De mis muertos no sé más allá de lo que reconstruye mi memoria. Ya no sé ni me importa si fueron buenos o malos o si esa reconstrucción es mínimamente fiel. Los percibo como una fogata cuyos rescoldos vinieron a parar aquí. Doy por consumada la mayor parte de sus aspiraciones, sueños, deseos. Banal sería suponer la alcanzaron o que yo la haya realizado. Ni remotamente. Sin embargo, sus rescoldos que aún persisten, junto con mis aspiraciones, sueños, deseos, irán desapareciendo como pavesas que al cielo negro se elevan. En esto no hay tragedia. No la hay porque no olvido que ellos y yo todavía somos fogata alrededor de la cual personas cantan, sueñan, ríen, comen, escriben, leen, piensan, se consuelan, lloran, dudan. Aún soy llama. A mis muertos yo los ilumino.
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
domingo, noviembre 01, 2020
sábado, octubre 10, 2020
¿Y luego?
Aunque éstos formalmente cuentan con toda una legislación y supervisión que en cierto modo les vuelve transparentes en su operación (ver: https://educacion.nexos.com.mx/?p=2519), nada de eso obstó para que efectivamente en su interior se constituyeran élites, aviadores y demás lindezas que con razón se han esgrimido como motivo fundamental de su posible desaparición. Cierto es que la generalidad de este motivo impidió distingos y diagnósticos apropiados, sin que por ello se invalide el hecho concreto y real de que en ellos hubo beneficiarios que no debieron serlo y que a veces los resultados de proyectos apoyados fueron en verdad magros o inexistentes.
Aceptado sin conceder la generalidad absoluta del motivo, la duda que se impone es exactamente la misma que llevó a su desaparición: no hay nada en el actual gobierno que garantice eso vaya a dejar de suceder. El rezo gubernamental de los principios que se enarbola como mantra es de muy dudosa eficacia, como varios hechos concretos muestran (Villalobos, Guevara, Toledo, Cárdenas, Bueso, etcétera). Este gobierno, ante la urgencia económica y la necesidad política, prescinde de los procedimientos claros que todo gobierno debe tener cuando de dineros, contrataciones y presupuestos se trata. La comparecencia diaria del titular del Ejecutivo para hacer política no quiere decir trasparencia. Incluso podría decirse que su presencia mediática mañanera es un distractor para cualquier ejercicio de esta naturaleza: su estrategia política lo engulle todo. Por lo tanto, no hay elementos reales y concretos que permitan atisbar una operación distinta de la que se acusa en la extinción de estos fideicomisos.
Es evidente que el gobierno actual está necesitado de construir una élite intelectual y académica para los fines que le convengan. Obvia decir, además, que muchos desean formar parte de ella. La saña con la que desde el púlpito se arremete contra la élite intelectual y académica cultivada por los gobiernos anteriores no es otra cosa que la liquidación política de algunos actores para que sus espacios sean ocupados por otros más afines. La parte incofesable de la posible desaparición de los fideicomisos es que forma parte decisiva de esta estrategia. En esto no hay novedad alguna. Podrá discutirse absurdamente si unos valen más la pena que otros, lo cierto es que el actual gobierno tiene la urgencia de liquidar a unos para ensalzar a otros. A la usanza de nuestra política, en tanto que otros gobiernos hicieron lo mismo, no hay nada criticable en que lo haga este gobierno.
Sea como fuere, la duda reside en si aparte de eso hay una idea precisa de una política científica que prevalezca sobre los vaivenes de los gobiernos que se sucederán. Esta fue una de las ideas centrales que dieron origen a los fideicomisos del Conacyt. Puede criticársele y reclamarse con razón todo lo que se quiera a esos fideicomisos, pero el hecho central es que por debajo de las generalizaciones absolutas tan propias del actual gobierno es que hubo un intento que también dio sus resultados relevantes. Desafortunadamente, estos logros han sido invisibilizados por los desvíos y demás, centro del actual discurso político hegemónico.
Puede que el actual gobierno nos sorprenda con una política científica más eficiente y de largo alcance. Puede que no. Pero por ahora la duda es legítima porque hasta hoy no hay indicio alguno que permita meter las manos al fuego de que eso sucederá. La fuerza con que se defiende la desaparición de los fideicomisos no tiene como contrapartida una propuesta concreta, viable e igual de poderosa y sólida que asegure el funcionamiento científico del país más allá de esta administración y las que vienen, sean del signo que sean. Sería un craso error que no la hubiese, que la apuesta fuese permenecer en el poder por treinta años para que exista. Y mucho más grave sería promover la desaparición del desarrollo científico en aras de una ideología que no va más allá de sus protagonistas administrativos. La miopía nunca ha sido una buena apuesta, la altitud de miras sí.
martes, septiembre 08, 2020
Una cana
Hoy me descubrí una cana y me puse estúpidamente feliz. Es muy similar a las que mi abuela tenía. Al verla, me sentí acompañado por ella: recordé su cabello blanco después de bañarse, su carácter tierno y áspero, su gana de hacer de su entorno algo mejor, a veces a golpes, otras a gritos, la mayoría de las veces cariñosa y pedagógicamente. ¿Qué hay de ti en mi abuela? Tal vez esta cana que ahora me acompaña es el inicio de la vereda que me llevará a ese otro paisaje que anduviste hace años: el de la decadencia. Recuerdo que en tus últimos años poco a poco fuiste perdiendo tus facultades mentales, que no eran pocas. En aquel entonces lo pensé como natural, ahora pienso que a lo mejor decidiste ya no enterarte del mundo, salvo de aquel que adorabas: en el que éramos niños, en el que tú eras pura fuerza y voluntad. Pienso que es mentira aquello de que con la edad viene la sabiduría. Lo que viene es la experiencia de la decadencia. Confieso abuela que eso antes me enfadaba (o tal vez me daba miedo). Estaba convencido de que no había que llegar a esta experiencia que ya se anuncia en mí, testimonio del fracaso de mis múltiples suicidios planificados. He aquí la cana que, junto con otros “imperceptibles”, me habla con certeza del umbral en donde estoy parado. Pero ya no me enfado abuela. Diría incluso que hasta tengo algo de curiosidad. La impunidad de la vejez comienza a seducirme abuela. Hoy me descubrí una cana y me puse estúpidamente feliz.
viernes, julio 24, 2020
La Pausa
Recuperar a la falsa Mafalda que no demerita a la verdadera. Querer bajarse del mundo. Ponerse a uno mismo en modo pausa con el fin de pensar con claridad. El vértigo no ayuda, la velocidad tampoco. Comparsas del sentimiento antes que de las ideas. La Montaña Rusa nos hace sentir pero en el momento escasamente ayuda a pensar. Lo mismo sucede con las redes sociales, lugar en el que hoy se disputan las efímeras y acomodaticias verdades de nuestras sociedades. Los medios tradicionales de comunicación masiva, descolocados, andan a la zaga. Por eso pretenden replicar la dinámica de esas redes, convirtiéndose en esbozos fallidos para una humanidad desbocada, urgida de verdades al mayoreo, practicante de una fe ingenua y una militancia simple, superflua, ahogada en contradicciones. Por este mismo derrotero equívoco inducen a la educación. Carece de sentido extenderse más en ejemplos. En pocas palabras, el mundo actual no nos da respiro para pensar. Querer bajarse de su dinámica, ponerse en pausa, tomarse el tiempo y la actitud necesarias para pensar quizá sea una apuesta absurda. Quizá no.
Craso error suponer que poner pausa es querer alejarse, distanciarse. Se trata, por el contrario, de asumir otro ritmo. El ritmo propio de la compañía y de la conversación. Un ritmo distinto del de la ciega soledad que impera en el vértigo y la velocidad, esa que se llama virtualidad. En ella no hay conversaciones, mucho menos compañías; hay avisos, notificaciones, gustos y disgustos, caritas, gestos, conteos. En ella, el tercero excluido, propio de los genuinos encuentros con los otros, es definitivamente expulsado a fuerza de economía de palabras. Conversar, acompañarse, encontrarse, probablemente sea actualmente el deseo más dinosáurico e insano que existe. Pero es un deseo necesario para quien ansía pensar. Porque pensar sucede con otros, es a través de su ejercicio que nace el tercero excluido. Se piensa conversando con otros, estando con otros. Su resultado es siempre inesperado, no el de la negociación, del adoctrinamiento, de la urgencia por convencer, de la construcción de las arenosas verdades que imperan en las redes sociales.
Ponerse en pausa para pensar, encontrarse con otros para pensar, conversar con otros para pensar. Ojalá que cuando el mundo despierte, este dinosáurico deseo siga estando aquí.
viernes, julio 17, 2020
Ceremonias de vida
domingo, abril 05, 2020
Navegar es necesario...
Hacia finales de 2016 pensé que ese año había sido el peor de mi vida, sin saber que los sucesivos le disputarían el título. En realidad, no se trata tanto de que los años empeoren, sino que con el paso del tiempo se pierde la audacia de superar la adversidad como si se tratase de un mal trago, uno más. Los años traen lo suyo, nosotros cada vez podemos menos con algunas cosas que traen consigo.
Desde entonces me fue y me es indispensable recordarme todos los días que los mares, sean calmos o procelosos, se navegan sin importar que en ello vaya la vida, o mejor dicho, porque navegando ella se revela con aristas y magnitudes sorprendentes, aunque al hacerlo, corra el riesgo de terminarse (sí, ya sé que suena a lo que hace años escribió la para muchos odiada Oriana Fallaci, y no sé cuántos escritores más: ¡qué se le va a hacer!).
Hoy, a más de un mes de encierro desde que me operaron, ahora obligado por el aislamiento indicado por las autoridades, me repito lo mismo: navegaremos exitosamente esta tempestad, si no por talento, al menos por obstinación. La mayoría llegará a buen puerto, si bien puede que sea uno devastado. Me digo que no vale la pena preguntarse quiénes pondrán pie allí, por más que nos invada la sensación de ser un arma biológica letal y portátil para los seres queridos y los completamente extraños. Lo que importa es esta experiencia de navegar colectiva y exitosamente la amenaza que supone este virus, por supuesto, pero también, y no en menor medida, navegar el piélago tempestuoso que es uno mismo en estas condiciones.
Navegar es necesario, vivir no, me repito por las mañanas y por las noches.
miércoles, marzo 18, 2020
Con lo que no puedo
Después de un viaje surrealista, con un espectáculo natural increíble y una narración apocalíptica, llegamos al pueblo en donde la mayoría habíamos dejado nuestro auto o que iban a tomar el autobús correspondiente para regresar a sus hogares. Noté que la gente nos veía un poco raro, como posibles portadores del H1N1, aunque llevásemos fuera de la Ciudad de México cosa de dos semanas. Al llegar a la casa en la que había dejado mi auto, la dueña me repitió la historia apocalíptica, recomendándome además no irme del pueblo, porque allí estábamos seguros. Le agradecí sus consejos, decliné la oferta, y comencé el regreso a casa.
La carretera hacia la capital del país fue un paseo por rumores consistentes que cambiaban poco en las gasolineras, tiendas, restaurantes. En todos lados me alertaban del peligro de ir a casa. En algún punto, pude escuchar la radio y hablar por teléfono con mis padres. Había alarma pero nada de lo que me habían dicho o por lo menos que se reportara con tal intensidad. Ya en Puebla, me advirtieron que no se podía entrar a la Ciudad de México, que no me arriesgara a ir. Para mi sorpresa, al llegar a las casetas para entrar a la ciudad, éstas lucían vacías pero nadie impedía el paso, salvo el correspondiente Hoy No Circula. Ni ejército ni policía ni gente.
A propósito regresé a casa de mis padres, ubicada al sur de la ciudad, vía Iztapalapa. Me sorprendió observar que por toda esa zona la vida seguía como si nada. Pocos traían tapabocas, los tacos y restaurantes estaban a reventar, e incluso había fiestas en la calle. Recuerdo haber sonreído al ver esto. Lo que fue evidente es que conforme me aproximaba a zonas de sectores medios, se dejaba sentir un miedo ausente en las zonas populares: los comercios estaban cerrados, casi no había gente en la calle, y los que por alguna razón sí estaban en la calle traían sus tapabocas. Sonreí aún más, porque al parecer el miedo a lo que estaba sucediendo parecía propio de sectores medios y altos. Al día siguiente, tuve que ir a Santa Fe. Allí las cosas en verdad eran alarmantes, parecía que el mundo se iba a acabar. Yo no daba crédito del terror de estos sectores, particularmente si se les comparaba con la tranquila resignación de los sectores menos favorecidos.
Ahora que tenemos el tema de coronavirus, tengo la misma impresión que entonces aunque no la he corroborado. Ayer y hoy me he visto obligado a salir por zonas de sectores medios: los comportamientos son mesurados pero temerosos, nada que ver con los trabajadores que saben están obligados a trabajar para vivir, pase lo que pase con el mentado coronavirus. En el banco, una señora acomodada, dijo al cajero: me gustó mucho que pusieran gel. El cajero la vio con una mirada entre incrédula o indefinida, como diciendo, no me joda, tenemos que trabajar en plena emergencia sanitaria, qué tiene eso que ver con el gusto. El repartidor del agua me advierte: seguiremos trabajando. El lava autos, el jardinero, los barrenderos, encogen los hombros: “seguiremos trabajando”, es su frase.
La resignación del trabajador ante la fatalidad no es valemadrismo: es uno de los rostros de la necesidad. Un par de adultos mayores que realizan labores por donde vivo conversan en medio del andador. Uno de ellos afirma: los de nuestra edad somos susceptibles, igual nos morimos, pero prefiero morir de ese virus que de hambre. Al pasar, los saludo; su amabilidad sigue igual que siempre. Acorde con las estadísticas, son pocos los que se están muriendo de este virus, pero nunca una estadística puede suplantar la empatía del ser que por su edad y necesidad se pone en riesgo, esperando a que el destino le dicte la última palabra, el último gesto, como en el Coliseo romano: vive o muere. Esto es lo que yo no puedo olvidar cuando me hablan de estadísticas.
martes, marzo 03, 2020
La plaza pública este 8 y 9 de Marzo
miércoles, enero 22, 2020
Gusto por el Tlatoani
lunes, diciembre 30, 2019
Hacerlo mal, oportunidades a la derecha
viernes, junio 21, 2019
Algo está pasando
viernes, abril 12, 2019
Como si
miércoles, marzo 27, 2019
Tal vez algo se agite en las profundidades
lunes, enero 14, 2019
Pronto
lunes, enero 07, 2019
Cenizas para la vida
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| Mangor. Cenizas para la vida: una mandarina. |
martes, diciembre 11, 2018
La diatriba en torno a la Ley Federal de Remuneraciones
jueves, septiembre 06, 2018
¿Y si estamos ante algo más grave?
Uno de los porros en particular es elocuente en su decir. Reivindica su autonomía con respecto a las autoridades universitarias o del actual gobierno de la Ciudad de México. No son éstas las que los mandan, afirma. De donde es inevitable concluir que desde su perspectiva su actuar obedece a una discrepancia ideológica con los estudiantes que fueron agredidos. Los acusa de imposiciones "desde la izquierda" en su plantel, con paros y protestas. Así, justifica su proceder "porril" como resultado de un actuar legítimo en defensa de cierto tipo de educación y en contra de las "imposiciones" que están realizando esos estudiantes revoltosos a los que califica de "chairos".
Por supuesto, las cosas que afirma son dudosas, sin embargo, lo preocupante es la carga discriminatoria que hay en su decir. Durante el reciente proceso electoral, "chairo" se utilizó para calificar a quienes manifestaban su apoyo a López Obrador, pero también a todo aquel que osara criticar a los gobiernos mexicanos de corte neoliberal. Pariente lejana del "naco" y del "jodido", la palabra "chairo" tiene una indiscutible carga racial y socioeconómica. Que un porro la utilice para hablar con los que manifiestan su protesta por su actuar "porril", que las lesiones sufridas por varios estudiantes insinúe son merecidas por ser "chairos", que las presiones estudiantiles para mejorar las condiciones de estudio sean tildadas como imposiciones de "chairos", resulta peligroso porque, por un lado, quiere decir que la polarización electoral trasciende por mucho el momento electoral, y por el otro, que esparcido en la sociedad mexicana, particularmente en jóvenes, hay una tendencia "fascistoide" peligrosa que está manifestándose ya abiertamente.
No cabe duda que la "desestabilización" es uno de los objetivos centrales de esta agresión, pero quizá habría que verla como el resultado de una emergencia fascistoide que por ahora aparece combinada con una rancia práctica universitaria. Si llega a encontrar articulación en combinación con otros procesos de descomposición de nuestra sociedad pronto estaremos en el infierno.
sábado, julio 28, 2018
Por qué Lisboa
domingo, julio 01, 2018
Seguiremos
sábado, junio 30, 2018
Votamos desde la memoria
Pertenezco a una generación que se involucró en todas las luchas inspiradas por y en beneficio de la democracia. Hemos perdido más de lo ganado. Pero somos obstinados. Obviamente no nos convencen ni nos alarman los muy pedestres argumentos de los que estando en el poder o en derredor de él, recurren a la infantil estrategia del “coco” que viene. Sus argumentos hablan más de ellos que de la realidad. Lo que a través de ellos habla es su convicción autoritaria, la insuficiencia de su ciudadanía, su nulo involucramiento con algo más que no sea su beneficio propio. Ven en AMLO lo que traen profundamente interiorizado. Se ven en el espejo y les asusta. A nosotros lo que nos pesa es precisamente lo que ven, lo que cultivan, lo que les induce a actuar como actúan, no el rostro que lo porta. El autoritarismo es tan inaceptable en ellos como en AMLO o en quien sea. Y como lo hemos demostrado desde aquel 1988 e incluso antes, no estamos dispuestos a aceptarlo.
Tengo la impresión que para una gran parte de mi generación no se trata de votar en favor de AMLO, sino en contra de esa historia terrible con la que hemos crecido desde 1988. Si gana AMLO, seguiremos luchando, aunque las condiciones por supuesto serán distintas, quizá un poquito más amables. Pero estamos dispuestos a aceptar esa ventana que con su triunfo se abrirá. Con él seremos tan críticos como lo hemos sido hasta hoy con el poder. Porque el poder requiere eso: crítica, contención, exigencia, pero jamás un voto de confianza. Y si muchos de nosotros no estamos dispuestos a dar ciegamente esa confianza a AMLO, mucho menos estamos dispuestos a darla con conocimiento de causa a quienes llevan de una u otra manera en el poder más de tres décadas. Ellos sí están obstinados con el poder, pero sobre todo, son los responsables del desastre que es nuestro país. No hay números alegres que puedan ocultarlo.
Nuestro voto es por tanto el resultado de la memoria, la convicción, la lucha y el contexto. Estaremos, emplazados en la izquierda, luchando por la democracia, sean cualesquiera las condiciones que imperen mañana o pasado. Lo hemos hecho en las muy desfavorables condiciones de las últimas tres décadas. ¿Por qué habríamos de dejar de hacerlo?, ¿por vejez?

