la faz de la tierra. El amor es un compromiso, esa es nuestra herencia.

viernes, febrero 23, 2007

El amor explicado para viejos y niños

Todo amor, si es tal, necesariamente es prohibido. Lo es porque por definición es una irrupción. Lo es porque un fuerte impulso desea trascender la ineludible limitación de nuestro cuerpo. Lo es porque nuestro ser se encuentra pleno en un ser ajeno. Lo es porque nuestra piel es insuficiente para albergar a la otra persona. Lo es porque nuestras palabras nunca alcanzan a expresar lo que el otro nos provoca. Lo es porque rompemos nuestra fingida soledad humana para sabernos desamparados ante ese otro ser que nos inunda. Lo es porque todo deja de existir salvo aquellos labios cuya consistencia nos indica que vivimos para otro. Lo es porque dejamos de ser polvo futuro que el viento levanta para convertirnos en suspiro que alimenta la vibración del alma. Lo es porque una mirada se convierte en la única verdad, en la única referencia que permite vivir. Lo es, en fin, porque dejamos de ser quien somos para reencontrarnos en otra persona y nunca más ser los mismos. ¿Qué otra cosa podía ser el amor sino la permanente violación de esa prohibición que nos pretende absolutos y acabados dentro de nuestra propias fronteras? ¿Qué otra cosa podía ser el amor sino la invitación a cruzar lo que está prohibido? Así nació el mundo: Eva decidió trascender la prohibición que significaba estar en el paraíso. Esa es nuestra herencia. Eso es el amor.

jueves, febrero 22, 2007

Muerte simbolica

Recuerdo alguna vez haber definido la muerte como la ausencia de movimiento. En efecto, eso es lo más patente cuando nos asomamos a un féretro: el cuerpo inmóvil nos habla todo él de la muerte, en contraste, por ejemplo, de quienes asisten al velorio: movimiento triste, lento, pero movimiento al fin.

Lo mismo sucede con las muertes simbólicas, la muerte de quienes en nuestra vida han dejado de ser importantes, quiero decir, que antes generaban con su presencia movimiento en nuestra vida. La muerte simbólica de alguien en nuestra vida es reconocer que esa persona ya no induce nada que no sea una parálisis del alma, del corazón, del cuerpo.

Al muerto le guardamos luto, pero al muerto simbólico lo único que podemos obsequiarle es el silencio. Porque también en silencio recordamos. La memoria es su féretro.

martes, febrero 20, 2007

Desaparicion

Ese día, al despertar, una extraña sensación le atenazó todo el cuerpo; la sentía en sus patines, como les llamaba; en su panza redonda; en su rostro regordete. Estuvo a punto de decirse que sería un mal día, pero una inveterada tradición le impedía aceptar la validez de sensaciones e intuiciones. “Con creencias no se va a ningún lado” se dijo, e hizo todo lo posible por ignorar aquella sensación de impreciso origen. Se levantó y procedió como siempre: el baño, el desayuno, la buena disposición para un día que, como sucedía desde hace tiempo, no pintaba nada bien.

Pero aquella extraña sensación no era solamente un asunto personal, una proyección de inquietudes del alma, como se obstinaba en pensar; para su sorpresa, lo invadía todo. Lo primero que notó fue la desaparición de rayas y cuadrículas que abundaban en las calles por las que solía andar. Todo parecía de una blancura ausente que espantaba. Claro que sabía de pueblos fantasmas, pueblos que habían sido abandonados de súbito por causa desconocida, por ejemplo, aquellos pueblos mineros estadunidenses cuando la fiebre del oro. Pero jamás había escuchado que urbes modernas, antaño densamente pobladas, se convirtieran en inasibles espacios en blanco. Precisamente porque resultaban impensables, se decía que estaba soñando o bien que padecía una terrible alucinación.

No es que temiera la blancura como tal, sino que le asustaba la ausencia de referentes para ubicarse. ¿Cómo saber dónde estaba sin compañeros, sin rayas, sin cuadrículas? Porque hay de blancuras a blancuras, pensaba; una producto de la elegancia y otra consecuencia del vacío. La que veía en las calles era precisamente la del vacío. El temor crecía en su interior porque, además, no veía una sola alma a su derredor. Cierto que desde hace tiempo sentía pertenecer a una especie en extinción, pero jamás le había cruzado por la cabeza ser, como quien dice, “el último ejemplar de su especie”. Ahora sabía, además, que había un modo preciso de ser último ejemplar: su sonido era el silencio, pero no un silencio reconfortante que fungía como escondite o fuga del ruido, sino como imperio en el que cualquier ruido era impensable, ni siquiera el de sus pasos.

Con una mezcla de resignación, espanto y duda caminó sin dirección ni rumbo fijo. Todo le resultaba ajeno, totalmente desconocido; no le preocupaba la dirección de sus pasos pues se decía que pronto despertaría de su sueño o de su alucinación. Sólo se trataba de tener una fuerte impresión para que todo volviera a ser como antes, aunque muy pronto comenzó a preguntarse cómo eran las cosas antes. Porque otro efecto del vacío, de la blancura ausente, del silencio, era una acelerada pérdida de memoria. Por más que lo intentaba, no lograba recordar con precisión la disposición de las cosas ni lo lugares que frecuentaba ni los espacios y recovecos que le gustaban. Sentirse perdido, se dijo, consiste precisamente en ser un presente sin tiempo. Y es que en uno de sus últimos momentos de lucidez se dijo que si el ayer se desvanecía, qué importaba lo que el día de mañana sucediera.

El cansancio pronto se hizo presente en su cuerpo. Se detuvo a descansar en un espacio en blanco, tan blanco como el resto de la ciudad. Meditando en la blancura ausente de la ciudad, sin nada que mirar, se dio cuenta que aquella pesadumbre que sintió al despertar tenía que ver con esta perturbadora invasión del vacío, de la que parecía ser último y exclusivo testigo. Ahora tenía la certeza de que pronto habría de perder la capacidad de pensarse, que no es otra cosa que hablarse a sí mismo. Sin palabras comprendió que habría de ser parte de esa blancura ausente. “Último ejemplar de la especie” fue lo último que pudo decirse, con una voz carente de matiz.

Así murió la primera vocal, la primera letra del abecedario, el último ejemplar de su especie. No murió a manos de una goma, sino del influjo de un mundo que había decidido expulsar de su paraíso la palabra y la letra misma.

lunes, octubre 23, 2006

Pérdida


Hubo un día que el sol te sorprendió asido de la nada. Tus dedos, entumidos en un esfuerzo inútil, parecían petrificados en torno a una ausencia. Cada parte de tus manos te dolía. Perplejo mirabas el vacío intentado recordar el momento en que por arte de magia habías perdido aquello que pensabas asir con tanta fuerza. Un sudor frío escurría por tu cabeza: te diste cuenta de que en realidad allí nunca hubo nada que no fuese el deseo exacerbado de tu febril imaginación. No habías perdido nada, simplemente nunca habías tenido nada.

sábado, octubre 21, 2006

Tristeza

Fragmentos de un diálogo

–La tristeza –me dice– es aquella invitada forzosa que cumple su papel con eficiencia al invadirlo todo.

A saber por qué creo que este inesperado interlocutor tiene razón.

–La tristeza –respondo–, al invadirlo todo con su dolor infinito, pasa de invitada forzosa a invitada imprescindible…

Mi interlocutor da una larga y profunda fumada.

–La tristeza es el alma de la fiesta de mi vida.

Intento rematar este diálogo inútil diciendo: –Y el alma de esta conversación difusa…

–Es que en tus ojos encuentro, sentada y feliz, a la anfitriona de la cual no somos otra cosa que un par de invitados –me responde.

Entiendo su decir. Es cierto. Tan sólo somos invitados a esta reunión interminable en la que la tristeza es la anfitriona y en la que nos ofrece sus delicados bocadillos. Me sorprende saberme su embajador...

jueves, septiembre 07, 2006

Tráfico de la ciudad

El tráfico de la ciudad de México es, se dice, impredecible. Y es cierto, el día de hoy hice 2 horas y media para llegar a mi centro de trabajo. No obstante, llegué con 40 minutos de retraso a una clase que por supuesto ya no impartí. Sucede, a veces, en otros días, que a esa misma hora que salí hago 40 o 50 minutos de camino. ¿Quién puede predecir el tiempo que se invertirá para trasladarse de un punto a otro en esta ciudad?

Pero lo impredecible del tráfico citadino esconde una gran falacia: no posee en sí mismo la novedad, lo inesperado, lo sorprendente y por tanto lo sugerente que lo impredecible supone. No. Muy al contrario, lo impredecible del tráfico se define por su lógica monótona, repetitiva hasta la saciedad. Lo impredecible del tráfico citadino nos convierte en ese trabajador alienado que con maestría representó Chaplin en una de sus películas más memorables: Tiempos modernos.

He aquí la falsedad de la vida contemporánea, pues convierte lo que de útil hay en los automóviles en un signo más de lo que en realidad es: una permanente alienación del ser humano al condenarlo a una reiteración infinita que sabotea sus propias posibilidades técnicas.

lunes, septiembre 04, 2006

Faro de Oriente: velador constante del estrecho

Es de todos sabido que en mares procelosos las estrellas son la salvación de cualquier navegante. El hombre, a fin de cuentas sublime y a veces extraviado imitador de la naturaleza, inventó los faros con el fin de hallarse en medio de la oscuridad y el vaivén de olas y temores. De allí la naturaleza de los faros: punto de referencia, símbolo de llegada, alegoría de toda frontera y límite que ilumina difusamente desde riberas conocidas el posible camino a seguir en senderos desconocidos.

Por desgracia y fortuna, la ciudad de México –esa mole de autos, aglomeraciones, sueños rotos y utopías vertidas en cada ventana, en cada mirada– continúa siendo el mar al que el país se vuelve una y otra vez. En ese mar urbano parece gestarse, quiérase o no, por voluntad propia o por la dinámica misma de lo que la gente construye sin darse cuenta cabal de ello, un futuro inédito para nuestro país. Y justo allí, en ese mar objeto de deseos, mitos, descalificaciones, y una que otra certeza, destaca, iluminando desde sus riberas marginales, la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente, mejor conocido como el Faro de Oriente.

El Faro de Oriente es por mucho el mejor proyecto que pudo cobijar el gobierno de la ciudad de México. Y es que a diferencia de otros proyectos, éste no fue respuesta a una desesperación ni fue producto exclusivo de la distensión. El Faro de Oriente nació de un impulso que viene de lejos: la creatividad de una cultura popular que cansada de ser absorbida por la cultura de las elites, decide construir su propio espacio e iluminar los múltiples trozos de una realidad siempre y convenientemente negada desde los bonitos escaparates del comercio cultural. En el Faro de Oriente la gente aprende a hablar desde su realidad y no sobre la realidad, como sucede con tanta frecuencia en instituciones culturales y académicas.

Lo que en el Faro de Oriente se produce exige apertura, cuestiona verdades inamovibles, y sugiere y explora caminos a seguir. Visitar el Faro de Oriente es comprender de golpe la pertinaz ceguera culpable que hemos padecido. Y en esta tarea lleva ya seis años, muchas veces contra todo pronóstico, contra múltiples oposiciones –amigas y enemigas–, e incluso contra algunas censuras que las “buenas conciencias” han intentado en su contra, en aras de una educación mistificadora llena de rosarios antes que de reflexiones.

Los éxitos del Faro de Oriente se miden por las transformaciones que genera en la gente y por los reconocimientos obtenidos. En este sentido, las luces del Faro de Oriente han llegado muy lejos: de París a Washington, de ciudad Neza a Xalapa, del oriente de la ciudad de México a sus corredores culturales privilegiados y universidades –a veces anquilosadas entre un deber ser comprado y un ser negado.

Por eso, en este su sexto aniversario, es necesario rendirle un homenaje. Un homenaje, primero, a toda la gente –niñas, niños, mujeres, hombres, lesbianas, homosexuales– que en su espacio se aglutina y reinventa la realidad en función de su capacidad creativa. Un homenaje, después, a quienes desde sus puestos directivos han sido vehículo de una profunda corriente popular que, como siempre, habla más sobre este país que muchos de quienes desde atalayas lo intentan con escaso éxito. Y por último, un agradecimiento a un gobierno que supo apoyar un proyecto de esta índole.

No me resta sino culminar manifestado un deseo: que el Faro de Oriente siga iluminando los posibles caminos a seguir, y que sepa sortear los inestables vientos políticos. Desde este espacio rindo homenaje a la referencia, al símbolo, a la alegoría. Enhorabuena a todos los que forman y conforman el Faro de Oriente.

jueves, agosto 10, 2006

Heridas

Dicen que Julio César tenía la cualidad de herir con su mirada el corazón femenino. Cual rumor que es, resulta difícil otorgarle credibilidad a ese decir que ha recorrido los siglos cual barcaza a la deriva. No obstante, más allá de su fiabilidad creo expresa claramente una experiencia vital. Sea cual fuere el artífice de esa capacidad de herir con la mirada, pienso en las gotitas de sangre que escurren cuando tu mirada se posa sobre alguien. Sospecho por eso mismo que el rumor contiene un yerro fundamental: no era Julio César sino Lilit. Y he aquí que me invento un nuevo mito: si el mundo padece males es simplemente porque la hemorragia del corazón de Dios no encuentra sanación alguna; la profunda llaga que le dejó la mirada de su primera creación femenina es la causa fundamental de toda la inestabilidad que pasa por la mente de Dios. Y sabes, pese a mis ánimos ateos, creo entender a aquel pobre viejo: así me sucede con tu mirada, cuya capacidad para herir mi corazón es evidente.

sábado, julio 29, 2006

Por el bien del país

Respondo de manera muy concreta a las preguntas que se me hacen. Si he guardado silencio en torno al proceso electoral es porque me parece obvia cierta postura. Para quien guarda en su corazón ominosas dudas sobre mi actuar y proceder, he aquí mi posición.

En la vida de un país a veces es necesario defender a las instituciones de sus funcionarios. Nos encontramos precisamente en esta situación. Resulta fundamental defender al Instituto Federal Electoral de sus consejeros. No hay que olvidarlo: ellos son los únicos responsables de las dudas que se ciernen sobre el reciente proceso electoral. Su falta de pericia, su evidente parcialidad, sus decisiones no previstas en la ley, sus omisiones, dan lugar a dudas legítimas sobre el resultado de la elección.

En un acto de honestidad que por supuesto no conoceremos, el Consejo General del IFE debiera presentar su renuncia para salvaguardar a una institución que no fue concesión gratuita del poder, sino exigencia ciudadana. El IFE está fundado en movilizaciones ciudadanas, no pocas veces reprimidas, que siempre estuvieron de un solo lado, ciertamente no del PRI ni mucho menos de ese PAN que hoy se encuentra en el poder. Por lo tanto, nadie, ni siquiera el Consejo General del IFE, debe debilitar una institución creada para dar certeza en los procesos democráticos de nuestro país.

Yo lo tengo claro: no se trata de defender a tal o cual candidato. Es muy evidente que una parte del país (la que votó), está dividida entre dos opciones. Cualquier análisis o proceder que soslaye esta realidad será erróneo y peligroso. Pero si no se esclarecen las legítimas dudas sembradas por la actitud del Consejo General del IFE, el próximo presidente de la república carecerá de la legitimidad necesaria para gobernar un país dividido y con un amplio sector convencido de la existencia de un fraude. Precisamente por eso a todos conviene que el resultado sea indubitable.

Lo inédito de la situación que vivimos exige actitudes y decisiones así mismo inéditas. El conteo de voto por voto es la única salida que puede ofrecer legitimidad al próximo presidente de la república. Por el bien del país, por la salud de la democracia que queremos vivir, por la posibilidad que en ello hay de reconciliar a una población dividida, que se cuente voto por voto de manera pública y abierta.

viernes, julio 28, 2006

Polvo estelar

Sucede a veces que no puedo identificar mi cuerpo. Desde imprecisos lugares interiores nacen impulsos que destruyen cada parte de mí. Diríase que sufro de implosiones; como si fuera candente sol cuya combustión interna amenazara con hacer estallar su propia corteza. Pienso que sería una buena forma de desaparecer de este planeta: consumido por la propia energía producida. Estallar en candentes nubes imposibles de ver pero claramente perceptibles por el resto de los sentidos. Estallar hasta desaparecer, hasta que no quede nada de mí, sólo polvo, polvo estelar. ¿Acaso no somos únicamente eso: polvo estelar?

domingo, julio 02, 2006

Recuerdos

Hoy hace exactamente seis años esaba yo participando en la camapaña electoral de Cuauhtémoc Cárdenas. A estas horas, después de la una de la tarde, ya sabíamos el resultado de la elección. Hoy, si el referente sirve de algo, puede decirse que AMLO ya es presidente de la república. Si por un lado me parece digno de festejo el hecho de que el Partido Acción Nacional no permanezca en la presidencia, y que PRI salga mortalmente herido de esta contienda, por otro no puedo sentirme feliz con el triunfo de AMLO. Lo que veo no me gusta: sin partido, "secuestrado" por los mismos que secuestraron al PRI desde 82 y que hoy arrojan ese partido como kleenex usado hasta la saciedad, y con fuertes tendencias personalsitas en el ejercicio del poder, no creo pueda haber buenos pronósticos. Lo que quedará dañado, eso sí, es la izquierda. La izquierda que no es el PRD, aunque los hay dentro de ese partido. ¿Llegará el momento de la reconstrucción? ¿Qué corresponde hacer? ¿Cuál es nuestra posición?

domingo, junio 25, 2006

El PAN y la selección mexicana

Me sorpendió la promoción política que varios jugadores mexicanos hicieron en favor del Partido Acción Nacional. El intento de identificar las esperanzas futboleras con la mejor opción política no merece otra cosa que la siguiente conclusión, muy a tono de las porras que se gritan en los estadios:

Ya que la selección no es ganadora
no votes por la panista selección estafadora!

jueves, abril 27, 2006

Verse bien

Hoy he escuchado a la diputada Barrales hablar sobre su incursión fotográfica en una revista para hombres. Intenta, sólo eso: intenta, convencer a Ciro Gómez Lyeva, por lo demás su admirador, que todavía hay machos que no asocian inteligencia con “verse bien”. Sonrío. Inmediatamente después, muy a su pesar, y eso que se dice política, afirma: es un modo de llegar a gente a la que los políticos y las políticas no llegamos. Ese es el problema pienso yo: no es la inteligencia la que llega, sino el “verse bien”. Me gusta esta izquierda de pacotilla que en su propia defensa ofrece su propia condena.

miércoles, abril 12, 2006

Evangelio

Se levantó, y mientras su dedo señalaba hacia el infinito, dijo:

–La luna está hecha de palabras, y éstas, las palabras, son únicamente sueños sonoros. Sí. Porque del corazón surgen los sueños teñidos de su propio tañir. Y es ese ritmo el que sube a la boca para salir hecho palabra.

Ella, que miraba la luna, fijó su mirada en sus ojos. Creyó entenderlo pero el vértigo que la invadió le hizo comprender que no sabía de qué hablaba. Mas no importaba: el furioso latido de su corazón le dijo que no importaba.

lunes, abril 03, 2006

Memoria

Un día cualquiera sentirás el asalto de la memoria. Es como si de súbito una lanza de penetrara alguna parte del cerebro. Al paso de su punta filosa múltiples imágenes fluirán cual lava de un cráter y se escurrirán sobre ti a su propio arbitrio. No hallarás orden ni cómodos paisajes. Cosa de irse a sentar al Pedregal de San Ángel para comprender lo que te quiero decir.

A veces, de tanta lava, el panorama es similar a la devastación. Si llegas a sobrevivir a ese embate “natural” ya lo lograste todo. Sí, porque tras el sentimiento de agonía y angustia, sucede la calma necesaria para reorganizar lo que la memoria arroja: volver a ver, ordenar, interpretar, reedificar.

Si tienes fortuna, lograrás sobrevivir los ataques de tu memoria.

Eso me sucede. Tomo estos fragmentos de ti para colocarlos en el pedestal de la esquina de un museo destinado a desaparecer. Te miro y creo que eres una bella estatua, tan pétrea y congelada en el tiempo, que te hace honor y justicia.

Me retiro, dejando que a mis espaldas el aire disuelva aquel museo efímero nacido de un ataque fulminante de memoria.

Letras Vagabundas (1)

La talla histórica de lo que le es propio a la izquierda*
Isaac García Venegas


Existe un acuerdo generalizado sobre la condición inconclusa de la transición democrática en México. Las inercias parecen corroer las bases y fundamentos de un aceptable y deseable sistema democrático. Corrupción, impunidad, injusticia, como lo demostraron con particular claridad los casos de las periodistas Lydia Cacho y Olga Wornat, están a la orden del día. Todo indica que aún falta camino por andar para que la democracia siente sus reales en nuestro país.
Pero también hay cambios. Las elecciones presidenciales son hoy pretexto para la publicación de libros que apuntalan o denuestan a candidatos presidenciales. Ya es corriente hallar en las librerías biografías autorizadas y no tan autorizadas de los aspirantes a la silla presidencial, análisis puntillosos de sus propuestas o análisis prospectivos que avizoran cierto tipo de tendencias y futuros en el país. Por triviales y políticamente convenientes que sean, el lanzamiento editorial –con todo el marketing que ello implica– de este tipo de publicaciones se debe precisamente a esa transición democrática. Hace décadas, este hecho era imposible.
Los “retratos momentáneos de la realidad” que son las encuestas, ofrecen el blanco necesario para diatribas, elogios y uno que otro análisis serio. Baste con considerar, a título de ejemplo, los libros de Federico Arreola, 2006: la lucha de la gente contra el poder del dinero (Aguilar); Alejandra Lajous, AMLO: entre la atracción y el temor: una crónica del 2003 al 2005 (Océano); los de Jaime Sánchez Sussarrey, La victoria (Planeta) y Un proyecto irresponsable de nación: la verdad detrás del programa de gobierno de López Obrador (Diana); el de Alejandro Trelles, AMLO: historia política y personal del candidato a la presidencia por el PRD (De Bolsillo), y el de Héctor Zagal, AMLO: historia política y personal del jefe de gobierno del DF (Plaza & Janés).
Entre estas y otras publicaciones con la misma temática, destaca el libro de Guillermo Zamora: 2006. El año de la izquierda en México (Colibrí). Es de agradecerse la intención del autor al compilar una serie de entrevistas con destacados politólogos, antropólogos, escritores, líderes sociales, científicos, cineastas, y periodistas, sobre la pertinencia de un gobierno de izquierda en México. Más allá de su inserción en una estrategia electoral, el libro resulta significativo porque muestra los caminos por los que el pensamiento crítico está visualizando a la izquierda en el proceso electoral que estamos viviendo.
No deja de ser extraño percatarse de que la pregunta inicial que da origen al libro –¿Es necesario un gobierno de izquierda en México?– sea inadecuada. Los entrevistados –Lorenzo Meyer, Roger Bartra, Juan Villoro, Enrique Maza, John Saxe Fernández, Víctor Hugo Rascón Banda, Othón Salazar Ramírez, René Drucker Colín, Florence Tousssaint, Óscar Menéndez, Julieta Fierro, Carlos Martínez Assad, Rafael Jacobo, Octavio Rodríguez Araujo– coinciden en la puntual descripción de una realidad nacional que ya presenta visos de ser insostenible: desigualdad lacerante, entreguismo total a la economía de mercado comandada y controlada por eu, falta de apoyo a la ciencia, la tecnología, la educación, la cultura y las artes, abandono del campo, en suma, la desarticulación total de lo que queda del país. El diagnóstico, por lo demás correcto, no significa conceder la “necesidad” de un gobierno de izquierda.

Ciertamente la izquierda electoral es depositaria de esperanzas fundadas sobre su posibilidad de “moderar” la delicada situación que vivimos. Sin embargo, al contrario de lo que sucede cuando los entrevistados se refieren al neoliberalismo y globalización, el intento por definir lo que es propio de la izquierda –elemento articulador y subyacente de “necesidad” de un gobierno de izquierda en México– no resulta tan concluyente ni claro. Quizá el que mejor lo expresa, probablemente muy a su pesar, sea Lorenzo Meyer: “A pesar de que algunos duden de que Andrés Manuel López Obrador sea de izquierda, es la izquierda que tenemos y no vamos a conseguir otra. […] existe una actitud de llevar adelante toda una política que haga menos brutal la vida cotidiana de las mayorías”.

Esta “nivelación social” –legítima, correcta y adecuada–, se revela como la aspiración más sentida de los entrevistados. En ella no parecen quedar restos de aquella otra aspiración más antigua y lejana de la izquierda: “la transformación de ese status quo” –Enrique Maza dixit–. Por eso, la pregunta que lanza Carlos Martínez Assad es pertinente: “Pero ¿puede considerársele de izquierda [a Andrés Manuel López Obrador] si atendemos a los rasgos de su definición que lo coloca luchando por las opciones republicanas y democráticas, aun cuando los comparte con naciones incluso conservadoras?”.

Al parecer, en la actual coyuntura de México, la izquierda se está pensando a sí misma a partir de lo que banalmente podría llamarse una “posición decimal”: estar más a la izquierda de la derecha pero no del lado contrario del punto decimal, lugar en el que los números se convierten en enteros. La lectura del libro de Guillermo Zamora provoca un sentimiento de añoranza: la posibilidad de construir un mundo mejor que no se articule en torno a la acumulación del capital. En otras palabras: que su ambición sea desterrar lo brutal de la vida cotidiana y no solamente hacerla menos brutal. No cómo vivir dentro del capitalismo sin morirse en el intento, lo cual se ha hecho de una u otra forma desde hace cinco siglos, sino cómo construir una real alternativa al capitalismo.

Por eso, algunas respuestas de los entrevistados que aluden a la necesidad de construirla desde abajo con una nueva red de vínculos culturales y morales alivian en cierta medida esa añoranza. Lo que no resulta tan claro como se quisiera es que este proceso sea el que hoy se vive como una “necesidad” de triunfo en las próximas elecciones ni que el blanco de loas y ataques mediáticos sin fin lo represente cabalmente, por más que goce con un evidente apoyo popular. Nos queda, eso sí, compartir la aspiración que Othón Salazar expresa con respecto al gobernador del estado de Guerrero: ojalá haya “talla histórica” en el ejercicio en el poder. Y ojalá que la izquierda recupere y reconstruya lo que le es propio.
*Texto que aparece en Al pie de la letra. Suplemento de libros de Milenio Diario. Abril 2006

viernes, marzo 31, 2006

!Bravo!

¡Bravo! ¡Bien hecho por nuestros diputados y senadores! ¡Ahora sí, ya estamos con la puerta abierta a las infinitas bondades de la tecnología!. Estoy feliz. En el fondo hay que agradecerles que sus decisiones, totalmente ajenas a la opinión pública, hagan evidente un hecho palmario: que ellos son representantes de los intereses de clase y no de la nación. Les estoy agradecido por actualizar al viejo y “obsoleto” de Marx. Ahora, con su actitud tan insensata, facilitan la actualización de un discurso que quisieran muerto. Hay que verlos y felicitarlos: no son cínicos, simplemente asumen su papel de voceros de una clase, incluidos nuestros ilustres perredistas que en la Cámara de Diputados aprobaron sin chistar. ¡Bravo!

jueves, marzo 30, 2006

La máxima inalcanzable

Respondo aunque no debiera.

A veces quisiera poder afirmar con certeza quién soy pero no puedo. Tal vez sea un problema de incapacidad, mas si la máxima filosófica (“conócete a ti mismo”) es cierta, se trata de una incapacidad con raigambre. La aspiración de “conocerse a sí mismo” se mantiene como una máxima por muy pocos vivida y experimentada. Definitivamente no pertenezco a esa minoría excelsa.

Si esto sucede en el caso de uno mismo, ¿cómo no habría de suceder en el caso del otro, de los otros? Todos somos doblemente extraños: para los demás y para uno mismo. El otro es el más fácil territorio de la incógnita visible con que contamos. Y esto es tanto más evidente cuanto más amamos a una persona. Esa persona se erige como “extrañeza” total. Pareciera que su cercanía, esa intoxicación de quererse perder en ella, distorsiona la mirada y la percepción. A su modo el amor provoca miopía y astigmatismo en los amantes. Una feliz ceguera.

Seamos sinceros: no existe una ceguera más afortunada que esa. Pero tampoco existe una ceguera tal que incite más afanes de posesión. Poseer lo que nos es extraño acaba por pervertir lo que en verdad importa del amor: el continuo descubrir a la persona amada y, en esa medida, ir explorándose uno mismo. El amor como exploración, el amor como condena. Prefiero lo primero a lo segundo. Y quizá aquellos “amorosos” de los que hablaba Sabines, pertenecen también a esta estirpe de los que no se conforman y se van llorando la hermosa vida.

miércoles, marzo 29, 2006

Imposibilidad

En un documento apócrifo, Cristóbal Colón escribió a su amada el siguiente texto. Lo actualizo para quien no guste del español antiguo.*

Tu piel me parece desconocida por más que la recorra con embeleso. Cuando te pienso creo conocerte, poder rememorar cada palmo de ti, pero cuando vuelvo a ti te me presentas como una incógnita. Descubro un poro, una marca, una arruga que antes no estaba; encuentro sabores y olores que no había percibido ni probado. Como terco viajero me lanzo sobre ti: al fin explorador de tierras desconocidas, quisiera trazar el mapa más exacto de ti, puntualizar montañas, llanuras, mares, humedades, caminos riesgosos y veredas amables. Pero hay algo en ti que me habla de mi vano intento. Ni todos mis fracasos en los mares desconocidos podrían compararse con esta imposibilidad de conocerte plenamente. No sé lo que allá existe o lo que el destino me depara, pero aquí, en tu piel y en tu cuerpo, tal desconocimiento me desquicia más. Un representante del cielo en la tierra dijo que eras mía y lo creí, pero cada vez que estoy en ti tu cuerpo y tu piel me susurran al oído que podré poseer el paraíso al otro lado del mar pero no el paraíso que tú eres. Todos mis sextantes, brújulas y artilugios de navegación y trazo se vuelven irrisorios cuando me eres tan queridamente desconocida, como hoy, como ayer, como siempre. En ti dejo de ser el Almirante para convertirme solamente en un náufrago.

* El problema para el lector, como siempre en este tipo de casos, es responder a las preguntas de quién lo escribió y para quién está escrito. Así mismo esclarecer el por qué del escrito. ¿Dónde acaba la realidad y comienza la ficción? ¿Qué parte de sí mismo como lector llena este escrtio? ¿Cuál es la eficacia de esta verdad disfrazada de mentira, o a la inversa, de esta mentira difrazada de verdad? Preguntas al infinito en busca de respuestas...

martes, marzo 28, 2006

Suicidio (respuesta)

Sé que las palabras conmueven. Lo que no sabía es la historia que me cuentas y que te hace pensar que lo escrito sobre el suicidio es una broma. De hecho, la parte que sí lo es te pasa inadvertida: lo del desempleo. Tus palabras me han dejado pensando. Aunque en el correo me dices que no te parece “lo más divertido” discutir públicamente sobre el suicidio, me tomo la libertad de hacerlo aquí, que en realidad es un espacio indefinido entre lo público y lo privado.

Siempre que voy a un lugar nuevo intento visitar su cementerio. Las lápidas, las esculturas, los epitafios, me hablan sobre la relación que los vivos guardamos con la muerte. Recuerdo que cuando estudiaba Relaciones Internacionales, solía irme “de pinta” para visitar iglesias y panteones. Tomaba un mapa de la ciudad y trazaba mi ruta turística que a veces también incluía mercados. Ese era el contraste que más me conmovía: mercado, cementerio, iglesia: del ruido, el intercambio, el movimiento, la palabra al silencio, la quietud, la nada, y después al otro silencio: el de la fe, la esperanza, las ganas de conversar con quien no conversa: Dios.

No sé cuántas lápidas he visto en mi vida, pero lo que tengo claro es el momento en que me di cuenta de lo obvio. Estaba yo en un panteón de la ciudad, con el recuerdo lacerante de un perro atropellado al que horas antes había visto morir. En algún lugar tengo lo que escribí cuando aquello sucedió. Comparaba a la muerte con el abandono paulatino del movimiento: la paralización total. Era eso según yo lo que definía a la muerte y lo que en el fondo causaba horror. La vida como movimiento, la muerte como parálisis.

Eso tenía en la cabeza mientras caminaba por las avenidas de un panteón muy conocido. Me detuve ante la tumba de alguien. Leía una y otra vez su epitafio y fue entonces cuando me asaltó la certeza: la muerte es la evidencia más brutal que tenemos sobre el fin de toda posibilidad. Encontré en el dicho popular el sentido que encierra sabiduría de siglos: “la esperanza muere al último”. En efecto, su desaparición es la muerte misma: la condensa, la expresa. Porque la esperanza tan sólo es un modo de la posibilidad.

Entonces, de golpe, creí comprenderlo todo. Nuestro problema con la muerte, me refiero a la de los vivos con los muertos, es que la vemos desde el horizonte de la posibilidad misma. Desde allí la juzgamos, la condenamos, la rehuimos. Desde allí elaboramos un diálogo casi imposible con ella. Porque lo que nunca se entiende del todo es el fin de toda posibilidad (el vacío total), y en el caso particular del suicidio el por qué renunciar a la posibilidad misma. En tu correo flota esa pregunta.

No sé si sea normal despertarse con la idea del suicidio clavada en la sien. Yo te diría que sí. Conozco a muchos que aunque no lo confiesen públicamente, lo han pensando alguna vez. Cierto es que hay motivos, pero creo puede suceder que la razón fundamental sea el saber que el horizonte de posibilidades ha llegado a su fin o que se acerca velozmente. Y aquí es en donde ya no comparto la actitud generalizada con el suicidio, porque la opción que se escoge es proveer al suicida de posibilidades bajo diseño y personalizadas, como la propaganda. Yo creo que no, que es necesario respetar y entender que así como a otros el mundo de las posibilidades se les abre (por suerte, por habilidad, por ingenio, por destino, por lo que quieras), a otros se les cierra abruptamente.

Ignoro si vivir colgado de la esperanza sea heroico o romántico, lo que sé y respeto es que alguien decida en íntimo ejercicio de su libertad y entendimiento que, después de tanta evidencia, no tiene caso estar como limosnero en espera de la dádiva divina. Por supuesto, se puede argumentar que la posibilidad se construye, pero voltea a tu derredor, mira la historia, y contesta en la más plena sinceridad si esas miles y miles de personas que vivieron y murieron en la pobreza, en la ignominia, construyeron la posibilidad de vivir y morir así. Por desgracia, no todo en la vida es construcción personal y voluntariosa.

El otro día, leyendo un libro, me entero de un modo de matar que aplicaba Sendero Luminoso: rociaba al desdichado con gasolina y en plena luz del día lo ataba a un poste para que se fuera quemando lentamente. Este modo tan sofisticado de prolongar el dolor me recordó a los piratas y su modo espeluznante de matar: atar de pies y manos a la víctima, hacerle un pequeño agujero en el estómago, sacar parte de su intestino y atarlo a un mástil al que, previamente cubierto de brea, se le prendía fuego. El desdichado, para no quemarse, comenzaba a retroceder, con lo cual era consciente de que esa tripa que iba saliendo del hoyo era su intestino. Así, la víctima, podía morir de tres formas: quemado, destripado o bien, si tenía suerte, ahogado cuando el barco se hundiera por completo. ¿Tuvieron alguna posibilidad de elegir cómo morir? Claro que no. Tampoco se la merecían. Pero así sucedía y así sucede. Y no porque tú, yo o quien sea lo quiera. No todo lo que queremos nos sucede ni todo lo que nos sucede lo queremos. Eso es la vida. Por eso amar es tan peculiar: por un momento (que puede durar toda la vida) suceder y querer parecen conjugarse felizmente.

Tan sólo quiero decir que no encuentro razón alguna para calificar la decisión del suicidio de una manera negativa. Si quien se suicida comete un error o no, es un juicio que pertenece a los vivos, tan felizmente inmersos en el pleno mundo de la posibilidad, incluido el de recordar y extrañar. Para el suicida su muerte debiera ser tan sólo el último acto de una conciencia plena de que aquellas, las posibilidades, llegaron a su fin.

Querida amiga: despertarme con la idea del suicido clavada en la sien no quiere decir que lo vaya a hacer (de hecho tengo razones suficientes para no hacerlo, al menos no todavía). Se trata únicamente de ejercer lo que la posibilidad misma ofrece: pensar en la actitud a tomar cuando ya no pueda pensar desde la posibilidad misma. Sólo eso.

lunes, marzo 27, 2006

Suicidio

Hoy me desperté con la idea del suicido clavada en la sien. Me sorprende porque nada hubo en los días anteriores que se asociara con la muerte o con el suicido. Pero así desperté, pensando en la conveniencia de suicidarse. Es más, imaginé que en esta ciudad la cosa es más sencilla si se carece de valor: basta con incitar los odios del rencor social para que una mano bondadosa acabe lo que el miedo o la duda no puede.

Suicidarse. Como comer, como dormirse, como descansar, el poderse matar debiera de ser un acto más, consciente y libre, pero un acto más. Que el suicido fuese el costo del “riesgo” que los bancos asumen al ver al ser humano como una mercancía más. Sólo eso. Y que matarse no fuese un asunto de juicio moral ni de impotencia: simplemente la sinceridad de decir: hasta aquí llegué, no quiero dar un paso más. Igualito que cuando intentamos subir una montaña y nos gana la falta de pasión.

Aunque claro, esta propuesta dejaría sin trabajo a los psicólogos, psiquiatras y salvadores de toda índole. Chin, mis sueños siempre acaban por dejar sin empleo a otros…

martes, febrero 07, 2006

Ventana

Es un gran invento y no únicamente por sus convenientes fines prácticos: la luz y la ventilación. Lo es por algo mucho mejor: la posibilidad de ver al mundo exterior desde el cómodo mundo interior. Ella posibilita un juego humano indispensable que nos define: el “afuera” prolongándose en el “adentro”, y viceversa, el “adentro” anunciándose, en ocasiones tímidamente, en el “afuera”.

Habría que investigar de dónde surgió la idea. Quizá de las cavernas, de las grutas, de los primeros refugios humanos que no requerían otra construcción que la mera habitación. Vaya, los “ocupas” de entonces. Habría que imaginarlos allí, cobijándose del sol, sentados, mirando el horizonte bañado por una resolana que lastima los ojos. O refugiándose de las inclemencias del tiempo, la lluvia, la nieve o el frío. El refugio necesario para vivir desde el cual mirar y desear al mundo.

La fascinación de mirar hacia fuera desde dentro no se ha perdido al paso del tiempo. Por ejemplo, la obligada reclusión de los monjes en sus monasterios habría sido insoportable de no ser por esas pequeñas ventanas que se encuentran en las celdas, con sus camas y asientos de piedra. El voto de castidad encontraba algo de alivio en la sensualidad del entorno, mucho más evidente desde la privación interior. ¿Quién dice que lo que se mira no alimenta y satisface?

Es una pena que semejante invento humano ande hoy a la deriva. Únicamente seres atrincherados en su necedad y temor pueden diseñar esos departamentos de ventanas diminutas por los que si acaso se ve la construcción de enfrente. Santo y seña de los tiempos: la pérdida inevitable de lo otro que, afuera, pierde su capacidad nutritiva al no ser advertido, escrutado, deseado. Por eso el mundo parece cada vez más dislocado e inconexo. Exterior e interior pierden su contacto, dando paso a una realidad cuya riqueza queda desperdiciada en beneficio de la trágica miopía de las cuatro paredes.

Porque el encierro no es enriquecedor dada su falsa índole: recluidos a fuerza, incapaces de viajar por los interiores del alma, el ser humano dislocado sucumbe ante la ficción del vértigo de la imagen televisiva o cibernética. Zombies de sí mismos, ¿cómo no habrían de serlo también para su entorno?, ¿cómo no habrían de encontrar la evidencia palmaria de su separación del exterior si a las diminutas ventanas se les imponen, además, barrotes?

Habría que hacer una antropología de este fenómeno en retirada de las ventanas. O mejor: una ontología. Porque si la analogía es cierta –“los ojos son las ventanas del alma”–, tal vez por este camino hallemos la explicación de la creciente opacidad de la mirada que se encuentra en rostros autómatas que caminan por las calles. Almas moribundas, ventanas pequeñas e inútiles, barrotes y miedos, inexistencia de vasos comunicantes entre el afuera y el adentro. En suma: anquilosamiento de la cultura, signo de los tiempos. Todo como si fuera un ethos paralizado que ya no es presencia de nosotros en el mundo ni del mundo en nosotros. Traición a siglos de sabiduría en una época que se cree inteligente.

miércoles, febrero 01, 2006

Mire usted

Mire usted. La eternidad humana únicamente puede existir en los estrechos márgenes de la propia finitud humana. Para cualquiera de nosotros ella, la eternidad, es tan sólo una idea que pervive mientras los ojos de cada quien permanecen abiertos. Este hecho se constata aun dentro del lapso vital de cada generación. ¿Es que acaso la historia no está hecha también de olvidos? Recuérdese que el olvido es, entre otras cosas, la constatación plena de esta contradicción de la eternidad humana: un “siempre” encarcelado en el “hasta cuando” de la muerte, o si se prefiere, del recuerdo.

Pero no menosprecie usted por ello la idea misma de eternidad. Muy al contrario: digno de apreciarse y tenerse por gran valor es que dentro de esa finitud, caracterizada por un constante fluir –algunas veces más intenso, otras veces menos; ora rítmico, mañana accidentado–, exista la idea de la eternidad como un hálito que flota sobre las naturales e inevitables mudanzas de la vida humana. Quizá en esa eternidad de límites ciertos los seres humanos hallamos el asidero que nos permite aventurarnos a encontrar un “sentido” a nuestra vida.

Vea usted si no. En la “creencia” de la eternidad colocamos, por ejemplo, los sinsabores del amor. Parafraseando un verso: ¿quién recordará a la amada cuando los ojos que la aman se cierren por siempre? Pero justamente por ello es que la idea de la eternidad salva al amor de su muerte segura, esa que tan bien explica un poeta: es la vida o la muerte la que separa a los amantes, una de dos, sin ninguna otra opción. ¿Cómo cree usted que Adán pudo sobrevivir a la extracción de su costilla, su conversión en mujer, su amor por ella, su queja ante Dios, y su “ni con ni sin ella” que, desde entonces, repetimos todos los seres masculinos con respecto a las mujeres?

Mire usted. La eternidad es una idea encarcelada en los límites de la vida, pero tenga usted por seguro que sin ella ese transcurrir sería más pesado de lo que frecuentemente nos resulta.

martes, enero 31, 2006

El tiempo dicta

Un tanto desconcertado leo en un foro virtual un largo ir y venir sobre la poligamia, la infidelidad, y el arte de los amantes. Mi desconcierto proviene del hecho de que tal debate tiene lugar en un foro que originalmente se pensó para discutir ideas políticas y no ansiedades y revelaciones personales. No obstante, esto de la poligamia, con sus “asuntos prácticos”, ha provocado numerosas opiniones. Se intuye que es un tema que "anda en el aire".

Me abstengo de participar. Creo que la discusión se puede saldar fácilmente con dos aforismos: uno de O’Gorman y otro de Oscar Wilde. Los traigo a cuento para los interesados.

Decía el sabio de O’Gorman: “el sexo débil ni tan débil y el sexo fuerte ni tan sexo”. Lo cual, imaginando una sabrosa charla que tiende puentes en el tiempo, podría ser rematado inobjetablemente por Wilde de la siguiente manera: “La fidelidad es simplemente una declaración de impotencia”.

Que cada quien saque sus conclusiones.

viernes, enero 27, 2006

Soledad

Así dijo llamarse, Soledad. Pensé que su nombre era redundante a esas horas y en esa calle. El escenario era de un vacío que se prendía a las entrañas. La noche, el suelo húmedo, las tímidas luces de la entrada de los edificios, el frío, el vaho de la respiración. Todo era en efecto soledad: ni autos pasando ni ruidos ni caminantes noctámbulos salvo nosotros dos.

–¿Fumas? –me preguntó al estar justo frente a mí.

–No, pero traigo cigarros –contesté. En efecto, horas antes me habían dado a guardar una cajetilla de cigarros que permaneció olvidada en la bolsa de mi abrigo. –El problema –le dije– es que no tengo encendedor ni cerillos.

Sonrió, encogió los hombros, y se quedó esperando frente a mí a que le proporcionara uno. Mis manos, torpes y entumidas, intentaron en vano sacar un cigarro de la cajetilla. Así que decidí regalársela. Con mano experta, sacó uno y lo puso en su boca. Miró en rededor de modo pensativo.

–¿Me acompañas a buscar un cerillo? –preguntó en un tono que no era invitación ni orden ni sugerencia.

–Claro –fue mi respuesta.

La búsqueda por supuesto resultó infructuosa por más que caminamos un buen trecho en silencio. No encontramos a quién pedirle lumbre. A un gesto suyo, nos sentamos en la entrada de un edificio.

–¿Cómo te llamas? –pregunté para sacudir el silencio que nos perseguía como mosca. En realidad quería irme de allí.

–Soledad –respondió, con el cigarro en la boca.

Habrá sido lo redundante que me pareció su nombre lo que me hizo quedarme en espera de su plática.

–¿Y qué haces tan solitaria en un lugar solitario Soledad?

Una ligera mueca, parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro.

–Pues eso, viviéndome a mí misma –respondió–. ¿Qué sabes tú de la soledad? –me espetó así, sin más.

–Que es la condición básica del ser humano –respondí sin muchas ganas de explicar mi respuesta. El tono de la plática me empezaba a incomodar.

Me miró largamente. Me sorprendió que en su rostro no hubiese una sola expresión. Su rostro parecía el vacío mismo. Jamás me había encontrado con un rostro que diera cuenta del vacío como el de ella.

–¿Y más allá de esa expresión filosófica que no me dice nada? –preguntó de manera retadora.

No dije una sola palabra. Deslicé la mirada por la calle, los autos estacionados, la basura acumulada en una esquina. Me faltaba el ánimo necesario para dar explicaciones. Solamente tenía ganas de meterme en mi cama y dormir.

–La soledad –dijo Soledad, segura de mi negativa a responder– no es ninguna “condición”. No. Es algo más íntimo que una condición, algo más profundo que una circunstancia. Es como la gruta de mi sexo, del sexo de cualquier mujer quiero decir. Por eso Sabina tiene algo de razón cuando dice que lleva nombre de mujer. La soledad es como el sexo de cualquier mujer: te atrae con sus labios y te devora en una gruta infinita cuya humedad acaba por exprimirte. Pero exprimiéndote crea vida y también muerte. De esas profundidades nacemos todos los seres humanos, y hoy, al igual que siempre, también desde esas profundidades nace la muerte: si antes era Sífilis hoy es Sida.

–Soy mujer –continuó con su voz agradable tras un breve silencio en el que mordió el cigarro para masticar el tabaco. –Y no me estoy declarando culpable de nada: no estoy diciendo que la propagación de las enfermedades de transmisión sexual sea culpa de la mujer. No. Ni tampoco que seamos culpables de la muerte. No. Quiero decir otra cosa más importante: la totalidad nace y muere en nosotras. Y esa totalidad se fragua en las profundidades de la soledad, de la húmeda soledad en la que se alberga el mundo. Por eso la soledad es algo más que una “condición” y que una “circunstancia”: ni se supera ni tampoco se gana mucho lamentándola o intentando en vano ahuyentarla. Somos en ella. Somos de ella. Somos con ella. Por eso el mundo es maravilloso: encontrarse en la soledad restituye su intensidad y nos da cuerpo, nos inyecta la eterna necesidad del otro –dijo, masticando en todo momento el tabaco que con experta paciencia sacaba del cigarro.

El silencio regresó a posarse entre nosotros. La suavidad de su voz parecía acariciar el vaho dejado por sus palabras. No supe qué decirle. De algún modo intuí que su decir tenía múltiples objeciones pero no pude argumentar una sola.

Ella acomodó su cabello, me miró, sonrió. Ahora su expresión lo era todo menos vacío. Se levantó y se fue caminando por su calle solitaria.

Soledad, dijo llamarse, y algo de ella se quedó en mí.

domingo, enero 22, 2006

Tentación

Cientos de hojas juguetean en derredor de un centro invisible, diríase ausente. Suavemente bailan en círculo perfecto al compás del susurro del viento. Las más inquietas escalan con gran rapidez, llegan a la punta haciendo piruetas, dando brincos, corriendo de puntitas.

Eva mira fascinada ese remolino surgido de la nada, como todo en el paraíso. Siente unas ganas irresistibles de bailar con él. Le asombra que, como si la escuchara, el remolino se aproxime a ella, invitándola a ocupar su centro ausente.

Levanta las manos mientras cientos de hojas le acarician el cuerpo desnudo. Eva baila y sonríe presa de una infinita alegría. Se mueve al rimo del susurro que inspira al remolino. Ondulante, suave, casi de modo inconsciente, recorre las llanuras del paraíso.

Siente como si ella misma fuera el remolino y flotara sin ninguna restricción, sin permiso o prohibición alguna. Lo único que le habla de ella es esa piel acariciada por cientos de hojas que cual manos inquietas la esculpen en el aire.

El remolino cesa y Eva se descubre en medio del paraíso, sola y desnuda. Algo ha cambiado en ella. Los poros le duelen de tanta excitación. Va en busca de Adán para regalarle el prodigio de su piel recién descubierta.

No hubo manzanas ni serpientes.

viernes, enero 20, 2006

Carta al PRD

Leonel Cota Montaño
Presidente Nacional del PRD


Martí Batres Guadarrama
Presidente Estatal del PRD-DF


Presente

Durante mucho tiempo, en la izquierda se creyó que la responsabilidad era una de sus cualidades fundamentales. Todavía habemos algunos que lo creemos. Para la derecha, acostumbrada a las exoneraciones en el confesionario, al arrepentimiento simulado y la expiación, la responsabilidad no es lo suyo, y por eso, entre otras cosas, es peligrosa, aun cuando diga tener “las manos limpias”. Pero para la izquierda la responsabilidad debe ser su exigencia, es más, parte de su misma naturaleza.

Tanto más cuanto la posibilidad de llegar a la silla presidencial es ya casi una probabilidad para un instituto político que se adscribe a la izquierda. Preocupa que sea precisamente a la luz de esta probabilidad cuando el PRD ofrece lamentables muestras de irresponsabilidad. Porque las violentas confrontaciones internas que han sucedido recientemente sólo hablan de una cosa: el enamoramiento material a los puestos y circos públicos en los que proyectos reales de izquierda se diluyen y huyen por la puerta trasera como desencantado espectador.

¿Dónde están las propuestas a discutir entre quienes se creen indispensables para la ciudad?, ¿en las camionetas quemadas, en golpes y patadas alevosos que hospitalizan a militantes?, ¿en amenazas veladas y directas sobre la balanza electoral?, ¿en descalificaciones y acusaciones de “desmemoria” cuando los mismos acusadores exigen a los ciudadanos de esta capital ser desmemoriados e ignorar quiénes son y qué han hecho?

Un buen camino para demostrar que son de izquierda sería aceptar la responsabilidad que ello implica, y que el PRD sea un instituto político preocupado y ocupado en transformar al país. A veces parece que en eso están; otras, parece que no. Ya sabemos que los otros, el PAN y el PRI, no van a ningún otro lugar que un penthouse o un rancho en las migajas tercermundistas de la globalización. Ojalá ustedes hagan de la responsabilidad su estandarte. Responsabilidad con la nación y sus ciudadanos, se entiende. De lo contrario, aquí estaremos muchos (militantes, simpatizantes, ciudadanos) para reclamárselos.



Isaac García Venegas

sábado, enero 14, 2006

Tratado sobre la caricia

Me sobrecoge la Creación de Adán de Miguel Ángel Buonarroti, o mejor dicho, me sobrecoge el breve y ansioso contacto que allí se va insinuando entre Dios y Adán. Ese apenas tocarse con la punta de un dedo, para ser más preciso, con la yema de un dedo, cifra el significado y la eternidad de toda caricia. La pregunta no es qué pensaba o sintió Adán en ese contacto, sino qué sintió Dios mismo ante la sutil caricia de su creación. Seguramente asombro y dolor, pero un dolor amoroso, puesto que irremediablemente Lilit le venía a la cabeza, aquella su primera creación de la que se enamoró profunda y desesperadamente, y que por eso mismo encarna también la añoranza primera.

Y no obstante allí está Dios, aventurándose a un pequeño roce con su otra creación. Se le ve complacido, pleno. Ese rostro lo he visto repetido al infinito en la caricia de una madre a su hija, del padre a su hijo, de un hombre a una mujer, de una mujer a un hombre, de una mujer a otra, de un hombre a otro. Cada vez que me lo encuentro pienso obsesivamente en ese acto pequeño, casi ínfimo, pero milagroso: cuando la yema del dedo se posa tímida y tiernamente sobre la mejilla del ser amado, vibra inmemorial la eternidad de la primera caricia asombrada y dolorosa de Dios ante lo que él mismo creó. Precisamente por eso toda caricia se consume en sí misma, se acaba apenas la piel deja de arroparse en otra piel. Asombro y dolor amoroso es lo que hay en las caricias que prodigamos en la vida.

jueves, enero 12, 2006

Susurro de un fantasma digital

Por lo cielos vuela mi nombre en forma de onda y segundos después aparece en la pantalla de tu celular. Lo miras e inmediatamente múltiples sentimientos anidan en tu pecho. Quisieras pero tu voluntad te dice que no debes contestar. Dejas que mi nombre se diluya en los colores de la pantalla. Guardas tu celular, sigues caminando, pensando en lo que hubiese pasado de haber escuchado mi voz. Mi nombre, incapaz de aceptar semejante negativa, tan rotunda, tan dolorosa, e impaciente para las reflexiones a las que tú te entregas, decide por su cuenta y riesgo perderse en otra onda cualquiera. Va y viene, sube y baja, se para y merodea, mientras yo vivo cual fantasma sin alcanzar a ser nombrado por nadie…

lunes, enero 09, 2006

"Distanciamiento"

Me pides, incluso me exiges, que públicamente explique mi "distanciamiento" del partido. Me concedes más peso político del que en realidad tengo: a nadie en tu partido, mucho menos en cualquier otro, le preocupa mi cercanía o mi distanciamiento. Por eso tu petición es absurda. Quizá eres tú quien necesita explicaciones a raíz de tantas cosas que escuchas en la “política del rumor”. Te respondo por este medio que es tan público que suele pasar inadvertido.

I
¿Sabes? hay cosas que extraño. Por ejemplo, cuando soñar un mundo distinto significaba atreverse a volar, a mirar a la distancia, acuñar términos, rehacer el lenguaje. Extraño cuando se hablaba del “hombre nuevo” y de un mundo justo; cuando fervorosamente se hablaba de la necesidad de cambiar el sistema, de acabar con la explotación. Mi añoranza llega a extremos insospechados cuando escucho que la mejor propuesta no es acabar con la opresión y la explotación del hombre por el hombre, sino “moderar la opulencia”. Acabo totalmente sumido en la desesperanza cuando escucho que hay “riqueza bien habida”, producto del trabajo honesto. ¿De cuándo acá la explotación, en cualquiera de sus formas, por más sancionada que esté por el estado de derecho, resulta “honesta”? Es como decir que “honestamente” hay ricos y pobres, y que nada más se trata de que los primeros exploten de manera honesta a los segundos. Como si el hambre, la falta de vivienda y de vestido fueran más soportables con honestidad.
Y en realidad no me puedes culpar de ello. Abre el periódico y dime lo que encuentras: que si un “sospechoso” de portafolio negro y ligas “palomea” candidaturas; que si los líderes de un partido acusan al otro de no allanar el camino a la alianza porque reconoce que no sabe con quién tratar después de tantos mensajeros que le llegan a ofrecer alianza; que las “tribus” se preocupan porque reconocen una falta de estructura electoral y no están seguros de si el efecto cascada les va a beneficiar; etcétera. Pero algo que signifique cambiar las cosas no. Claro que la retórica del cambio está presente, mas en nada de lo que dicen se ve por dónde.
El otro día escuché al mero mero decirlo: si hay que cambiar las cosas no es por “ideología” sino por un asunto práctico. ¿De verdad? Créeme que estoy totalmente de acuerdo con el apoyo a los de la tercera edad, con las becas a los estudiantes, con el apoyo a las madres solteras, vaya, con todo lo que implica y engobla aquello de que “por el bien de todos, primero los pobres”. ¿Quién se podría oponer a eso? Con todo para mí es claro que eso no define a la izquierda. Si lo ves bien, si te pones a hurgar, verás que son proyectos igualmente patrocinados por la derecha desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, dependiendo claro está de su necesidad de permanecer en el poder. Mira al presidente: ahora hasta apoya a los de la tercera edad. No estoy seguro que baste con reconocer el patrimonio de esa idea, como he oído en comentarios de radioescuchas.

Pero el pragmatismo –cuyos beneficios son de suyo evidentes– sin ideología no pasa de ser mera distensión social: evitar el estallido social. Bien visto pareciera que se trata de garantizar que Slim pueda andar por México sin chip de seguridad, aunque no todos puedan comer en Sanborn’s.

II
Dicen que harán una campaña austera, de contacto con la gente, sin presencia en los medios. Estoy de acuerdo en que se gasta mucho, e incluso hasta tengo simpatía por la estrategia (que resulte efectiva es otra cosa). Pero de nueva cuenta: a la par de eso habría que lanzar un proyecto y definer las estrategias que modifiquen de tajo la situación de los medios de comunicación masiva. Ya lo decía Benjamín: hay que liberar de su huella capitalista incluso a la tecnología. ¿Por qué no se llega ni siquiera a un proyecto tan ciudadano como la BBC de Londres (que no es izquierda pero es interesante aun en su propia limitación capitalista)? ¡Ah no! Pareciese que la premura electoral les impide pensar, realizar, articular.
“Pareciese” –escribo– porque tú y yo sabemos que el problema está en otro lado: la negativa a adherirse o manifestar una ideología permite y posibilita este pasarse viviendo y haciendo una política campechanamente, sin mayores debates que el de aquella diputada de tu partido que le espetó a otro diputado panista no tan inteligente: “jovencito, cuando usted hable conmigo y de mí tiene que lavarse la boca”.
Lo que yo veo es claudicación. Bajo el argumento de que las cosas no son un “asunto de ideología” se esconde un profundo desdén a las ideas, que también dan sustento a lo que se hace. Y lo que es peor: se gesta una lamentable actitud acomodaticia. No hay peor claudicación que asumir y acomodarse plácidamente bajo una de las banderas de la derecha: ¡viva el fin de las ideologías! (salvo la de Dios y la omnisapiencia del mercado capitalista, claro está). En vez de lanzarse al rescate de la ideología, ofrecerle otro sentido, otro contenido que el que prevaleció en el sigo XX, dando origen o avalando cosas tan lamentables como los estados totalitarios, mejor se suben al “carro de la historia” que interpreta y promueve la derecha. ¿En última instancia, qué acaso Fox no dice que mantener el equilibrio macroeconómico es un asunto práctico, sin ideología? ¿Qué no su decir sobre el gas boliviano (“que se lo coman o consuman si no nos lo venden”) no es también producto de un asunto práctico sin ideología?

III
Hasta hace unos días pensaba que la nominación de candidatos ajenos a tu partido bajo las siglas amarillas y negras era un asunto de pragmatismo. Ahora tus mismos dirigentes lo confirman: dicen que hay pendientes de los que la izquierda no se ha ocupado y por eso abren puertas a expriistas y expanistas. Es decir: en vez de trabajar desde la izquierda esos pendientes, mejor que sigan trabajando en esos pendientes los que siempre lo han hecho y que lo han hecho mal. Mira tú que siquiera pensar en postular al exgobernador de Chihuahua con el nimio "pendiente" de la muertas de Juárez huele a cinismo por decir lo menos.
Me dirás, con justa razón, que no todos en el partido son así, que también hay gente de izquierda. ¡Por supuesto que los hay! Los conozco. Pero son los menos en las cúpulas dirigentes de tu partido. A veces están completamente diluidos en la vorágine de expriistas metidos a la izquierda “electoral”, “moderada”, “moderna”, “contemporánea”. Ahora todos sacan su currículum de ideas compasivas y se tildan a sí mismos de izquierda. Pero como las ideologías no importan, da igual ser filántropo que ser de izquierda, ser priista de tendencia social que de izquierda, ser panista renegado de los “bárbaros del norte” que ser de izquierda.

IV
Ten cuidado en no malinterpretarme. Mi voto es para tu partido, pero es un voto consciente: no voto por la izquierda, sino por una moderación del capitalismo salvaje. Voto porque al “turbocapitalismo” se le quiten unas cuantas turbinas dada la desolación que deja a su paso. Pero de allí a que yo me asuma militante destacado de tu partido me lo impide mi propia idea de la izquierda (que no de las “izquierdas”, como escuché decir a unos comentaristas de radio, adalides de la democracia y jueces implacables que a la izquierda no le ven ninguna utilidad, pero sí a las izquierdas. Ya ves: este pluralismo que exalta las particularidades cegando toda perspectiva general).

Comprenderás entonces lo que tú llamas “distanciamiento”. Me aburre participar directamente en la carnicería que supone la lucha tribal de tu partido. Pero también hay desilusión. Hago recuento: ex porros, mitómanos, expriistas, expanistas, individuos de dudosa reputación, prácticos en la vieja política, cobradores de puestos, expertos en corporativismo, machos, y un largo etcétera metidos a políticos.

Me dirás, como me lo dicen muchos, que la política exige a veces estas concesiones. Con lo cual puedo estar de acuerdo con una sola condición: que no fueran así “abajo”. Pero resulta que son exactamente iguales “arriba” y “abajo”. El arte de la negociación, indudablemente necesaria en la política, se ha vuelto la práctica misma de la claudicación, simulación, y reivindicación de una práctica política deleznable. Por ejemplo, me sigo preguntando, como tú lo debieras de hacer, por qué siguen usando a las mujeres como edecanes, como instrumento de negociación, como pretexto y adorno del poder.
Pero basta. No tengo más que decir (en realidad sí, pero sería muy largo hacerlo).

miércoles, enero 04, 2006

Tratado sobre la mirada

El verbo o la acción, pero no la mirada. No deja de ser curioso que “en el principio” de la vida humana estén los dos primeros mas no el último. Quizá porque en los nebulosos orígenes únicamente prevalecía el caos como espectáculo; y el caos, se sabe, es de difícil aprehensión. La mirada tras el verbo o la acción: la apreciación después de la creación.

Los mitos tienen algo de razón: la mirada no se acostumbra ni se siente cómoda frente al vacío. ¿Cómo podría estar la mirada en los orígenes de todo? Incluso en el cristianismo parece saberse más del aliento, palabras y omnímodas decisiones divinas que de su mirada, porque ésta llegó después.

Pero allí está la mirada, y su instrumento. Tan sensibles como los labios son los ojos. No el balde tienen la figura geométrica más perfecta. Desde su curva superficie intentamos aprehender todo lo creado, buscamos hallar las esquinas de la vida. Por los ojos se vive, y a veces la vida en alguien es tan intensa, que sus ojos nos parecen perfectos, de una mirada tan profunda como los bosques frondosos que en el radio de su propio caminar llegó a visitar.

lunes, enero 02, 2006

Tratado sobre los labios

Por la boca muere el pez, dice el dicho, pero en realidad nosotros vivimos por los labios. En ellos, en su piel tersa, comienza todo. Porque tampoco vale aquello de que en pico cerrado no entran moscas: es así como más atractivos se presentan. Cuando el silencio es su única bandera, parecen invocar todas las promesas, sueños y utopías. Es un no decir que a veces se disfraza de sonrisa, otras de mueca. Pero ¿cómo no sucumbir a la tentación de robarse una u otra?, ¿cómo no intentar trocar ésta por aquella?, ¿incluso cómo sustraerse a la necesidad de impregnarse de una o de otra? Allí, en los labios, en su cercanía, se comprende que así empezó todo: por unos labios que prefiguraron un soplo de vida, como sucede cuando ellos dejan pasar el aire necesario para dar vibraciones a las cuerdas vocales. ¿Habría palabra hablada sin labios que les dieran paso? A las palabras les preceden los labios, a los labios nada, absolutamente nada. Por eso me gusta pensar que en el principio, un par de labios –femeninos o masculinos, según se vea o se quiera– abrieron paso al soplo de la vida. Habría que aprender a ver en el universo la forma de esos labios.

martes, diciembre 27, 2005

Un caso para Freud

Es como una pulsación in crecendo. Al principio no te das cuenta, o si acaso, lo tomas por otra cosa. Después el descubrimiento del latido te distrae, lo asocias a la vida, e incluso al amor. Su ritmo te dice más, o mejor dicho, te oculta más de lo que crees. Al paso del tiempo aquella pulsación se vuelve inocultable. La sordera cotidiana, atenta únicamente a lo que hay de vida alrededor, no te deja percibirla hasta que está allí, ya plena, ensordecedora. Su ruido es tan extremo que te sorprende no haberlo percibido antes. Entonces llegas a la conclusión evidente: lo que está en los latidos del corazón y tras tus ojos no es otra cosa que la pulsación de la muerte. El problema no es qué hacer con ella, pues a fin de cuentas ha habitado en ti desde el primer respiro, sino qué hace ella contigo. ¿Acaso no ha dictado tu quehacer desde ese primerísimo momento? –le pregunta el paciente a Freud, que medita, toma una pluma y garabatea algunas cosas en su cuaderno.

viernes, diciembre 02, 2005

Hipocresía

Miras, no dejas de mirar. Sabes que no estás en una atalaya pero también te sabes en un lugar único. Las leyes de la física son inmutables aun entre los seres humanos: dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo. Esta certeza te basta para comprender la unicidad de cada individuo, su singularidad misma. Pero objetas el derrotero de esta certeza: llevada al extremo es el mejor camino para extraviarse y perder piso. ¿No es acaso la sobrevaloración de la singularidad lo que proclama el capitalismo hoy en día? ¿qué otra cosa son las propagandas personalizadas, las tarjetas de crédito con la propia fotografía, que la exaltación mercantil de la singularidad? ¿no son, por decirlo así, la valorización del valor mismo de la singularidad?, te preguntas. Bajo esa extraordinaria fascinación, te dices, se quiebran y diluyen los lazos comunitarios, porque a fin de cuentas –musitas– el malentendido ha proliferado: colectividad e individuo se oponen como el día y la noche, como la luz y la sombra. Nociones todas ellas tan bélicas y maquiavélicas que no pueden negar su filiación capitalista. Habría que recordarles a todos –te conminas a hacerlo– que el proceso de individuación solamente es posible en una sociedad y/o una comunidad compleja, y que por eso mismo individuo y sociedad no se oponen en modo alguno. Te dan ganas de preguntarle a los demás si de verdad las ideas e ideologías ya pasaron de moda, pero recuerdas la mirada de incomprensión que te lanzan cada vez que hablas así. Y tú mismo no sabes qué responderte cuando en todo momento reivindicas tu nombre sin ostentar títulos. Es que yo soy yo porque los otros me dejan ser yo, comentas en voz alta. Recibes las mismas miradas de incomprensión. Guardas silencio y sigues tu viaje en el transporte público fijando tu atención en los mares de vehículos que hay ante ti.