Un tanto desconcertado leo en un foro virtual un largo ir y venir sobre la poligamia, la infidelidad, y el arte de los amantes. Mi desconcierto proviene del hecho de que tal debate tiene lugar en un foro que originalmente se pensó para discutir ideas políticas y no ansiedades y revelaciones personales. No obstante, esto de la poligamia, con sus “asuntos prácticos”, ha provocado numerosas opiniones. Se intuye que es un tema que "anda en el aire".
Me abstengo de participar. Creo que la discusión se puede saldar fácilmente con dos aforismos: uno de O’Gorman y otro de Oscar Wilde. Los traigo a cuento para los interesados.
Decía el sabio de O’Gorman: “el sexo débil ni tan débil y el sexo fuerte ni tan sexo”. Lo cual, imaginando una sabrosa charla que tiende puentes en el tiempo, podría ser rematado inobjetablemente por Wilde de la siguiente manera: “La fidelidad es simplemente una declaración de impotencia”.
Que cada quien saque sus conclusiones.
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
martes, enero 31, 2006
viernes, enero 27, 2006
Soledad
Así dijo llamarse, Soledad. Pensé que su nombre era redundante a esas horas y en esa calle. El escenario era de un vacío que se prendía a las entrañas. La noche, el suelo húmedo, las tímidas luces de la entrada de los edificios, el frío, el vaho de la respiración. Todo era en efecto soledad: ni autos pasando ni ruidos ni caminantes noctámbulos salvo nosotros dos.
–¿Fumas? –me preguntó al estar justo frente a mí.
–No, pero traigo cigarros –contesté. En efecto, horas antes me habían dado a guardar una cajetilla de cigarros que permaneció olvidada en la bolsa de mi abrigo. –El problema –le dije– es que no tengo encendedor ni cerillos.
Sonrió, encogió los hombros, y se quedó esperando frente a mí a que le proporcionara uno. Mis manos, torpes y entumidas, intentaron en vano sacar un cigarro de la cajetilla. Así que decidí regalársela. Con mano experta, sacó uno y lo puso en su boca. Miró en rededor de modo pensativo.
–¿Me acompañas a buscar un cerillo? –preguntó en un tono que no era invitación ni orden ni sugerencia.
–Claro –fue mi respuesta.
La búsqueda por supuesto resultó infructuosa por más que caminamos un buen trecho en silencio. No encontramos a quién pedirle lumbre. A un gesto suyo, nos sentamos en la entrada de un edificio.
–¿Cómo te llamas? –pregunté para sacudir el silencio que nos perseguía como mosca. En realidad quería irme de allí.
–Soledad –respondió, con el cigarro en la boca.
Habrá sido lo redundante que me pareció su nombre lo que me hizo quedarme en espera de su plática.
–¿Y qué haces tan solitaria en un lugar solitario Soledad?
Una ligera mueca, parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro.
–Pues eso, viviéndome a mí misma –respondió–. ¿Qué sabes tú de la soledad? –me espetó así, sin más.
–Que es la condición básica del ser humano –respondí sin muchas ganas de explicar mi respuesta. El tono de la plática me empezaba a incomodar.
Me miró largamente. Me sorprendió que en su rostro no hubiese una sola expresión. Su rostro parecía el vacío mismo. Jamás me había encontrado con un rostro que diera cuenta del vacío como el de ella.
–¿Y más allá de esa expresión filosófica que no me dice nada? –preguntó de manera retadora.
No dije una sola palabra. Deslicé la mirada por la calle, los autos estacionados, la basura acumulada en una esquina. Me faltaba el ánimo necesario para dar explicaciones. Solamente tenía ganas de meterme en mi cama y dormir.
–La soledad –dijo Soledad, segura de mi negativa a responder– no es ninguna “condición”. No. Es algo más íntimo que una condición, algo más profundo que una circunstancia. Es como la gruta de mi sexo, del sexo de cualquier mujer quiero decir. Por eso Sabina tiene algo de razón cuando dice que lleva nombre de mujer. La soledad es como el sexo de cualquier mujer: te atrae con sus labios y te devora en una gruta infinita cuya humedad acaba por exprimirte. Pero exprimiéndote crea vida y también muerte. De esas profundidades nacemos todos los seres humanos, y hoy, al igual que siempre, también desde esas profundidades nace la muerte: si antes era Sífilis hoy es Sida.
–Soy mujer –continuó con su voz agradable tras un breve silencio en el que mordió el cigarro para masticar el tabaco. –Y no me estoy declarando culpable de nada: no estoy diciendo que la propagación de las enfermedades de transmisión sexual sea culpa de la mujer. No. Ni tampoco que seamos culpables de la muerte. No. Quiero decir otra cosa más importante: la totalidad nace y muere en nosotras. Y esa totalidad se fragua en las profundidades de la soledad, de la húmeda soledad en la que se alberga el mundo. Por eso la soledad es algo más que una “condición” y que una “circunstancia”: ni se supera ni tampoco se gana mucho lamentándola o intentando en vano ahuyentarla. Somos en ella. Somos de ella. Somos con ella. Por eso el mundo es maravilloso: encontrarse en la soledad restituye su intensidad y nos da cuerpo, nos inyecta la eterna necesidad del otro –dijo, masticando en todo momento el tabaco que con experta paciencia sacaba del cigarro.
El silencio regresó a posarse entre nosotros. La suavidad de su voz parecía acariciar el vaho dejado por sus palabras. No supe qué decirle. De algún modo intuí que su decir tenía múltiples objeciones pero no pude argumentar una sola.
Ella acomodó su cabello, me miró, sonrió. Ahora su expresión lo era todo menos vacío. Se levantó y se fue caminando por su calle solitaria.
Soledad, dijo llamarse, y algo de ella se quedó en mí.
–¿Fumas? –me preguntó al estar justo frente a mí.
–No, pero traigo cigarros –contesté. En efecto, horas antes me habían dado a guardar una cajetilla de cigarros que permaneció olvidada en la bolsa de mi abrigo. –El problema –le dije– es que no tengo encendedor ni cerillos.
Sonrió, encogió los hombros, y se quedó esperando frente a mí a que le proporcionara uno. Mis manos, torpes y entumidas, intentaron en vano sacar un cigarro de la cajetilla. Así que decidí regalársela. Con mano experta, sacó uno y lo puso en su boca. Miró en rededor de modo pensativo.
–¿Me acompañas a buscar un cerillo? –preguntó en un tono que no era invitación ni orden ni sugerencia.
–Claro –fue mi respuesta.
La búsqueda por supuesto resultó infructuosa por más que caminamos un buen trecho en silencio. No encontramos a quién pedirle lumbre. A un gesto suyo, nos sentamos en la entrada de un edificio.
–¿Cómo te llamas? –pregunté para sacudir el silencio que nos perseguía como mosca. En realidad quería irme de allí.
–Soledad –respondió, con el cigarro en la boca.
Habrá sido lo redundante que me pareció su nombre lo que me hizo quedarme en espera de su plática.
–¿Y qué haces tan solitaria en un lugar solitario Soledad?
Una ligera mueca, parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro.
–Pues eso, viviéndome a mí misma –respondió–. ¿Qué sabes tú de la soledad? –me espetó así, sin más.
–Que es la condición básica del ser humano –respondí sin muchas ganas de explicar mi respuesta. El tono de la plática me empezaba a incomodar.
Me miró largamente. Me sorprendió que en su rostro no hubiese una sola expresión. Su rostro parecía el vacío mismo. Jamás me había encontrado con un rostro que diera cuenta del vacío como el de ella.
–¿Y más allá de esa expresión filosófica que no me dice nada? –preguntó de manera retadora.
No dije una sola palabra. Deslicé la mirada por la calle, los autos estacionados, la basura acumulada en una esquina. Me faltaba el ánimo necesario para dar explicaciones. Solamente tenía ganas de meterme en mi cama y dormir.
–La soledad –dijo Soledad, segura de mi negativa a responder– no es ninguna “condición”. No. Es algo más íntimo que una condición, algo más profundo que una circunstancia. Es como la gruta de mi sexo, del sexo de cualquier mujer quiero decir. Por eso Sabina tiene algo de razón cuando dice que lleva nombre de mujer. La soledad es como el sexo de cualquier mujer: te atrae con sus labios y te devora en una gruta infinita cuya humedad acaba por exprimirte. Pero exprimiéndote crea vida y también muerte. De esas profundidades nacemos todos los seres humanos, y hoy, al igual que siempre, también desde esas profundidades nace la muerte: si antes era Sífilis hoy es Sida.
–Soy mujer –continuó con su voz agradable tras un breve silencio en el que mordió el cigarro para masticar el tabaco. –Y no me estoy declarando culpable de nada: no estoy diciendo que la propagación de las enfermedades de transmisión sexual sea culpa de la mujer. No. Ni tampoco que seamos culpables de la muerte. No. Quiero decir otra cosa más importante: la totalidad nace y muere en nosotras. Y esa totalidad se fragua en las profundidades de la soledad, de la húmeda soledad en la que se alberga el mundo. Por eso la soledad es algo más que una “condición” y que una “circunstancia”: ni se supera ni tampoco se gana mucho lamentándola o intentando en vano ahuyentarla. Somos en ella. Somos de ella. Somos con ella. Por eso el mundo es maravilloso: encontrarse en la soledad restituye su intensidad y nos da cuerpo, nos inyecta la eterna necesidad del otro –dijo, masticando en todo momento el tabaco que con experta paciencia sacaba del cigarro.
El silencio regresó a posarse entre nosotros. La suavidad de su voz parecía acariciar el vaho dejado por sus palabras. No supe qué decirle. De algún modo intuí que su decir tenía múltiples objeciones pero no pude argumentar una sola.
Ella acomodó su cabello, me miró, sonrió. Ahora su expresión lo era todo menos vacío. Se levantó y se fue caminando por su calle solitaria.
Soledad, dijo llamarse, y algo de ella se quedó en mí.
domingo, enero 22, 2006
Tentación
Cientos de hojas juguetean en derredor de un centro invisible, diríase ausente. Suavemente bailan en círculo perfecto al compás del susurro del viento. Las más inquietas escalan con gran rapidez, llegan a la punta haciendo piruetas, dando brincos, corriendo de puntitas.
Eva mira fascinada ese remolino surgido de la nada, como todo en el paraíso. Siente unas ganas irresistibles de bailar con él. Le asombra que, como si la escuchara, el remolino se aproxime a ella, invitándola a ocupar su centro ausente.
Levanta las manos mientras cientos de hojas le acarician el cuerpo desnudo. Eva baila y sonríe presa de una infinita alegría. Se mueve al rimo del susurro que inspira al remolino. Ondulante, suave, casi de modo inconsciente, recorre las llanuras del paraíso.
Siente como si ella misma fuera el remolino y flotara sin ninguna restricción, sin permiso o prohibición alguna. Lo único que le habla de ella es esa piel acariciada por cientos de hojas que cual manos inquietas la esculpen en el aire.
El remolino cesa y Eva se descubre en medio del paraíso, sola y desnuda. Algo ha cambiado en ella. Los poros le duelen de tanta excitación. Va en busca de Adán para regalarle el prodigio de su piel recién descubierta.
No hubo manzanas ni serpientes.
Eva mira fascinada ese remolino surgido de la nada, como todo en el paraíso. Siente unas ganas irresistibles de bailar con él. Le asombra que, como si la escuchara, el remolino se aproxime a ella, invitándola a ocupar su centro ausente.
Levanta las manos mientras cientos de hojas le acarician el cuerpo desnudo. Eva baila y sonríe presa de una infinita alegría. Se mueve al rimo del susurro que inspira al remolino. Ondulante, suave, casi de modo inconsciente, recorre las llanuras del paraíso.
Siente como si ella misma fuera el remolino y flotara sin ninguna restricción, sin permiso o prohibición alguna. Lo único que le habla de ella es esa piel acariciada por cientos de hojas que cual manos inquietas la esculpen en el aire.
El remolino cesa y Eva se descubre en medio del paraíso, sola y desnuda. Algo ha cambiado en ella. Los poros le duelen de tanta excitación. Va en busca de Adán para regalarle el prodigio de su piel recién descubierta.
No hubo manzanas ni serpientes.
viernes, enero 20, 2006
Carta al PRD
Leonel Cota Montaño
Presidente Nacional del PRD
Martí Batres Guadarrama
Presidente Estatal del PRD-DF
Presente
Durante mucho tiempo, en la izquierda se creyó que la responsabilidad era una de sus cualidades fundamentales. Todavía habemos algunos que lo creemos. Para la derecha, acostumbrada a las exoneraciones en el confesionario, al arrepentimiento simulado y la expiación, la responsabilidad no es lo suyo, y por eso, entre otras cosas, es peligrosa, aun cuando diga tener “las manos limpias”. Pero para la izquierda la responsabilidad debe ser su exigencia, es más, parte de su misma naturaleza.
Tanto más cuanto la posibilidad de llegar a la silla presidencial es ya casi una probabilidad para un instituto político que se adscribe a la izquierda. Preocupa que sea precisamente a la luz de esta probabilidad cuando el PRD ofrece lamentables muestras de irresponsabilidad. Porque las violentas confrontaciones internas que han sucedido recientemente sólo hablan de una cosa: el enamoramiento material a los puestos y circos públicos en los que proyectos reales de izquierda se diluyen y huyen por la puerta trasera como desencantado espectador.
¿Dónde están las propuestas a discutir entre quienes se creen indispensables para la ciudad?, ¿en las camionetas quemadas, en golpes y patadas alevosos que hospitalizan a militantes?, ¿en amenazas veladas y directas sobre la balanza electoral?, ¿en descalificaciones y acusaciones de “desmemoria” cuando los mismos acusadores exigen a los ciudadanos de esta capital ser desmemoriados e ignorar quiénes son y qué han hecho?
Un buen camino para demostrar que son de izquierda sería aceptar la responsabilidad que ello implica, y que el PRD sea un instituto político preocupado y ocupado en transformar al país. A veces parece que en eso están; otras, parece que no. Ya sabemos que los otros, el PAN y el PRI, no van a ningún otro lugar que un penthouse o un rancho en las migajas tercermundistas de la globalización. Ojalá ustedes hagan de la responsabilidad su estandarte. Responsabilidad con la nación y sus ciudadanos, se entiende. De lo contrario, aquí estaremos muchos (militantes, simpatizantes, ciudadanos) para reclamárselos.
Isaac García Venegas
Presidente Nacional del PRD
Martí Batres Guadarrama
Presidente Estatal del PRD-DF
Presente
Durante mucho tiempo, en la izquierda se creyó que la responsabilidad era una de sus cualidades fundamentales. Todavía habemos algunos que lo creemos. Para la derecha, acostumbrada a las exoneraciones en el confesionario, al arrepentimiento simulado y la expiación, la responsabilidad no es lo suyo, y por eso, entre otras cosas, es peligrosa, aun cuando diga tener “las manos limpias”. Pero para la izquierda la responsabilidad debe ser su exigencia, es más, parte de su misma naturaleza.
Tanto más cuanto la posibilidad de llegar a la silla presidencial es ya casi una probabilidad para un instituto político que se adscribe a la izquierda. Preocupa que sea precisamente a la luz de esta probabilidad cuando el PRD ofrece lamentables muestras de irresponsabilidad. Porque las violentas confrontaciones internas que han sucedido recientemente sólo hablan de una cosa: el enamoramiento material a los puestos y circos públicos en los que proyectos reales de izquierda se diluyen y huyen por la puerta trasera como desencantado espectador.
¿Dónde están las propuestas a discutir entre quienes se creen indispensables para la ciudad?, ¿en las camionetas quemadas, en golpes y patadas alevosos que hospitalizan a militantes?, ¿en amenazas veladas y directas sobre la balanza electoral?, ¿en descalificaciones y acusaciones de “desmemoria” cuando los mismos acusadores exigen a los ciudadanos de esta capital ser desmemoriados e ignorar quiénes son y qué han hecho?
Un buen camino para demostrar que son de izquierda sería aceptar la responsabilidad que ello implica, y que el PRD sea un instituto político preocupado y ocupado en transformar al país. A veces parece que en eso están; otras, parece que no. Ya sabemos que los otros, el PAN y el PRI, no van a ningún otro lugar que un penthouse o un rancho en las migajas tercermundistas de la globalización. Ojalá ustedes hagan de la responsabilidad su estandarte. Responsabilidad con la nación y sus ciudadanos, se entiende. De lo contrario, aquí estaremos muchos (militantes, simpatizantes, ciudadanos) para reclamárselos.
Isaac García Venegas
sábado, enero 14, 2006
Tratado sobre la caricia
Me sobrecoge la Creación de Adán de Miguel Ángel Buonarroti, o mejor dicho, me sobrecoge el breve y ansioso contacto que allí se va insinuando entre Dios y Adán. Ese apenas tocarse con la punta de un dedo, para ser más preciso, con la yema de un dedo, cifra el significado y la eternidad de toda caricia. La pregunta no es qué pensaba o sintió Adán en ese contacto, sino qué sintió Dios mismo ante la sutil caricia de su creación. Seguramente asombro y dolor, pero un dolor amoroso, puesto que irremediablemente Lilit le venía a la cabeza, aquella su primera creación de la que se enamoró profunda y desesperadamente, y que por eso mismo encarna también la añoranza primera.
Y no obstante allí está Dios, aventurándose a un pequeño roce con su otra creación. Se le ve complacido, pleno. Ese rostro lo he visto repetido al infinito en la caricia de una madre a su hija, del padre a su hijo, de un hombre a una mujer, de una mujer a un hombre, de una mujer a otra, de un hombre a otro. Cada vez que me lo encuentro pienso obsesivamente en ese acto pequeño, casi ínfimo, pero milagroso: cuando la yema del dedo se posa tímida y tiernamente sobre la mejilla del ser amado, vibra inmemorial la eternidad de la primera caricia asombrada y dolorosa de Dios ante lo que él mismo creó. Precisamente por eso toda caricia se consume en sí misma, se acaba apenas la piel deja de arroparse en otra piel. Asombro y dolor amoroso es lo que hay en las caricias que prodigamos en la vida.
Y no obstante allí está Dios, aventurándose a un pequeño roce con su otra creación. Se le ve complacido, pleno. Ese rostro lo he visto repetido al infinito en la caricia de una madre a su hija, del padre a su hijo, de un hombre a una mujer, de una mujer a un hombre, de una mujer a otra, de un hombre a otro. Cada vez que me lo encuentro pienso obsesivamente en ese acto pequeño, casi ínfimo, pero milagroso: cuando la yema del dedo se posa tímida y tiernamente sobre la mejilla del ser amado, vibra inmemorial la eternidad de la primera caricia asombrada y dolorosa de Dios ante lo que él mismo creó. Precisamente por eso toda caricia se consume en sí misma, se acaba apenas la piel deja de arroparse en otra piel. Asombro y dolor amoroso es lo que hay en las caricias que prodigamos en la vida.
jueves, enero 12, 2006
Susurro de un fantasma digital
Por lo cielos vuela mi nombre en forma de onda y segundos después aparece en la pantalla de tu celular. Lo miras e inmediatamente múltiples sentimientos anidan en tu pecho. Quisieras pero tu voluntad te dice que no debes contestar. Dejas que mi nombre se diluya en los colores de la pantalla. Guardas tu celular, sigues caminando, pensando en lo que hubiese pasado de haber escuchado mi voz. Mi nombre, incapaz de aceptar semejante negativa, tan rotunda, tan dolorosa, e impaciente para las reflexiones a las que tú te entregas, decide por su cuenta y riesgo perderse en otra onda cualquiera. Va y viene, sube y baja, se para y merodea, mientras yo vivo cual fantasma sin alcanzar a ser nombrado por nadie…
lunes, enero 09, 2006
"Distanciamiento"
Me pides, incluso me exiges, que públicamente explique mi "distanciamiento" del partido. Me concedes más peso político del que en realidad tengo: a nadie en tu partido, mucho menos en cualquier otro, le preocupa mi cercanía o mi distanciamiento. Por eso tu petición es absurda. Quizá eres tú quien necesita explicaciones a raíz de tantas cosas que escuchas en la “política del rumor”. Te respondo por este medio que es tan público que suele pasar inadvertido.
I
¿Sabes? hay cosas que extraño. Por ejemplo, cuando soñar un mundo distinto significaba atreverse a volar, a mirar a la distancia, acuñar términos, rehacer el lenguaje. Extraño cuando se hablaba del “hombre nuevo” y de un mundo justo; cuando fervorosamente se hablaba de la necesidad de cambiar el sistema, de acabar con la explotación. Mi añoranza llega a extremos insospechados cuando escucho que la mejor propuesta no es acabar con la opresión y la explotación del hombre por el hombre, sino “moderar la opulencia”. Acabo totalmente sumido en la desesperanza cuando escucho que hay “riqueza bien habida”, producto del trabajo honesto. ¿De cuándo acá la explotación, en cualquiera de sus formas, por más sancionada que esté por el estado de derecho, resulta “honesta”? Es como decir que “honestamente” hay ricos y pobres, y que nada más se trata de que los primeros exploten de manera honesta a los segundos. Como si el hambre, la falta de vivienda y de vestido fueran más soportables con honestidad.
I
¿Sabes? hay cosas que extraño. Por ejemplo, cuando soñar un mundo distinto significaba atreverse a volar, a mirar a la distancia, acuñar términos, rehacer el lenguaje. Extraño cuando se hablaba del “hombre nuevo” y de un mundo justo; cuando fervorosamente se hablaba de la necesidad de cambiar el sistema, de acabar con la explotación. Mi añoranza llega a extremos insospechados cuando escucho que la mejor propuesta no es acabar con la opresión y la explotación del hombre por el hombre, sino “moderar la opulencia”. Acabo totalmente sumido en la desesperanza cuando escucho que hay “riqueza bien habida”, producto del trabajo honesto. ¿De cuándo acá la explotación, en cualquiera de sus formas, por más sancionada que esté por el estado de derecho, resulta “honesta”? Es como decir que “honestamente” hay ricos y pobres, y que nada más se trata de que los primeros exploten de manera honesta a los segundos. Como si el hambre, la falta de vivienda y de vestido fueran más soportables con honestidad.
Y en realidad no me puedes culpar de ello. Abre el periódico y dime lo que encuentras: que si un “sospechoso” de portafolio negro y ligas “palomea” candidaturas; que si los líderes de un partido acusan al otro de no allanar el camino a la alianza porque reconoce que no sabe con quién tratar después de tantos mensajeros que le llegan a ofrecer alianza; que las “tribus” se preocupan porque reconocen una falta de estructura electoral y no están seguros de si el efecto cascada les va a beneficiar; etcétera. Pero algo que signifique cambiar las cosas no. Claro que la retórica del cambio está presente, mas en nada de lo que dicen se ve por dónde.
El otro día escuché al mero mero decirlo: si hay que cambiar las cosas no es por “ideología” sino por un asunto práctico. ¿De verdad? Créeme que estoy totalmente de acuerdo con el apoyo a los de la tercera edad, con las becas a los estudiantes, con el apoyo a las madres solteras, vaya, con todo lo que implica y engobla aquello de que “por el bien de todos, primero los pobres”. ¿Quién se podría oponer a eso? Con todo para mí es claro que eso no define a la izquierda. Si lo ves bien, si te pones a hurgar, verás que son proyectos igualmente patrocinados por la derecha desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, dependiendo claro está de su necesidad de permanecer en el poder. Mira al presidente: ahora hasta apoya a los de la tercera edad. No estoy seguro que baste con reconocer el patrimonio de esa idea, como he oído en comentarios de radioescuchas.
Pero el pragmatismo –cuyos beneficios son de suyo evidentes– sin ideología no pasa de ser mera distensión social: evitar el estallido social. Bien visto pareciera que se trata de garantizar que Slim pueda andar por México sin chip de seguridad, aunque no todos puedan comer en Sanborn’s.
II
Dicen que harán una campaña austera, de contacto con la gente, sin presencia en los medios. Estoy de acuerdo en que se gasta mucho, e incluso hasta tengo simpatía por la estrategia (que resulte efectiva es otra cosa). Pero de nueva cuenta: a la par de eso habría que lanzar un proyecto y definer las estrategias que modifiquen de tajo la situación de los medios de comunicación masiva. Ya lo decía Benjamín: hay que liberar de su huella capitalista incluso a la tecnología. ¿Por qué no se llega ni siquiera a un proyecto tan ciudadano como la BBC de Londres (que no es izquierda pero es interesante aun en su propia limitación capitalista)? ¡Ah no! Pareciese que la premura electoral les impide pensar, realizar, articular.
“Pareciese” –escribo– porque tú y yo sabemos que el problema está en otro lado: la negativa a adherirse o manifestar una ideología permite y posibilita este pasarse viviendo y haciendo una política campechanamente, sin mayores debates que el de aquella diputada de tu partido que le espetó a otro diputado panista no tan inteligente: “jovencito, cuando usted hable conmigo y de mí tiene que lavarse la boca”.
Lo que yo veo es claudicación. Bajo el argumento de que las cosas no son un “asunto de ideología” se esconde un profundo desdén a las ideas, que también dan sustento a lo que se hace. Y lo que es peor: se gesta una lamentable actitud acomodaticia. No hay peor claudicación que asumir y acomodarse plácidamente bajo una de las banderas de la derecha: ¡viva el fin de las ideologías! (salvo la de Dios y la omnisapiencia del mercado capitalista, claro está). En vez de lanzarse al rescate de la ideología, ofrecerle otro sentido, otro contenido que el que prevaleció en el sigo XX, dando origen o avalando cosas tan lamentables como los estados totalitarios, mejor se suben al “carro de la historia” que interpreta y promueve la derecha. ¿En última instancia, qué acaso Fox no dice que mantener el equilibrio macroeconómico es un asunto práctico, sin ideología? ¿Qué no su decir sobre el gas boliviano (“que se lo coman o consuman si no nos lo venden”) no es también producto de un asunto práctico sin ideología?
III
Hasta hace unos días pensaba que la nominación de candidatos ajenos a tu partido bajo las siglas amarillas y negras era un asunto de pragmatismo. Ahora tus mismos dirigentes lo confirman: dicen que hay pendientes de los que la izquierda no se ha ocupado y por eso abren puertas a expriistas y expanistas. Es decir: en vez de trabajar desde la izquierda esos pendientes, mejor que sigan trabajando en esos pendientes los que siempre lo han hecho y que lo han hecho mal. Mira tú que siquiera pensar en postular al exgobernador de Chihuahua con el nimio "pendiente" de la muertas de Juárez huele a cinismo por decir lo menos.
III
Hasta hace unos días pensaba que la nominación de candidatos ajenos a tu partido bajo las siglas amarillas y negras era un asunto de pragmatismo. Ahora tus mismos dirigentes lo confirman: dicen que hay pendientes de los que la izquierda no se ha ocupado y por eso abren puertas a expriistas y expanistas. Es decir: en vez de trabajar desde la izquierda esos pendientes, mejor que sigan trabajando en esos pendientes los que siempre lo han hecho y que lo han hecho mal. Mira tú que siquiera pensar en postular al exgobernador de Chihuahua con el nimio "pendiente" de la muertas de Juárez huele a cinismo por decir lo menos.
Me dirás, con justa razón, que no todos en el partido son así, que también hay gente de izquierda. ¡Por supuesto que los hay! Los conozco. Pero son los menos en las cúpulas dirigentes de tu partido. A veces están completamente diluidos en la vorágine de expriistas metidos a la izquierda “electoral”, “moderada”, “moderna”, “contemporánea”. Ahora todos sacan su currículum de ideas compasivas y se tildan a sí mismos de izquierda. Pero como las ideologías no importan, da igual ser filántropo que ser de izquierda, ser priista de tendencia social que de izquierda, ser panista renegado de los “bárbaros del norte” que ser de izquierda.
IV
Ten cuidado en no malinterpretarme. Mi voto es para tu partido, pero es un voto consciente: no voto por la izquierda, sino por una moderación del capitalismo salvaje. Voto porque al “turbocapitalismo” se le quiten unas cuantas turbinas dada la desolación que deja a su paso. Pero de allí a que yo me asuma militante destacado de tu partido me lo impide mi propia idea de la izquierda (que no de las “izquierdas”, como escuché decir a unos comentaristas de radio, adalides de la democracia y jueces implacables que a la izquierda no le ven ninguna utilidad, pero sí a las izquierdas. Ya ves: este pluralismo que exalta las particularidades cegando toda perspectiva general).
IV
Ten cuidado en no malinterpretarme. Mi voto es para tu partido, pero es un voto consciente: no voto por la izquierda, sino por una moderación del capitalismo salvaje. Voto porque al “turbocapitalismo” se le quiten unas cuantas turbinas dada la desolación que deja a su paso. Pero de allí a que yo me asuma militante destacado de tu partido me lo impide mi propia idea de la izquierda (que no de las “izquierdas”, como escuché decir a unos comentaristas de radio, adalides de la democracia y jueces implacables que a la izquierda no le ven ninguna utilidad, pero sí a las izquierdas. Ya ves: este pluralismo que exalta las particularidades cegando toda perspectiva general).
Comprenderás entonces lo que tú llamas “distanciamiento”. Me aburre participar directamente en la carnicería que supone la lucha tribal de tu partido. Pero también hay desilusión. Hago recuento: ex porros, mitómanos, expriistas, expanistas, individuos de dudosa reputación, prácticos en la vieja política, cobradores de puestos, expertos en corporativismo, machos, y un largo etcétera metidos a políticos.
Me dirás, como me lo dicen muchos, que la política exige a veces estas concesiones. Con lo cual puedo estar de acuerdo con una sola condición: que no fueran así “abajo”. Pero resulta que son exactamente iguales “arriba” y “abajo”. El arte de la negociación, indudablemente necesaria en la política, se ha vuelto la práctica misma de la claudicación, simulación, y reivindicación de una práctica política deleznable. Por ejemplo, me sigo preguntando, como tú lo debieras de hacer, por qué siguen usando a las mujeres como edecanes, como instrumento de negociación, como pretexto y adorno del poder.
Pero basta. No tengo más que decir (en realidad sí, pero sería muy largo hacerlo).
miércoles, enero 04, 2006
Tratado sobre la mirada
El verbo o la acción, pero no la mirada. No deja de ser curioso que “en el principio” de la vida humana estén los dos primeros mas no el último. Quizá porque en los nebulosos orígenes únicamente prevalecía el caos como espectáculo; y el caos, se sabe, es de difícil aprehensión. La mirada tras el verbo o la acción: la apreciación después de la creación.
Los mitos tienen algo de razón: la mirada no se acostumbra ni se siente cómoda frente al vacío. ¿Cómo podría estar la mirada en los orígenes de todo? Incluso en el cristianismo parece saberse más del aliento, palabras y omnímodas decisiones divinas que de su mirada, porque ésta llegó después.
Pero allí está la mirada, y su instrumento. Tan sensibles como los labios son los ojos. No el balde tienen la figura geométrica más perfecta. Desde su curva superficie intentamos aprehender todo lo creado, buscamos hallar las esquinas de la vida. Por los ojos se vive, y a veces la vida en alguien es tan intensa, que sus ojos nos parecen perfectos, de una mirada tan profunda como los bosques frondosos que en el radio de su propio caminar llegó a visitar.
Los mitos tienen algo de razón: la mirada no se acostumbra ni se siente cómoda frente al vacío. ¿Cómo podría estar la mirada en los orígenes de todo? Incluso en el cristianismo parece saberse más del aliento, palabras y omnímodas decisiones divinas que de su mirada, porque ésta llegó después.
Pero allí está la mirada, y su instrumento. Tan sensibles como los labios son los ojos. No el balde tienen la figura geométrica más perfecta. Desde su curva superficie intentamos aprehender todo lo creado, buscamos hallar las esquinas de la vida. Por los ojos se vive, y a veces la vida en alguien es tan intensa, que sus ojos nos parecen perfectos, de una mirada tan profunda como los bosques frondosos que en el radio de su propio caminar llegó a visitar.
lunes, enero 02, 2006
Tratado sobre los labios
Por la boca muere el pez, dice el dicho, pero en realidad nosotros vivimos por los labios. En ellos, en su piel tersa, comienza todo. Porque tampoco vale aquello de que en pico cerrado no entran moscas: es así como más atractivos se presentan. Cuando el silencio es su única bandera, parecen invocar todas las promesas, sueños y utopías. Es un no decir que a veces se disfraza de sonrisa, otras de mueca. Pero ¿cómo no sucumbir a la tentación de robarse una u otra?, ¿cómo no intentar trocar ésta por aquella?, ¿incluso cómo sustraerse a la necesidad de impregnarse de una o de otra? Allí, en los labios, en su cercanía, se comprende que así empezó todo: por unos labios que prefiguraron un soplo de vida, como sucede cuando ellos dejan pasar el aire necesario para dar vibraciones a las cuerdas vocales. ¿Habría palabra hablada sin labios que les dieran paso? A las palabras les preceden los labios, a los labios nada, absolutamente nada. Por eso me gusta pensar que en el principio, un par de labios –femeninos o masculinos, según se vea o se quiera– abrieron paso al soplo de la vida. Habría que aprender a ver en el universo la forma de esos labios.
martes, diciembre 27, 2005
Un caso para Freud
Es como una pulsación in crecendo. Al principio no te das cuenta, o si acaso, lo tomas por otra cosa. Después el descubrimiento del latido te distrae, lo asocias a la vida, e incluso al amor. Su ritmo te dice más, o mejor dicho, te oculta más de lo que crees. Al paso del tiempo aquella pulsación se vuelve inocultable. La sordera cotidiana, atenta únicamente a lo que hay de vida alrededor, no te deja percibirla hasta que está allí, ya plena, ensordecedora. Su ruido es tan extremo que te sorprende no haberlo percibido antes. Entonces llegas a la conclusión evidente: lo que está en los latidos del corazón y tras tus ojos no es otra cosa que la pulsación de la muerte. El problema no es qué hacer con ella, pues a fin de cuentas ha habitado en ti desde el primer respiro, sino qué hace ella contigo. ¿Acaso no ha dictado tu quehacer desde ese primerísimo momento? –le pregunta el paciente a Freud, que medita, toma una pluma y garabatea algunas cosas en su cuaderno.
viernes, diciembre 02, 2005
Hipocresía
Miras, no dejas de mirar. Sabes que no estás en una atalaya pero también te sabes en un lugar único. Las leyes de la física son inmutables aun entre los seres humanos: dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo. Esta certeza te basta para comprender la unicidad de cada individuo, su singularidad misma. Pero objetas el derrotero de esta certeza: llevada al extremo es el mejor camino para extraviarse y perder piso. ¿No es acaso la sobrevaloración de la singularidad lo que proclama el capitalismo hoy en día? ¿qué otra cosa son las propagandas personalizadas, las tarjetas de crédito con la propia fotografía, que la exaltación mercantil de la singularidad? ¿no son, por decirlo así, la valorización del valor mismo de la singularidad?, te preguntas. Bajo esa extraordinaria fascinación, te dices, se quiebran y diluyen los lazos comunitarios, porque a fin de cuentas –musitas– el malentendido ha proliferado: colectividad e individuo se oponen como el día y la noche, como la luz y la sombra. Nociones todas ellas tan bélicas y maquiavélicas que no pueden negar su filiación capitalista. Habría que recordarles a todos –te conminas a hacerlo– que el proceso de individuación solamente es posible en una sociedad y/o una comunidad compleja, y que por eso mismo individuo y sociedad no se oponen en modo alguno. Te dan ganas de preguntarle a los demás si de verdad las ideas e ideologías ya pasaron de moda, pero recuerdas la mirada de incomprensión que te lanzan cada vez que hablas así. Y tú mismo no sabes qué responderte cuando en todo momento reivindicas tu nombre sin ostentar títulos. Es que yo soy yo porque los otros me dejan ser yo, comentas en voz alta. Recibes las mismas miradas de incomprensión. Guardas silencio y sigues tu viaje en el transporte público fijando tu atención en los mares de vehículos que hay ante ti.
viernes, octubre 07, 2005
El enemigo
¿Cómo no ceder a la tentación de decir que en estos días la naturaleza se está vengando del hombre? Tan hollada desde hace siglos, parece rebelarse con furia. Pero no. Esa explicación no hace otra cosa que reiterar la percepción de la naturaleza como enemiga a dominar. Lo que está sucediendo es la consecuencia inevitable de una obviedad: el hombre ha creado metódicamente su propia destrucción al eliminar los mecanismos propios de la naturaleza para contener sus propias lógicas. Por ese camino puede llegar el desenlace final, y nosotros sin enterarnos que el enemigo no es lo Otro, sino nosotros mismos.
miércoles, octubre 05, 2005
Mensaje conocido
Que me lo encontré en los páramos interiores:
El día de hoy algo se muere. Cruelmente la humedad del día se ciñe al pensamiento. Lejanas y cercanas tristezas confluyen, se arremolinan, brotan por el cráter de la mirada. No deja de sorprenderme que el más leve rozón haga tambalear la más fulgurante esperanza. Otra vez, una vez más, intentar encontrarle calor al sol. Es difícil saber si con el paso de los años tales intentos llegan a ser algo más que eso...
El día de hoy algo se muere. Cruelmente la humedad del día se ciñe al pensamiento. Lejanas y cercanas tristezas confluyen, se arremolinan, brotan por el cráter de la mirada. No deja de sorprenderme que el más leve rozón haga tambalear la más fulgurante esperanza. Otra vez, una vez más, intentar encontrarle calor al sol. Es difícil saber si con el paso de los años tales intentos llegan a ser algo más que eso...
El suicida que todos llevamos dentro
lunes, octubre 03, 2005
El fuego, los hongos y la revolución
En un cuento para niños, Juan Villoro sostiene que la memoria es como una de esas máquinas de chicles en las que al depositar una moneda sale uno redondo y del color no deseado. En efecto, la memoria tiene sus caprichos; a menudo arroja recuerdos inesperados. Motivada por una película sobre Nicaragua (Bajo Fuego de Roger Sopttiswoode), mi memoria lanzó cual relámpago una imagen.
No tendría yo más de 10 años cuando vi esa escena, que ahora recuerdo con nitidez: en la televisión se daba cuenta de una acción impensable: unos guerrilleros habían rodeado un hotel de cinco estrellas, creo que el Hilton, en el que estaban hospedados los asesores de la CIA. La sorpresa era evidente: lo estrategas de la guerra sucia, los representantes de la larga mano de imperio, rodeados y acorralados por los tan despreciados guerrilleros, con sus armas desiguales, sus barbas, sus disparejos uniformes verde olivo, café, azul oscuro, negro, y el paliacate rojinegro. Lo que no recuerdo es si se trataba de Nicaragua o de El Salvador, aunque supongo que en realidad se trataba de Managua.
Ese recuerdo me llevó al recuento de ciertas lecturas: Tomás Borge, Sergio Ramírez, Omar Cabezas. El libro de este último me conmovió poderosamente (La montaña es algo más que una inmensa estepa verde), sobre todo por dos escenas: la del fuego como elemento de protesta silenciosa, y aquella otra afirmación:
“El hombre nuevo empieza a nacer con hongos, con los pies engusanados, el hombre nuevo empieza a nacer con soledad, el hombre nuevo empieza a nacer picado de zancudos, el hombre nuevo empieza a nacer hediondo. Ésa es la parte de afuera, porque por dentro, a fuerza de golpes violentos todos los días, viene naciendo el hombre nuevo en la frescura de la montaña”.
Azarosamente encuentro esta idea que me quema las entrañas: la revolución sólo puede darse como fuego. Cualquier revolución: desde la que se emprende contra Dios hasta la que aspira a transformar radicalmente al mundo. En protesta contra las ilusorias promesas del cielo (“Con ansia y amargura, he intentado cosechar los frutos del cielo y no he podido. Se elevaban hacia no sé qué otro cielo cuando les tendía mis manos golosas de su abundancia”) Cioran afirma que necesitamos un “espíritu de fuego” para que el “querubín enemigo que afila armas y locuras”, colocado por Dios como guardia en el camino del árbol de la vida, se derrita “en la pira de nuestra alma”. ¿Cómo no encontrar una relación estrecha entre esta necesidad de derretir al querubín divino en la pira de nuestra alma con un “espíritu de fuego” y el paulatino crecimiento de la protesta contra Somoza que describe Omar Cabezas cuando todavía no se incorporaba a las filas guerrilleras del FSLN que entrenaban en la montaña?
Según Cabezas, en Subitava descubrió los potenciales efectos del fuego como signo de protesta. Aquella población se había convertido en una hoguera permanente: las múltiples fogatas en torno a las que la gente se reunía para escuchar a los activistas, para sumarse a la resistencia contra la dictadura. De las marchas con ocote, las llamas anidaron en las fogatas que en calles y casas se hacían para discutir las injusticias de la dictadura. Recuerda Omar Cabezas:
“Y bueno, la fogata se fue generalizando en todos los barrios y paulatinamente fue adquiriendo un carácter subversivo. El fuego fue tomando un carácter subversivo porque todos los opositores, todos los antisomocistas, todos los prosandinistas, se aglutinaban alrededor del fuego. Entonces la fogata era síntoma de subversión, era símbolo de agitación política, de ideas revolucionarias llevadas por los estudiantes a los barrios. Las fogatas eran enemigas de la Guardia. La Guardia odiaba las fogatas porque la fogata concentraba a la gente. El fuego concita, integra, une; como que el fuego da valor como que el fuego te hace sentirte más protegido, más fuerte. Como que la llama fuera compañía. Es una sensación más o menos de ese tipo”.
Sospecho que allí, al calor de esas fogatas, poco a poco muchos nicaragüenses quemaron tanto al querubín de armas y locuras como su temor a la dictadura. En las piras de sus almas se comenzó a quemar todo. La revolución había llegado. El fuego como elemento propio cuando el cielo ha negado sus frutos, cuando unos pocos arrebatan a la tierra los frutos de todos. El mundo propio sólo se puede construir con fuego. ¿No será éste el lema de la revolución?
Porque también están las revoluciones personales. Ese conmovedor escenario de Subitava se llevó Cabezas a la montaña, cuando por fin el FSLN lo requirió como guerrillero. Y allá arriba vino la otra domesticación: la del propio yo acomodado. Otra pira de fuego en la que se queman muchas cosas. De los rescoldos no renace el hombre común, sino el hombre nuevo. Al lado del fuego, los hongos y los golpes violentos. Acaso forjarse no es otra cosa que eso: reconstituirse en piras, humedades y luchas contra las certezas que inmovilizan. Es otra vez Cioran el que lo dice mejor: “Armados por los accidentes de la vida, asolaremos las crueles certezas que nos acechan”. ¿Hay mejor definición del hombre nuevo? Cebezas incluso hubo de asolar la certeza del amor correspondido por la madre de su hija.
Pero como siempre, el fuego se agota, y lejos de los hongos y los golpes violentos, el hombre nuevo fenece ante las tentaciones del hombre común. El gran problema de la revolución es ése: ¿qué se hace con la pira que alguna vez la forjó? ¿qué se hace con los “ornamentos del mundo” que tanto seducen? ¿en qué momento no supimos guarecernos de los chaparrones?
No tendría yo más de 10 años cuando vi esa escena, que ahora recuerdo con nitidez: en la televisión se daba cuenta de una acción impensable: unos guerrilleros habían rodeado un hotel de cinco estrellas, creo que el Hilton, en el que estaban hospedados los asesores de la CIA. La sorpresa era evidente: lo estrategas de la guerra sucia, los representantes de la larga mano de imperio, rodeados y acorralados por los tan despreciados guerrilleros, con sus armas desiguales, sus barbas, sus disparejos uniformes verde olivo, café, azul oscuro, negro, y el paliacate rojinegro. Lo que no recuerdo es si se trataba de Nicaragua o de El Salvador, aunque supongo que en realidad se trataba de Managua.
Ese recuerdo me llevó al recuento de ciertas lecturas: Tomás Borge, Sergio Ramírez, Omar Cabezas. El libro de este último me conmovió poderosamente (La montaña es algo más que una inmensa estepa verde), sobre todo por dos escenas: la del fuego como elemento de protesta silenciosa, y aquella otra afirmación:
“El hombre nuevo empieza a nacer con hongos, con los pies engusanados, el hombre nuevo empieza a nacer con soledad, el hombre nuevo empieza a nacer picado de zancudos, el hombre nuevo empieza a nacer hediondo. Ésa es la parte de afuera, porque por dentro, a fuerza de golpes violentos todos los días, viene naciendo el hombre nuevo en la frescura de la montaña”.
Azarosamente encuentro esta idea que me quema las entrañas: la revolución sólo puede darse como fuego. Cualquier revolución: desde la que se emprende contra Dios hasta la que aspira a transformar radicalmente al mundo. En protesta contra las ilusorias promesas del cielo (“Con ansia y amargura, he intentado cosechar los frutos del cielo y no he podido. Se elevaban hacia no sé qué otro cielo cuando les tendía mis manos golosas de su abundancia”) Cioran afirma que necesitamos un “espíritu de fuego” para que el “querubín enemigo que afila armas y locuras”, colocado por Dios como guardia en el camino del árbol de la vida, se derrita “en la pira de nuestra alma”. ¿Cómo no encontrar una relación estrecha entre esta necesidad de derretir al querubín divino en la pira de nuestra alma con un “espíritu de fuego” y el paulatino crecimiento de la protesta contra Somoza que describe Omar Cabezas cuando todavía no se incorporaba a las filas guerrilleras del FSLN que entrenaban en la montaña?
Según Cabezas, en Subitava descubrió los potenciales efectos del fuego como signo de protesta. Aquella población se había convertido en una hoguera permanente: las múltiples fogatas en torno a las que la gente se reunía para escuchar a los activistas, para sumarse a la resistencia contra la dictadura. De las marchas con ocote, las llamas anidaron en las fogatas que en calles y casas se hacían para discutir las injusticias de la dictadura. Recuerda Omar Cabezas:
“Y bueno, la fogata se fue generalizando en todos los barrios y paulatinamente fue adquiriendo un carácter subversivo. El fuego fue tomando un carácter subversivo porque todos los opositores, todos los antisomocistas, todos los prosandinistas, se aglutinaban alrededor del fuego. Entonces la fogata era síntoma de subversión, era símbolo de agitación política, de ideas revolucionarias llevadas por los estudiantes a los barrios. Las fogatas eran enemigas de la Guardia. La Guardia odiaba las fogatas porque la fogata concentraba a la gente. El fuego concita, integra, une; como que el fuego da valor como que el fuego te hace sentirte más protegido, más fuerte. Como que la llama fuera compañía. Es una sensación más o menos de ese tipo”.
Sospecho que allí, al calor de esas fogatas, poco a poco muchos nicaragüenses quemaron tanto al querubín de armas y locuras como su temor a la dictadura. En las piras de sus almas se comenzó a quemar todo. La revolución había llegado. El fuego como elemento propio cuando el cielo ha negado sus frutos, cuando unos pocos arrebatan a la tierra los frutos de todos. El mundo propio sólo se puede construir con fuego. ¿No será éste el lema de la revolución?
Porque también están las revoluciones personales. Ese conmovedor escenario de Subitava se llevó Cabezas a la montaña, cuando por fin el FSLN lo requirió como guerrillero. Y allá arriba vino la otra domesticación: la del propio yo acomodado. Otra pira de fuego en la que se queman muchas cosas. De los rescoldos no renace el hombre común, sino el hombre nuevo. Al lado del fuego, los hongos y los golpes violentos. Acaso forjarse no es otra cosa que eso: reconstituirse en piras, humedades y luchas contra las certezas que inmovilizan. Es otra vez Cioran el que lo dice mejor: “Armados por los accidentes de la vida, asolaremos las crueles certezas que nos acechan”. ¿Hay mejor definición del hombre nuevo? Cebezas incluso hubo de asolar la certeza del amor correspondido por la madre de su hija.
Pero como siempre, el fuego se agota, y lejos de los hongos y los golpes violentos, el hombre nuevo fenece ante las tentaciones del hombre común. El gran problema de la revolución es ése: ¿qué se hace con la pira que alguna vez la forjó? ¿qué se hace con los “ornamentos del mundo” que tanto seducen? ¿en qué momento no supimos guarecernos de los chaparrones?
!México, México!
Hombre: si 11 mocosos corriendo tras una pelota es el signo de una nueva etapa para el país, según dice el presidente, respiremos tranquilos. La nueva etapa entonces se define por este correr una y otra vez dentro de los límites de una cancha sin poder ir más allá. Moverse sin moverse. Vaya, después de todo, el presidente de la república no es tan tonto como parece. Viendo a los 11 jugadores de futbol que ganaron el campeonato sub17, encontró la explicación de su sexenio, de su visión de país, de su proyecto. Moverse sin moverse. Así está el país. Propongo que salgamos al ángel a festejar este talento para regodearse en el mito del Sísifo. Me siento un nuevo mexicano.
miércoles, septiembre 28, 2005
Nosotros
Una y otra vez regreso a esta palabra. No tanto por voluntad propia sino incitado por su uso generalizado entre conocidos y desconocidos: nosotros, que somos mexicanos; nosotros, que somos de izquierda; nosotros, que somos revolucionarios; nosotros, que somos pareja; nosotros, que somos amigos; nosotros, que somos los chingones; nosotros, siempre nosotros.
Dos son las formas en que se puede entender esa palabra. Una, que se funda en la negación; otra, que expresa apertura. La primera, el nosotros que en el fondo quiere decir un “no a los otros”, tiene alarmantes sesgos fundamentalistas. Implica hablar desde lo que se asume como verdadero y, por ende, indiscutible. Obvia decir que los otros representan por definición lo dudoso y lo falso. Es precisamente este sentido el que campea por todo tipo de fronteras: las nacionales, las personales, las colectivas. Allí, en esas zonas delicadas en que la sola presencia de los otros cuestionan la cómoda estancia al interior de las propias fronteras, se vive en tensión y pensando siempre en la amenaza que los otros suponen. Desde las fronteras, casi siempre la definición de un nosotros parte de lo que no son los otros.
La segunda forma de entender la palabra, aquella en la que el nosotros denota un “nuestros otros”, también implica una negación de los otros: nuestros otros no son los otros de los demás. No obstante, guarda en sí misma una apertura completamente ausente en la primera forma del nosotros. En efecto, “nuestros otros” tiene un sesgo de inclusión progresiva que la vuelve necesariamente flexible, e incluso, si se quiere, frágil. No parte de verdades absolutas y válidas por siempre; al contrario, concede la posibilidad de que los otros tienen algo que decir, y en ese medida, enriquecernos. En este nosotros las fronteras se diluyen paulatinamente en un afán de encontrar a los otros sin los que nada somos. Con este nosotros no existen miedos o amenazas, tan sólo la inseguridad de quien ante la incitación del otro pone en duda su propia consistencia.
Creo que hay que ser cuidadosos con el “nosotros” que utilizamos. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de un “nosotros"?
Dos son las formas en que se puede entender esa palabra. Una, que se funda en la negación; otra, que expresa apertura. La primera, el nosotros que en el fondo quiere decir un “no a los otros”, tiene alarmantes sesgos fundamentalistas. Implica hablar desde lo que se asume como verdadero y, por ende, indiscutible. Obvia decir que los otros representan por definición lo dudoso y lo falso. Es precisamente este sentido el que campea por todo tipo de fronteras: las nacionales, las personales, las colectivas. Allí, en esas zonas delicadas en que la sola presencia de los otros cuestionan la cómoda estancia al interior de las propias fronteras, se vive en tensión y pensando siempre en la amenaza que los otros suponen. Desde las fronteras, casi siempre la definición de un nosotros parte de lo que no son los otros.
La segunda forma de entender la palabra, aquella en la que el nosotros denota un “nuestros otros”, también implica una negación de los otros: nuestros otros no son los otros de los demás. No obstante, guarda en sí misma una apertura completamente ausente en la primera forma del nosotros. En efecto, “nuestros otros” tiene un sesgo de inclusión progresiva que la vuelve necesariamente flexible, e incluso, si se quiere, frágil. No parte de verdades absolutas y válidas por siempre; al contrario, concede la posibilidad de que los otros tienen algo que decir, y en ese medida, enriquecernos. En este nosotros las fronteras se diluyen paulatinamente en un afán de encontrar a los otros sin los que nada somos. Con este nosotros no existen miedos o amenazas, tan sólo la inseguridad de quien ante la incitación del otro pone en duda su propia consistencia.
Creo que hay que ser cuidadosos con el “nosotros” que utilizamos. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de un “nosotros"?
jueves, septiembre 15, 2005
Una fecha cívica más
Himno nacional, banderas tricolores, juegos artificiales, sopes, quesadillas, pambazos, elotes, esquites y pozole. Al “México lindo y querido” seguirá el “Son de la negra” acompañados con los sacrosantos vapores del tequila para finalizar, eso sí, con José Alfredo Jiménez. Este nacionalismo incurable que, como bien dice Zaid, es más matriotero que patriotero. ¡Uf! La tragedia de hurgar en el pasado es precisamente darse cuenta de lo convenientemente selectiva que resulta la memoria de las fechas cívicas. Y aunque se puede argumentar que esto siempre es así (de hecho es una característica fundamental de la historia el no ser un Fulnes el memorioso), debe tenerse presente desde dónde se recuerda. Mis recuerdos, por fortuna, no surgen al ritmo marcial del hijo vuelto soldado según la discrecionalidad divina, ni tampoco al cobijo de casas de gobierno ni monumentos. Tampoco tiemblan de emoción en la concentración masiva que desesperadamente grita "!Viva México!". Mucho menos se fascinan con los juegos artificiales que iluminan los cielos. Y de plano huyen cuando llega el grito laudatorio que aumenta y disminuye a los héroes nacionales según el capricho del presidente en turno.
¿Cómo no agradecerte JEP el tino de tu pluma, más estos días?
Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia, montañas
–y tres o cuatro ríos.
¿Cómo no agradecerte JEP el tino de tu pluma, más estos días?
Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia, montañas
–y tres o cuatro ríos.
viernes, septiembre 09, 2005
La chorcha...
Bienvenidos radioescuchas a nuestra tradicional mesa de debate político, que el día de hoy tiene como tema central las precandidaturas perredistas al gobierno de la ciudad de México. Como siempre, nuestros invitados nos ayudarán sabiamente a pensar la situación. Y comienzo así, con una pregunta abierta: ¿hay dados cargados a favor de Marcelo?
X –Claro que los hay...
Y –Sí, por supuesto...
Z –¿La pregunta es en serio?
X –A mí me gustaría empezar con otro punto: desde el nombre. A mí me parece sospechoso, qué digo sospechoso, criticable, esa familiaridad con la que se habla de él y en general de los políticos más destacados del país: Andrés Manuel, Santiago, Vicente, Marcelo, Pablo, Porfirio...
Z –...estoy de acuerdo, Marcelo es en el mejor de los casos pseudónimo de comandante guerrillero (claro no zapatista, entre los que hay Blue Demon y cosas por el estilo), y en el peor, nombre de jefe de la mafia...
Y –O de futbolista...
X –...pero me refiero sobre todo a esa familiaridad. Digo, los políticos no están allí para ser queridos, y en mi opinión esa familiaridad denota precisamente eso: que hay una relación afectiva con ellos que evidentemente no facilita una relación ciudadana ni política.
Y: –Sí, como que hace falta una “sana distancia”, para utilizar el fino concepto zedillista...
Z: –Bueno, si eso es cierto, están en mucho mejor posición “la maestra” Gordillo y “el profe” Bejarano... como quiera los títulos distancian...
Y: –Bueno, tampoco...
Z: –Pssst... ¿por fin?
X: –Me refiero a ese “cariño” que se le tiene a los políticos.
Y: –Y a los profesores...
Z: –Stá bien.. cariño, política premoderna... pero bueno, eso no es patrimonio del PRD, aquí se mencionó gente del PRI y del PAN.
Locutor: –Sí, bueno, pero entonces ¿qué piensan? ¿Qué el señor Ebrard será el candidato perredista a la jefatura de gobierno del DF? Y más aún, ¿qué será el próximo jefe de gobierno?
Z: –¿Es en serio la pregunta?
X: –Claro...
Y: –Sí, evidentemente
Z: –¿Claro que la pregunta es en serio o evidentemente Ebrard será candidato y jefe de gobierno? Ya me perdí...
X: –Lo segundo.
Y: –No, lo primero.
Z: –Ahhh...
Locutor: –¿Ustedes creen que la competencia interna es desigual?
Y: –Sí, claro. Es muy desigual. Ebrard ha utilizado su puesto para promoverse...
X: –Es que no es lo mismo ser secretario que diputado o senador. En efecto, hay desigualdades.
Z: –¿Cuál competencia interna? Porque ni siquiera ha sido Ebrard promotor de su propia candidatura; en ese sentido el gobierno de la ciudad ha sido más una agencia de viajes con un solo promotor que se llama Andrés Manuel López Obrador. O peor aún: como el padre de Mozart que lo llevaba del tingo al tango “mostrando” al mejor postor sus cualidades. “Claro”, la comparación sólo tiene sentido si aceptamos sin conceder que Ebrard tiene alguna cualidad siquiera lejanamente equiparable a la menos desarrollada de Mozart....
X: –No estoy de acuerdo. Sí hay competencia interna: allí está Pablo que llenó El Metropólitan.
Y: –Y que fue duramente cuestionado en la UNAM...
X: –Y los otros, que han querido aplicarle la misma lógica del desafuero. Nada de eso sería posible si no hubiese competencia interna.
Z: –Chin, me retracto. Perdón. La razón les asiste. Ciertamente también allí están los espectaculares de Ortega y los carteles de Quintero... Sí, está claro que hay competencia interna. Lástima que el criterio definitivo para elegir candidato a la jefatura de gobierno del DF no esté dentro del PRD sino fuera de él.
Locutor: –Eso es interesante. ¿Podrías ampliarlo?
Z: –Sí, como no. Pues verás, el padre de Mozart...
Locutor: –No, eso no, por favor. Lo otro, lo del criterio de elección...
Z: –Ah. Perdón. Sí. Bueno, mira, este... sucede que AMLO cree en las virtudes potenciales del voto corporativo. Aunque algunos dentro del PRD se opongan a la candidatura de Ebrard se ve difícil que vayan a apoyar a un candidato de otro partido. El voto duro es el voto duro. El asunto fundamental es que AMLO quiere algo más que el voto duro. Sabe que lo necesita. En ese sentido, ninguno de los otros precandidatos garantiza un voto que no sea el duro. Solamente Ebrard.
Y: –Pero el costo político de sostener a Ebrard puede ser muy alto para AMLO.
X: –De hecho ya lo es. Las encuestas demuestran que si se fundamenta más la acusación de uso de recursos públicos en contra de Ebrard más del 50 por ciento de la población del DF no votaría por él.
Z: –Ajá, las encuestas de Televisa, ¿no? Además el costo político inicial no es para AMLO sino para el PRD-DF... pero lo importante, o lo que yo quiero decir, es que Ebrard tiene dos... eh... ¿cómo las llamaré?... virtudes no... cualidades tampoco... características... bueno, dos rasgos útilísimos para AMLO: primero, su imagen de Dick Tracy...
X: –¿Dick Tracy?
Y: –¿Por lo de la gabardina?
Z: –Y por ser el paladín de la justicia... y...
Y: –Pero allí te equivocas. La inseguridad crece, o por lo menos aumenta la sensación de inseguridad. En eso no triunfó Ebrard, pese a la costosa asesoría de Guiliani. Tláhuac lo hundió, de allí que se fuera a desarrollo social.
X: –Así es. Las encuestas demuestran que la seguridad es quizá el tema más sensible para la ciudadanía. Y en ello ningún gobierno ha tenido éxito hasta ahora, pero mucho menos el de AMLO cuando estaba Ebrard al frente de la seguridad.
Z: –Pero bueno, ¿acaso Dick Tracy acabó con todos los delincuentes? Ningún héroe los acaba por completo. Todos los héroes sólo terminan (y siempre hay que esperar su terrible retorno) con algunos malosos. Lo verdaderamente importante de un superhéroe es que está allí para combatir al mal, no para erradicarlo. Nadie se imagina un Superman desempleado o un Spiderman jubilado. Tal fue la tragedia de Mr. Increíble, según Pixar...
Locutor: –Pero la realidad no se trata de una película.
Y: –¡Exacto! No entiendo la comparación.
X: –Yo tampoco. ¿Cuál es el punto?
Z: –Yo menos. Lo que quiero decir es que uno de los rasgos de Ebrard, que ejemplifico con Dick Tracy, es su decida apuesta por la seguridad. Eso: la seguridad es uno de los temas y discursos más atractivos para las clases acomodadas. Ebrard logró acuñar un discurso de seguridad (y una actitud y una imagen) bastante persuasivo que gusta a las clases acomodadas, tan preocupadas por la propiedad privada...
Y: –¡Y tienen razón! ¡A nadie le gusta que se metan con las cosas que tanto trabajo le ha costado adquirir!
Z: –Por eso mismo, ante una sociedad tan preocupada por su propiedad privada, nada mejor que un personaje que apela a la seguridad de esa propiedad privada. He allí su atractivo.
X: –Que poco tiene que ver con la izquierda en verdad...
Z: –Bueno, eso es otra cosa, pero aquí nadie está discutiendo que Ebrard sea de izquierda, ¿o sí? ¿Ya me perdí otra vez?
Y: –Pero ciertamente ese es un punto que hay que...
Locutor: –Un momento, ahora pasamos a ese otro tema, pero hablabas de dos rasgos de Ebrard...
Z: –¿Eh? ¡Ah sí! Está la otra parte: todo el contacto que mantuvo con las áreas conflictivas de la ciudad (mercados, peseros, taxis, porros) cuando estuvo con Camacho en la administración capitalina. Es otro voto duro que cuenta y al que poco a poco parte del PRD se acostumbra.
Y: –En eso sí estoy de acuerdo. El pasado salinista de Ebrard no se soluciona con renegar del expresidente. ¿Se imaginan la de cosas que el PRI le está reservando a Ebrard para cuando ya sea el candidato oficial?
X: –¡Y lo que Ebrard le sabe al PRI!. Tampoco hay que olvidarse de eso.
Z: –Alacranes picando a alacranes. Es que como diría la fábula, está en su naturaleza.
Locutor: –Entonces sí, Ebrard será el candidato del PRD, pésele a quien le pese. Tenemos un minuto para concluir el programa. ¿Alguna opinión final?
Z: –Será candidato, lo cual no quiere decir necesariamente que gane. Y si sucede, habría que pensar en lo que eso significa: un talento extraordinario por parte de AMLO, y por otro, una sociedad dividida en dos grandes rubros: uno corporativo y otro feliz de que se le garantice la seguridad de su propiedad privada.
X: –Sí, Ebrard será candidato. No por las razones que mi estimado colega aduce. Más bien porque el aparato partidario es bastante débil y obedece aún a los impulsos caudillistas de AMLO.
Y: –De acuerdo. La pregunta es ¿votaremos por él?
X: –El voto es secreto...
Z: –Si soy coherente con mis preferencias políticas, debiera votar por quien va a perder... siempre voto por quien pierde. Así que tal vez votaré por el peor candidato para no perderme la oportunidad de pensar: a la otra, será a la otra...
X –Claro que los hay...
Y –Sí, por supuesto...
Z –¿La pregunta es en serio?
X –A mí me gustaría empezar con otro punto: desde el nombre. A mí me parece sospechoso, qué digo sospechoso, criticable, esa familiaridad con la que se habla de él y en general de los políticos más destacados del país: Andrés Manuel, Santiago, Vicente, Marcelo, Pablo, Porfirio...
Z –...estoy de acuerdo, Marcelo es en el mejor de los casos pseudónimo de comandante guerrillero (claro no zapatista, entre los que hay Blue Demon y cosas por el estilo), y en el peor, nombre de jefe de la mafia...
Y –O de futbolista...
X –...pero me refiero sobre todo a esa familiaridad. Digo, los políticos no están allí para ser queridos, y en mi opinión esa familiaridad denota precisamente eso: que hay una relación afectiva con ellos que evidentemente no facilita una relación ciudadana ni política.
Y: –Sí, como que hace falta una “sana distancia”, para utilizar el fino concepto zedillista...
Z: –Bueno, si eso es cierto, están en mucho mejor posición “la maestra” Gordillo y “el profe” Bejarano... como quiera los títulos distancian...
Y: –Bueno, tampoco...
Z: –Pssst... ¿por fin?
X: –Me refiero a ese “cariño” que se le tiene a los políticos.
Y: –Y a los profesores...
Z: –Stá bien.. cariño, política premoderna... pero bueno, eso no es patrimonio del PRD, aquí se mencionó gente del PRI y del PAN.
Locutor: –Sí, bueno, pero entonces ¿qué piensan? ¿Qué el señor Ebrard será el candidato perredista a la jefatura de gobierno del DF? Y más aún, ¿qué será el próximo jefe de gobierno?
Z: –¿Es en serio la pregunta?
X: –Claro...
Y: –Sí, evidentemente
Z: –¿Claro que la pregunta es en serio o evidentemente Ebrard será candidato y jefe de gobierno? Ya me perdí...
X: –Lo segundo.
Y: –No, lo primero.
Z: –Ahhh...
Locutor: –¿Ustedes creen que la competencia interna es desigual?
Y: –Sí, claro. Es muy desigual. Ebrard ha utilizado su puesto para promoverse...
X: –Es que no es lo mismo ser secretario que diputado o senador. En efecto, hay desigualdades.
Z: –¿Cuál competencia interna? Porque ni siquiera ha sido Ebrard promotor de su propia candidatura; en ese sentido el gobierno de la ciudad ha sido más una agencia de viajes con un solo promotor que se llama Andrés Manuel López Obrador. O peor aún: como el padre de Mozart que lo llevaba del tingo al tango “mostrando” al mejor postor sus cualidades. “Claro”, la comparación sólo tiene sentido si aceptamos sin conceder que Ebrard tiene alguna cualidad siquiera lejanamente equiparable a la menos desarrollada de Mozart....
X: –No estoy de acuerdo. Sí hay competencia interna: allí está Pablo que llenó El Metropólitan.
Y: –Y que fue duramente cuestionado en la UNAM...
X: –Y los otros, que han querido aplicarle la misma lógica del desafuero. Nada de eso sería posible si no hubiese competencia interna.
Z: –Chin, me retracto. Perdón. La razón les asiste. Ciertamente también allí están los espectaculares de Ortega y los carteles de Quintero... Sí, está claro que hay competencia interna. Lástima que el criterio definitivo para elegir candidato a la jefatura de gobierno del DF no esté dentro del PRD sino fuera de él.
Locutor: –Eso es interesante. ¿Podrías ampliarlo?
Z: –Sí, como no. Pues verás, el padre de Mozart...
Locutor: –No, eso no, por favor. Lo otro, lo del criterio de elección...
Z: –Ah. Perdón. Sí. Bueno, mira, este... sucede que AMLO cree en las virtudes potenciales del voto corporativo. Aunque algunos dentro del PRD se opongan a la candidatura de Ebrard se ve difícil que vayan a apoyar a un candidato de otro partido. El voto duro es el voto duro. El asunto fundamental es que AMLO quiere algo más que el voto duro. Sabe que lo necesita. En ese sentido, ninguno de los otros precandidatos garantiza un voto que no sea el duro. Solamente Ebrard.
Y: –Pero el costo político de sostener a Ebrard puede ser muy alto para AMLO.
X: –De hecho ya lo es. Las encuestas demuestran que si se fundamenta más la acusación de uso de recursos públicos en contra de Ebrard más del 50 por ciento de la población del DF no votaría por él.
Z: –Ajá, las encuestas de Televisa, ¿no? Además el costo político inicial no es para AMLO sino para el PRD-DF... pero lo importante, o lo que yo quiero decir, es que Ebrard tiene dos... eh... ¿cómo las llamaré?... virtudes no... cualidades tampoco... características... bueno, dos rasgos útilísimos para AMLO: primero, su imagen de Dick Tracy...
X: –¿Dick Tracy?
Y: –¿Por lo de la gabardina?
Z: –Y por ser el paladín de la justicia... y...
Y: –Pero allí te equivocas. La inseguridad crece, o por lo menos aumenta la sensación de inseguridad. En eso no triunfó Ebrard, pese a la costosa asesoría de Guiliani. Tláhuac lo hundió, de allí que se fuera a desarrollo social.
X: –Así es. Las encuestas demuestran que la seguridad es quizá el tema más sensible para la ciudadanía. Y en ello ningún gobierno ha tenido éxito hasta ahora, pero mucho menos el de AMLO cuando estaba Ebrard al frente de la seguridad.
Z: –Pero bueno, ¿acaso Dick Tracy acabó con todos los delincuentes? Ningún héroe los acaba por completo. Todos los héroes sólo terminan (y siempre hay que esperar su terrible retorno) con algunos malosos. Lo verdaderamente importante de un superhéroe es que está allí para combatir al mal, no para erradicarlo. Nadie se imagina un Superman desempleado o un Spiderman jubilado. Tal fue la tragedia de Mr. Increíble, según Pixar...
Locutor: –Pero la realidad no se trata de una película.
Y: –¡Exacto! No entiendo la comparación.
X: –Yo tampoco. ¿Cuál es el punto?
Z: –Yo menos. Lo que quiero decir es que uno de los rasgos de Ebrard, que ejemplifico con Dick Tracy, es su decida apuesta por la seguridad. Eso: la seguridad es uno de los temas y discursos más atractivos para las clases acomodadas. Ebrard logró acuñar un discurso de seguridad (y una actitud y una imagen) bastante persuasivo que gusta a las clases acomodadas, tan preocupadas por la propiedad privada...
Y: –¡Y tienen razón! ¡A nadie le gusta que se metan con las cosas que tanto trabajo le ha costado adquirir!
Z: –Por eso mismo, ante una sociedad tan preocupada por su propiedad privada, nada mejor que un personaje que apela a la seguridad de esa propiedad privada. He allí su atractivo.
X: –Que poco tiene que ver con la izquierda en verdad...
Z: –Bueno, eso es otra cosa, pero aquí nadie está discutiendo que Ebrard sea de izquierda, ¿o sí? ¿Ya me perdí otra vez?
Y: –Pero ciertamente ese es un punto que hay que...
Locutor: –Un momento, ahora pasamos a ese otro tema, pero hablabas de dos rasgos de Ebrard...
Z: –¿Eh? ¡Ah sí! Está la otra parte: todo el contacto que mantuvo con las áreas conflictivas de la ciudad (mercados, peseros, taxis, porros) cuando estuvo con Camacho en la administración capitalina. Es otro voto duro que cuenta y al que poco a poco parte del PRD se acostumbra.
Y: –En eso sí estoy de acuerdo. El pasado salinista de Ebrard no se soluciona con renegar del expresidente. ¿Se imaginan la de cosas que el PRI le está reservando a Ebrard para cuando ya sea el candidato oficial?
X: –¡Y lo que Ebrard le sabe al PRI!. Tampoco hay que olvidarse de eso.
Z: –Alacranes picando a alacranes. Es que como diría la fábula, está en su naturaleza.
Locutor: –Entonces sí, Ebrard será el candidato del PRD, pésele a quien le pese. Tenemos un minuto para concluir el programa. ¿Alguna opinión final?
Z: –Será candidato, lo cual no quiere decir necesariamente que gane. Y si sucede, habría que pensar en lo que eso significa: un talento extraordinario por parte de AMLO, y por otro, una sociedad dividida en dos grandes rubros: uno corporativo y otro feliz de que se le garantice la seguridad de su propiedad privada.
X: –Sí, Ebrard será candidato. No por las razones que mi estimado colega aduce. Más bien porque el aparato partidario es bastante débil y obedece aún a los impulsos caudillistas de AMLO.
Y: –De acuerdo. La pregunta es ¿votaremos por él?
X: –El voto es secreto...
Z: –Si soy coherente con mis preferencias políticas, debiera votar por quien va a perder... siempre voto por quien pierde. Así que tal vez votaré por el peor candidato para no perderme la oportunidad de pensar: a la otra, será a la otra...
Que Dios te bendiga
Meditándolo creo que no se encuentra mejor patente de corso que aquella frase tan católica: “que Dios te bendiga”. Porque la bendición divina lo puede todo, lo mismo otorga la confianza y legitimidad para actuar de manera dudosa que incluso enmienda cualquier el error, por lesivo que éste resulte para los demás.
Así termina un exsecretario de gobernación mexicano su perorata en un debate somnoliento: “que Dios los bendiga”, como diciendo: “que Dios los ilumine para que tomen la decisión correcta que, por supuesto, soy yo”. Entre interés privado, imperialismo que pretende imponer aquellos intereses como los únicos verdaderos, y un Dios convenenciero que está allí para bendecir logros y glorias y perdonar fechorías, nos encontramos de lleno con un muro de lamentos invertido: que Dios perdone tu necedad de negarte a ser explotado, engañado, humillado... Lamento que entre los poderosos se extiende como convicción desde Gaza hasta Nuevo Orleáns, en dirección oriente y en dirección occidente. "Que Dios los bendiga" dicen esos poderosos para que Aquel nos exonere de nuestro desatino o de la tentación inconforme...
Pero algo hay que decir en descargo de los corsarios. Ellos surcaban los mares mostrando a diestra y siniestra su patente de corso que les otorgaba legitimidad jurídica para entrar a saco en poblaciones enemigas. La única diferencia, y a decir verdad fundamental, es que al menos aquellos ponían en riesgo sus vidas, y no únicamente sus bolsillos, como pasa con los mercenarios de hoy disfrazados de políticos. Ni siquiera esa dignidad pueden presumir, aun cuando todas las mañanas reciban la bendición de una mano pretendidamente santa...
En estas circunstancias, negarse a esa bendición es una cualidad antes que ateísmo.
Así termina un exsecretario de gobernación mexicano su perorata en un debate somnoliento: “que Dios los bendiga”, como diciendo: “que Dios los ilumine para que tomen la decisión correcta que, por supuesto, soy yo”. Entre interés privado, imperialismo que pretende imponer aquellos intereses como los únicos verdaderos, y un Dios convenenciero que está allí para bendecir logros y glorias y perdonar fechorías, nos encontramos de lleno con un muro de lamentos invertido: que Dios perdone tu necedad de negarte a ser explotado, engañado, humillado... Lamento que entre los poderosos se extiende como convicción desde Gaza hasta Nuevo Orleáns, en dirección oriente y en dirección occidente. "Que Dios los bendiga" dicen esos poderosos para que Aquel nos exonere de nuestro desatino o de la tentación inconforme...
Pero algo hay que decir en descargo de los corsarios. Ellos surcaban los mares mostrando a diestra y siniestra su patente de corso que les otorgaba legitimidad jurídica para entrar a saco en poblaciones enemigas. La única diferencia, y a decir verdad fundamental, es que al menos aquellos ponían en riesgo sus vidas, y no únicamente sus bolsillos, como pasa con los mercenarios de hoy disfrazados de políticos. Ni siquiera esa dignidad pueden presumir, aun cuando todas las mañanas reciban la bendición de una mano pretendidamente santa...
En estas circunstancias, negarse a esa bendición es una cualidad antes que ateísmo.
lunes, septiembre 05, 2005
La superficialidad
La búsqueda de la felicidad, dice un personaje femenino en La decadencia del imperio americano, es un claro síntoma de la decadencia del imperio, de todos los imperios, de cualquier imperio, en particular del imperio americano. Sólo que a diferencia de otras épocas, afirma Denys Arcand –escritor y director de la película– a través de sus personajes, actualmente esa felicidad parece consistir en un hedonismo sexual desmesurado (si es que un concepto así existe). En otras palabras: la felicidad no está en ni con los otros, sino en la posición ancilar del individuo con respecto al sexo. Goce puro sin vínculo real con quien se comparten líquidos, olores e incluso enfermedades. Ni siquiera se trata de poligamia: la circulación incesante no ata más allá que a su propio vértigo.
Lo curioso son los personajes: historiadores todos ellos, algunos con doctorado, otros meros ayudantes, otros más eternos asistentes. La historia –afirma uno de ellos– es un asunto de números. Números de contactos sexuales puede decir el espectador, porque ¿a qué otra cosa se puede referir semejante noción? Ni en sus peores momentos la historia cuantitativa llegó a sostener tesis tan precaria.
Números. Ocho historiadores se reúnen a comer en una casa de campo de uno de ellos. Casa de campo que es producto de la incesante productividad de los esfuerzos académicos de cada uno, aunque esa productividad poca relación guarde con la calidad de lo producido (estímulos le llaman en la universidad mexicana): uno de ellos dice resignadamente que nunca será Braudel o un Toynbee, pero tiene casa de campo y muchas experiencias sexuales. Y es aquí donde aparece lo escalofriante. La mayoría de ellos carecen de perspectiva. En todos sus relatos, tan concretamente asociados al coito, hay una notable falta de profundidad: ni siquiera se otorgan la posibilidad de una reflexión sobre el sexo, todo queda en el anecdotario. Lo evidente es que la suma de anécdotas no forman historia ni provoca a la memoria. Los sucesos son, según Braudel, la punta del iceberg de las estructuras. Pero estos historiadores no ven más allá del suceso anal, vaginal, oral. Por eso sus pocas reflexiones históricas son tan superficiales (pero altamente recompensadas): que por número los negros africanos ganarán (¿qué?, quién sabe), que los negros norteamericanos perderán; que hay más fuentes oficiales que fuentes alternativas; que Caravaggio y sus cuadros ma-ra-vi-llo-sos...
La crítica de Arcand es certera. Para cuando la película se hizo (1986) estaban en su apogeo los famosos baños oscuros en los que se daban infinitos contactos sexuales con desconocidos y que sirvieron para la propagación incontrolada del SIDA. Hay algo de terrible en esa “liberación sexual” que se convirtió en mercancía de circulación incesante. Como los pésimos artículos y libros que los “pilones” sancionan en función de su incesante circulación. Como ese saber superficial que circula incesantemente en las universidades y centros de saber.
Esa es la verdadera decadencia del imperio americano: su obstinada superficialidad que contagia cual epidemia sexual al mundo. ¿Qué lugar tiene en ese mundo Simmel y su proclamación filosófica? Haríamos bien en recordarla, sea cual sea el saber al que cada quien se dedique:
“...que lo esencial de ella [de la filosofía] no es, o no es únicamente, el contenido que se sabe, se construye o se comparte, sino una determinada actitud intelectual hacia el mundo y la vida, una forma y modo funcional de abordar las cosas y de tratar íntimamente con ellas”.
Sea pues. A la circulación incesante habría que oponer el paso sensato que no deja romper los´puentes con los otros, que no deja espacio a la desvinculación entre saber y hacer, que no da tregua a la profundidad por una más cómoda superficialidad.
Lo curioso son los personajes: historiadores todos ellos, algunos con doctorado, otros meros ayudantes, otros más eternos asistentes. La historia –afirma uno de ellos– es un asunto de números. Números de contactos sexuales puede decir el espectador, porque ¿a qué otra cosa se puede referir semejante noción? Ni en sus peores momentos la historia cuantitativa llegó a sostener tesis tan precaria.
Números. Ocho historiadores se reúnen a comer en una casa de campo de uno de ellos. Casa de campo que es producto de la incesante productividad de los esfuerzos académicos de cada uno, aunque esa productividad poca relación guarde con la calidad de lo producido (estímulos le llaman en la universidad mexicana): uno de ellos dice resignadamente que nunca será Braudel o un Toynbee, pero tiene casa de campo y muchas experiencias sexuales. Y es aquí donde aparece lo escalofriante. La mayoría de ellos carecen de perspectiva. En todos sus relatos, tan concretamente asociados al coito, hay una notable falta de profundidad: ni siquiera se otorgan la posibilidad de una reflexión sobre el sexo, todo queda en el anecdotario. Lo evidente es que la suma de anécdotas no forman historia ni provoca a la memoria. Los sucesos son, según Braudel, la punta del iceberg de las estructuras. Pero estos historiadores no ven más allá del suceso anal, vaginal, oral. Por eso sus pocas reflexiones históricas son tan superficiales (pero altamente recompensadas): que por número los negros africanos ganarán (¿qué?, quién sabe), que los negros norteamericanos perderán; que hay más fuentes oficiales que fuentes alternativas; que Caravaggio y sus cuadros ma-ra-vi-llo-sos...
La crítica de Arcand es certera. Para cuando la película se hizo (1986) estaban en su apogeo los famosos baños oscuros en los que se daban infinitos contactos sexuales con desconocidos y que sirvieron para la propagación incontrolada del SIDA. Hay algo de terrible en esa “liberación sexual” que se convirtió en mercancía de circulación incesante. Como los pésimos artículos y libros que los “pilones” sancionan en función de su incesante circulación. Como ese saber superficial que circula incesantemente en las universidades y centros de saber.
Esa es la verdadera decadencia del imperio americano: su obstinada superficialidad que contagia cual epidemia sexual al mundo. ¿Qué lugar tiene en ese mundo Simmel y su proclamación filosófica? Haríamos bien en recordarla, sea cual sea el saber al que cada quien se dedique:
“...que lo esencial de ella [de la filosofía] no es, o no es únicamente, el contenido que se sabe, se construye o se comparte, sino una determinada actitud intelectual hacia el mundo y la vida, una forma y modo funcional de abordar las cosas y de tratar íntimamente con ellas”.
Sea pues. A la circulación incesante habría que oponer el paso sensato que no deja romper los´puentes con los otros, que no deja espacio a la desvinculación entre saber y hacer, que no da tregua a la profundidad por una más cómoda superficialidad.
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