lunes, marzo 05, 2007

Vuelta de siglo: luminoso y esperanzador

Desde que comencé a leer libros, hace ya bastantes años, me inventé un juego que pronto se convirtió en costumbre: al concluir la lectura de un libro, debía yo de pensar espontáneamente en una o dos palabras que en su inmediatez permanecieran indefectiblemente ancladas al libro en cuestión. El juego pronto reveló las limitaciones propias de mi lenguaje, que obviamente con el tiempo he ampliado. Este juego, inocente y trivial, ya forma parte cotidiana de mi forma de leer.

Si confieso lo anterior es para señalar que al terminar de leer el libro que hoy nos convoca, Vuelta de siglo, de Bolívar Echeverría, vinieron a mi cabeza dos palabras: luminoso y esperanzador. Lo que a continuación diré tiene que ver precisamente con algunas de las razones y motivos por los que el conjunto de ensayos que lo conforman me parecieron lo uno y lo otro.

Cuando yo entré a estudiar a esta facultad, allá por 1991, el “mundo socialista” daba sus últimas patadas de ahogado. Recuerdo que en las charlas de bienvenida, muchos de mis compañeros estaban convencidos de su vocación para la historia contemporánea. Sin embargo, conforme el “socialismo realmente existente” se desmoronaba, a la mayoría le bastó un semestre para cambiar sus intereses: el que no se dedicó a asuntos prehispánicos se fue a historia del arte; algunos más decidieron asentarse en el siglo XIX, y muy pocos permanecieron con preocupaciones contemporáneas. Este cambio súbito de interés me llamó mucho la atención.

En ese entonces sospeché que en realidad lo que sucedía es que estábamos frente a la “carencia” o “insuficiencia” de elementos con los cuales analizar la realidad que se nos presentaba cotidianamente. En nuestro caso, como estudiantes, atribuía la situación a la ignorancia que nos caracterizaba, pero la explicación perdía su validez al considerar a nuestros maestros, muchos de los cuales, antes aguerridos comunistas, ahora reculaban de sus anteriores convicciones, y muy probablemente echaban al cesto de la basura sus libros de Marx, que por cierto, se acumulaban en las librerías de viejo formando alteros enormes.

Esta misma sensación de carencia, o si se prefiere, de orfandad, me asaltó cuando la aparición del EZLN, el surgimiento de los movimientos antisistémicos, y particularmente con la larga huelga que vivimos en nuestra universidad en 1999. Pensaba que de manera generalizada aún no teníamos elementos con los que analizar la realidad, salvo honrosas excepciones, como el caso de Bolívar Echeverría, en cuyo seminario, que durante tres años tuvimos de manera ininterrumpida (1994-1997) y posteriormente de manera intermitente, abordábamos el análisis de estos procesos desde la perspectiva del cuádruple ethos de la modernidad. Allí, invitados al “mirador” que Bolívar Echeverría había pacientemente elaborado sin abandonar la perspectiva de Marx, nos hicimos de un modo de ver que nos ayudó a comprender y explicar esta nueva realidad que se presentaba ante nuestros ojos.

Ahora, la relectura conjunta de estos ensayos contenidos en Vuelta de siglo, me confirman, una vez más, lo atinado y luminoso (por la claridad que proporciona), de lo que sucedió en aquellos años de nuestro seminario. A lo largo de estas páginas encontramos una mirada nítida que efectivamente cumple con su propia aspiración: el “desciframiento del sentido enigmático que presentan los datos más relevantes de esta vuelta de siglo”.

En primer lugar, Bolívar Echeverría nos dice que en esta vuelta de siglo nos encontramos ante un nuevo sistema civilizatorio que puede ser identificado por diversos fenómenos relacionados directamente con la actividad del autor y con la actividad de instituciones como la UNAM. Me refiero a la “pérdida de hegemonía de la alta cultura” y de su personaje más singular, el homo legens, al que Bolívar Echeverría define como “el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura”.

El autor, con toda razón, afirma que lo que se tambalea, que lo que está en cuestión, no es el libro y la lectura, sino “el uso tradicional, canonizador y jerarquizante de los libros y la lectura; un uso que ha servido durante tantos siglos a la reproducción del orden y la jerarquía imperantes en la sociedad de la modernidad capitalista”. En lo personal creo que precisamente a esto se debió en gran medida aquella sensación de desamparo a la que hice referencia al principio. Lo que hoy Bolívar Echeverría tematiza como un signo de cambio civilizatorio, lo hubimos de padecer primero como perplejidad.

Lo interesante es que el autor no se abandonó a la parálisis, que es uno de los caminos a los que conduce la perplejidad. Reactualizando una serie de principios teórico filosóficos provenientes de Marx y la teoría crítica, y sobre todo, reivindicando un modo y una manera hispana, latinoamericana y mexicana de hacer “filosofía sin más”, construyó un mirador desde el cual observar este tránsito civilizatorio. Desde allí, Bolívar Echeverría da cuenta de dos fenómenos que también marcan nítidamente este nuevo comienzo civilizatorio.

Por un lado, el autor señala que la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo está llevando a cabo una actualización religiosa de lo político, que va precisamente en contra de uno de los principios más caros de la modernidad: la secularización del mundo, su “desencantamiento”. En realidad, nos dice Bolívar Echeverría, no es que Dios haya muerto, sino que solamente cambió su sustentación: “Confiar en la ‘mano oculta del mercado’ como la conductora última de la vida social implica creer en un dios, en una entidad metapolítica, ajena a la autarquía y la autonomía de los seres humanos, que detenta sin embargo la capacidad de instaurar para ellos una sociedad política, de darle a ésta una forma y de guiarla por la historia”. En esta vuelta de siglo lo que vivimos es una religión profana, fundada en el fetichismo de la mercancía: vivimos, dice el autor, el reencantamiento frío o económico del mundo.

Por otro lado, en este pseudoateísmo de la modernidad capitalista en la vuelta de siglo, lo que prevalece, lo que impera sin cortapisa alguna, es una violencia destructiva que carece del núcleo creativo de la violencia dialéctica o trascendente por la que la humanidad había transitado durante siglos. Se trata, fundamentalmente, de una violencia de las cosas mismas. Afirma Bolívar Echeverría:

"La violencia moderna no actúa sobre el individuo singular sólo desde fuera de él, desde los otros individuos singulares o desde la comunidad –como sucede en condiciones no modernas– sino que lo hace sobre todo desde dentro de él mismo, en tanto que es un propietario de mercancía que ha interiorizado en su ethos el impulso productivista del capital, dirigido a someter todo brote de ‘forma natural’ que aparezca en el mundo. Esta perversión de su empleo, que junta en uno a la víctima y al verdugo, es lo que marca la especificidad de la violencia moderna".

Una violencia que si bien durante el proceso en el que la técnica no había alcanzado los niveles de desarrollo actuales, se monopolizaba y era ejercida por los estados nacionales, hoy que pasa precisamente lo contrario, aparece un “nación posnacional” que la ejerce de manera brutal sin importarle que monte un caballo con destino cierto en la barbarie, que es una “región aparte –-dice el autor-–, no en la geografía, sino en la topografía del sistema de las necesidades de consumo, destinada a los seres ‘civilizados’ o propiamente ‘humanos’, cuyo costoso mantenimiento sólo puede sufragarse mediante la creación de un entorno relativamente miserable, destinado a seres marginales, a los que se les regatea la adjudicación plena de la categoría de humanos o civilizados”. Es decir, el “nuevo hombre” de esta nueva región se identifica por el “nivel mínimo de lo humano occidental”.

Por más desolador que sea el panorama, los textos de Bolívar Echeverría son luminosos porque a mi juicio colocan en su justa dimensión la situación actual de la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo. Pero al mismo tiempo, en todos los ensayos que conforman su libro, hay un cierto discurso esperanzador que consiste en detectar los caminos posibles por los que se va configurando una resistencia y una rebeldía a esta modernidad capitalista que quisiese desaparecida cualquier discrepancia.

Así, mientras otros lamentan la pérdida de hegemonía de la alta cultura y del los usos canónicos y jerarquizantes del libro y la lectura, Bolívar Echeverría encuentra las posibilidades de una “relectura creativa y democrática de la herencia cultural”. Una herencia cultural que necesariamente ha de pasar por una actualización secular de lo político, un verdadero desencantamiento del mundo que traslade el acento de las cosas a los sujetos autónomos que son los seres humanos, que libere de su enajenación la esencia del ser humano que no es otra cosa que su politización. Afirma Bolívar: “la secularización […] [habría que verla] como un movimiento de resistencia o una lucha permanente contra la tendencia ‘natural’ o arcaizante a actualizar lo político por la vía de la religión; contra una tendencia que debió haber desaparecido con la abundancia y la emancipación”.

Y no sólo: esta herencia cultural de relectura creativa, horizontal y democrática habrá de encontrar en la diversidad y la diferencia de los sujetos lo que la homogeneidad neoliberal niega. En este sentido, resulta esperanzadora la “lectura” que de América Latina hace el autor, puesto que en su “tendencia a la defensa y al cultivo de la pluralidad identitaria en contra y dentro de la unidad” hay un pozo enriquecedor desde el cual extraer experiencias para alimentar esta resistencia. Experiencias cuyo arsenal es infinito si se consideran las estrategias barrocas que una y otra vez aparecen en América Latina y que al parecer definen hoy el tipo de resistencia difusa, inasible, no identificable en un sujeto colectivo concreto, que se está confrontando a la modernidad capitalista. Dice nuestro autor:

"La reticencia por parte del protosujeto, que trabaja anónimamente en contra de la modernidad capitalista, a constituirse en sujeto, proviene sobre todo del respeto que le tiene a su propia diversidad, es decir, de la aceptación militante de un hecho ahora innegable –después de la ilusión moderna de la uniformidad–: la dispersión de los significantes que prevalece como momento esencial de esa resistencia social. Se basa en el reconocimiento positivo de la intraductibilidad del significado de cada una de esas resistencias, no obstante la comunidad secreta de su sentido".

¿Qué otro lugar más propicio para este protosujeto que América Latina, cuya modernidad capitalista parece siempre enrevesada, deforme, incompleta, en ciernes, en vías de desarrollarse?, ¿qué otra cuna mejor que esta América Latina, cuya peculiaridad proviene de la conjunción de diversas estrategias de mestizaje y la presencia simultánea de distintos tipos de modernidad?, ¿qué otro mensaje más esperanzador que este que nos dice que en nuestro modo de ser existe un potencial enorme para oponerse y resistir a la devastación de la modernidad capitalista?

Sin embargo, y con esto termino, no hay que llamarse a error. En modo alguno Bolívar Echeverría esté proponiendo la vida barroca como alternativa a la modernidad capitalista. En el ethos barroco Bolívar Echeverría encontró un modo de vivir dentro del capitalismo. Sus estrategias, en tanto modernas y distintas a las del ethos realista, pueden resultar útiles para algo más que vivir dentro del capitalismo. Se trata de construir un mundo de la vida distinto, un mundo comunista. Concluyo con las palabras del mismo Bolívar: “El comunismo es el movimiento social y político moderno que pretende sustituir, si es indispensable por vías violentas, el orden establecido (orden basado en una exploración y una injusticia carentes de las justificaciones premodernas) por otro diferente, en el que la realización plena de cada individuo sea la condición de la realización plena de la comunidad en su conjunto”.



Texto que sirvió de presentación al libro de Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 22 de febrero de 2007

lunes, febrero 26, 2007

La fuerza de la costumbre

Todo amor, si es tal, es un compromiso. Lo es porque nos libera de la incertidumbre de la pérdida (“se está pese a todo”). Lo es porque nos obsequia la certeza del destino y la trascendencia. Lo es porque incita la sustitución de su pasión por la comodidad de su asepsia: allí están los hijos, la casa, los gastos, los recuerdos de una época feliz, que suplantan la alegría que antes provocaba una mirada. Lo es porque en la resignación no se cava una tumba, sino el altar ante el cual deben inclinarse siempre, con reverencia, los que vienen detrás. Lo es porque a cierta edad más vale la cosificación que la plasticidad. Lo es porque a falta de poesía queda la dureza del deber ser que nunca se fue pero que se espera que otros sean. Lo es porque el miedo se vuelve compañero de cama. Lo es porque el hombre es el único ser que se acostumbra a morir antes de dar el último suspiro. Eso es el amor: el vacío que se llena con todo lo que se pueda, aunque aquel latido inicial haya desaparecido de la faz de la tierra. El amor es un compromiso, esa es nuestra herencia.

viernes, febrero 23, 2007

El amor explicado para viejos y niños

Todo amor, si es tal, necesariamente es prohibido. Lo es porque por definición es una irrupción. Lo es porque un fuerte impulso desea trascender la ineludible limitación de nuestro cuerpo. Lo es porque nuestro ser se encuentra pleno en un ser ajeno. Lo es porque nuestra piel es insuficiente para albergar a la otra persona. Lo es porque nuestras palabras nunca alcanzan a expresar lo que el otro nos provoca. Lo es porque rompemos nuestra fingida soledad humana para sabernos desamparados ante ese otro ser que nos inunda. Lo es porque todo deja de existir salvo aquellos labios cuya consistencia nos indica que vivimos para otro. Lo es porque dejamos de ser polvo futuro que el viento levanta para convertirnos en suspiro que alimenta la vibración del alma. Lo es porque una mirada se convierte en la única verdad, en la única referencia que permite vivir. Lo es, en fin, porque dejamos de ser quien somos para reencontrarnos en otra persona y nunca más ser los mismos. ¿Qué otra cosa podía ser el amor sino la permanente violación de esa prohibición que nos pretende absolutos y acabados dentro de nuestra propias fronteras? ¿Qué otra cosa podía ser el amor sino la invitación a cruzar lo que está prohibido? Así nació el mundo: Eva decidió trascender la prohibición que significaba estar en el paraíso. Esa es nuestra herencia. Eso es el amor.

jueves, febrero 22, 2007

Muerte simbolica

Recuerdo alguna vez haber definido la muerte como la ausencia de movimiento. En efecto, eso es lo más patente cuando nos asomamos a un féretro: el cuerpo inmóvil nos habla todo él de la muerte, en contraste, por ejemplo, de quienes asisten al velorio: movimiento triste, lento, pero movimiento al fin.

Lo mismo sucede con las muertes simbólicas, la muerte de quienes en nuestra vida han dejado de ser importantes, quiero decir, que antes generaban con su presencia movimiento en nuestra vida. La muerte simbólica de alguien en nuestra vida es reconocer que esa persona ya no induce nada que no sea una parálisis del alma, del corazón, del cuerpo.

Al muerto le guardamos luto, pero al muerto simbólico lo único que podemos obsequiarle es el silencio. Porque también en silencio recordamos. La memoria es su féretro.

martes, febrero 20, 2007

Desaparicion

Ese día, al despertar, una extraña sensación le atenazó todo el cuerpo; la sentía en sus patines, como les llamaba; en su panza redonda; en su rostro regordete. Estuvo a punto de decirse que sería un mal día, pero una inveterada tradición le impedía aceptar la validez de sensaciones e intuiciones. “Con creencias no se va a ningún lado” se dijo, e hizo todo lo posible por ignorar aquella sensación de impreciso origen. Se levantó y procedió como siempre: el baño, el desayuno, la buena disposición para un día que, como sucedía desde hace tiempo, no pintaba nada bien.

Pero aquella extraña sensación no era solamente un asunto personal, una proyección de inquietudes del alma, como se obstinaba en pensar; para su sorpresa, lo invadía todo. Lo primero que notó fue la desaparición de rayas y cuadrículas que abundaban en las calles por las que solía andar. Todo parecía de una blancura ausente que espantaba. Claro que sabía de pueblos fantasmas, pueblos que habían sido abandonados de súbito por causa desconocida, por ejemplo, aquellos pueblos mineros estadunidenses cuando la fiebre del oro. Pero jamás había escuchado que urbes modernas, antaño densamente pobladas, se convirtieran en inasibles espacios en blanco. Precisamente porque resultaban impensables, se decía que estaba soñando o bien que padecía una terrible alucinación.

No es que temiera la blancura como tal, sino que le asustaba la ausencia de referentes para ubicarse. ¿Cómo saber dónde estaba sin compañeros, sin rayas, sin cuadrículas? Porque hay de blancuras a blancuras, pensaba; una producto de la elegancia y otra consecuencia del vacío. La que veía en las calles era precisamente la del vacío. El temor crecía en su interior porque, además, no veía una sola alma a su derredor. Cierto que desde hace tiempo sentía pertenecer a una especie en extinción, pero jamás le había cruzado por la cabeza ser, como quien dice, “el último ejemplar de su especie”. Ahora sabía, además, que había un modo preciso de ser último ejemplar: su sonido era el silencio, pero no un silencio reconfortante que fungía como escondite o fuga del ruido, sino como imperio en el que cualquier ruido era impensable, ni siquiera el de sus pasos.

Con una mezcla de resignación, espanto y duda caminó sin dirección ni rumbo fijo. Todo le resultaba ajeno, totalmente desconocido; no le preocupaba la dirección de sus pasos pues se decía que pronto despertaría de su sueño o de su alucinación. Sólo se trataba de tener una fuerte impresión para que todo volviera a ser como antes, aunque muy pronto comenzó a preguntarse cómo eran las cosas antes. Porque otro efecto del vacío, de la blancura ausente, del silencio, era una acelerada pérdida de memoria. Por más que lo intentaba, no lograba recordar con precisión la disposición de las cosas ni lo lugares que frecuentaba ni los espacios y recovecos que le gustaban. Sentirse perdido, se dijo, consiste precisamente en ser un presente sin tiempo. Y es que en uno de sus últimos momentos de lucidez se dijo que si el ayer se desvanecía, qué importaba lo que el día de mañana sucediera.

El cansancio pronto se hizo presente en su cuerpo. Se detuvo a descansar en un espacio en blanco, tan blanco como el resto de la ciudad. Meditando en la blancura ausente de la ciudad, sin nada que mirar, se dio cuenta que aquella pesadumbre que sintió al despertar tenía que ver con esta perturbadora invasión del vacío, de la que parecía ser último y exclusivo testigo. Ahora tenía la certeza de que pronto habría de perder la capacidad de pensarse, que no es otra cosa que hablarse a sí mismo. Sin palabras comprendió que habría de ser parte de esa blancura ausente. “Último ejemplar de la especie” fue lo último que pudo decirse, con una voz carente de matiz.

Así murió la primera vocal, la primera letra del abecedario, el último ejemplar de su especie. No murió a manos de una goma, sino del influjo de un mundo que había decidido expulsar de su paraíso la palabra y la letra misma.

lunes, octubre 23, 2006

Pérdida


Hubo un día que el sol te sorprendió asido de la nada. Tus dedos, entumidos en un esfuerzo inútil, parecían petrificados en torno a una ausencia. Cada parte de tus manos te dolía. Perplejo mirabas el vacío intentado recordar el momento en que por arte de magia habías perdido aquello que pensabas asir con tanta fuerza. Un sudor frío escurría por tu cabeza: te diste cuenta de que en realidad allí nunca hubo nada que no fuese el deseo exacerbado de tu febril imaginación. No habías perdido nada, simplemente nunca habías tenido nada.

sábado, octubre 21, 2006

Tristeza

Fragmentos de un diálogo

–La tristeza –me dice– es aquella invitada forzosa que cumple su papel con eficiencia al invadirlo todo.

A saber por qué creo que este inesperado interlocutor tiene razón.

–La tristeza –respondo–, al invadirlo todo con su dolor infinito, pasa de invitada forzosa a invitada imprescindible…

Mi interlocutor da una larga y profunda fumada.

–La tristeza es el alma de la fiesta de mi vida.

Intento rematar este diálogo inútil diciendo: –Y el alma de esta conversación difusa…

–Es que en tus ojos encuentro, sentada y feliz, a la anfitriona de la cual no somos otra cosa que un par de invitados –me responde.

Entiendo su decir. Es cierto. Tan sólo somos invitados a esta reunión interminable en la que la tristeza es la anfitriona y en la que nos ofrece sus delicados bocadillos. Me sorprende saberme su embajador...

jueves, septiembre 07, 2006

Tráfico de la ciudad

El tráfico de la ciudad de México es, se dice, impredecible. Y es cierto, el día de hoy hice 2 horas y media para llegar a mi centro de trabajo. No obstante, llegué con 40 minutos de retraso a una clase que por supuesto ya no impartí. Sucede, a veces, en otros días, que a esa misma hora que salí hago 40 o 50 minutos de camino. ¿Quién puede predecir el tiempo que se invertirá para trasladarse de un punto a otro en esta ciudad?

Pero lo impredecible del tráfico citadino esconde una gran falacia: no posee en sí mismo la novedad, lo inesperado, lo sorprendente y por tanto lo sugerente que lo impredecible supone. No. Muy al contrario, lo impredecible del tráfico se define por su lógica monótona, repetitiva hasta la saciedad. Lo impredecible del tráfico citadino nos convierte en ese trabajador alienado que con maestría representó Chaplin en una de sus películas más memorables: Tiempos modernos.

He aquí la falsedad de la vida contemporánea, pues convierte lo que de útil hay en los automóviles en un signo más de lo que en realidad es: una permanente alienación del ser humano al condenarlo a una reiteración infinita que sabotea sus propias posibilidades técnicas.

lunes, septiembre 04, 2006

Faro de Oriente: velador constante del estrecho

Es de todos sabido que en mares procelosos las estrellas son la salvación de cualquier navegante. El hombre, a fin de cuentas sublime y a veces extraviado imitador de la naturaleza, inventó los faros con el fin de hallarse en medio de la oscuridad y el vaivén de olas y temores. De allí la naturaleza de los faros: punto de referencia, símbolo de llegada, alegoría de toda frontera y límite que ilumina difusamente desde riberas conocidas el posible camino a seguir en senderos desconocidos.

Por desgracia y fortuna, la ciudad de México –esa mole de autos, aglomeraciones, sueños rotos y utopías vertidas en cada ventana, en cada mirada– continúa siendo el mar al que el país se vuelve una y otra vez. En ese mar urbano parece gestarse, quiérase o no, por voluntad propia o por la dinámica misma de lo que la gente construye sin darse cuenta cabal de ello, un futuro inédito para nuestro país. Y justo allí, en ese mar objeto de deseos, mitos, descalificaciones, y una que otra certeza, destaca, iluminando desde sus riberas marginales, la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente, mejor conocido como el Faro de Oriente.

El Faro de Oriente es por mucho el mejor proyecto que pudo cobijar el gobierno de la ciudad de México. Y es que a diferencia de otros proyectos, éste no fue respuesta a una desesperación ni fue producto exclusivo de la distensión. El Faro de Oriente nació de un impulso que viene de lejos: la creatividad de una cultura popular que cansada de ser absorbida por la cultura de las elites, decide construir su propio espacio e iluminar los múltiples trozos de una realidad siempre y convenientemente negada desde los bonitos escaparates del comercio cultural. En el Faro de Oriente la gente aprende a hablar desde su realidad y no sobre la realidad, como sucede con tanta frecuencia en instituciones culturales y académicas.

Lo que en el Faro de Oriente se produce exige apertura, cuestiona verdades inamovibles, y sugiere y explora caminos a seguir. Visitar el Faro de Oriente es comprender de golpe la pertinaz ceguera culpable que hemos padecido. Y en esta tarea lleva ya seis años, muchas veces contra todo pronóstico, contra múltiples oposiciones –amigas y enemigas–, e incluso contra algunas censuras que las “buenas conciencias” han intentado en su contra, en aras de una educación mistificadora llena de rosarios antes que de reflexiones.

Los éxitos del Faro de Oriente se miden por las transformaciones que genera en la gente y por los reconocimientos obtenidos. En este sentido, las luces del Faro de Oriente han llegado muy lejos: de París a Washington, de ciudad Neza a Xalapa, del oriente de la ciudad de México a sus corredores culturales privilegiados y universidades –a veces anquilosadas entre un deber ser comprado y un ser negado.

Por eso, en este su sexto aniversario, es necesario rendirle un homenaje. Un homenaje, primero, a toda la gente –niñas, niños, mujeres, hombres, lesbianas, homosexuales– que en su espacio se aglutina y reinventa la realidad en función de su capacidad creativa. Un homenaje, después, a quienes desde sus puestos directivos han sido vehículo de una profunda corriente popular que, como siempre, habla más sobre este país que muchos de quienes desde atalayas lo intentan con escaso éxito. Y por último, un agradecimiento a un gobierno que supo apoyar un proyecto de esta índole.

No me resta sino culminar manifestado un deseo: que el Faro de Oriente siga iluminando los posibles caminos a seguir, y que sepa sortear los inestables vientos políticos. Desde este espacio rindo homenaje a la referencia, al símbolo, a la alegoría. Enhorabuena a todos los que forman y conforman el Faro de Oriente.

jueves, agosto 10, 2006

Heridas

Dicen que Julio César tenía la cualidad de herir con su mirada el corazón femenino. Cual rumor que es, resulta difícil otorgarle credibilidad a ese decir que ha recorrido los siglos cual barcaza a la deriva. No obstante, más allá de su fiabilidad creo expresa claramente una experiencia vital. Sea cual fuere el artífice de esa capacidad de herir con la mirada, pienso en las gotitas de sangre que escurren cuando tu mirada se posa sobre alguien. Sospecho por eso mismo que el rumor contiene un yerro fundamental: no era Julio César sino Lilit. Y he aquí que me invento un nuevo mito: si el mundo padece males es simplemente porque la hemorragia del corazón de Dios no encuentra sanación alguna; la profunda llaga que le dejó la mirada de su primera creación femenina es la causa fundamental de toda la inestabilidad que pasa por la mente de Dios. Y sabes, pese a mis ánimos ateos, creo entender a aquel pobre viejo: así me sucede con tu mirada, cuya capacidad para herir mi corazón es evidente.

sábado, julio 29, 2006

Por el bien del país

Respondo de manera muy concreta a las preguntas que se me hacen. Si he guardado silencio en torno al proceso electoral es porque me parece obvia cierta postura. Para quien guarda en su corazón ominosas dudas sobre mi actuar y proceder, he aquí mi posición.

En la vida de un país a veces es necesario defender a las instituciones de sus funcionarios. Nos encontramos precisamente en esta situación. Resulta fundamental defender al Instituto Federal Electoral de sus consejeros. No hay que olvidarlo: ellos son los únicos responsables de las dudas que se ciernen sobre el reciente proceso electoral. Su falta de pericia, su evidente parcialidad, sus decisiones no previstas en la ley, sus omisiones, dan lugar a dudas legítimas sobre el resultado de la elección.

En un acto de honestidad que por supuesto no conoceremos, el Consejo General del IFE debiera presentar su renuncia para salvaguardar a una institución que no fue concesión gratuita del poder, sino exigencia ciudadana. El IFE está fundado en movilizaciones ciudadanas, no pocas veces reprimidas, que siempre estuvieron de un solo lado, ciertamente no del PRI ni mucho menos de ese PAN que hoy se encuentra en el poder. Por lo tanto, nadie, ni siquiera el Consejo General del IFE, debe debilitar una institución creada para dar certeza en los procesos democráticos de nuestro país.

Yo lo tengo claro: no se trata de defender a tal o cual candidato. Es muy evidente que una parte del país (la que votó), está dividida entre dos opciones. Cualquier análisis o proceder que soslaye esta realidad será erróneo y peligroso. Pero si no se esclarecen las legítimas dudas sembradas por la actitud del Consejo General del IFE, el próximo presidente de la república carecerá de la legitimidad necesaria para gobernar un país dividido y con un amplio sector convencido de la existencia de un fraude. Precisamente por eso a todos conviene que el resultado sea indubitable.

Lo inédito de la situación que vivimos exige actitudes y decisiones así mismo inéditas. El conteo de voto por voto es la única salida que puede ofrecer legitimidad al próximo presidente de la república. Por el bien del país, por la salud de la democracia que queremos vivir, por la posibilidad que en ello hay de reconciliar a una población dividida, que se cuente voto por voto de manera pública y abierta.

viernes, julio 28, 2006

Polvo estelar

Sucede a veces que no puedo identificar mi cuerpo. Desde imprecisos lugares interiores nacen impulsos que destruyen cada parte de mí. Diríase que sufro de implosiones; como si fuera candente sol cuya combustión interna amenazara con hacer estallar su propia corteza. Pienso que sería una buena forma de desaparecer de este planeta: consumido por la propia energía producida. Estallar en candentes nubes imposibles de ver pero claramente perceptibles por el resto de los sentidos. Estallar hasta desaparecer, hasta que no quede nada de mí, sólo polvo, polvo estelar. ¿Acaso no somos únicamente eso: polvo estelar?

domingo, julio 02, 2006

Recuerdos

Hoy hace exactamente seis años esaba yo participando en la camapaña electoral de Cuauhtémoc Cárdenas. A estas horas, después de la una de la tarde, ya sabíamos el resultado de la elección. Hoy, si el referente sirve de algo, puede decirse que AMLO ya es presidente de la república. Si por un lado me parece digno de festejo el hecho de que el Partido Acción Nacional no permanezca en la presidencia, y que PRI salga mortalmente herido de esta contienda, por otro no puedo sentirme feliz con el triunfo de AMLO. Lo que veo no me gusta: sin partido, "secuestrado" por los mismos que secuestraron al PRI desde 82 y que hoy arrojan ese partido como kleenex usado hasta la saciedad, y con fuertes tendencias personalsitas en el ejercicio del poder, no creo pueda haber buenos pronósticos. Lo que quedará dañado, eso sí, es la izquierda. La izquierda que no es el PRD, aunque los hay dentro de ese partido. ¿Llegará el momento de la reconstrucción? ¿Qué corresponde hacer? ¿Cuál es nuestra posición?

domingo, junio 25, 2006

El PAN y la selección mexicana

Me sorpendió la promoción política que varios jugadores mexicanos hicieron en favor del Partido Acción Nacional. El intento de identificar las esperanzas futboleras con la mejor opción política no merece otra cosa que la siguiente conclusión, muy a tono de las porras que se gritan en los estadios:

Ya que la selección no es ganadora
no votes por la panista selección estafadora!

jueves, abril 27, 2006

Verse bien

Hoy he escuchado a la diputada Barrales hablar sobre su incursión fotográfica en una revista para hombres. Intenta, sólo eso: intenta, convencer a Ciro Gómez Lyeva, por lo demás su admirador, que todavía hay machos que no asocian inteligencia con “verse bien”. Sonrío. Inmediatamente después, muy a su pesar, y eso que se dice política, afirma: es un modo de llegar a gente a la que los políticos y las políticas no llegamos. Ese es el problema pienso yo: no es la inteligencia la que llega, sino el “verse bien”. Me gusta esta izquierda de pacotilla que en su propia defensa ofrece su propia condena.

miércoles, abril 12, 2006

Evangelio

Se levantó, y mientras su dedo señalaba hacia el infinito, dijo:

–La luna está hecha de palabras, y éstas, las palabras, son únicamente sueños sonoros. Sí. Porque del corazón surgen los sueños teñidos de su propio tañir. Y es ese ritmo el que sube a la boca para salir hecho palabra.

Ella, que miraba la luna, fijó su mirada en sus ojos. Creyó entenderlo pero el vértigo que la invadió le hizo comprender que no sabía de qué hablaba. Mas no importaba: el furioso latido de su corazón le dijo que no importaba.

lunes, abril 03, 2006

Memoria

Un día cualquiera sentirás el asalto de la memoria. Es como si de súbito una lanza de penetrara alguna parte del cerebro. Al paso de su punta filosa múltiples imágenes fluirán cual lava de un cráter y se escurrirán sobre ti a su propio arbitrio. No hallarás orden ni cómodos paisajes. Cosa de irse a sentar al Pedregal de San Ángel para comprender lo que te quiero decir.

A veces, de tanta lava, el panorama es similar a la devastación. Si llegas a sobrevivir a ese embate “natural” ya lo lograste todo. Sí, porque tras el sentimiento de agonía y angustia, sucede la calma necesaria para reorganizar lo que la memoria arroja: volver a ver, ordenar, interpretar, reedificar.

Si tienes fortuna, lograrás sobrevivir los ataques de tu memoria.

Eso me sucede. Tomo estos fragmentos de ti para colocarlos en el pedestal de la esquina de un museo destinado a desaparecer. Te miro y creo que eres una bella estatua, tan pétrea y congelada en el tiempo, que te hace honor y justicia.

Me retiro, dejando que a mis espaldas el aire disuelva aquel museo efímero nacido de un ataque fulminante de memoria.

Letras Vagabundas (1)

La talla histórica de lo que le es propio a la izquierda*
Isaac García Venegas


Existe un acuerdo generalizado sobre la condición inconclusa de la transición democrática en México. Las inercias parecen corroer las bases y fundamentos de un aceptable y deseable sistema democrático. Corrupción, impunidad, injusticia, como lo demostraron con particular claridad los casos de las periodistas Lydia Cacho y Olga Wornat, están a la orden del día. Todo indica que aún falta camino por andar para que la democracia siente sus reales en nuestro país.
Pero también hay cambios. Las elecciones presidenciales son hoy pretexto para la publicación de libros que apuntalan o denuestan a candidatos presidenciales. Ya es corriente hallar en las librerías biografías autorizadas y no tan autorizadas de los aspirantes a la silla presidencial, análisis puntillosos de sus propuestas o análisis prospectivos que avizoran cierto tipo de tendencias y futuros en el país. Por triviales y políticamente convenientes que sean, el lanzamiento editorial –con todo el marketing que ello implica– de este tipo de publicaciones se debe precisamente a esa transición democrática. Hace décadas, este hecho era imposible.
Los “retratos momentáneos de la realidad” que son las encuestas, ofrecen el blanco necesario para diatribas, elogios y uno que otro análisis serio. Baste con considerar, a título de ejemplo, los libros de Federico Arreola, 2006: la lucha de la gente contra el poder del dinero (Aguilar); Alejandra Lajous, AMLO: entre la atracción y el temor: una crónica del 2003 al 2005 (Océano); los de Jaime Sánchez Sussarrey, La victoria (Planeta) y Un proyecto irresponsable de nación: la verdad detrás del programa de gobierno de López Obrador (Diana); el de Alejandro Trelles, AMLO: historia política y personal del candidato a la presidencia por el PRD (De Bolsillo), y el de Héctor Zagal, AMLO: historia política y personal del jefe de gobierno del DF (Plaza & Janés).
Entre estas y otras publicaciones con la misma temática, destaca el libro de Guillermo Zamora: 2006. El año de la izquierda en México (Colibrí). Es de agradecerse la intención del autor al compilar una serie de entrevistas con destacados politólogos, antropólogos, escritores, líderes sociales, científicos, cineastas, y periodistas, sobre la pertinencia de un gobierno de izquierda en México. Más allá de su inserción en una estrategia electoral, el libro resulta significativo porque muestra los caminos por los que el pensamiento crítico está visualizando a la izquierda en el proceso electoral que estamos viviendo.
No deja de ser extraño percatarse de que la pregunta inicial que da origen al libro –¿Es necesario un gobierno de izquierda en México?– sea inadecuada. Los entrevistados –Lorenzo Meyer, Roger Bartra, Juan Villoro, Enrique Maza, John Saxe Fernández, Víctor Hugo Rascón Banda, Othón Salazar Ramírez, René Drucker Colín, Florence Tousssaint, Óscar Menéndez, Julieta Fierro, Carlos Martínez Assad, Rafael Jacobo, Octavio Rodríguez Araujo– coinciden en la puntual descripción de una realidad nacional que ya presenta visos de ser insostenible: desigualdad lacerante, entreguismo total a la economía de mercado comandada y controlada por eu, falta de apoyo a la ciencia, la tecnología, la educación, la cultura y las artes, abandono del campo, en suma, la desarticulación total de lo que queda del país. El diagnóstico, por lo demás correcto, no significa conceder la “necesidad” de un gobierno de izquierda.

Ciertamente la izquierda electoral es depositaria de esperanzas fundadas sobre su posibilidad de “moderar” la delicada situación que vivimos. Sin embargo, al contrario de lo que sucede cuando los entrevistados se refieren al neoliberalismo y globalización, el intento por definir lo que es propio de la izquierda –elemento articulador y subyacente de “necesidad” de un gobierno de izquierda en México– no resulta tan concluyente ni claro. Quizá el que mejor lo expresa, probablemente muy a su pesar, sea Lorenzo Meyer: “A pesar de que algunos duden de que Andrés Manuel López Obrador sea de izquierda, es la izquierda que tenemos y no vamos a conseguir otra. […] existe una actitud de llevar adelante toda una política que haga menos brutal la vida cotidiana de las mayorías”.

Esta “nivelación social” –legítima, correcta y adecuada–, se revela como la aspiración más sentida de los entrevistados. En ella no parecen quedar restos de aquella otra aspiración más antigua y lejana de la izquierda: “la transformación de ese status quo” –Enrique Maza dixit–. Por eso, la pregunta que lanza Carlos Martínez Assad es pertinente: “Pero ¿puede considerársele de izquierda [a Andrés Manuel López Obrador] si atendemos a los rasgos de su definición que lo coloca luchando por las opciones republicanas y democráticas, aun cuando los comparte con naciones incluso conservadoras?”.

Al parecer, en la actual coyuntura de México, la izquierda se está pensando a sí misma a partir de lo que banalmente podría llamarse una “posición decimal”: estar más a la izquierda de la derecha pero no del lado contrario del punto decimal, lugar en el que los números se convierten en enteros. La lectura del libro de Guillermo Zamora provoca un sentimiento de añoranza: la posibilidad de construir un mundo mejor que no se articule en torno a la acumulación del capital. En otras palabras: que su ambición sea desterrar lo brutal de la vida cotidiana y no solamente hacerla menos brutal. No cómo vivir dentro del capitalismo sin morirse en el intento, lo cual se ha hecho de una u otra forma desde hace cinco siglos, sino cómo construir una real alternativa al capitalismo.

Por eso, algunas respuestas de los entrevistados que aluden a la necesidad de construirla desde abajo con una nueva red de vínculos culturales y morales alivian en cierta medida esa añoranza. Lo que no resulta tan claro como se quisiera es que este proceso sea el que hoy se vive como una “necesidad” de triunfo en las próximas elecciones ni que el blanco de loas y ataques mediáticos sin fin lo represente cabalmente, por más que goce con un evidente apoyo popular. Nos queda, eso sí, compartir la aspiración que Othón Salazar expresa con respecto al gobernador del estado de Guerrero: ojalá haya “talla histórica” en el ejercicio en el poder. Y ojalá que la izquierda recupere y reconstruya lo que le es propio.
*Texto que aparece en Al pie de la letra. Suplemento de libros de Milenio Diario. Abril 2006

viernes, marzo 31, 2006

!Bravo!

¡Bravo! ¡Bien hecho por nuestros diputados y senadores! ¡Ahora sí, ya estamos con la puerta abierta a las infinitas bondades de la tecnología!. Estoy feliz. En el fondo hay que agradecerles que sus decisiones, totalmente ajenas a la opinión pública, hagan evidente un hecho palmario: que ellos son representantes de los intereses de clase y no de la nación. Les estoy agradecido por actualizar al viejo y “obsoleto” de Marx. Ahora, con su actitud tan insensata, facilitan la actualización de un discurso que quisieran muerto. Hay que verlos y felicitarlos: no son cínicos, simplemente asumen su papel de voceros de una clase, incluidos nuestros ilustres perredistas que en la Cámara de Diputados aprobaron sin chistar. ¡Bravo!

jueves, marzo 30, 2006

La máxima inalcanzable

Respondo aunque no debiera.

A veces quisiera poder afirmar con certeza quién soy pero no puedo. Tal vez sea un problema de incapacidad, mas si la máxima filosófica (“conócete a ti mismo”) es cierta, se trata de una incapacidad con raigambre. La aspiración de “conocerse a sí mismo” se mantiene como una máxima por muy pocos vivida y experimentada. Definitivamente no pertenezco a esa minoría excelsa.

Si esto sucede en el caso de uno mismo, ¿cómo no habría de suceder en el caso del otro, de los otros? Todos somos doblemente extraños: para los demás y para uno mismo. El otro es el más fácil territorio de la incógnita visible con que contamos. Y esto es tanto más evidente cuanto más amamos a una persona. Esa persona se erige como “extrañeza” total. Pareciera que su cercanía, esa intoxicación de quererse perder en ella, distorsiona la mirada y la percepción. A su modo el amor provoca miopía y astigmatismo en los amantes. Una feliz ceguera.

Seamos sinceros: no existe una ceguera más afortunada que esa. Pero tampoco existe una ceguera tal que incite más afanes de posesión. Poseer lo que nos es extraño acaba por pervertir lo que en verdad importa del amor: el continuo descubrir a la persona amada y, en esa medida, ir explorándose uno mismo. El amor como exploración, el amor como condena. Prefiero lo primero a lo segundo. Y quizá aquellos “amorosos” de los que hablaba Sabines, pertenecen también a esta estirpe de los que no se conforman y se van llorando la hermosa vida.