miércoles, marzo 29, 2006

Imposibilidad

En un documento apócrifo, Cristóbal Colón escribió a su amada el siguiente texto. Lo actualizo para quien no guste del español antiguo.*

Tu piel me parece desconocida por más que la recorra con embeleso. Cuando te pienso creo conocerte, poder rememorar cada palmo de ti, pero cuando vuelvo a ti te me presentas como una incógnita. Descubro un poro, una marca, una arruga que antes no estaba; encuentro sabores y olores que no había percibido ni probado. Como terco viajero me lanzo sobre ti: al fin explorador de tierras desconocidas, quisiera trazar el mapa más exacto de ti, puntualizar montañas, llanuras, mares, humedades, caminos riesgosos y veredas amables. Pero hay algo en ti que me habla de mi vano intento. Ni todos mis fracasos en los mares desconocidos podrían compararse con esta imposibilidad de conocerte plenamente. No sé lo que allá existe o lo que el destino me depara, pero aquí, en tu piel y en tu cuerpo, tal desconocimiento me desquicia más. Un representante del cielo en la tierra dijo que eras mía y lo creí, pero cada vez que estoy en ti tu cuerpo y tu piel me susurran al oído que podré poseer el paraíso al otro lado del mar pero no el paraíso que tú eres. Todos mis sextantes, brújulas y artilugios de navegación y trazo se vuelven irrisorios cuando me eres tan queridamente desconocida, como hoy, como ayer, como siempre. En ti dejo de ser el Almirante para convertirme solamente en un náufrago.

* El problema para el lector, como siempre en este tipo de casos, es responder a las preguntas de quién lo escribió y para quién está escrito. Así mismo esclarecer el por qué del escrito. ¿Dónde acaba la realidad y comienza la ficción? ¿Qué parte de sí mismo como lector llena este escrtio? ¿Cuál es la eficacia de esta verdad disfrazada de mentira, o a la inversa, de esta mentira difrazada de verdad? Preguntas al infinito en busca de respuestas...

martes, marzo 28, 2006

Suicidio (respuesta)

Sé que las palabras conmueven. Lo que no sabía es la historia que me cuentas y que te hace pensar que lo escrito sobre el suicidio es una broma. De hecho, la parte que sí lo es te pasa inadvertida: lo del desempleo. Tus palabras me han dejado pensando. Aunque en el correo me dices que no te parece “lo más divertido” discutir públicamente sobre el suicidio, me tomo la libertad de hacerlo aquí, que en realidad es un espacio indefinido entre lo público y lo privado.

Siempre que voy a un lugar nuevo intento visitar su cementerio. Las lápidas, las esculturas, los epitafios, me hablan sobre la relación que los vivos guardamos con la muerte. Recuerdo que cuando estudiaba Relaciones Internacionales, solía irme “de pinta” para visitar iglesias y panteones. Tomaba un mapa de la ciudad y trazaba mi ruta turística que a veces también incluía mercados. Ese era el contraste que más me conmovía: mercado, cementerio, iglesia: del ruido, el intercambio, el movimiento, la palabra al silencio, la quietud, la nada, y después al otro silencio: el de la fe, la esperanza, las ganas de conversar con quien no conversa: Dios.

No sé cuántas lápidas he visto en mi vida, pero lo que tengo claro es el momento en que me di cuenta de lo obvio. Estaba yo en un panteón de la ciudad, con el recuerdo lacerante de un perro atropellado al que horas antes había visto morir. En algún lugar tengo lo que escribí cuando aquello sucedió. Comparaba a la muerte con el abandono paulatino del movimiento: la paralización total. Era eso según yo lo que definía a la muerte y lo que en el fondo causaba horror. La vida como movimiento, la muerte como parálisis.

Eso tenía en la cabeza mientras caminaba por las avenidas de un panteón muy conocido. Me detuve ante la tumba de alguien. Leía una y otra vez su epitafio y fue entonces cuando me asaltó la certeza: la muerte es la evidencia más brutal que tenemos sobre el fin de toda posibilidad. Encontré en el dicho popular el sentido que encierra sabiduría de siglos: “la esperanza muere al último”. En efecto, su desaparición es la muerte misma: la condensa, la expresa. Porque la esperanza tan sólo es un modo de la posibilidad.

Entonces, de golpe, creí comprenderlo todo. Nuestro problema con la muerte, me refiero a la de los vivos con los muertos, es que la vemos desde el horizonte de la posibilidad misma. Desde allí la juzgamos, la condenamos, la rehuimos. Desde allí elaboramos un diálogo casi imposible con ella. Porque lo que nunca se entiende del todo es el fin de toda posibilidad (el vacío total), y en el caso particular del suicidio el por qué renunciar a la posibilidad misma. En tu correo flota esa pregunta.

No sé si sea normal despertarse con la idea del suicidio clavada en la sien. Yo te diría que sí. Conozco a muchos que aunque no lo confiesen públicamente, lo han pensando alguna vez. Cierto es que hay motivos, pero creo puede suceder que la razón fundamental sea el saber que el horizonte de posibilidades ha llegado a su fin o que se acerca velozmente. Y aquí es en donde ya no comparto la actitud generalizada con el suicidio, porque la opción que se escoge es proveer al suicida de posibilidades bajo diseño y personalizadas, como la propaganda. Yo creo que no, que es necesario respetar y entender que así como a otros el mundo de las posibilidades se les abre (por suerte, por habilidad, por ingenio, por destino, por lo que quieras), a otros se les cierra abruptamente.

Ignoro si vivir colgado de la esperanza sea heroico o romántico, lo que sé y respeto es que alguien decida en íntimo ejercicio de su libertad y entendimiento que, después de tanta evidencia, no tiene caso estar como limosnero en espera de la dádiva divina. Por supuesto, se puede argumentar que la posibilidad se construye, pero voltea a tu derredor, mira la historia, y contesta en la más plena sinceridad si esas miles y miles de personas que vivieron y murieron en la pobreza, en la ignominia, construyeron la posibilidad de vivir y morir así. Por desgracia, no todo en la vida es construcción personal y voluntariosa.

El otro día, leyendo un libro, me entero de un modo de matar que aplicaba Sendero Luminoso: rociaba al desdichado con gasolina y en plena luz del día lo ataba a un poste para que se fuera quemando lentamente. Este modo tan sofisticado de prolongar el dolor me recordó a los piratas y su modo espeluznante de matar: atar de pies y manos a la víctima, hacerle un pequeño agujero en el estómago, sacar parte de su intestino y atarlo a un mástil al que, previamente cubierto de brea, se le prendía fuego. El desdichado, para no quemarse, comenzaba a retroceder, con lo cual era consciente de que esa tripa que iba saliendo del hoyo era su intestino. Así, la víctima, podía morir de tres formas: quemado, destripado o bien, si tenía suerte, ahogado cuando el barco se hundiera por completo. ¿Tuvieron alguna posibilidad de elegir cómo morir? Claro que no. Tampoco se la merecían. Pero así sucedía y así sucede. Y no porque tú, yo o quien sea lo quiera. No todo lo que queremos nos sucede ni todo lo que nos sucede lo queremos. Eso es la vida. Por eso amar es tan peculiar: por un momento (que puede durar toda la vida) suceder y querer parecen conjugarse felizmente.

Tan sólo quiero decir que no encuentro razón alguna para calificar la decisión del suicidio de una manera negativa. Si quien se suicida comete un error o no, es un juicio que pertenece a los vivos, tan felizmente inmersos en el pleno mundo de la posibilidad, incluido el de recordar y extrañar. Para el suicida su muerte debiera ser tan sólo el último acto de una conciencia plena de que aquellas, las posibilidades, llegaron a su fin.

Querida amiga: despertarme con la idea del suicido clavada en la sien no quiere decir que lo vaya a hacer (de hecho tengo razones suficientes para no hacerlo, al menos no todavía). Se trata únicamente de ejercer lo que la posibilidad misma ofrece: pensar en la actitud a tomar cuando ya no pueda pensar desde la posibilidad misma. Sólo eso.

lunes, marzo 27, 2006

Suicidio

Hoy me desperté con la idea del suicido clavada en la sien. Me sorprende porque nada hubo en los días anteriores que se asociara con la muerte o con el suicido. Pero así desperté, pensando en la conveniencia de suicidarse. Es más, imaginé que en esta ciudad la cosa es más sencilla si se carece de valor: basta con incitar los odios del rencor social para que una mano bondadosa acabe lo que el miedo o la duda no puede.

Suicidarse. Como comer, como dormirse, como descansar, el poderse matar debiera de ser un acto más, consciente y libre, pero un acto más. Que el suicido fuese el costo del “riesgo” que los bancos asumen al ver al ser humano como una mercancía más. Sólo eso. Y que matarse no fuese un asunto de juicio moral ni de impotencia: simplemente la sinceridad de decir: hasta aquí llegué, no quiero dar un paso más. Igualito que cuando intentamos subir una montaña y nos gana la falta de pasión.

Aunque claro, esta propuesta dejaría sin trabajo a los psicólogos, psiquiatras y salvadores de toda índole. Chin, mis sueños siempre acaban por dejar sin empleo a otros…

martes, febrero 07, 2006

Ventana

Es un gran invento y no únicamente por sus convenientes fines prácticos: la luz y la ventilación. Lo es por algo mucho mejor: la posibilidad de ver al mundo exterior desde el cómodo mundo interior. Ella posibilita un juego humano indispensable que nos define: el “afuera” prolongándose en el “adentro”, y viceversa, el “adentro” anunciándose, en ocasiones tímidamente, en el “afuera”.

Habría que investigar de dónde surgió la idea. Quizá de las cavernas, de las grutas, de los primeros refugios humanos que no requerían otra construcción que la mera habitación. Vaya, los “ocupas” de entonces. Habría que imaginarlos allí, cobijándose del sol, sentados, mirando el horizonte bañado por una resolana que lastima los ojos. O refugiándose de las inclemencias del tiempo, la lluvia, la nieve o el frío. El refugio necesario para vivir desde el cual mirar y desear al mundo.

La fascinación de mirar hacia fuera desde dentro no se ha perdido al paso del tiempo. Por ejemplo, la obligada reclusión de los monjes en sus monasterios habría sido insoportable de no ser por esas pequeñas ventanas que se encuentran en las celdas, con sus camas y asientos de piedra. El voto de castidad encontraba algo de alivio en la sensualidad del entorno, mucho más evidente desde la privación interior. ¿Quién dice que lo que se mira no alimenta y satisface?

Es una pena que semejante invento humano ande hoy a la deriva. Únicamente seres atrincherados en su necedad y temor pueden diseñar esos departamentos de ventanas diminutas por los que si acaso se ve la construcción de enfrente. Santo y seña de los tiempos: la pérdida inevitable de lo otro que, afuera, pierde su capacidad nutritiva al no ser advertido, escrutado, deseado. Por eso el mundo parece cada vez más dislocado e inconexo. Exterior e interior pierden su contacto, dando paso a una realidad cuya riqueza queda desperdiciada en beneficio de la trágica miopía de las cuatro paredes.

Porque el encierro no es enriquecedor dada su falsa índole: recluidos a fuerza, incapaces de viajar por los interiores del alma, el ser humano dislocado sucumbe ante la ficción del vértigo de la imagen televisiva o cibernética. Zombies de sí mismos, ¿cómo no habrían de serlo también para su entorno?, ¿cómo no habrían de encontrar la evidencia palmaria de su separación del exterior si a las diminutas ventanas se les imponen, además, barrotes?

Habría que hacer una antropología de este fenómeno en retirada de las ventanas. O mejor: una ontología. Porque si la analogía es cierta –“los ojos son las ventanas del alma”–, tal vez por este camino hallemos la explicación de la creciente opacidad de la mirada que se encuentra en rostros autómatas que caminan por las calles. Almas moribundas, ventanas pequeñas e inútiles, barrotes y miedos, inexistencia de vasos comunicantes entre el afuera y el adentro. En suma: anquilosamiento de la cultura, signo de los tiempos. Todo como si fuera un ethos paralizado que ya no es presencia de nosotros en el mundo ni del mundo en nosotros. Traición a siglos de sabiduría en una época que se cree inteligente.

miércoles, febrero 01, 2006

Mire usted

Mire usted. La eternidad humana únicamente puede existir en los estrechos márgenes de la propia finitud humana. Para cualquiera de nosotros ella, la eternidad, es tan sólo una idea que pervive mientras los ojos de cada quien permanecen abiertos. Este hecho se constata aun dentro del lapso vital de cada generación. ¿Es que acaso la historia no está hecha también de olvidos? Recuérdese que el olvido es, entre otras cosas, la constatación plena de esta contradicción de la eternidad humana: un “siempre” encarcelado en el “hasta cuando” de la muerte, o si se prefiere, del recuerdo.

Pero no menosprecie usted por ello la idea misma de eternidad. Muy al contrario: digno de apreciarse y tenerse por gran valor es que dentro de esa finitud, caracterizada por un constante fluir –algunas veces más intenso, otras veces menos; ora rítmico, mañana accidentado–, exista la idea de la eternidad como un hálito que flota sobre las naturales e inevitables mudanzas de la vida humana. Quizá en esa eternidad de límites ciertos los seres humanos hallamos el asidero que nos permite aventurarnos a encontrar un “sentido” a nuestra vida.

Vea usted si no. En la “creencia” de la eternidad colocamos, por ejemplo, los sinsabores del amor. Parafraseando un verso: ¿quién recordará a la amada cuando los ojos que la aman se cierren por siempre? Pero justamente por ello es que la idea de la eternidad salva al amor de su muerte segura, esa que tan bien explica un poeta: es la vida o la muerte la que separa a los amantes, una de dos, sin ninguna otra opción. ¿Cómo cree usted que Adán pudo sobrevivir a la extracción de su costilla, su conversión en mujer, su amor por ella, su queja ante Dios, y su “ni con ni sin ella” que, desde entonces, repetimos todos los seres masculinos con respecto a las mujeres?

Mire usted. La eternidad es una idea encarcelada en los límites de la vida, pero tenga usted por seguro que sin ella ese transcurrir sería más pesado de lo que frecuentemente nos resulta.

martes, enero 31, 2006

El tiempo dicta

Un tanto desconcertado leo en un foro virtual un largo ir y venir sobre la poligamia, la infidelidad, y el arte de los amantes. Mi desconcierto proviene del hecho de que tal debate tiene lugar en un foro que originalmente se pensó para discutir ideas políticas y no ansiedades y revelaciones personales. No obstante, esto de la poligamia, con sus “asuntos prácticos”, ha provocado numerosas opiniones. Se intuye que es un tema que "anda en el aire".

Me abstengo de participar. Creo que la discusión se puede saldar fácilmente con dos aforismos: uno de O’Gorman y otro de Oscar Wilde. Los traigo a cuento para los interesados.

Decía el sabio de O’Gorman: “el sexo débil ni tan débil y el sexo fuerte ni tan sexo”. Lo cual, imaginando una sabrosa charla que tiende puentes en el tiempo, podría ser rematado inobjetablemente por Wilde de la siguiente manera: “La fidelidad es simplemente una declaración de impotencia”.

Que cada quien saque sus conclusiones.

viernes, enero 27, 2006

Soledad

Así dijo llamarse, Soledad. Pensé que su nombre era redundante a esas horas y en esa calle. El escenario era de un vacío que se prendía a las entrañas. La noche, el suelo húmedo, las tímidas luces de la entrada de los edificios, el frío, el vaho de la respiración. Todo era en efecto soledad: ni autos pasando ni ruidos ni caminantes noctámbulos salvo nosotros dos.

–¿Fumas? –me preguntó al estar justo frente a mí.

–No, pero traigo cigarros –contesté. En efecto, horas antes me habían dado a guardar una cajetilla de cigarros que permaneció olvidada en la bolsa de mi abrigo. –El problema –le dije– es que no tengo encendedor ni cerillos.

Sonrió, encogió los hombros, y se quedó esperando frente a mí a que le proporcionara uno. Mis manos, torpes y entumidas, intentaron en vano sacar un cigarro de la cajetilla. Así que decidí regalársela. Con mano experta, sacó uno y lo puso en su boca. Miró en rededor de modo pensativo.

–¿Me acompañas a buscar un cerillo? –preguntó en un tono que no era invitación ni orden ni sugerencia.

–Claro –fue mi respuesta.

La búsqueda por supuesto resultó infructuosa por más que caminamos un buen trecho en silencio. No encontramos a quién pedirle lumbre. A un gesto suyo, nos sentamos en la entrada de un edificio.

–¿Cómo te llamas? –pregunté para sacudir el silencio que nos perseguía como mosca. En realidad quería irme de allí.

–Soledad –respondió, con el cigarro en la boca.

Habrá sido lo redundante que me pareció su nombre lo que me hizo quedarme en espera de su plática.

–¿Y qué haces tan solitaria en un lugar solitario Soledad?

Una ligera mueca, parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro.

–Pues eso, viviéndome a mí misma –respondió–. ¿Qué sabes tú de la soledad? –me espetó así, sin más.

–Que es la condición básica del ser humano –respondí sin muchas ganas de explicar mi respuesta. El tono de la plática me empezaba a incomodar.

Me miró largamente. Me sorprendió que en su rostro no hubiese una sola expresión. Su rostro parecía el vacío mismo. Jamás me había encontrado con un rostro que diera cuenta del vacío como el de ella.

–¿Y más allá de esa expresión filosófica que no me dice nada? –preguntó de manera retadora.

No dije una sola palabra. Deslicé la mirada por la calle, los autos estacionados, la basura acumulada en una esquina. Me faltaba el ánimo necesario para dar explicaciones. Solamente tenía ganas de meterme en mi cama y dormir.

–La soledad –dijo Soledad, segura de mi negativa a responder– no es ninguna “condición”. No. Es algo más íntimo que una condición, algo más profundo que una circunstancia. Es como la gruta de mi sexo, del sexo de cualquier mujer quiero decir. Por eso Sabina tiene algo de razón cuando dice que lleva nombre de mujer. La soledad es como el sexo de cualquier mujer: te atrae con sus labios y te devora en una gruta infinita cuya humedad acaba por exprimirte. Pero exprimiéndote crea vida y también muerte. De esas profundidades nacemos todos los seres humanos, y hoy, al igual que siempre, también desde esas profundidades nace la muerte: si antes era Sífilis hoy es Sida.

–Soy mujer –continuó con su voz agradable tras un breve silencio en el que mordió el cigarro para masticar el tabaco. –Y no me estoy declarando culpable de nada: no estoy diciendo que la propagación de las enfermedades de transmisión sexual sea culpa de la mujer. No. Ni tampoco que seamos culpables de la muerte. No. Quiero decir otra cosa más importante: la totalidad nace y muere en nosotras. Y esa totalidad se fragua en las profundidades de la soledad, de la húmeda soledad en la que se alberga el mundo. Por eso la soledad es algo más que una “condición” y que una “circunstancia”: ni se supera ni tampoco se gana mucho lamentándola o intentando en vano ahuyentarla. Somos en ella. Somos de ella. Somos con ella. Por eso el mundo es maravilloso: encontrarse en la soledad restituye su intensidad y nos da cuerpo, nos inyecta la eterna necesidad del otro –dijo, masticando en todo momento el tabaco que con experta paciencia sacaba del cigarro.

El silencio regresó a posarse entre nosotros. La suavidad de su voz parecía acariciar el vaho dejado por sus palabras. No supe qué decirle. De algún modo intuí que su decir tenía múltiples objeciones pero no pude argumentar una sola.

Ella acomodó su cabello, me miró, sonrió. Ahora su expresión lo era todo menos vacío. Se levantó y se fue caminando por su calle solitaria.

Soledad, dijo llamarse, y algo de ella se quedó en mí.

domingo, enero 22, 2006

Tentación

Cientos de hojas juguetean en derredor de un centro invisible, diríase ausente. Suavemente bailan en círculo perfecto al compás del susurro del viento. Las más inquietas escalan con gran rapidez, llegan a la punta haciendo piruetas, dando brincos, corriendo de puntitas.

Eva mira fascinada ese remolino surgido de la nada, como todo en el paraíso. Siente unas ganas irresistibles de bailar con él. Le asombra que, como si la escuchara, el remolino se aproxime a ella, invitándola a ocupar su centro ausente.

Levanta las manos mientras cientos de hojas le acarician el cuerpo desnudo. Eva baila y sonríe presa de una infinita alegría. Se mueve al rimo del susurro que inspira al remolino. Ondulante, suave, casi de modo inconsciente, recorre las llanuras del paraíso.

Siente como si ella misma fuera el remolino y flotara sin ninguna restricción, sin permiso o prohibición alguna. Lo único que le habla de ella es esa piel acariciada por cientos de hojas que cual manos inquietas la esculpen en el aire.

El remolino cesa y Eva se descubre en medio del paraíso, sola y desnuda. Algo ha cambiado en ella. Los poros le duelen de tanta excitación. Va en busca de Adán para regalarle el prodigio de su piel recién descubierta.

No hubo manzanas ni serpientes.

viernes, enero 20, 2006

Carta al PRD

Leonel Cota Montaño
Presidente Nacional del PRD


Martí Batres Guadarrama
Presidente Estatal del PRD-DF


Presente

Durante mucho tiempo, en la izquierda se creyó que la responsabilidad era una de sus cualidades fundamentales. Todavía habemos algunos que lo creemos. Para la derecha, acostumbrada a las exoneraciones en el confesionario, al arrepentimiento simulado y la expiación, la responsabilidad no es lo suyo, y por eso, entre otras cosas, es peligrosa, aun cuando diga tener “las manos limpias”. Pero para la izquierda la responsabilidad debe ser su exigencia, es más, parte de su misma naturaleza.

Tanto más cuanto la posibilidad de llegar a la silla presidencial es ya casi una probabilidad para un instituto político que se adscribe a la izquierda. Preocupa que sea precisamente a la luz de esta probabilidad cuando el PRD ofrece lamentables muestras de irresponsabilidad. Porque las violentas confrontaciones internas que han sucedido recientemente sólo hablan de una cosa: el enamoramiento material a los puestos y circos públicos en los que proyectos reales de izquierda se diluyen y huyen por la puerta trasera como desencantado espectador.

¿Dónde están las propuestas a discutir entre quienes se creen indispensables para la ciudad?, ¿en las camionetas quemadas, en golpes y patadas alevosos que hospitalizan a militantes?, ¿en amenazas veladas y directas sobre la balanza electoral?, ¿en descalificaciones y acusaciones de “desmemoria” cuando los mismos acusadores exigen a los ciudadanos de esta capital ser desmemoriados e ignorar quiénes son y qué han hecho?

Un buen camino para demostrar que son de izquierda sería aceptar la responsabilidad que ello implica, y que el PRD sea un instituto político preocupado y ocupado en transformar al país. A veces parece que en eso están; otras, parece que no. Ya sabemos que los otros, el PAN y el PRI, no van a ningún otro lugar que un penthouse o un rancho en las migajas tercermundistas de la globalización. Ojalá ustedes hagan de la responsabilidad su estandarte. Responsabilidad con la nación y sus ciudadanos, se entiende. De lo contrario, aquí estaremos muchos (militantes, simpatizantes, ciudadanos) para reclamárselos.



Isaac García Venegas

sábado, enero 14, 2006

Tratado sobre la caricia

Me sobrecoge la Creación de Adán de Miguel Ángel Buonarroti, o mejor dicho, me sobrecoge el breve y ansioso contacto que allí se va insinuando entre Dios y Adán. Ese apenas tocarse con la punta de un dedo, para ser más preciso, con la yema de un dedo, cifra el significado y la eternidad de toda caricia. La pregunta no es qué pensaba o sintió Adán en ese contacto, sino qué sintió Dios mismo ante la sutil caricia de su creación. Seguramente asombro y dolor, pero un dolor amoroso, puesto que irremediablemente Lilit le venía a la cabeza, aquella su primera creación de la que se enamoró profunda y desesperadamente, y que por eso mismo encarna también la añoranza primera.

Y no obstante allí está Dios, aventurándose a un pequeño roce con su otra creación. Se le ve complacido, pleno. Ese rostro lo he visto repetido al infinito en la caricia de una madre a su hija, del padre a su hijo, de un hombre a una mujer, de una mujer a un hombre, de una mujer a otra, de un hombre a otro. Cada vez que me lo encuentro pienso obsesivamente en ese acto pequeño, casi ínfimo, pero milagroso: cuando la yema del dedo se posa tímida y tiernamente sobre la mejilla del ser amado, vibra inmemorial la eternidad de la primera caricia asombrada y dolorosa de Dios ante lo que él mismo creó. Precisamente por eso toda caricia se consume en sí misma, se acaba apenas la piel deja de arroparse en otra piel. Asombro y dolor amoroso es lo que hay en las caricias que prodigamos en la vida.

jueves, enero 12, 2006

Susurro de un fantasma digital

Por lo cielos vuela mi nombre en forma de onda y segundos después aparece en la pantalla de tu celular. Lo miras e inmediatamente múltiples sentimientos anidan en tu pecho. Quisieras pero tu voluntad te dice que no debes contestar. Dejas que mi nombre se diluya en los colores de la pantalla. Guardas tu celular, sigues caminando, pensando en lo que hubiese pasado de haber escuchado mi voz. Mi nombre, incapaz de aceptar semejante negativa, tan rotunda, tan dolorosa, e impaciente para las reflexiones a las que tú te entregas, decide por su cuenta y riesgo perderse en otra onda cualquiera. Va y viene, sube y baja, se para y merodea, mientras yo vivo cual fantasma sin alcanzar a ser nombrado por nadie…

lunes, enero 09, 2006

"Distanciamiento"

Me pides, incluso me exiges, que públicamente explique mi "distanciamiento" del partido. Me concedes más peso político del que en realidad tengo: a nadie en tu partido, mucho menos en cualquier otro, le preocupa mi cercanía o mi distanciamiento. Por eso tu petición es absurda. Quizá eres tú quien necesita explicaciones a raíz de tantas cosas que escuchas en la “política del rumor”. Te respondo por este medio que es tan público que suele pasar inadvertido.

I
¿Sabes? hay cosas que extraño. Por ejemplo, cuando soñar un mundo distinto significaba atreverse a volar, a mirar a la distancia, acuñar términos, rehacer el lenguaje. Extraño cuando se hablaba del “hombre nuevo” y de un mundo justo; cuando fervorosamente se hablaba de la necesidad de cambiar el sistema, de acabar con la explotación. Mi añoranza llega a extremos insospechados cuando escucho que la mejor propuesta no es acabar con la opresión y la explotación del hombre por el hombre, sino “moderar la opulencia”. Acabo totalmente sumido en la desesperanza cuando escucho que hay “riqueza bien habida”, producto del trabajo honesto. ¿De cuándo acá la explotación, en cualquiera de sus formas, por más sancionada que esté por el estado de derecho, resulta “honesta”? Es como decir que “honestamente” hay ricos y pobres, y que nada más se trata de que los primeros exploten de manera honesta a los segundos. Como si el hambre, la falta de vivienda y de vestido fueran más soportables con honestidad.
Y en realidad no me puedes culpar de ello. Abre el periódico y dime lo que encuentras: que si un “sospechoso” de portafolio negro y ligas “palomea” candidaturas; que si los líderes de un partido acusan al otro de no allanar el camino a la alianza porque reconoce que no sabe con quién tratar después de tantos mensajeros que le llegan a ofrecer alianza; que las “tribus” se preocupan porque reconocen una falta de estructura electoral y no están seguros de si el efecto cascada les va a beneficiar; etcétera. Pero algo que signifique cambiar las cosas no. Claro que la retórica del cambio está presente, mas en nada de lo que dicen se ve por dónde.
El otro día escuché al mero mero decirlo: si hay que cambiar las cosas no es por “ideología” sino por un asunto práctico. ¿De verdad? Créeme que estoy totalmente de acuerdo con el apoyo a los de la tercera edad, con las becas a los estudiantes, con el apoyo a las madres solteras, vaya, con todo lo que implica y engobla aquello de que “por el bien de todos, primero los pobres”. ¿Quién se podría oponer a eso? Con todo para mí es claro que eso no define a la izquierda. Si lo ves bien, si te pones a hurgar, verás que son proyectos igualmente patrocinados por la derecha desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, dependiendo claro está de su necesidad de permanecer en el poder. Mira al presidente: ahora hasta apoya a los de la tercera edad. No estoy seguro que baste con reconocer el patrimonio de esa idea, como he oído en comentarios de radioescuchas.

Pero el pragmatismo –cuyos beneficios son de suyo evidentes– sin ideología no pasa de ser mera distensión social: evitar el estallido social. Bien visto pareciera que se trata de garantizar que Slim pueda andar por México sin chip de seguridad, aunque no todos puedan comer en Sanborn’s.

II
Dicen que harán una campaña austera, de contacto con la gente, sin presencia en los medios. Estoy de acuerdo en que se gasta mucho, e incluso hasta tengo simpatía por la estrategia (que resulte efectiva es otra cosa). Pero de nueva cuenta: a la par de eso habría que lanzar un proyecto y definer las estrategias que modifiquen de tajo la situación de los medios de comunicación masiva. Ya lo decía Benjamín: hay que liberar de su huella capitalista incluso a la tecnología. ¿Por qué no se llega ni siquiera a un proyecto tan ciudadano como la BBC de Londres (que no es izquierda pero es interesante aun en su propia limitación capitalista)? ¡Ah no! Pareciese que la premura electoral les impide pensar, realizar, articular.
“Pareciese” –escribo– porque tú y yo sabemos que el problema está en otro lado: la negativa a adherirse o manifestar una ideología permite y posibilita este pasarse viviendo y haciendo una política campechanamente, sin mayores debates que el de aquella diputada de tu partido que le espetó a otro diputado panista no tan inteligente: “jovencito, cuando usted hable conmigo y de mí tiene que lavarse la boca”.
Lo que yo veo es claudicación. Bajo el argumento de que las cosas no son un “asunto de ideología” se esconde un profundo desdén a las ideas, que también dan sustento a lo que se hace. Y lo que es peor: se gesta una lamentable actitud acomodaticia. No hay peor claudicación que asumir y acomodarse plácidamente bajo una de las banderas de la derecha: ¡viva el fin de las ideologías! (salvo la de Dios y la omnisapiencia del mercado capitalista, claro está). En vez de lanzarse al rescate de la ideología, ofrecerle otro sentido, otro contenido que el que prevaleció en el sigo XX, dando origen o avalando cosas tan lamentables como los estados totalitarios, mejor se suben al “carro de la historia” que interpreta y promueve la derecha. ¿En última instancia, qué acaso Fox no dice que mantener el equilibrio macroeconómico es un asunto práctico, sin ideología? ¿Qué no su decir sobre el gas boliviano (“que se lo coman o consuman si no nos lo venden”) no es también producto de un asunto práctico sin ideología?

III
Hasta hace unos días pensaba que la nominación de candidatos ajenos a tu partido bajo las siglas amarillas y negras era un asunto de pragmatismo. Ahora tus mismos dirigentes lo confirman: dicen que hay pendientes de los que la izquierda no se ha ocupado y por eso abren puertas a expriistas y expanistas. Es decir: en vez de trabajar desde la izquierda esos pendientes, mejor que sigan trabajando en esos pendientes los que siempre lo han hecho y que lo han hecho mal. Mira tú que siquiera pensar en postular al exgobernador de Chihuahua con el nimio "pendiente" de la muertas de Juárez huele a cinismo por decir lo menos.
Me dirás, con justa razón, que no todos en el partido son así, que también hay gente de izquierda. ¡Por supuesto que los hay! Los conozco. Pero son los menos en las cúpulas dirigentes de tu partido. A veces están completamente diluidos en la vorágine de expriistas metidos a la izquierda “electoral”, “moderada”, “moderna”, “contemporánea”. Ahora todos sacan su currículum de ideas compasivas y se tildan a sí mismos de izquierda. Pero como las ideologías no importan, da igual ser filántropo que ser de izquierda, ser priista de tendencia social que de izquierda, ser panista renegado de los “bárbaros del norte” que ser de izquierda.

IV
Ten cuidado en no malinterpretarme. Mi voto es para tu partido, pero es un voto consciente: no voto por la izquierda, sino por una moderación del capitalismo salvaje. Voto porque al “turbocapitalismo” se le quiten unas cuantas turbinas dada la desolación que deja a su paso. Pero de allí a que yo me asuma militante destacado de tu partido me lo impide mi propia idea de la izquierda (que no de las “izquierdas”, como escuché decir a unos comentaristas de radio, adalides de la democracia y jueces implacables que a la izquierda no le ven ninguna utilidad, pero sí a las izquierdas. Ya ves: este pluralismo que exalta las particularidades cegando toda perspectiva general).

Comprenderás entonces lo que tú llamas “distanciamiento”. Me aburre participar directamente en la carnicería que supone la lucha tribal de tu partido. Pero también hay desilusión. Hago recuento: ex porros, mitómanos, expriistas, expanistas, individuos de dudosa reputación, prácticos en la vieja política, cobradores de puestos, expertos en corporativismo, machos, y un largo etcétera metidos a políticos.

Me dirás, como me lo dicen muchos, que la política exige a veces estas concesiones. Con lo cual puedo estar de acuerdo con una sola condición: que no fueran así “abajo”. Pero resulta que son exactamente iguales “arriba” y “abajo”. El arte de la negociación, indudablemente necesaria en la política, se ha vuelto la práctica misma de la claudicación, simulación, y reivindicación de una práctica política deleznable. Por ejemplo, me sigo preguntando, como tú lo debieras de hacer, por qué siguen usando a las mujeres como edecanes, como instrumento de negociación, como pretexto y adorno del poder.
Pero basta. No tengo más que decir (en realidad sí, pero sería muy largo hacerlo).

miércoles, enero 04, 2006

Tratado sobre la mirada

El verbo o la acción, pero no la mirada. No deja de ser curioso que “en el principio” de la vida humana estén los dos primeros mas no el último. Quizá porque en los nebulosos orígenes únicamente prevalecía el caos como espectáculo; y el caos, se sabe, es de difícil aprehensión. La mirada tras el verbo o la acción: la apreciación después de la creación.

Los mitos tienen algo de razón: la mirada no se acostumbra ni se siente cómoda frente al vacío. ¿Cómo podría estar la mirada en los orígenes de todo? Incluso en el cristianismo parece saberse más del aliento, palabras y omnímodas decisiones divinas que de su mirada, porque ésta llegó después.

Pero allí está la mirada, y su instrumento. Tan sensibles como los labios son los ojos. No el balde tienen la figura geométrica más perfecta. Desde su curva superficie intentamos aprehender todo lo creado, buscamos hallar las esquinas de la vida. Por los ojos se vive, y a veces la vida en alguien es tan intensa, que sus ojos nos parecen perfectos, de una mirada tan profunda como los bosques frondosos que en el radio de su propio caminar llegó a visitar.

lunes, enero 02, 2006

Tratado sobre los labios

Por la boca muere el pez, dice el dicho, pero en realidad nosotros vivimos por los labios. En ellos, en su piel tersa, comienza todo. Porque tampoco vale aquello de que en pico cerrado no entran moscas: es así como más atractivos se presentan. Cuando el silencio es su única bandera, parecen invocar todas las promesas, sueños y utopías. Es un no decir que a veces se disfraza de sonrisa, otras de mueca. Pero ¿cómo no sucumbir a la tentación de robarse una u otra?, ¿cómo no intentar trocar ésta por aquella?, ¿incluso cómo sustraerse a la necesidad de impregnarse de una o de otra? Allí, en los labios, en su cercanía, se comprende que así empezó todo: por unos labios que prefiguraron un soplo de vida, como sucede cuando ellos dejan pasar el aire necesario para dar vibraciones a las cuerdas vocales. ¿Habría palabra hablada sin labios que les dieran paso? A las palabras les preceden los labios, a los labios nada, absolutamente nada. Por eso me gusta pensar que en el principio, un par de labios –femeninos o masculinos, según se vea o se quiera– abrieron paso al soplo de la vida. Habría que aprender a ver en el universo la forma de esos labios.

martes, diciembre 27, 2005

Un caso para Freud

Es como una pulsación in crecendo. Al principio no te das cuenta, o si acaso, lo tomas por otra cosa. Después el descubrimiento del latido te distrae, lo asocias a la vida, e incluso al amor. Su ritmo te dice más, o mejor dicho, te oculta más de lo que crees. Al paso del tiempo aquella pulsación se vuelve inocultable. La sordera cotidiana, atenta únicamente a lo que hay de vida alrededor, no te deja percibirla hasta que está allí, ya plena, ensordecedora. Su ruido es tan extremo que te sorprende no haberlo percibido antes. Entonces llegas a la conclusión evidente: lo que está en los latidos del corazón y tras tus ojos no es otra cosa que la pulsación de la muerte. El problema no es qué hacer con ella, pues a fin de cuentas ha habitado en ti desde el primer respiro, sino qué hace ella contigo. ¿Acaso no ha dictado tu quehacer desde ese primerísimo momento? –le pregunta el paciente a Freud, que medita, toma una pluma y garabatea algunas cosas en su cuaderno.

viernes, diciembre 02, 2005

Hipocresía

Miras, no dejas de mirar. Sabes que no estás en una atalaya pero también te sabes en un lugar único. Las leyes de la física son inmutables aun entre los seres humanos: dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo. Esta certeza te basta para comprender la unicidad de cada individuo, su singularidad misma. Pero objetas el derrotero de esta certeza: llevada al extremo es el mejor camino para extraviarse y perder piso. ¿No es acaso la sobrevaloración de la singularidad lo que proclama el capitalismo hoy en día? ¿qué otra cosa son las propagandas personalizadas, las tarjetas de crédito con la propia fotografía, que la exaltación mercantil de la singularidad? ¿no son, por decirlo así, la valorización del valor mismo de la singularidad?, te preguntas. Bajo esa extraordinaria fascinación, te dices, se quiebran y diluyen los lazos comunitarios, porque a fin de cuentas –musitas– el malentendido ha proliferado: colectividad e individuo se oponen como el día y la noche, como la luz y la sombra. Nociones todas ellas tan bélicas y maquiavélicas que no pueden negar su filiación capitalista. Habría que recordarles a todos –te conminas a hacerlo– que el proceso de individuación solamente es posible en una sociedad y/o una comunidad compleja, y que por eso mismo individuo y sociedad no se oponen en modo alguno. Te dan ganas de preguntarle a los demás si de verdad las ideas e ideologías ya pasaron de moda, pero recuerdas la mirada de incomprensión que te lanzan cada vez que hablas así. Y tú mismo no sabes qué responderte cuando en todo momento reivindicas tu nombre sin ostentar títulos. Es que yo soy yo porque los otros me dejan ser yo, comentas en voz alta. Recibes las mismas miradas de incomprensión. Guardas silencio y sigues tu viaje en el transporte público fijando tu atención en los mares de vehículos que hay ante ti.

viernes, octubre 07, 2005

El enemigo

¿Cómo no ceder a la tentación de decir que en estos días la naturaleza se está vengando del hombre? Tan hollada desde hace siglos, parece rebelarse con furia. Pero no. Esa explicación no hace otra cosa que reiterar la percepción de la naturaleza como enemiga a dominar. Lo que está sucediendo es la consecuencia inevitable de una obviedad: el hombre ha creado metódicamente su propia destrucción al eliminar los mecanismos propios de la naturaleza para contener sus propias lógicas. Por ese camino puede llegar el desenlace final, y nosotros sin enterarnos que el enemigo no es lo Otro, sino nosotros mismos.

miércoles, octubre 05, 2005

Mensaje conocido

Que me lo encontré en los páramos interiores:

El día de hoy algo se muere. Cruelmente la humedad del día se ciñe al pensamiento. Lejanas y cercanas tristezas confluyen, se arremolinan, brotan por el cráter de la mirada. No deja de sorprenderme que el más leve rozón haga tambalear la más fulgurante esperanza. Otra vez, una vez más, intentar encontrarle calor al sol. Es difícil saber si con el paso de los años tales intentos llegan a ser algo más que eso...

El suicida que todos llevamos dentro

lunes, octubre 03, 2005

El fuego, los hongos y la revolución

En un cuento para niños, Juan Villoro sostiene que la memoria es como una de esas máquinas de chicles en las que al depositar una moneda sale uno redondo y del color no deseado. En efecto, la memoria tiene sus caprichos; a menudo arroja recuerdos inesperados. Motivada por una película sobre Nicaragua (Bajo Fuego de Roger Sopttiswoode), mi memoria lanzó cual relámpago una imagen.

No tendría yo más de 10 años cuando vi esa escena, que ahora recuerdo con nitidez: en la televisión se daba cuenta de una acción impensable: unos guerrilleros habían rodeado un hotel de cinco estrellas, creo que el Hilton, en el que estaban hospedados los asesores de la CIA. La sorpresa era evidente: lo estrategas de la guerra sucia, los representantes de la larga mano de imperio, rodeados y acorralados por los tan despreciados guerrilleros, con sus armas desiguales, sus barbas, sus disparejos uniformes verde olivo, café, azul oscuro, negro, y el paliacate rojinegro. Lo que no recuerdo es si se trataba de Nicaragua o de El Salvador, aunque supongo que en realidad se trataba de Managua.

Ese recuerdo me llevó al recuento de ciertas lecturas: Tomás Borge, Sergio Ramírez, Omar Cabezas. El libro de este último me conmovió poderosamente (La montaña es algo más que una inmensa estepa verde), sobre todo por dos escenas: la del fuego como elemento de protesta silenciosa, y aquella otra afirmación:

“El hombre nuevo empieza a nacer con hongos, con los pies engusanados, el hombre nuevo empieza a nacer con soledad, el hombre nuevo empieza a nacer picado de zancudos, el hombre nuevo empieza a nacer hediondo. Ésa es la parte de afuera, porque por dentro, a fuerza de golpes violentos todos los días, viene naciendo el hombre nuevo en la frescura de la montaña”.

Azarosamente encuentro esta idea que me quema las entrañas: la revolución sólo puede darse como fuego. Cualquier revolución: desde la que se emprende contra Dios hasta la que aspira a transformar radicalmente al mundo. En protesta contra las ilusorias promesas del cielo (“Con ansia y amargura, he intentado cosechar los frutos del cielo y no he podido. Se elevaban hacia no sé qué otro cielo cuando les tendía mis manos golosas de su abundancia”) Cioran afirma que necesitamos un “espíritu de fuego” para que el “querubín enemigo que afila armas y locuras”, colocado por Dios como guardia en el camino del árbol de la vida, se derrita “en la pira de nuestra alma”. ¿Cómo no encontrar una relación estrecha entre esta necesidad de derretir al querubín divino en la pira de nuestra alma con un “espíritu de fuego” y el paulatino crecimiento de la protesta contra Somoza que describe Omar Cabezas cuando todavía no se incorporaba a las filas guerrilleras del FSLN que entrenaban en la montaña?

Según Cabezas, en Subitava descubrió los potenciales efectos del fuego como signo de protesta. Aquella población se había convertido en una hoguera permanente: las múltiples fogatas en torno a las que la gente se reunía para escuchar a los activistas, para sumarse a la resistencia contra la dictadura. De las marchas con ocote, las llamas anidaron en las fogatas que en calles y casas se hacían para discutir las injusticias de la dictadura. Recuerda Omar Cabezas:

“Y bueno, la fogata se fue generalizando en todos los barrios y paulatinamente fue adquiriendo un carácter subversivo. El fuego fue tomando un carácter subversivo porque todos los opositores, todos los antisomocistas, todos los prosandinistas, se aglutinaban alrededor del fuego. Entonces la fogata era síntoma de subversión, era símbolo de agitación política, de ideas revolucionarias llevadas por los estudiantes a los barrios. Las fogatas eran enemigas de la Guardia. La Guardia odiaba las fogatas porque la fogata concentraba a la gente. El fuego concita, integra, une; como que el fuego da valor como que el fuego te hace sentirte más protegido, más fuerte. Como que la llama fuera compañía. Es una sensación más o menos de ese tipo”.

Sospecho que allí, al calor de esas fogatas, poco a poco muchos nicaragüenses quemaron tanto al querubín de armas y locuras como su temor a la dictadura. En las piras de sus almas se comenzó a quemar todo. La revolución había llegado. El fuego como elemento propio cuando el cielo ha negado sus frutos, cuando unos pocos arrebatan a la tierra los frutos de todos. El mundo propio sólo se puede construir con fuego. ¿No será éste el lema de la revolución?

Porque también están las revoluciones personales. Ese conmovedor escenario de Subitava se llevó Cabezas a la montaña, cuando por fin el FSLN lo requirió como guerrillero. Y allá arriba vino la otra domesticación: la del propio yo acomodado. Otra pira de fuego en la que se queman muchas cosas. De los rescoldos no renace el hombre común, sino el hombre nuevo. Al lado del fuego, los hongos y los golpes violentos. Acaso forjarse no es otra cosa que eso: reconstituirse en piras, humedades y luchas contra las certezas que inmovilizan. Es otra vez Cioran el que lo dice mejor: “Armados por los accidentes de la vida, asolaremos las crueles certezas que nos acechan”. ¿Hay mejor definición del hombre nuevo? Cebezas incluso hubo de asolar la certeza del amor correspondido por la madre de su hija.

Pero como siempre, el fuego se agota, y lejos de los hongos y los golpes violentos, el hombre nuevo fenece ante las tentaciones del hombre común. El gran problema de la revolución es ése: ¿qué se hace con la pira que alguna vez la forjó? ¿qué se hace con los “ornamentos del mundo” que tanto seducen? ¿en qué momento no supimos guarecernos de los chaparrones?

!México, México!

Hombre: si 11 mocosos corriendo tras una pelota es el signo de una nueva etapa para el país, según dice el presidente, respiremos tranquilos. La nueva etapa entonces se define por este correr una y otra vez dentro de los límites de una cancha sin poder ir más allá. Moverse sin moverse. Vaya, después de todo, el presidente de la república no es tan tonto como parece. Viendo a los 11 jugadores de futbol que ganaron el campeonato sub17, encontró la explicación de su sexenio, de su visión de país, de su proyecto. Moverse sin moverse. Así está el país. Propongo que salgamos al ángel a festejar este talento para regodearse en el mito del Sísifo. Me siento un nuevo mexicano.