No, no soy católico ni cristiano. Repito lo que digo a menudo: si Dios existe, convencido estoy de que la única prueba que nos puso son sus creyentes aglutinados en iglesias diversas. Eso sí es un castigo. No me imagino otro modo de expiar alguna culpa originaria que convivir con ellos.
Leer la Biblia no hace daño a nadie. Es una compilación de escritos como lo es cualquier otra compilación. La única diferencia es que ahora he releído algunos pasajes de la mano de Harold Bloom. Un experimento que vale la pena realizar y que en modo alguno va en detrimento de la inteligencia; al contrario.
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
domingo, junio 28, 2009
jueves, junio 25, 2009
Vida
Eres don que mengua, como dice en algún lugar en la Biblia. Creo así mismo lo que otro sabio escribió en los linderos de la muerte: de este don lo único que podemos dejar como herencia es el regocijo que no vive de "atrapar vientos" (escribe otro más en aquel libro sagrado).
miércoles, junio 17, 2009
Mis razones 4
Leo los dimes y diretes sobre el voto en blanco. Llego a una conclusión obvia: se puede actuar de la misma manera pero por razones distintas. Un empresario utiliza el voto en blanco como reverso de un cheque en blanco: como si los “compromisos” ante notario fueran razón suficiente para que un político cumpla. “Fírmenle y yo voto”.
Un intelectual habla del voto en blanco para “deslegitimar” al sistema. Como si el sistema tuviera ahora gran legitimidad. Como si de lo que se tratara fuera quitársela porque de una u otra forma la posee. En verdad se trata de lo contrario: porque no la tiene es que se puede votar en blanco. “Entre más palabras imprecisas use en mejor posición me encuentro ante la opinión pública para abanderar este movimiento cívico”.
Yo creo otra cosa: ya estoy cansado de tener que padecer la crisis superlativa en que se halla este país. Y creo sinceramente que gran parte de esta crisis se la debemos a la burocracia política, cuyos desatinos son en verdad inclasificables (basta con ver las muy ingeniosas propuestas de AMLO para Iztapalapa). Así que en vez de padecerla pienso que debemos asumirla: que la crisis también corra por nuestra cuenta. El voto en blanco que yo concibo es éste y no el que surge del amago o del cándido mundo al revés.
Un intelectual habla del voto en blanco para “deslegitimar” al sistema. Como si el sistema tuviera ahora gran legitimidad. Como si de lo que se tratara fuera quitársela porque de una u otra forma la posee. En verdad se trata de lo contrario: porque no la tiene es que se puede votar en blanco. “Entre más palabras imprecisas use en mejor posición me encuentro ante la opinión pública para abanderar este movimiento cívico”.
Yo creo otra cosa: ya estoy cansado de tener que padecer la crisis superlativa en que se halla este país. Y creo sinceramente que gran parte de esta crisis se la debemos a la burocracia política, cuyos desatinos son en verdad inclasificables (basta con ver las muy ingeniosas propuestas de AMLO para Iztapalapa). Así que en vez de padecerla pienso que debemos asumirla: que la crisis también corra por nuestra cuenta. El voto en blanco que yo concibo es éste y no el que surge del amago o del cándido mundo al revés.
lunes, junio 15, 2009
Vida hecha de despedidas
“Ya no sé de cuántas despedidas está hecha mi vida”, me dijo al despedirse. Ese fardo invisible que se le subía a la espalda me dio una idea aproximada. Mi memoria retiene su silueta; una cuyo cansancio parecía venir de lejos. Me dieron ganas de decirle que por cada despedida hay, siempre, un encuentro. Pero esa triste sombra que a sus pies yacía hizo que desistiera. Tal vez, pensé, esta despedida sea la única que ya no permite otra más. Nos dimos la espalda. Yo caminé con cierta prisa, pues aún tengo la posibilidad de los encuentros, y de las despedidas, por supuesto. Nunca más supe de aquella vida hecha de despedidas.
martes, junio 09, 2009
Mis razones 3
Miren: la sola idea que afecta encuestas ya obliga a que políticos tan patéticos como Dulce María Sauri ahora se sumen al voto en blanco. Miren: la idea misma de anular el voto convoca a burocracia política, intelectuales e instituciones a debatir. Hay que ver lo que puede suceder si en efecto el voto nulo es mayoritario. ¿No da ternura la actitud de quienes nos exigen-suplican votar?
sábado, junio 06, 2009
Mis razones 2
Respondo a ciertos correos electrónicos recibidos con respecto a mi entrada anterior.
Creo necesario distinguir entre escenarios ideales y reales. Comienzo por los segundos. Tradicionalmente la afluencia de votantes en elecciones intermedias es menor a aquellas en las que se elige al presidente de la república. No puedo dejar de pensar que este hecho revela con claridad el “alma” presidencialista de un amplio sector de mexicanos. No veo por qué el comportamiento de esta próxima elección vaya a modificarse.
En virtud de lo anterior es cierto lo que se afirma: el voto duro de cada partido es lo que se expresa en las elecciones intermedias. De lo que no estoy seguro es que el del PRI siga siendo mayoritario. Me da la impresión que todos los partidos han perdido puntos antaño considerados “seguros”.
Teniendo en cuenta ambos factores lo que parece probable es que el abstencionismo sea, como siempre en elecciones intermedias, mayoritario. Así que, hasta hoy, al parecer, es el voto duro el que define el proceso electoral intermedio. En otras palabras: prácticamente desde siempre ha sido este voto el que ha decidido la composición de la cámara de diputados. Que suceda así en julio no sería, entonces, novedad alguna.
Pienso, por otra parte, que esto del “voto activo nulo” o el “voto en blanco” será francamente minoritario con respecto al universo de los que realmente voten. Precisamente porque quienes ejercen el voto son las bases de los partidos. Lo extraordinario en verdad sería que la gente fuera a las urnas para anular su voto y que fuera mucho mayor que el de las bases de todos los partidos en conjunto. O si se prefiere que las bases también anularan su voto.
Este escenario idílico significaría fundamentalmente la pérdida de legitimidad del régimen mexicano. Lo cual no quiere decir que las elecciones pudiesen ser anuladas. Justamente porque no está previsto en la ley, esto no es posible ni probable. Pero precisamente por eso nos encontraríamos ante una situación inédita que reclamaría soluciones pertinentes y plantearía, en más de un sentido, un problema de dimensiones enormes a la burocracia política que demandaría solución inmediata y viable. En pocas palabras sería una conmoción que no podría, aunque se quisiera, ignorarse.
Pero más allá de eso, en este escenario idílico, los ciudadanos ganarían una confianza de la que hasta ahora carecen: comprobarían las posibilidades reales de la acción conjunta fuera de los marcos establecidos por los partidos políticos. Esta experiencia sería en sí misma revolucionaria. Sería la aparición clara, contundente y coordinada del ciudadano que hasta ahora vive atomizado y temeroso entre la violencia y la crisis. Sería un gesto saludable para quien siempre se pregunta qué hacer ante “el poder”.
Sin embargo, nada de esto será real. Algunos anularemos el voto y seremos señalados como los “ingenuos”, los “locos”, los “irresponsables”, seremos la burla y los protagonistas de cualquier cantidad de caricaturas que destaquen nuestra “ineptitud” y “complicidad” con la derecha o el PRI. Seremos objeto de “reclamos” y desdén, y seguramente se nos verá como niños necios y berrinchudos. Es más, se nos verá peor que a los que se abstengan de votar, y los “mexicanos concientes” comprometidos serán las bases de los partidos políticos. Ni modo, en mi caso, no será la primera ni la última vez. Aunque en la mayoría de los casos pueda decir “se los dije”.
De nuevo: que cada quien haga lo que le venga en gana.
Creo necesario distinguir entre escenarios ideales y reales. Comienzo por los segundos. Tradicionalmente la afluencia de votantes en elecciones intermedias es menor a aquellas en las que se elige al presidente de la república. No puedo dejar de pensar que este hecho revela con claridad el “alma” presidencialista de un amplio sector de mexicanos. No veo por qué el comportamiento de esta próxima elección vaya a modificarse.
En virtud de lo anterior es cierto lo que se afirma: el voto duro de cada partido es lo que se expresa en las elecciones intermedias. De lo que no estoy seguro es que el del PRI siga siendo mayoritario. Me da la impresión que todos los partidos han perdido puntos antaño considerados “seguros”.
Teniendo en cuenta ambos factores lo que parece probable es que el abstencionismo sea, como siempre en elecciones intermedias, mayoritario. Así que, hasta hoy, al parecer, es el voto duro el que define el proceso electoral intermedio. En otras palabras: prácticamente desde siempre ha sido este voto el que ha decidido la composición de la cámara de diputados. Que suceda así en julio no sería, entonces, novedad alguna.
Pienso, por otra parte, que esto del “voto activo nulo” o el “voto en blanco” será francamente minoritario con respecto al universo de los que realmente voten. Precisamente porque quienes ejercen el voto son las bases de los partidos. Lo extraordinario en verdad sería que la gente fuera a las urnas para anular su voto y que fuera mucho mayor que el de las bases de todos los partidos en conjunto. O si se prefiere que las bases también anularan su voto.
Este escenario idílico significaría fundamentalmente la pérdida de legitimidad del régimen mexicano. Lo cual no quiere decir que las elecciones pudiesen ser anuladas. Justamente porque no está previsto en la ley, esto no es posible ni probable. Pero precisamente por eso nos encontraríamos ante una situación inédita que reclamaría soluciones pertinentes y plantearía, en más de un sentido, un problema de dimensiones enormes a la burocracia política que demandaría solución inmediata y viable. En pocas palabras sería una conmoción que no podría, aunque se quisiera, ignorarse.
Pero más allá de eso, en este escenario idílico, los ciudadanos ganarían una confianza de la que hasta ahora carecen: comprobarían las posibilidades reales de la acción conjunta fuera de los marcos establecidos por los partidos políticos. Esta experiencia sería en sí misma revolucionaria. Sería la aparición clara, contundente y coordinada del ciudadano que hasta ahora vive atomizado y temeroso entre la violencia y la crisis. Sería un gesto saludable para quien siempre se pregunta qué hacer ante “el poder”.
Sin embargo, nada de esto será real. Algunos anularemos el voto y seremos señalados como los “ingenuos”, los “locos”, los “irresponsables”, seremos la burla y los protagonistas de cualquier cantidad de caricaturas que destaquen nuestra “ineptitud” y “complicidad” con la derecha o el PRI. Seremos objeto de “reclamos” y desdén, y seguramente se nos verá como niños necios y berrinchudos. Es más, se nos verá peor que a los que se abstengan de votar, y los “mexicanos concientes” comprometidos serán las bases de los partidos políticos. Ni modo, en mi caso, no será la primera ni la última vez. Aunque en la mayoría de los casos pueda decir “se los dije”.
De nuevo: que cada quien haga lo que le venga en gana.
jueves, junio 04, 2009
Mis razones
Los lectores de este blog saben que antes de que el “voto nulo activo” se convirtiera en moda de organizaciones civiles, comentaristas y algunos intelectuales, un servidor hizo referencia a ello hace poco más de tres meses (20 de febrero, entrada “Manifiesto inútil”). No pretendo atribuirme la paternidad de semejante idea. Los que hoy lo proponen y lo que escribí en ese entonces no es otra cosa que el “manifiesto” de lo que entonces llamé un “malestar” generalizado. No hay que ser muy sagaz para percibirlo.
Hoy la situación es distinta a aquel febrero. Públicamente se esparce la idea del “voto nulo activo” como un mecanismo de protesta contra la “clase política”. Ha llegado tan lejos que el mismo IFE piensa realizar un debate al respecto. Organizaciones políticas, sociales y ciudadanos habrán de ser convocados para argumentar sobre los riesgos y alcances de ese tipo de voto. Por supuesto, la invitación no llegará por estos lares. Tampoco la solicito porque lejos de mí está el convencer a quien sea de algo. Hace mucho tiempo perdí la convicción de la militancia, y junto con ello, el encanto necesario para andar convenciendo a la gente o a mis cercanos de las “propuestas” que tengo. A lo sumo utilizo este espacio para ejercer la escritura y fijar opiniones personales. Procedo a hacerlo con respecto a este tema.
Una muy propalada versión de la democracia supone el hecho de elegir a los representantes de los poderes ejecutivo y legislativo. Elegir implica, evidentemente, decidir entre las “ofertas” de los institutos políticos que aspiran a dirigir los destinos de nuestro país. Utilizo deliberadamente la palabra “oferta” porque eso es lo que hacen los partidos políticos y ese es el concepto que el IFE utiliza de manera recurrente al hablar de los procesos electorales. Entonces elegir es decidir entre las varias “ofertas” que nos hacen los partidos políticos a través de sus candidatos.
Hasta aquí todo es claro y sencillo. Empero, hay un par de problemas que resulta pertinente destacar. En primer lugar, las “ofertas” refieren necesariamente a una pluralidad que debe hacerlas diferentes. La decisión se ejerce sobre opciones: sin éstas la decisión carece de sentido. En segundo lugar, la decisión entre “ofertas” diferentes no implica necesariamente que uno ha de decidir entre ellas. Bien puede suceder que ninguna de las “ofertas” satisfaga a quien ha de decidir: la decisión puede mantenerse en vilo hasta que aparezca una “oferta” que en verdad satisfaga las expectativas de quien toma la decisión. Estamos impelidos a decidir, pero no a decidir necesariamente entre las “ofertas” que el mercado impone.
Así pues, el negarse a decidir entre las “ofertas” electorales tiene un doble fundamento: por un lado, las “ofertas” electorales de los partidos políticos no son en verdad diferentes las unas de las otras. Entre lo igual no hay nada que decidir. Por ello, y este es el segundo fundamento, abstenerse de decidir entre tanta igualdad resulta tan legítimo como quien encuentra en la diferencia de colores el atractivo necesario para optar por alguna de las “ofertas” del mercado electoral. En pocas palabras: me abstengo de decidir entre las “ofertas” electorales existentes, pero ejerzo mi decisión de rechazar tales “ofertas” por iguales. Esto es precisamente lo que quiero manifestar con la anulación del voto. No es que no me interese votar (si así fuera me abstendría de hacerlo), lo que no me interesa en absoluto es la similitud de propuestas de los partidos políticos, porque no satisfacen mis expectativas políticas.
Al parecer este tipo de decisiones está generando alarma tanto en los partidos políticos como en el IFE. Tienen razón en alarmarse los que en última instancia conforman una suerte de “burocracia política”. Una masiva anulación del voto podría en cuestión su “status quo”, y les quitaría el velo de santidad y necesidad con que se disfrazan. Les obligaría, de alguna manera, a tener que diferenciarse y cambiar las reglas del juego de las “ofertas” políticas. Esto en el mejor de los casos que, a juzgar por lo que se ve, se revela como imposible. Pero hay quien, como Porfirio Muñoz Ledo, a quien le tengo una simpatía enorme, advierte que proceder de ese modo sería colocar al país del lado del fascismo o al borde de la rebelión social. Lo primero me parece que ya impera en el país, y ha sido precisamente con el voto (particularmente con el “voto útil” al que él mismo convocó en el 2000) como se instaló en el gobierno de la república y en las conciencias de muchos mexicanos. Lo segundo me parece, incluso, necesario. Ya basta de este “procedimiento” de consensos, de “negociaciones” que no llevan a ningún otro lado que plantearnos la disyuntiva de decidir entre lo igual. ¿Por qué tanto miedo a la rebelión social? ¿No es así como se alcanzan algunas cosas en la vida? ¿Es que Zapata debió sentarse con Porfirio para decirle: “sentémonos a negociar entre la riqueza de tu aristocracia y la pobreza de mis campesinos”? ¿Cómo le hacemos? ¿Será que el pordiosero de la esquina se puede sentar apaciblemente en Sanborn’s para hablar con Carlos Slim sobre la necesaria redistribución de la riqueza mientras se ve obligado a pagar la cuenta del agua “simple” que se tomó?
Como todas las ofertas electorales que veo, con sus personajes tan “conocidos” como Laura Esquivel, como Fausto Zapata, como Ana Gabriela Guevara, como Guadalupe Loaeza, parecen buscar el pacto pacífico que le permita a la burocracia política prolongar su existencia a costa de esos pordioseros, me niego a elegir entre las actuales “ofertas” electorales. Prefiero que se escuche la voz silenciosa del voto nulo antes que la voz de la rebelión social, a ejercer el voto resignado que se decide por colores y “cuatitudes” antes que por contenidos. Por eso ejerceré mi "voto nulo activo". Que cada quien haga lo que le venga en gana.
Hoy la situación es distinta a aquel febrero. Públicamente se esparce la idea del “voto nulo activo” como un mecanismo de protesta contra la “clase política”. Ha llegado tan lejos que el mismo IFE piensa realizar un debate al respecto. Organizaciones políticas, sociales y ciudadanos habrán de ser convocados para argumentar sobre los riesgos y alcances de ese tipo de voto. Por supuesto, la invitación no llegará por estos lares. Tampoco la solicito porque lejos de mí está el convencer a quien sea de algo. Hace mucho tiempo perdí la convicción de la militancia, y junto con ello, el encanto necesario para andar convenciendo a la gente o a mis cercanos de las “propuestas” que tengo. A lo sumo utilizo este espacio para ejercer la escritura y fijar opiniones personales. Procedo a hacerlo con respecto a este tema.
Una muy propalada versión de la democracia supone el hecho de elegir a los representantes de los poderes ejecutivo y legislativo. Elegir implica, evidentemente, decidir entre las “ofertas” de los institutos políticos que aspiran a dirigir los destinos de nuestro país. Utilizo deliberadamente la palabra “oferta” porque eso es lo que hacen los partidos políticos y ese es el concepto que el IFE utiliza de manera recurrente al hablar de los procesos electorales. Entonces elegir es decidir entre las varias “ofertas” que nos hacen los partidos políticos a través de sus candidatos.
Hasta aquí todo es claro y sencillo. Empero, hay un par de problemas que resulta pertinente destacar. En primer lugar, las “ofertas” refieren necesariamente a una pluralidad que debe hacerlas diferentes. La decisión se ejerce sobre opciones: sin éstas la decisión carece de sentido. En segundo lugar, la decisión entre “ofertas” diferentes no implica necesariamente que uno ha de decidir entre ellas. Bien puede suceder que ninguna de las “ofertas” satisfaga a quien ha de decidir: la decisión puede mantenerse en vilo hasta que aparezca una “oferta” que en verdad satisfaga las expectativas de quien toma la decisión. Estamos impelidos a decidir, pero no a decidir necesariamente entre las “ofertas” que el mercado impone.
Así pues, el negarse a decidir entre las “ofertas” electorales tiene un doble fundamento: por un lado, las “ofertas” electorales de los partidos políticos no son en verdad diferentes las unas de las otras. Entre lo igual no hay nada que decidir. Por ello, y este es el segundo fundamento, abstenerse de decidir entre tanta igualdad resulta tan legítimo como quien encuentra en la diferencia de colores el atractivo necesario para optar por alguna de las “ofertas” del mercado electoral. En pocas palabras: me abstengo de decidir entre las “ofertas” electorales existentes, pero ejerzo mi decisión de rechazar tales “ofertas” por iguales. Esto es precisamente lo que quiero manifestar con la anulación del voto. No es que no me interese votar (si así fuera me abstendría de hacerlo), lo que no me interesa en absoluto es la similitud de propuestas de los partidos políticos, porque no satisfacen mis expectativas políticas.
Al parecer este tipo de decisiones está generando alarma tanto en los partidos políticos como en el IFE. Tienen razón en alarmarse los que en última instancia conforman una suerte de “burocracia política”. Una masiva anulación del voto podría en cuestión su “status quo”, y les quitaría el velo de santidad y necesidad con que se disfrazan. Les obligaría, de alguna manera, a tener que diferenciarse y cambiar las reglas del juego de las “ofertas” políticas. Esto en el mejor de los casos que, a juzgar por lo que se ve, se revela como imposible. Pero hay quien, como Porfirio Muñoz Ledo, a quien le tengo una simpatía enorme, advierte que proceder de ese modo sería colocar al país del lado del fascismo o al borde de la rebelión social. Lo primero me parece que ya impera en el país, y ha sido precisamente con el voto (particularmente con el “voto útil” al que él mismo convocó en el 2000) como se instaló en el gobierno de la república y en las conciencias de muchos mexicanos. Lo segundo me parece, incluso, necesario. Ya basta de este “procedimiento” de consensos, de “negociaciones” que no llevan a ningún otro lado que plantearnos la disyuntiva de decidir entre lo igual. ¿Por qué tanto miedo a la rebelión social? ¿No es así como se alcanzan algunas cosas en la vida? ¿Es que Zapata debió sentarse con Porfirio para decirle: “sentémonos a negociar entre la riqueza de tu aristocracia y la pobreza de mis campesinos”? ¿Cómo le hacemos? ¿Será que el pordiosero de la esquina se puede sentar apaciblemente en Sanborn’s para hablar con Carlos Slim sobre la necesaria redistribución de la riqueza mientras se ve obligado a pagar la cuenta del agua “simple” que se tomó?
Como todas las ofertas electorales que veo, con sus personajes tan “conocidos” como Laura Esquivel, como Fausto Zapata, como Ana Gabriela Guevara, como Guadalupe Loaeza, parecen buscar el pacto pacífico que le permita a la burocracia política prolongar su existencia a costa de esos pordioseros, me niego a elegir entre las actuales “ofertas” electorales. Prefiero que se escuche la voz silenciosa del voto nulo antes que la voz de la rebelión social, a ejercer el voto resignado que se decide por colores y “cuatitudes” antes que por contenidos. Por eso ejerceré mi "voto nulo activo". Que cada quien haga lo que le venga en gana.
viernes, mayo 29, 2009
Eres tú, mujer
Ayer, mientras estabas allí, como presencia omnímoda, escuchando lo que de ti decían, quise preguntarte si todo eso es cierto. Tan excepcional fuiste, eres, que el decir de los demás son tropiezos que se lían con tu sombra. Al menos eso parece. Pero tal vez no fuiste como dicen. Tu rostro fantasmagórico me miró con una sonrisa benévola. Tu hábito me distrajo. Ya no pude seguir con atención el decir de quien opinaba sobre ti o intentaba revivirte. ¿Cuántas mujeres excepcionales hay? ¿Me lo podrías decir? “No hay manos ni mirada que logren contar”, respondes, escurriendo tu voz por los recovecos barrocos dorados del tablero que te invoca. “Pero hay, en cambio, descripciones de las muchas, incontables que son”, continuas…
Mujer Magma.
En su interior ebulle un río de lava. Guarda un líquido que consume, un “fuego” que funde todo lo que toca. Devasta y no deja gran cosa en pie. Así es la mujer magma: un encuentro con ella es devastador. Al paso del tiempo, el desolado paisaje que deja se torna hulla indeleble: todo se vuelve tan pétreo que cualquier vida que allí renace se celebra como nuevo origen de vida.
Mujer Hielo.
De superficie resbaladiza, es mujer de transición. No es témpano ni nieve. Arroba con su espectáculo. Parece hálito de Dios que por un momento se posa en la tierra. Se aprecia mejor de lejos, porque en ella nada puede erigirse. Es mujer de soledades y bellezas. Imprescindible pero imposible. Ella no sabe de eternidades; es de momentos.
Mujer Aire.
Es invisible. Se le conoce siempre de manera indirecta: por aquello que mueve, por esa caricia subrepticia que en medio de la nada sobrecoge. De ella son las caricias sublimes, las que todo poeta intenta sutilmente evocar con palabras, rimas y ritmos. La mujer aire no es huracán. Ella no mata, pero su ausencia no deja vivir.
Mujer Tierra
Firme y llena de vida. Con ella puede hacerse barro para esculpir paisajes memorables: montañas, llanos, vida. De este tipo fue Eva. Como ella, la mujer tierra es maga: se da para ser esculpida pero es ella la que nos esculpe a todos.
Imagino que podríamos seguir siglos en estas descripciones. Pero rematas, en medio de tronador aplauso: “Es inútil. Todas somos todo”.
Mujer Magma.
En su interior ebulle un río de lava. Guarda un líquido que consume, un “fuego” que funde todo lo que toca. Devasta y no deja gran cosa en pie. Así es la mujer magma: un encuentro con ella es devastador. Al paso del tiempo, el desolado paisaje que deja se torna hulla indeleble: todo se vuelve tan pétreo que cualquier vida que allí renace se celebra como nuevo origen de vida.
Mujer Hielo.
De superficie resbaladiza, es mujer de transición. No es témpano ni nieve. Arroba con su espectáculo. Parece hálito de Dios que por un momento se posa en la tierra. Se aprecia mejor de lejos, porque en ella nada puede erigirse. Es mujer de soledades y bellezas. Imprescindible pero imposible. Ella no sabe de eternidades; es de momentos.
Mujer Aire.
Es invisible. Se le conoce siempre de manera indirecta: por aquello que mueve, por esa caricia subrepticia que en medio de la nada sobrecoge. De ella son las caricias sublimes, las que todo poeta intenta sutilmente evocar con palabras, rimas y ritmos. La mujer aire no es huracán. Ella no mata, pero su ausencia no deja vivir.
Mujer Tierra
Firme y llena de vida. Con ella puede hacerse barro para esculpir paisajes memorables: montañas, llanos, vida. De este tipo fue Eva. Como ella, la mujer tierra es maga: se da para ser esculpida pero es ella la que nos esculpe a todos.
Imagino que podríamos seguir siglos en estas descripciones. Pero rematas, en medio de tronador aplauso: “Es inútil. Todas somos todo”.
martes, mayo 26, 2009
Yo voto por el PARDI (Partido de la Acción Revolucionaria Democrática Institucionalizada)
Yo voto por el orden aunque ello signifique el sacrificio de mi libertad.
Yo voto por acciones concretas, como el desempleo y la violencia.
Yo voto porque la droga no llegue a nuestros hijos (no importa que no tenga), pero sí la imbecilidad y el autoritarismo.
Yo voto por esos que sí saben como hacerlo, pues tuvieron décadas para demostrar los alcances y el refinamiento del autoritarismo y la corrupción.
Yo voto por esos que al ser desacreditados hacen declaraciones flamígeras y claman perdón al empresariado y los vecinos del norte.
Yo voto porque siempre haya presidentes “singularísimos” que al paso del tiempo acusan tan rápido como olvidan, condenan como ensalzan.
Yo voto por presidentes que hacen de su supina ignorancia un atuendo de lujo y bandera del mexicano promedio deseable.
Yo voto porque a los pobres se les dé, al menos, la oportunidad de broncearse en albercas ficticias.
Yo voto porque todo ha de ser gratuito como compensación de la “necesidad” de la pobreza. Yo voto por ese espíritu caritativo tan tierno del que hacen gala devotos laicos.
Yo voto por políticos que son locutores que son actores que son luchadores que son imagen que rematan sus discursos con un “así sí”.
Yo voto por izquierdas que son derechas que son centro que se visten de tricolor.
Yo voto, sí, por un país de “a maravillas”, dependiendo la luz blanquiazul, tricolor o amarilla que se use.
Por eso, yo voto por el PARDI
Yo voto por acciones concretas, como el desempleo y la violencia.
Yo voto porque la droga no llegue a nuestros hijos (no importa que no tenga), pero sí la imbecilidad y el autoritarismo.
Yo voto por esos que sí saben como hacerlo, pues tuvieron décadas para demostrar los alcances y el refinamiento del autoritarismo y la corrupción.
Yo voto por esos que al ser desacreditados hacen declaraciones flamígeras y claman perdón al empresariado y los vecinos del norte.
Yo voto porque siempre haya presidentes “singularísimos” que al paso del tiempo acusan tan rápido como olvidan, condenan como ensalzan.
Yo voto por presidentes que hacen de su supina ignorancia un atuendo de lujo y bandera del mexicano promedio deseable.
Yo voto porque a los pobres se les dé, al menos, la oportunidad de broncearse en albercas ficticias.
Yo voto porque todo ha de ser gratuito como compensación de la “necesidad” de la pobreza. Yo voto por ese espíritu caritativo tan tierno del que hacen gala devotos laicos.
Yo voto por políticos que son locutores que son actores que son luchadores que son imagen que rematan sus discursos con un “así sí”.
Yo voto por izquierdas que son derechas que son centro que se visten de tricolor.
Yo voto, sí, por un país de “a maravillas”, dependiendo la luz blanquiazul, tricolor o amarilla que se use.
Por eso, yo voto por el PARDI
sábado, mayo 23, 2009
SMS
Lo intento pero fracaso. Soy demasiado viejo para esto. Prefiero los olores, las miradas, los roces de piel, las sonrisas, los gestos. Nada me dicen estas palabras atrapadas en pantalla. A menudo me escapa su intención. Las leo pero sólo entiendo algo muy sencillo: es preferible el silencio a esta falsedad de los mensajes de celular. Necesito y prefiero el uso de mis sentidos para saber que allí hay alguien. Por favor, no más SMS.
martes, mayo 12, 2009
¿Dónde quedaste?
Añoro ese silencio que solía habitar. El decir de los demás eran barcazas cuyos viajes me obsequiaban saberes y placeres. En aquel entonces no había necesidad ni exigencia de decir. Aquel silencio me alimentó por años. Hoy encuentro demasiado ruido, “demasiada interferencia en la emisión”, como dice la canción. A fuerza de ruido ayuno me quedo. El ruido me consume sin miramiento. ¿Dónde quedaste silencio inspirador?
domingo, mayo 10, 2009
Viejas palabras. Palabras dirigidas a estudiantes de secundaria por su participación en la revista Universidad de México. Octubre 2003
Para los alumnos de la secundaria “Antonio José de Sucre”
Es para nosotros, los que hacemos la revista Universidad de México, un verdadero placer estar aquí, con ustedes, alumnos, familiares, maestros y autoridades de la escuela secundaria “Antonio José de Sucre”. Conocer gente nueva siempre es un placer. Sin embargo, este placer aumenta cuando con esa gente –en este caso, los alumnos del Taller de Artes Plásticas impartido por Miriam Aguirre– se ha compartido una viaje tan valioso como el que nosotros hemos hecho en el número de la revista que hoy nos reúne.
Sé que son inteligentes y se preguntarán ya, desde ahora, cómo es posible hacer un viaje sin conocerse con anterioridad. Pues bien, he allí la magia del arte y la palabra. Porque cada trazo, cada color, cada palabra, cada frase, tiene un mensaje que busca los ojos, los oídos, la atención de los demás. No es lo mismo el dibujo que se queda en el closet ni el cuento que se guarda en los cajones del escritorio que el dibujo que otros aprecian y el cuento que otros leen y festejan. Lo que hacemos tan sólo tiene sentido cuando llega a otros, y más cuando esos otros no son únicamente los que están con nosotros: la familia, los amigos, las novias o los novios. También son los que viven en otros lugares, incluso en otras épocas, con inquietudes, preguntas y gustos muy distintos a los nuestros.
Por eso, cuando ustedes leen un libro o una revista, cuando ven un pintura, un grabado, una escultura; cuando escuchan una melodía o presencian una danza, es decir, cuando ponen atención a lo que otros les quieren decir, comparten sus experiencias, sus deseos y frustraciones, sus alegrías y dolores. De este modo viajan con ellos por los mares de su vida creativa, y si me permiten decirlo, al hacerlo ustedes mismos se vuelven mejores personas, más listas, más sensibles.
Esto es lo que ha pasado entre nosotros. Las ilustraciones que están plasmadas en esta revista, correspondiente al mes de octubre, son producto de su creatividad. Vistas con atención dicen muchas cosas. Lo mismo sucede con los que escribieron los ensayos, cuentos y poemas para este número. También ellos enfrentaron con valentía y creatividad las hojas en blanco en las que después plasmaron sus palabras. Mejor ustedes que nadie saben lo que es eso: pararse frente a una hoja en blanco que hay que llenar de colores y formas. Lo más valioso de todo es que de este diálogo entre desconocidos surgió un bello número.
Ahora otros más, que no son ni ustedes ni los que escribieron ni los que hicimos este número, encontrarán en él mensajes distintos que les ayudarán a pensar y gozar mejor su vida. Porque ésta es, entre otras cosas, la función de una revista. Por lo menos es la función de nuestra revista que desde hace 73 años alimenta el espíritu de quienes la consultan. En efecto, desde antes que ustedes y sus padres nacieran, tal vez desde antes que sus abuelos nacieran, la revista Universidad de México existe. Apareció por primera vez en un lejano noviembre de 1930 y desde entonces ha publicado 628 números. Si pudiesen revisar las páginas de todos esos números encontrarían que en ellas han escrito los intelectuales más importantes de este país e incluso del extranjero. También se darían cuenta que las imágenes han sido hechas por grandes dibujantes, escultores, grabadores, pintores, diseñadores de arte.
Ahora ustedes comparten con esa historia de 73 años la experiencia creativa de dar forma a sus páginas y, en esa medida, un mensaje a muchas personas cuyo rostro jamás verán. No sabemos si con el tiempo alguno de ustedes será un artista reconocido, pero lo que sí sabemos es que para tres mil personas, que es el tiraje de esta revista, ustedes, con sus trazos, les han vuelto la vida más bella. Eso debiera de ser, como lo es para nosotros, motivo de alegría. Alegría y placer que esperamos compartan sus familiares, maestros y autoridades de su escuela. Sabemos que eso puede suceder porque su maestra, Miriam Aguirre, no cabe en sí misma de tanta alegría al ver el esfuerzo que realizaron. Por eso, por el viaje compartido, por el mensaje contenido en sus dibujos: felicidades, y muchas gracias.
Isaac García Venegas
Es para nosotros, los que hacemos la revista Universidad de México, un verdadero placer estar aquí, con ustedes, alumnos, familiares, maestros y autoridades de la escuela secundaria “Antonio José de Sucre”. Conocer gente nueva siempre es un placer. Sin embargo, este placer aumenta cuando con esa gente –en este caso, los alumnos del Taller de Artes Plásticas impartido por Miriam Aguirre– se ha compartido una viaje tan valioso como el que nosotros hemos hecho en el número de la revista que hoy nos reúne.
Sé que son inteligentes y se preguntarán ya, desde ahora, cómo es posible hacer un viaje sin conocerse con anterioridad. Pues bien, he allí la magia del arte y la palabra. Porque cada trazo, cada color, cada palabra, cada frase, tiene un mensaje que busca los ojos, los oídos, la atención de los demás. No es lo mismo el dibujo que se queda en el closet ni el cuento que se guarda en los cajones del escritorio que el dibujo que otros aprecian y el cuento que otros leen y festejan. Lo que hacemos tan sólo tiene sentido cuando llega a otros, y más cuando esos otros no son únicamente los que están con nosotros: la familia, los amigos, las novias o los novios. También son los que viven en otros lugares, incluso en otras épocas, con inquietudes, preguntas y gustos muy distintos a los nuestros.
Por eso, cuando ustedes leen un libro o una revista, cuando ven un pintura, un grabado, una escultura; cuando escuchan una melodía o presencian una danza, es decir, cuando ponen atención a lo que otros les quieren decir, comparten sus experiencias, sus deseos y frustraciones, sus alegrías y dolores. De este modo viajan con ellos por los mares de su vida creativa, y si me permiten decirlo, al hacerlo ustedes mismos se vuelven mejores personas, más listas, más sensibles.
Esto es lo que ha pasado entre nosotros. Las ilustraciones que están plasmadas en esta revista, correspondiente al mes de octubre, son producto de su creatividad. Vistas con atención dicen muchas cosas. Lo mismo sucede con los que escribieron los ensayos, cuentos y poemas para este número. También ellos enfrentaron con valentía y creatividad las hojas en blanco en las que después plasmaron sus palabras. Mejor ustedes que nadie saben lo que es eso: pararse frente a una hoja en blanco que hay que llenar de colores y formas. Lo más valioso de todo es que de este diálogo entre desconocidos surgió un bello número.
Ahora otros más, que no son ni ustedes ni los que escribieron ni los que hicimos este número, encontrarán en él mensajes distintos que les ayudarán a pensar y gozar mejor su vida. Porque ésta es, entre otras cosas, la función de una revista. Por lo menos es la función de nuestra revista que desde hace 73 años alimenta el espíritu de quienes la consultan. En efecto, desde antes que ustedes y sus padres nacieran, tal vez desde antes que sus abuelos nacieran, la revista Universidad de México existe. Apareció por primera vez en un lejano noviembre de 1930 y desde entonces ha publicado 628 números. Si pudiesen revisar las páginas de todos esos números encontrarían que en ellas han escrito los intelectuales más importantes de este país e incluso del extranjero. También se darían cuenta que las imágenes han sido hechas por grandes dibujantes, escultores, grabadores, pintores, diseñadores de arte.
Ahora ustedes comparten con esa historia de 73 años la experiencia creativa de dar forma a sus páginas y, en esa medida, un mensaje a muchas personas cuyo rostro jamás verán. No sabemos si con el tiempo alguno de ustedes será un artista reconocido, pero lo que sí sabemos es que para tres mil personas, que es el tiraje de esta revista, ustedes, con sus trazos, les han vuelto la vida más bella. Eso debiera de ser, como lo es para nosotros, motivo de alegría. Alegría y placer que esperamos compartan sus familiares, maestros y autoridades de su escuela. Sabemos que eso puede suceder porque su maestra, Miriam Aguirre, no cabe en sí misma de tanta alegría al ver el esfuerzo que realizaron. Por eso, por el viaje compartido, por el mensaje contenido en sus dibujos: felicidades, y muchas gracias.
Isaac García Venegas
jueves, mayo 07, 2009
Como Superman...
El regreso a la normalidad me sorprende con una actitud inexistente antes de la influenza. Probablemente tenga que ver con el mensaje presidencial. Hoy me siento como deben sentirse los superhéroes: con capa que ondea por ese viento que sólo acaricia a los victoriosos. Y es que ahora, me entero, soy parte de esos legionarios que salvaron a la humanidad. Soldado de primera trinchera, al igual que millones, logré resistir los ataques de tan funesto virus al que, por cierto, hay que negarle capacidad evolutiva (como si no fuera naturaleza). Y gracias a mí y a esos millones y al general que a cada momento demuestra las dificultades que tiene para leer bien unos cuantos párrafos, podemos decirle a todo el mundo: “!Me debes tu vida!”. Esta nueva sensación, como de supreman en el DF, como de Batman en la baticueva de Ciudad Universitaria, como de spiderman en la Torre Mayor, me inyecta una vitalidad muy parecida a las espinacas de popeye, a la poción de Astérix, y me digo: ¡carajo! Es tan bueno ser un elegido de Dios. Porque a decir verdad, como Jesús, ahora gracias a las muy inteligentes y oportunas medidas del Estado mexicano ante la influenza, los mexicanos logramos un nuevo pacto divino que redime a la humanidad de su propia destrucción. ¡Cómo shingaos no!
sábado, mayo 02, 2009
Elogio a las manos (hoy amenaza de contaminación)




Sin ustedes difícilmente los mortales podrían haber aspirado a tocar lo divino. Nos han acompañado desde que, erectos, descubrimos horizontes. Son ustedes las inventoras de toda herramienta, de toda construcción. En ustedes da inicio lo pensado y un acto de ustedes anuncia la conclusión festiva o fracasada de cualquier idea. Desde siempre han señalado la dirección, el camino, el sendero escogido. Cuando se crispan, anuncian el vértigo de lo incierto o lo temido. Cerradas en sí mismas se tornan arma feroz que contrasta con la tersura de las caricias que obsequian o la violencia de una pasión incontenible. Son ustedes las grandes escritoras, y según dicen, en ustedes está escrita la vida de cada uno: futuro y pasado se dan cita en palmas que también saben de ritmo y alabanza. Bien visto, para entendernos, habría que hacer su historia, porque al igual que vida, muerte llevan en su vivir.
jueves, abril 30, 2009
¡Compló, compló!
He leído gran cantidad de correos electrónicos que identifican esto de la influenza, ahora ya denominada “humana”, con un complot global de Estados Unidos, particularmente de las industrias farmacéuticas, que lo mismo utilizan la ahora muy popular “The Shock Doctrine” que la fabricación de fantasmas pandémicos para vender harto tapaboca. Lo que me pregunto es por qué, ya entrados en teorías de compló, no se alude a un posible mensaje del ejército norteamericano y la industria militar al presidente Obama. Digo, si se acepta que el Ébola y el Sida fueron virus “escapados” de una supuesta fabricación controlada para una muy posible y futura guerra bacteriológica, habría que concluir que esta “influenza humana”, de tan repentina aparición, puede tener el mismo origen. Con la particularidad que sucede en un momento en que la política del presidente Obama está dando pie para que se reconozcan los desatinos del ejército norteamericano en Irak, en Afganistán, en Guantánamo. Un ejército ensalzado y apoyado desmesuradamente por su antecesor Bush. ¿Qué tal si los militares y su industria dejaron ir este virus como ejemplo de la debacle económica a la que puede dar lugar si se les sigue desprestigiando? ¿Y por qué no hacerlo en el traspatio? Porque a fin de cuentas, lo único claro de todo esto es la debacle económica a la que se encamina el país y ya campea en el DF.
La cosa suena descabellada, pero no más que las otras teorías de compló que circulan. Si no es suficiente, aún queda el recurso de ver de nueva cuenta todas las películas del 007 para imaginar nuevos cerebros malévolos dispuestos a apoderarse del planeta.
La cosa suena descabellada, pero no más que las otras teorías de compló que circulan. Si no es suficiente, aún queda el recurso de ver de nueva cuenta todas las películas del 007 para imaginar nuevos cerebros malévolos dispuestos a apoderarse del planeta.
miércoles, abril 29, 2009
En tiempos de influenza porcina (o influencia de los cochinos, cosa que no es novedad)

Andar por las calles de la ciudad de México en estos días es en verdad sorprendente. En primer lugar, uno se topa con ejércitos de tapabocas azules que ejercen una nueva discriminación para el que no trae uno puesto. Quien los ha usado, como médicos o investigadores, saben perfectamente que no sirven más allá de dos horas. Ni siquiera la peste propia es soportable. Ante la falta de tapabocas, la improvisación ha de hacer su aparición: utilizar copas de sostenes femeninos, calzones, y demás, para al menos agregarle ironía a este estado de miedo. En segundo lugar, sorprende esa calma que prevalece en todos lados. El miedo parece condensarse en una nube de calma. Dejemos a un lado la economía, lo que llama poderosamente la atención es el comportamiento. En tercer lugar, uno piensa en todas las canciones que hablan del fin del mundo, como aquella de U2 que dice: “In my dream I was drowning my sorrows/But my sorrows, they learned to swim/Surrounding me, going down on me/ Spilling over the brim/Waves of regret and waves of joy/I reached out for the one I tried to destroy/You...you said you'd wait/'til the end of the World”. O mejor la de Blades, aquella que canta: "Prepárense ciudadanos, se acabó lo que se daba,
a darse el último trago. No se me pueden quejar, el "show" fue bueno y barato; ante el dolor el buen humor es esencial, saca a tu pareja y ponte a bailar la canción del final del mundo./Que no les domine el miedo, no se pongan a gritar; control y nada de nervios, y cuidado con llorar. Para bien o para mal lo mandamos a buscar, y ahora nos llegó la cuenta y tenemos que pagar./Despídete de tu barrio y del mundo en general, y que en la tierra nadie quede sin bailar la canción del final del mundo”. Y al final, a uno le da por pensar en la necesidad de hacer como en la novela de Camus: una fiesta sobre cadáveres, peste y demás. Algo de nosotros hallaremos en esta situación extrema: al menos la importancia de juntarse....
martes, abril 14, 2009
Diálogos infructuosos del sí mismo
Visto desde la altura que me obsequia la distancia lo único que puedo distinguir es la huella de quien ya no está. Y esa huella, que antes me parecía inmediatamente reconocible, hoy tan sólo me parece la de quien sea. Por eso te lo pregunto: ¿cómo es posible que hasta en tus rastros se diluyan tus restos?
miércoles, marzo 11, 2009
Dorian Gray presente o La americanización de la modernidad*
Hace poco más de 12 años, ante lo más granado de la comunidad universitaria, Bolívar
Echeverría definió, en unos cuantos renglones, lo que en su opinión era urgente
rescatar para la propia universidad: la tensión creativa derivada del diálogo
conflictivo entre las ciencias y las humanidades. Esa opinión, tan contundente y tan
crítica de la realidad universitaria entonces y hoy existente, no pudo ser integrada en
el discurso de recepción de los Premios Universidad Nacional que a nombre de los 12
laureados escribió y leyó Eugenio Ley Koo. Al parecer no tenía cabida en lo que el
resto de los premiados pensaba, sobre todo para una ceremonia de esa índole. Así lo
entendió Ley Koo, quien no obstante, haciendo honor al espíritu universitario, decidió
leer íntegramente las líneas que le envió Bolívar Echeverría al final de su propio
discurso.
Para quienes como un servidor conocíamos de manera cercana a Bolívar
Echeverría por los proyectos de investigación que había impulsado dentro de la
facultad de Filosofía y Letras, nos quedó claro que pretendía, ahora, darles un nuevo
giro. Ciertamente en aquellos proyectos habíamos participado filósofos, literatos,
economistas e historiadores, pero a fin de cuentas, su “tensión creativa” se circunscribía
a la experiencia de una misma comunidad de saber: las humanidades. Quedaba la duda
sobre la posibilidad y los alcances del diálogo conflictivo entre ciencias y humanidades
que Bolívar apuntó en aquel diciembre de 1997. Tanto más cuanto que las experiencias
de los proyectos de investigación en los que habíamos participado nos indicaban
que la interdisciplina no es ni puede ser el discorde concierto de múltiples soliloquios
de la especialización en un mismo espacio. Por el contrario, para que ella sea en verdad tal
ha de partir de la convicción plena de la validez del discurso del otro y de la disposición
personal para dejarse invadir y transformar por los discursos ajenos, todo con el fin de
iluminar de manera diversa el objeto de estudio y en esa medida hallar los ángulos
inesperados y vitales.
Ocho años después, diversas circunstancias se conjugaron para que Bolívar
Echeverría fundara un espacio universitario para este “diálogo conflictivo” entre
ciencias y huamnidades que camina por los derroteros de la “tensión creativa”. Sobra
decir que no ha sido fácil. Las inercias del saber universitario, dividido y aislado en su
propia especialización, dificultan los diálogos, el debate y la comprensión. No
obstante, con paciencia y persistencia, a lo largo de poco más de tres años el seminario
universitario “Modernidad: versiones y dimensiones” ha dado pasos decisivos hacia
un modo posible de ser universitario que trascienda el simulacro de los diálogos
cómodos dentro de una misma comunidad de saber, y de los soliloquios especializados
que suelen ser pretexto para comer galletas de animalitos, frutas de temporada y
carnes frías. Presagios de este modo son, además de sus sesiones mensuales y
discusiones por momentos álgidas, los congresos internacionales organizados por el
seminario universitario, que lo mismo convoca a las comunidades y usa las sedes de la
facultad de Ciencias como de Filosofía y Letras. Uno de sus resultados más concretos,
y que no deja de ser un esbozo de lo posible, es precisamente el libro que hoy
presentamos: La americanización de la modernidad.
Hay que decir, de entrada, que no es un libro sencillo. Así como el diálogo
interdisciplinario es exigente, sus productos, particularmente si son libros, demandan
también lectores esforzados. La diversidad del discurso, las ópticas distintas, los
abordajes disímbolos, las valoraciones personales a veces tan distantes, obligan al
lector a incursionar en universos simultáneos que no siempre le son fácilmente
asequibles. Ni modo, todos estamos hechos de inercias. Por eso es más que justa la
conminación que Bolívar como compilador hace al lector: que cada quien calibre si lo
expuesto en este libro le permite enriquecer sus propias ideas sobre la
americanización de la modernidad.
Yo creo que sí, que en este libro hay mucho que enriquece la visión que cada
uno puede tener de la americanización de la modernidad. Lo que a continuación
señalo es una aspecto mínimo de ese enriquecimiento. Se trata de algo un tanto difícil:
¿es posible, dentro de la diversidad de perspectivas que ofrece la filosofía, la historia,
la literatura, la antropología, la astronomía, la economía, la psicología, la física, la
crónica, hacerse una idea más o menos precisa de lo que la americanización de la
modernidad es?, ¿de qué trata el asunto?, ¿qué podemos sacar en claro de esta tensión
creativa?
Parto de una aclaración fundamental hecha por Carlos Monsiváis en su texto
“¿Cómo se dice OK en inglés (de la americanización como arcaísmo y novedad)”?:
"Es muy sencillo definir lo gringo en relación a la invasión de Irak, el FMI, la
cacería de indocumentados en Arizona, el apoyo a la ultraderecha en América
Latina, la prepotencia imperial, la arrogancia de los policías del planeta y el
Segundo Siglo Americano". (pág. 111)
En efecto, es muy sencillo, la americanización de la modernidad supone la existencia
de un país, los Estados Unidos, y ese sólo hecho excita las oposiciones políticas e
ideológicas de los nacionalismos latinoamericanos, de manera muy señalada el
mexicano. Pero es un craso error confundir una cosa con la otra, confundir lo sencillo
de la definición de lo gringo en ciertas circunstancias con la americanización de la
modernidad, que en múltiples aspectos le desborda. En otras palabras, la
americanización de la modernidad es algo mucho más complejo y que en cierto
sentido está más allá de la existencia misma de esa nación. Como lo indica Bolívar
Echeverría en su texto “La ‘modernidad americana’ (claves para su comprensión)":
"La afirmación de la figura histórica de una modernidad capitalista total o
absoluta, que sería aquí lo sustancial (de fondo), esencial o central, tiene en lo
(norte)americano un apoyo que si bien es decisivo no deja de ser formal,
accidental o “retórico” (periférico). Pero hay que observar algo que resulta muy
especial: dado que la afirmación de este tipo radical de modernidad capitalista
es un hecho históricamente único, en verdad irrepetible, el apoyo que ella recibe
de lo (norte)americano adquiere una sustancialidad, esencialidad o centralidad
que lo vuelven indistinguible de ella misma". (pág. 38)
Entonces la americanización de la modernidad alude a un hecho histórico concreto: la
configuración de una modernidad capitalista cuya “pureza” es algo en verdad
novedoso e inédito en la historia misma del capitalismo (que incluso se expresa ya en
la fundación de Estados Unidos, sostiene Ignacio Díaz de la Serna en su texto “La
independencia de Estados Unidos: una singularidad histórica”). A diferencia de lo que
sucedió con su vertiente materna (europea), obligada a los “compromisos” y
“negociaciones” que supone la existencia previa y concomitante de diversos proyectos
civililizatorios que no mueren y tercamente se actualizan una y otra vez aunque sea en
calidad de subordinados, la vertiente americana se erigió sobre una realidad que
careció de tales compromisos, o por lo menos, que no estuvo obligada a compromisos
densos. Y lo hizo con una actitud tan beligerante como la exigida por la “enfadosa”
realidad europea; sólo que frente a una realidad distinta, incluso bondadosa, se
transformó en un modo de ser específicamente americano (progresismo, presentismo
y apoliticismo) que provoca a la vez seducción y repulsión.
Así, a la “radical exigencia” del capitalismo correspondió una “pureza”
americana que aventajó con creces a su antecesora, llegando incluso a convertirse en
su mismo espejo deseado: una vida tan artificialmente seductora como permite la
carencia de “densidad de compromiso” con modos previos de habitar el mundo. Pero
lo que en “(norte)américa” fue y es horizonte de posibilidad en Europa y América
Latina es miopía de elites políticas y económicas, según se infiere del extenso artículo
de Rolando Cordera “México y su economía política de la modernización (hipótesis
para un relato)” y del ya citado de Carlos Monsiváis. Para esas elites tanto “color de la
tierra” que no es precisamente tierra es indigesto: “más vale no verlo, quién quita y así
es más fácil deshacerse de los lastres que nos privan de las mieles de aquel modelito
del norte”.
Esta miopía contribuye en no escasa medida a la confusión y la aversión
automática al tema de la americanización de la modernidad, porque su parte más
visible y atroz es la que se impone con violencia, como lo argumenta Raquel Serur en
“La barbarie del Imperio y la ‘barbarie’ de los bárbaros” y que puede sintetizarse en
aquello que decía el ejecutivo de Sun Microsystems, John Gage: dentro de muy poco el
dilema será “To have lunch or to be lunch”, es decir, “comer o ser comido”. Las elites
latinoamericanas se apresuran a responder que prefieren comer a ser comidos,
aunque ello implique que la mayor parte de la población sea parte del “menú de
oportunidades” que les asimila a la naturaleza explotable. Más vale ni verlos ni oirlos.
Pero en tanto que concreción histórica de la modernidad capitalista y en tanto
que modo de ser que fascina y repele, y que abarca cultura, comportamientos,
actitudes, disposición, y formas organizativas de la ciencia y la tecnología (veáse el
texto de Manuel Peimbert “La americanización de la ciencia”), se ha expandido de
manera incontenible. "El planeta –escribe Monsiváis– está americanizado". (pág. 99)
Esta sentencia, en apariencia lapidaria, en verdad destaca otra cosa: fuera de sus
fronteras, de sus horizontes de posibilidad, esa modernidad capitalista radical sigue
enfrentando los múltiples óbices de proyectos civilizatorios que por su mera
existencia le ofrecen resistencia. Los procesos de adaptación y de recepción de la
americanización de la modernidad en diversas partes del orbe la vuelven
irreconocible incluso para ella misma. Escribe Monsiváis:
"En cada país, la americanización no es un proceso mecánico. Se toma lo que se
considera indispensable y lo que impone la moda, y de inmediato los procesos de
asimilación intervienen. Así se produce lo que, sin reservas, podría llamarse “la
mexicanización de la americanización”, algo muy distinto del acto de
“desnacionalizarse”. (pág. 103)
En otras palabras: para la “pureza” de la modernidad capitalista es la molestia de que
no todo sea el abundante y despoblado Oeste. ¡Que coraje no poder volverlo todo
gesta del cowboys!, ¡cuánta energía gastar para convencer a los demás de que están
allí para ser dominados como la naturaleza misma o para aceptarse solamente como
mercancía!
De alguna manera esta “molestia” es lo que le sucede al psicoanálisis
estadunidense que, como nos informa Roberto Castro en su texto “El psicoanálisis en
la así llamada ‘modernidad’: Estados Unidos”, se convirtió en una rama de la salud que
se ocupa de “sujetos susceptibles de readaptarse a las leyes del mercado, pero no se
ocupa o no le importan los problemas emocionales del sujeto que no cumpla con un
mínimo de posibilidades para hacer frente a ese sistema socioeconómico”. (pág. 211)
Según esto, para psicoanálisis estadunidense, Charlot es un desperdicio completo,
irremediable, sin posibilidad de incorporarse de nueva cuenta al luminoso mundo
productivo que Chaplin describe, actúa y denuncia en Tiempos modernos.
Pero fuera de Estados Unidos esta pretensión no sólo se “mexicaniza” sino que,
por paradójico que parezca, se “freudaniza”: Charlot es objeto de preocupación para el
psicoanálisis, de aquel que fundó Freud. Quiero decir: allende las fronteras del
psicoanálisis estadunidense dominante, siguen siendo vitales los problemas
emocionales del sujeto y Freud es estudiando una y otra vez sin ser necesariamente
sometido a la sombra pragmática del ejecutivo de cuenta de una compañía
aseguradora.
Algo similar sucede con las confusiones a las que da lugar el término “gender” y
género, que al americanizase –escribe Marta Lamas en “Feminismo y americanización:
la hegemonía académica de gender– “ha llevado paulatinamente al ‘borramiento’ de la
diferencia sexual en las reflexiones y teorizaciones feministas”. (pág. 233) Por fortuna
para los estudios de género y para molestia de la “americanización del género” hay
esfuerzos teóricos importantes por escapar a este “borramiento”. Tanta precisión
desde los ámbitos sumamente impuros de la modernidad capitalista deben ser
verdaderamente molestos para la pureza de la modernidad capitalista americana. Y es
que, sea como fuere, la densidad de los compromisos pesa demasiado para la
superficie lustrosa de la americanización.
Pero tampoco dentro de las fronteras de la modernidad capitalista radical
existe el consenso y la homogeneidad que una muy propalada visión banal de Estados
Unidos difunde. Esto nos lo muestra con claridad Jorge Juanes en su disertación sobre
el arte pop, al que le atribuye la ruptura del arte aurático, “distanciado de los avatares
de la cotidianidad y dirigido a las élites egregias”. (pág. 249) De Warhol, uno de sus
mayores y mejores exponentes, nos dice que es
"…un artista trágico que detecta, en el corazón de la banalidad, el tedio de la vida
moderna, e incluso la catástrofe, la descomposición y el horror que la acosan por
doquiera casi como un hecho natural. […] la obra de Warhol se entrometa en el
corazón de la sociedad del espectáculo, y utiliza los medios de comunicación y la
mecánica de la reproductibilidad técnica, guiado por el propósito de mostrar,
por una parte, el proceso de homogeneización de las conciencias en torno a las
imágenes inscritas en la mercancía estetizada (incluidos los personajes
mediáticos), mientras que por la otra, y valiéndose de las mismas imágenes
utilizadas por el sistema, saca a la luz la violencia y sus desastres subyacentes".
(pág. 259)
Así como Warhol, es posible que al interior de sus mismas fronteras exista una
cantidad inmensa de sujetos que también realizan sus procesos de asimilación de la
americanización y que no sólo echan mano del arsenal que esa modernidad radical les
brinda sino de aquellos lastres que en forma de migrantes “invaden” el territorio de
los cowboys. Eso sucede, por ejemplo, con la formación de científicos en Estados
Unidos: llegan de todos lados y se van con la impronta americana en la producción
científica, pero ¿no queda algo de ellos, una impronta que a su modo subvierte
mínimamente esa misma producción?, ¿no hay una pequeña traslación en el sentido y
alcance de las preguntas e inquietudes que les agobian a esos migrantes científicos? Es
el freeware y el shareware frente al software monopolizado por Windows y Apple.
Esta ida y vuelta se percibe, también, en un medio que si bien no se exime de
pretensiones de dominio, apela a la seducción de la difusión. Como el personaje José
Marquina lo expresa de manera hilarante en su texto “De John Wayne a Al Pacino o
cómo aprendí a no preocuparme y amar el cine norteamericano”:
"El cine norteamericano se impone en el mundo por el poder de su industria, por
su calidad, por la propaganda, porque hemos crecido con él y con él hemos
aprendido a ver el cine, porque no se podrían ver de corrido tres películas de
Bergman o de Tarkovski sin caer en un estado catatónico, pero sí se pueden ver
tres películas de aventuras e irse a la cama a soñar con Maureen O’Hara, Fay
Wray o Verónica Leig”. (pág. 306)
Y en efecto, esa imposición‐difusión es en gran medida artíifice de la incontenible
expansión de la americanización de la modernidad en todo el orbe, como lo reconoce
José María Pérez Gay en su escrito “Anatomía de una tentación”. A partir de la década
de los 30 la magia del cine facilita el espectáculo seductor de América moderna. De allí
a la fascinación por la tecnología y la americanización del cyberespacio hay apenas un
suspiro de 70 años.
En fin, si una respuesta precisa hay que dar a la pregunta de qué es la
americanización de la modernidad desde la tensión creativa a la que convoca Bolívar
Echeverría diría lo siguiente: ella es Dorian Grey. Cuando mira hacia Europa encuentra
aquel retrato vetusto que tanto le disgusta; fastidiado por ese otro que no puede tirar
ni destruir, baja la mirada para darse de bruces con un Frankenstein al que no le
reconoce el más mínimo parentesco aunque en buena medida sea su creador y
mentor. Sitiado en su perfección artificial se pregunta cansinamente si no sería mejor
que todo fuese a su imagen y semejanza. Despliega sus fuerzas y encanto para
lograrlo, pero una y otra vez el retrato le devuelve un rostro que aborrece y los
vientos del sur le hacen llegar la sombra de una aberración que le desconcierta.
Encerrado en sí mismo se apresta para dar una vez más la batalla. Toma su sombrero
de cowboy y comienza, de nuevo, la embestida…
P.D. Conviene tener presente algo: resistir y asimilar no significa superar. Si acaso
tangencialmente tocado en este libro, ha de quedar claro que la única manera de
acabar con Dorian Grey y Frankenstein es saliendo del cuento. Es decir, una modernidad
no capitalista.
*Texto leído en la presentación del libro La americanización de la modernidad
el 10 de marzo de 2009 en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Echeverría definió, en unos cuantos renglones, lo que en su opinión era urgente
rescatar para la propia universidad: la tensión creativa derivada del diálogo
conflictivo entre las ciencias y las humanidades. Esa opinión, tan contundente y tan
crítica de la realidad universitaria entonces y hoy existente, no pudo ser integrada en
el discurso de recepción de los Premios Universidad Nacional que a nombre de los 12
laureados escribió y leyó Eugenio Ley Koo. Al parecer no tenía cabida en lo que el
resto de los premiados pensaba, sobre todo para una ceremonia de esa índole. Así lo
entendió Ley Koo, quien no obstante, haciendo honor al espíritu universitario, decidió
leer íntegramente las líneas que le envió Bolívar Echeverría al final de su propio
discurso.
Para quienes como un servidor conocíamos de manera cercana a Bolívar
Echeverría por los proyectos de investigación que había impulsado dentro de la
facultad de Filosofía y Letras, nos quedó claro que pretendía, ahora, darles un nuevo
giro. Ciertamente en aquellos proyectos habíamos participado filósofos, literatos,
economistas e historiadores, pero a fin de cuentas, su “tensión creativa” se circunscribía
a la experiencia de una misma comunidad de saber: las humanidades. Quedaba la duda
sobre la posibilidad y los alcances del diálogo conflictivo entre ciencias y humanidades
que Bolívar apuntó en aquel diciembre de 1997. Tanto más cuanto que las experiencias
de los proyectos de investigación en los que habíamos participado nos indicaban
que la interdisciplina no es ni puede ser el discorde concierto de múltiples soliloquios
de la especialización en un mismo espacio. Por el contrario, para que ella sea en verdad tal
ha de partir de la convicción plena de la validez del discurso del otro y de la disposición
personal para dejarse invadir y transformar por los discursos ajenos, todo con el fin de
iluminar de manera diversa el objeto de estudio y en esa medida hallar los ángulos
inesperados y vitales.
Ocho años después, diversas circunstancias se conjugaron para que Bolívar
Echeverría fundara un espacio universitario para este “diálogo conflictivo” entre
ciencias y huamnidades que camina por los derroteros de la “tensión creativa”. Sobra
decir que no ha sido fácil. Las inercias del saber universitario, dividido y aislado en su
propia especialización, dificultan los diálogos, el debate y la comprensión. No
obstante, con paciencia y persistencia, a lo largo de poco más de tres años el seminario
universitario “Modernidad: versiones y dimensiones” ha dado pasos decisivos hacia
un modo posible de ser universitario que trascienda el simulacro de los diálogos
cómodos dentro de una misma comunidad de saber, y de los soliloquios especializados
que suelen ser pretexto para comer galletas de animalitos, frutas de temporada y
carnes frías. Presagios de este modo son, además de sus sesiones mensuales y
discusiones por momentos álgidas, los congresos internacionales organizados por el
seminario universitario, que lo mismo convoca a las comunidades y usa las sedes de la
facultad de Ciencias como de Filosofía y Letras. Uno de sus resultados más concretos,
y que no deja de ser un esbozo de lo posible, es precisamente el libro que hoy
presentamos: La americanización de la modernidad.
Hay que decir, de entrada, que no es un libro sencillo. Así como el diálogo
interdisciplinario es exigente, sus productos, particularmente si son libros, demandan
también lectores esforzados. La diversidad del discurso, las ópticas distintas, los
abordajes disímbolos, las valoraciones personales a veces tan distantes, obligan al
lector a incursionar en universos simultáneos que no siempre le son fácilmente
asequibles. Ni modo, todos estamos hechos de inercias. Por eso es más que justa la
conminación que Bolívar como compilador hace al lector: que cada quien calibre si lo
expuesto en este libro le permite enriquecer sus propias ideas sobre la
americanización de la modernidad.
Yo creo que sí, que en este libro hay mucho que enriquece la visión que cada
uno puede tener de la americanización de la modernidad. Lo que a continuación
señalo es una aspecto mínimo de ese enriquecimiento. Se trata de algo un tanto difícil:
¿es posible, dentro de la diversidad de perspectivas que ofrece la filosofía, la historia,
la literatura, la antropología, la astronomía, la economía, la psicología, la física, la
crónica, hacerse una idea más o menos precisa de lo que la americanización de la
modernidad es?, ¿de qué trata el asunto?, ¿qué podemos sacar en claro de esta tensión
creativa?
Parto de una aclaración fundamental hecha por Carlos Monsiváis en su texto
“¿Cómo se dice OK en inglés (de la americanización como arcaísmo y novedad)”?:
"Es muy sencillo definir lo gringo en relación a la invasión de Irak, el FMI, la
cacería de indocumentados en Arizona, el apoyo a la ultraderecha en América
Latina, la prepotencia imperial, la arrogancia de los policías del planeta y el
Segundo Siglo Americano". (pág. 111)
En efecto, es muy sencillo, la americanización de la modernidad supone la existencia
de un país, los Estados Unidos, y ese sólo hecho excita las oposiciones políticas e
ideológicas de los nacionalismos latinoamericanos, de manera muy señalada el
mexicano. Pero es un craso error confundir una cosa con la otra, confundir lo sencillo
de la definición de lo gringo en ciertas circunstancias con la americanización de la
modernidad, que en múltiples aspectos le desborda. En otras palabras, la
americanización de la modernidad es algo mucho más complejo y que en cierto
sentido está más allá de la existencia misma de esa nación. Como lo indica Bolívar
Echeverría en su texto “La ‘modernidad americana’ (claves para su comprensión)":
"La afirmación de la figura histórica de una modernidad capitalista total o
absoluta, que sería aquí lo sustancial (de fondo), esencial o central, tiene en lo
(norte)americano un apoyo que si bien es decisivo no deja de ser formal,
accidental o “retórico” (periférico). Pero hay que observar algo que resulta muy
especial: dado que la afirmación de este tipo radical de modernidad capitalista
es un hecho históricamente único, en verdad irrepetible, el apoyo que ella recibe
de lo (norte)americano adquiere una sustancialidad, esencialidad o centralidad
que lo vuelven indistinguible de ella misma". (pág. 38)
Entonces la americanización de la modernidad alude a un hecho histórico concreto: la
configuración de una modernidad capitalista cuya “pureza” es algo en verdad
novedoso e inédito en la historia misma del capitalismo (que incluso se expresa ya en
la fundación de Estados Unidos, sostiene Ignacio Díaz de la Serna en su texto “La
independencia de Estados Unidos: una singularidad histórica”). A diferencia de lo que
sucedió con su vertiente materna (europea), obligada a los “compromisos” y
“negociaciones” que supone la existencia previa y concomitante de diversos proyectos
civililizatorios que no mueren y tercamente se actualizan una y otra vez aunque sea en
calidad de subordinados, la vertiente americana se erigió sobre una realidad que
careció de tales compromisos, o por lo menos, que no estuvo obligada a compromisos
densos. Y lo hizo con una actitud tan beligerante como la exigida por la “enfadosa”
realidad europea; sólo que frente a una realidad distinta, incluso bondadosa, se
transformó en un modo de ser específicamente americano (progresismo, presentismo
y apoliticismo) que provoca a la vez seducción y repulsión.
Así, a la “radical exigencia” del capitalismo correspondió una “pureza”
americana que aventajó con creces a su antecesora, llegando incluso a convertirse en
su mismo espejo deseado: una vida tan artificialmente seductora como permite la
carencia de “densidad de compromiso” con modos previos de habitar el mundo. Pero
lo que en “(norte)américa” fue y es horizonte de posibilidad en Europa y América
Latina es miopía de elites políticas y económicas, según se infiere del extenso artículo
de Rolando Cordera “México y su economía política de la modernización (hipótesis
para un relato)” y del ya citado de Carlos Monsiváis. Para esas elites tanto “color de la
tierra” que no es precisamente tierra es indigesto: “más vale no verlo, quién quita y así
es más fácil deshacerse de los lastres que nos privan de las mieles de aquel modelito
del norte”.
Esta miopía contribuye en no escasa medida a la confusión y la aversión
automática al tema de la americanización de la modernidad, porque su parte más
visible y atroz es la que se impone con violencia, como lo argumenta Raquel Serur en
“La barbarie del Imperio y la ‘barbarie’ de los bárbaros” y que puede sintetizarse en
aquello que decía el ejecutivo de Sun Microsystems, John Gage: dentro de muy poco el
dilema será “To have lunch or to be lunch”, es decir, “comer o ser comido”. Las elites
latinoamericanas se apresuran a responder que prefieren comer a ser comidos,
aunque ello implique que la mayor parte de la población sea parte del “menú de
oportunidades” que les asimila a la naturaleza explotable. Más vale ni verlos ni oirlos.
Pero en tanto que concreción histórica de la modernidad capitalista y en tanto
que modo de ser que fascina y repele, y que abarca cultura, comportamientos,
actitudes, disposición, y formas organizativas de la ciencia y la tecnología (veáse el
texto de Manuel Peimbert “La americanización de la ciencia”), se ha expandido de
manera incontenible. "El planeta –escribe Monsiváis– está americanizado". (pág. 99)
Esta sentencia, en apariencia lapidaria, en verdad destaca otra cosa: fuera de sus
fronteras, de sus horizontes de posibilidad, esa modernidad capitalista radical sigue
enfrentando los múltiples óbices de proyectos civilizatorios que por su mera
existencia le ofrecen resistencia. Los procesos de adaptación y de recepción de la
americanización de la modernidad en diversas partes del orbe la vuelven
irreconocible incluso para ella misma. Escribe Monsiváis:
"En cada país, la americanización no es un proceso mecánico. Se toma lo que se
considera indispensable y lo que impone la moda, y de inmediato los procesos de
asimilación intervienen. Así se produce lo que, sin reservas, podría llamarse “la
mexicanización de la americanización”, algo muy distinto del acto de
“desnacionalizarse”. (pág. 103)
En otras palabras: para la “pureza” de la modernidad capitalista es la molestia de que
no todo sea el abundante y despoblado Oeste. ¡Que coraje no poder volverlo todo
gesta del cowboys!, ¡cuánta energía gastar para convencer a los demás de que están
allí para ser dominados como la naturaleza misma o para aceptarse solamente como
mercancía!
De alguna manera esta “molestia” es lo que le sucede al psicoanálisis
estadunidense que, como nos informa Roberto Castro en su texto “El psicoanálisis en
la así llamada ‘modernidad’: Estados Unidos”, se convirtió en una rama de la salud que
se ocupa de “sujetos susceptibles de readaptarse a las leyes del mercado, pero no se
ocupa o no le importan los problemas emocionales del sujeto que no cumpla con un
mínimo de posibilidades para hacer frente a ese sistema socioeconómico”. (pág. 211)
Según esto, para psicoanálisis estadunidense, Charlot es un desperdicio completo,
irremediable, sin posibilidad de incorporarse de nueva cuenta al luminoso mundo
productivo que Chaplin describe, actúa y denuncia en Tiempos modernos.
Pero fuera de Estados Unidos esta pretensión no sólo se “mexicaniza” sino que,
por paradójico que parezca, se “freudaniza”: Charlot es objeto de preocupación para el
psicoanálisis, de aquel que fundó Freud. Quiero decir: allende las fronteras del
psicoanálisis estadunidense dominante, siguen siendo vitales los problemas
emocionales del sujeto y Freud es estudiando una y otra vez sin ser necesariamente
sometido a la sombra pragmática del ejecutivo de cuenta de una compañía
aseguradora.
Algo similar sucede con las confusiones a las que da lugar el término “gender” y
género, que al americanizase –escribe Marta Lamas en “Feminismo y americanización:
la hegemonía académica de gender– “ha llevado paulatinamente al ‘borramiento’ de la
diferencia sexual en las reflexiones y teorizaciones feministas”. (pág. 233) Por fortuna
para los estudios de género y para molestia de la “americanización del género” hay
esfuerzos teóricos importantes por escapar a este “borramiento”. Tanta precisión
desde los ámbitos sumamente impuros de la modernidad capitalista deben ser
verdaderamente molestos para la pureza de la modernidad capitalista americana. Y es
que, sea como fuere, la densidad de los compromisos pesa demasiado para la
superficie lustrosa de la americanización.
Pero tampoco dentro de las fronteras de la modernidad capitalista radical
existe el consenso y la homogeneidad que una muy propalada visión banal de Estados
Unidos difunde. Esto nos lo muestra con claridad Jorge Juanes en su disertación sobre
el arte pop, al que le atribuye la ruptura del arte aurático, “distanciado de los avatares
de la cotidianidad y dirigido a las élites egregias”. (pág. 249) De Warhol, uno de sus
mayores y mejores exponentes, nos dice que es
"…un artista trágico que detecta, en el corazón de la banalidad, el tedio de la vida
moderna, e incluso la catástrofe, la descomposición y el horror que la acosan por
doquiera casi como un hecho natural. […] la obra de Warhol se entrometa en el
corazón de la sociedad del espectáculo, y utiliza los medios de comunicación y la
mecánica de la reproductibilidad técnica, guiado por el propósito de mostrar,
por una parte, el proceso de homogeneización de las conciencias en torno a las
imágenes inscritas en la mercancía estetizada (incluidos los personajes
mediáticos), mientras que por la otra, y valiéndose de las mismas imágenes
utilizadas por el sistema, saca a la luz la violencia y sus desastres subyacentes".
(pág. 259)
Así como Warhol, es posible que al interior de sus mismas fronteras exista una
cantidad inmensa de sujetos que también realizan sus procesos de asimilación de la
americanización y que no sólo echan mano del arsenal que esa modernidad radical les
brinda sino de aquellos lastres que en forma de migrantes “invaden” el territorio de
los cowboys. Eso sucede, por ejemplo, con la formación de científicos en Estados
Unidos: llegan de todos lados y se van con la impronta americana en la producción
científica, pero ¿no queda algo de ellos, una impronta que a su modo subvierte
mínimamente esa misma producción?, ¿no hay una pequeña traslación en el sentido y
alcance de las preguntas e inquietudes que les agobian a esos migrantes científicos? Es
el freeware y el shareware frente al software monopolizado por Windows y Apple.
Esta ida y vuelta se percibe, también, en un medio que si bien no se exime de
pretensiones de dominio, apela a la seducción de la difusión. Como el personaje José
Marquina lo expresa de manera hilarante en su texto “De John Wayne a Al Pacino o
cómo aprendí a no preocuparme y amar el cine norteamericano”:
"El cine norteamericano se impone en el mundo por el poder de su industria, por
su calidad, por la propaganda, porque hemos crecido con él y con él hemos
aprendido a ver el cine, porque no se podrían ver de corrido tres películas de
Bergman o de Tarkovski sin caer en un estado catatónico, pero sí se pueden ver
tres películas de aventuras e irse a la cama a soñar con Maureen O’Hara, Fay
Wray o Verónica Leig”. (pág. 306)
Y en efecto, esa imposición‐difusión es en gran medida artíifice de la incontenible
expansión de la americanización de la modernidad en todo el orbe, como lo reconoce
José María Pérez Gay en su escrito “Anatomía de una tentación”. A partir de la década
de los 30 la magia del cine facilita el espectáculo seductor de América moderna. De allí
a la fascinación por la tecnología y la americanización del cyberespacio hay apenas un
suspiro de 70 años.
En fin, si una respuesta precisa hay que dar a la pregunta de qué es la
americanización de la modernidad desde la tensión creativa a la que convoca Bolívar
Echeverría diría lo siguiente: ella es Dorian Grey. Cuando mira hacia Europa encuentra
aquel retrato vetusto que tanto le disgusta; fastidiado por ese otro que no puede tirar
ni destruir, baja la mirada para darse de bruces con un Frankenstein al que no le
reconoce el más mínimo parentesco aunque en buena medida sea su creador y
mentor. Sitiado en su perfección artificial se pregunta cansinamente si no sería mejor
que todo fuese a su imagen y semejanza. Despliega sus fuerzas y encanto para
lograrlo, pero una y otra vez el retrato le devuelve un rostro que aborrece y los
vientos del sur le hacen llegar la sombra de una aberración que le desconcierta.
Encerrado en sí mismo se apresta para dar una vez más la batalla. Toma su sombrero
de cowboy y comienza, de nuevo, la embestida…
P.D. Conviene tener presente algo: resistir y asimilar no significa superar. Si acaso
tangencialmente tocado en este libro, ha de quedar claro que la única manera de
acabar con Dorian Grey y Frankenstein es saliendo del cuento. Es decir, una modernidad
no capitalista.
*Texto leído en la presentación del libro La americanización de la modernidad
el 10 de marzo de 2009 en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
martes, marzo 10, 2009
viernes, marzo 06, 2009
La americanización de la modernidad
Este lunes 9 de marzo se presenta el libro La americanización de la modernidad, coordinado por Bolívar Echeverría. La cita es a las 12 del día en el salón de actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
La presentación correrá a cargo de
Stefan Gandler
Isaac García Venegas
Carlos Oliva
Diana Fuentes
La presentación correrá a cargo de
Stefan Gandler
Isaac García Venegas
Carlos Oliva
Diana Fuentes
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