Yo voto por el orden aunque ello signifique el sacrificio de mi libertad.
Yo voto por acciones concretas, como el desempleo y la violencia.
Yo voto porque la droga no llegue a nuestros hijos (no importa que no tenga), pero sí la imbecilidad y el autoritarismo.
Yo voto por esos que sí saben como hacerlo, pues tuvieron décadas para demostrar los alcances y el refinamiento del autoritarismo y la corrupción.
Yo voto por esos que al ser desacreditados hacen declaraciones flamígeras y claman perdón al empresariado y los vecinos del norte.
Yo voto porque siempre haya presidentes “singularísimos” que al paso del tiempo acusan tan rápido como olvidan, condenan como ensalzan.
Yo voto por presidentes que hacen de su supina ignorancia un atuendo de lujo y bandera del mexicano promedio deseable.
Yo voto porque a los pobres se les dé, al menos, la oportunidad de broncearse en albercas ficticias.
Yo voto porque todo ha de ser gratuito como compensación de la “necesidad” de la pobreza. Yo voto por ese espíritu caritativo tan tierno del que hacen gala devotos laicos.
Yo voto por políticos que son locutores que son actores que son luchadores que son imagen que rematan sus discursos con un “así sí”.
Yo voto por izquierdas que son derechas que son centro que se visten de tricolor.
Yo voto, sí, por un país de “a maravillas”, dependiendo la luz blanquiazul, tricolor o amarilla que se use.
Por eso, yo voto por el PARDI
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
martes, mayo 26, 2009
sábado, mayo 23, 2009
SMS
Lo intento pero fracaso. Soy demasiado viejo para esto. Prefiero los olores, las miradas, los roces de piel, las sonrisas, los gestos. Nada me dicen estas palabras atrapadas en pantalla. A menudo me escapa su intención. Las leo pero sólo entiendo algo muy sencillo: es preferible el silencio a esta falsedad de los mensajes de celular. Necesito y prefiero el uso de mis sentidos para saber que allí hay alguien. Por favor, no más SMS.
martes, mayo 12, 2009
¿Dónde quedaste?
Añoro ese silencio que solía habitar. El decir de los demás eran barcazas cuyos viajes me obsequiaban saberes y placeres. En aquel entonces no había necesidad ni exigencia de decir. Aquel silencio me alimentó por años. Hoy encuentro demasiado ruido, “demasiada interferencia en la emisión”, como dice la canción. A fuerza de ruido ayuno me quedo. El ruido me consume sin miramiento. ¿Dónde quedaste silencio inspirador?
domingo, mayo 10, 2009
Viejas palabras. Palabras dirigidas a estudiantes de secundaria por su participación en la revista Universidad de México. Octubre 2003
Para los alumnos de la secundaria “Antonio José de Sucre”
Es para nosotros, los que hacemos la revista Universidad de México, un verdadero placer estar aquí, con ustedes, alumnos, familiares, maestros y autoridades de la escuela secundaria “Antonio José de Sucre”. Conocer gente nueva siempre es un placer. Sin embargo, este placer aumenta cuando con esa gente –en este caso, los alumnos del Taller de Artes Plásticas impartido por Miriam Aguirre– se ha compartido una viaje tan valioso como el que nosotros hemos hecho en el número de la revista que hoy nos reúne.
Sé que son inteligentes y se preguntarán ya, desde ahora, cómo es posible hacer un viaje sin conocerse con anterioridad. Pues bien, he allí la magia del arte y la palabra. Porque cada trazo, cada color, cada palabra, cada frase, tiene un mensaje que busca los ojos, los oídos, la atención de los demás. No es lo mismo el dibujo que se queda en el closet ni el cuento que se guarda en los cajones del escritorio que el dibujo que otros aprecian y el cuento que otros leen y festejan. Lo que hacemos tan sólo tiene sentido cuando llega a otros, y más cuando esos otros no son únicamente los que están con nosotros: la familia, los amigos, las novias o los novios. También son los que viven en otros lugares, incluso en otras épocas, con inquietudes, preguntas y gustos muy distintos a los nuestros.
Por eso, cuando ustedes leen un libro o una revista, cuando ven un pintura, un grabado, una escultura; cuando escuchan una melodía o presencian una danza, es decir, cuando ponen atención a lo que otros les quieren decir, comparten sus experiencias, sus deseos y frustraciones, sus alegrías y dolores. De este modo viajan con ellos por los mares de su vida creativa, y si me permiten decirlo, al hacerlo ustedes mismos se vuelven mejores personas, más listas, más sensibles.
Esto es lo que ha pasado entre nosotros. Las ilustraciones que están plasmadas en esta revista, correspondiente al mes de octubre, son producto de su creatividad. Vistas con atención dicen muchas cosas. Lo mismo sucede con los que escribieron los ensayos, cuentos y poemas para este número. También ellos enfrentaron con valentía y creatividad las hojas en blanco en las que después plasmaron sus palabras. Mejor ustedes que nadie saben lo que es eso: pararse frente a una hoja en blanco que hay que llenar de colores y formas. Lo más valioso de todo es que de este diálogo entre desconocidos surgió un bello número.
Ahora otros más, que no son ni ustedes ni los que escribieron ni los que hicimos este número, encontrarán en él mensajes distintos que les ayudarán a pensar y gozar mejor su vida. Porque ésta es, entre otras cosas, la función de una revista. Por lo menos es la función de nuestra revista que desde hace 73 años alimenta el espíritu de quienes la consultan. En efecto, desde antes que ustedes y sus padres nacieran, tal vez desde antes que sus abuelos nacieran, la revista Universidad de México existe. Apareció por primera vez en un lejano noviembre de 1930 y desde entonces ha publicado 628 números. Si pudiesen revisar las páginas de todos esos números encontrarían que en ellas han escrito los intelectuales más importantes de este país e incluso del extranjero. También se darían cuenta que las imágenes han sido hechas por grandes dibujantes, escultores, grabadores, pintores, diseñadores de arte.
Ahora ustedes comparten con esa historia de 73 años la experiencia creativa de dar forma a sus páginas y, en esa medida, un mensaje a muchas personas cuyo rostro jamás verán. No sabemos si con el tiempo alguno de ustedes será un artista reconocido, pero lo que sí sabemos es que para tres mil personas, que es el tiraje de esta revista, ustedes, con sus trazos, les han vuelto la vida más bella. Eso debiera de ser, como lo es para nosotros, motivo de alegría. Alegría y placer que esperamos compartan sus familiares, maestros y autoridades de su escuela. Sabemos que eso puede suceder porque su maestra, Miriam Aguirre, no cabe en sí misma de tanta alegría al ver el esfuerzo que realizaron. Por eso, por el viaje compartido, por el mensaje contenido en sus dibujos: felicidades, y muchas gracias.
Isaac García Venegas
Es para nosotros, los que hacemos la revista Universidad de México, un verdadero placer estar aquí, con ustedes, alumnos, familiares, maestros y autoridades de la escuela secundaria “Antonio José de Sucre”. Conocer gente nueva siempre es un placer. Sin embargo, este placer aumenta cuando con esa gente –en este caso, los alumnos del Taller de Artes Plásticas impartido por Miriam Aguirre– se ha compartido una viaje tan valioso como el que nosotros hemos hecho en el número de la revista que hoy nos reúne.
Sé que son inteligentes y se preguntarán ya, desde ahora, cómo es posible hacer un viaje sin conocerse con anterioridad. Pues bien, he allí la magia del arte y la palabra. Porque cada trazo, cada color, cada palabra, cada frase, tiene un mensaje que busca los ojos, los oídos, la atención de los demás. No es lo mismo el dibujo que se queda en el closet ni el cuento que se guarda en los cajones del escritorio que el dibujo que otros aprecian y el cuento que otros leen y festejan. Lo que hacemos tan sólo tiene sentido cuando llega a otros, y más cuando esos otros no son únicamente los que están con nosotros: la familia, los amigos, las novias o los novios. También son los que viven en otros lugares, incluso en otras épocas, con inquietudes, preguntas y gustos muy distintos a los nuestros.
Por eso, cuando ustedes leen un libro o una revista, cuando ven un pintura, un grabado, una escultura; cuando escuchan una melodía o presencian una danza, es decir, cuando ponen atención a lo que otros les quieren decir, comparten sus experiencias, sus deseos y frustraciones, sus alegrías y dolores. De este modo viajan con ellos por los mares de su vida creativa, y si me permiten decirlo, al hacerlo ustedes mismos se vuelven mejores personas, más listas, más sensibles.
Esto es lo que ha pasado entre nosotros. Las ilustraciones que están plasmadas en esta revista, correspondiente al mes de octubre, son producto de su creatividad. Vistas con atención dicen muchas cosas. Lo mismo sucede con los que escribieron los ensayos, cuentos y poemas para este número. También ellos enfrentaron con valentía y creatividad las hojas en blanco en las que después plasmaron sus palabras. Mejor ustedes que nadie saben lo que es eso: pararse frente a una hoja en blanco que hay que llenar de colores y formas. Lo más valioso de todo es que de este diálogo entre desconocidos surgió un bello número.
Ahora otros más, que no son ni ustedes ni los que escribieron ni los que hicimos este número, encontrarán en él mensajes distintos que les ayudarán a pensar y gozar mejor su vida. Porque ésta es, entre otras cosas, la función de una revista. Por lo menos es la función de nuestra revista que desde hace 73 años alimenta el espíritu de quienes la consultan. En efecto, desde antes que ustedes y sus padres nacieran, tal vez desde antes que sus abuelos nacieran, la revista Universidad de México existe. Apareció por primera vez en un lejano noviembre de 1930 y desde entonces ha publicado 628 números. Si pudiesen revisar las páginas de todos esos números encontrarían que en ellas han escrito los intelectuales más importantes de este país e incluso del extranjero. También se darían cuenta que las imágenes han sido hechas por grandes dibujantes, escultores, grabadores, pintores, diseñadores de arte.
Ahora ustedes comparten con esa historia de 73 años la experiencia creativa de dar forma a sus páginas y, en esa medida, un mensaje a muchas personas cuyo rostro jamás verán. No sabemos si con el tiempo alguno de ustedes será un artista reconocido, pero lo que sí sabemos es que para tres mil personas, que es el tiraje de esta revista, ustedes, con sus trazos, les han vuelto la vida más bella. Eso debiera de ser, como lo es para nosotros, motivo de alegría. Alegría y placer que esperamos compartan sus familiares, maestros y autoridades de su escuela. Sabemos que eso puede suceder porque su maestra, Miriam Aguirre, no cabe en sí misma de tanta alegría al ver el esfuerzo que realizaron. Por eso, por el viaje compartido, por el mensaje contenido en sus dibujos: felicidades, y muchas gracias.
Isaac García Venegas
jueves, mayo 07, 2009
Como Superman...
El regreso a la normalidad me sorprende con una actitud inexistente antes de la influenza. Probablemente tenga que ver con el mensaje presidencial. Hoy me siento como deben sentirse los superhéroes: con capa que ondea por ese viento que sólo acaricia a los victoriosos. Y es que ahora, me entero, soy parte de esos legionarios que salvaron a la humanidad. Soldado de primera trinchera, al igual que millones, logré resistir los ataques de tan funesto virus al que, por cierto, hay que negarle capacidad evolutiva (como si no fuera naturaleza). Y gracias a mí y a esos millones y al general que a cada momento demuestra las dificultades que tiene para leer bien unos cuantos párrafos, podemos decirle a todo el mundo: “!Me debes tu vida!”. Esta nueva sensación, como de supreman en el DF, como de Batman en la baticueva de Ciudad Universitaria, como de spiderman en la Torre Mayor, me inyecta una vitalidad muy parecida a las espinacas de popeye, a la poción de Astérix, y me digo: ¡carajo! Es tan bueno ser un elegido de Dios. Porque a decir verdad, como Jesús, ahora gracias a las muy inteligentes y oportunas medidas del Estado mexicano ante la influenza, los mexicanos logramos un nuevo pacto divino que redime a la humanidad de su propia destrucción. ¡Cómo shingaos no!
sábado, mayo 02, 2009
Elogio a las manos (hoy amenaza de contaminación)




Sin ustedes difícilmente los mortales podrían haber aspirado a tocar lo divino. Nos han acompañado desde que, erectos, descubrimos horizontes. Son ustedes las inventoras de toda herramienta, de toda construcción. En ustedes da inicio lo pensado y un acto de ustedes anuncia la conclusión festiva o fracasada de cualquier idea. Desde siempre han señalado la dirección, el camino, el sendero escogido. Cuando se crispan, anuncian el vértigo de lo incierto o lo temido. Cerradas en sí mismas se tornan arma feroz que contrasta con la tersura de las caricias que obsequian o la violencia de una pasión incontenible. Son ustedes las grandes escritoras, y según dicen, en ustedes está escrita la vida de cada uno: futuro y pasado se dan cita en palmas que también saben de ritmo y alabanza. Bien visto, para entendernos, habría que hacer su historia, porque al igual que vida, muerte llevan en su vivir.
jueves, abril 30, 2009
¡Compló, compló!
He leído gran cantidad de correos electrónicos que identifican esto de la influenza, ahora ya denominada “humana”, con un complot global de Estados Unidos, particularmente de las industrias farmacéuticas, que lo mismo utilizan la ahora muy popular “The Shock Doctrine” que la fabricación de fantasmas pandémicos para vender harto tapaboca. Lo que me pregunto es por qué, ya entrados en teorías de compló, no se alude a un posible mensaje del ejército norteamericano y la industria militar al presidente Obama. Digo, si se acepta que el Ébola y el Sida fueron virus “escapados” de una supuesta fabricación controlada para una muy posible y futura guerra bacteriológica, habría que concluir que esta “influenza humana”, de tan repentina aparición, puede tener el mismo origen. Con la particularidad que sucede en un momento en que la política del presidente Obama está dando pie para que se reconozcan los desatinos del ejército norteamericano en Irak, en Afganistán, en Guantánamo. Un ejército ensalzado y apoyado desmesuradamente por su antecesor Bush. ¿Qué tal si los militares y su industria dejaron ir este virus como ejemplo de la debacle económica a la que puede dar lugar si se les sigue desprestigiando? ¿Y por qué no hacerlo en el traspatio? Porque a fin de cuentas, lo único claro de todo esto es la debacle económica a la que se encamina el país y ya campea en el DF.
La cosa suena descabellada, pero no más que las otras teorías de compló que circulan. Si no es suficiente, aún queda el recurso de ver de nueva cuenta todas las películas del 007 para imaginar nuevos cerebros malévolos dispuestos a apoderarse del planeta.
La cosa suena descabellada, pero no más que las otras teorías de compló que circulan. Si no es suficiente, aún queda el recurso de ver de nueva cuenta todas las películas del 007 para imaginar nuevos cerebros malévolos dispuestos a apoderarse del planeta.
miércoles, abril 29, 2009
En tiempos de influenza porcina (o influencia de los cochinos, cosa que no es novedad)

Andar por las calles de la ciudad de México en estos días es en verdad sorprendente. En primer lugar, uno se topa con ejércitos de tapabocas azules que ejercen una nueva discriminación para el que no trae uno puesto. Quien los ha usado, como médicos o investigadores, saben perfectamente que no sirven más allá de dos horas. Ni siquiera la peste propia es soportable. Ante la falta de tapabocas, la improvisación ha de hacer su aparición: utilizar copas de sostenes femeninos, calzones, y demás, para al menos agregarle ironía a este estado de miedo. En segundo lugar, sorprende esa calma que prevalece en todos lados. El miedo parece condensarse en una nube de calma. Dejemos a un lado la economía, lo que llama poderosamente la atención es el comportamiento. En tercer lugar, uno piensa en todas las canciones que hablan del fin del mundo, como aquella de U2 que dice: “In my dream I was drowning my sorrows/But my sorrows, they learned to swim/Surrounding me, going down on me/ Spilling over the brim/Waves of regret and waves of joy/I reached out for the one I tried to destroy/You...you said you'd wait/'til the end of the World”. O mejor la de Blades, aquella que canta: "Prepárense ciudadanos, se acabó lo que se daba,
a darse el último trago. No se me pueden quejar, el "show" fue bueno y barato; ante el dolor el buen humor es esencial, saca a tu pareja y ponte a bailar la canción del final del mundo./Que no les domine el miedo, no se pongan a gritar; control y nada de nervios, y cuidado con llorar. Para bien o para mal lo mandamos a buscar, y ahora nos llegó la cuenta y tenemos que pagar./Despídete de tu barrio y del mundo en general, y que en la tierra nadie quede sin bailar la canción del final del mundo”. Y al final, a uno le da por pensar en la necesidad de hacer como en la novela de Camus: una fiesta sobre cadáveres, peste y demás. Algo de nosotros hallaremos en esta situación extrema: al menos la importancia de juntarse....
martes, abril 14, 2009
Diálogos infructuosos del sí mismo
Visto desde la altura que me obsequia la distancia lo único que puedo distinguir es la huella de quien ya no está. Y esa huella, que antes me parecía inmediatamente reconocible, hoy tan sólo me parece la de quien sea. Por eso te lo pregunto: ¿cómo es posible que hasta en tus rastros se diluyan tus restos?
miércoles, marzo 11, 2009
Dorian Gray presente o La americanización de la modernidad*
Hace poco más de 12 años, ante lo más granado de la comunidad universitaria, Bolívar
Echeverría definió, en unos cuantos renglones, lo que en su opinión era urgente
rescatar para la propia universidad: la tensión creativa derivada del diálogo
conflictivo entre las ciencias y las humanidades. Esa opinión, tan contundente y tan
crítica de la realidad universitaria entonces y hoy existente, no pudo ser integrada en
el discurso de recepción de los Premios Universidad Nacional que a nombre de los 12
laureados escribió y leyó Eugenio Ley Koo. Al parecer no tenía cabida en lo que el
resto de los premiados pensaba, sobre todo para una ceremonia de esa índole. Así lo
entendió Ley Koo, quien no obstante, haciendo honor al espíritu universitario, decidió
leer íntegramente las líneas que le envió Bolívar Echeverría al final de su propio
discurso.
Para quienes como un servidor conocíamos de manera cercana a Bolívar
Echeverría por los proyectos de investigación que había impulsado dentro de la
facultad de Filosofía y Letras, nos quedó claro que pretendía, ahora, darles un nuevo
giro. Ciertamente en aquellos proyectos habíamos participado filósofos, literatos,
economistas e historiadores, pero a fin de cuentas, su “tensión creativa” se circunscribía
a la experiencia de una misma comunidad de saber: las humanidades. Quedaba la duda
sobre la posibilidad y los alcances del diálogo conflictivo entre ciencias y humanidades
que Bolívar apuntó en aquel diciembre de 1997. Tanto más cuanto que las experiencias
de los proyectos de investigación en los que habíamos participado nos indicaban
que la interdisciplina no es ni puede ser el discorde concierto de múltiples soliloquios
de la especialización en un mismo espacio. Por el contrario, para que ella sea en verdad tal
ha de partir de la convicción plena de la validez del discurso del otro y de la disposición
personal para dejarse invadir y transformar por los discursos ajenos, todo con el fin de
iluminar de manera diversa el objeto de estudio y en esa medida hallar los ángulos
inesperados y vitales.
Ocho años después, diversas circunstancias se conjugaron para que Bolívar
Echeverría fundara un espacio universitario para este “diálogo conflictivo” entre
ciencias y huamnidades que camina por los derroteros de la “tensión creativa”. Sobra
decir que no ha sido fácil. Las inercias del saber universitario, dividido y aislado en su
propia especialización, dificultan los diálogos, el debate y la comprensión. No
obstante, con paciencia y persistencia, a lo largo de poco más de tres años el seminario
universitario “Modernidad: versiones y dimensiones” ha dado pasos decisivos hacia
un modo posible de ser universitario que trascienda el simulacro de los diálogos
cómodos dentro de una misma comunidad de saber, y de los soliloquios especializados
que suelen ser pretexto para comer galletas de animalitos, frutas de temporada y
carnes frías. Presagios de este modo son, además de sus sesiones mensuales y
discusiones por momentos álgidas, los congresos internacionales organizados por el
seminario universitario, que lo mismo convoca a las comunidades y usa las sedes de la
facultad de Ciencias como de Filosofía y Letras. Uno de sus resultados más concretos,
y que no deja de ser un esbozo de lo posible, es precisamente el libro que hoy
presentamos: La americanización de la modernidad.
Hay que decir, de entrada, que no es un libro sencillo. Así como el diálogo
interdisciplinario es exigente, sus productos, particularmente si son libros, demandan
también lectores esforzados. La diversidad del discurso, las ópticas distintas, los
abordajes disímbolos, las valoraciones personales a veces tan distantes, obligan al
lector a incursionar en universos simultáneos que no siempre le son fácilmente
asequibles. Ni modo, todos estamos hechos de inercias. Por eso es más que justa la
conminación que Bolívar como compilador hace al lector: que cada quien calibre si lo
expuesto en este libro le permite enriquecer sus propias ideas sobre la
americanización de la modernidad.
Yo creo que sí, que en este libro hay mucho que enriquece la visión que cada
uno puede tener de la americanización de la modernidad. Lo que a continuación
señalo es una aspecto mínimo de ese enriquecimiento. Se trata de algo un tanto difícil:
¿es posible, dentro de la diversidad de perspectivas que ofrece la filosofía, la historia,
la literatura, la antropología, la astronomía, la economía, la psicología, la física, la
crónica, hacerse una idea más o menos precisa de lo que la americanización de la
modernidad es?, ¿de qué trata el asunto?, ¿qué podemos sacar en claro de esta tensión
creativa?
Parto de una aclaración fundamental hecha por Carlos Monsiváis en su texto
“¿Cómo se dice OK en inglés (de la americanización como arcaísmo y novedad)”?:
"Es muy sencillo definir lo gringo en relación a la invasión de Irak, el FMI, la
cacería de indocumentados en Arizona, el apoyo a la ultraderecha en América
Latina, la prepotencia imperial, la arrogancia de los policías del planeta y el
Segundo Siglo Americano". (pág. 111)
En efecto, es muy sencillo, la americanización de la modernidad supone la existencia
de un país, los Estados Unidos, y ese sólo hecho excita las oposiciones políticas e
ideológicas de los nacionalismos latinoamericanos, de manera muy señalada el
mexicano. Pero es un craso error confundir una cosa con la otra, confundir lo sencillo
de la definición de lo gringo en ciertas circunstancias con la americanización de la
modernidad, que en múltiples aspectos le desborda. En otras palabras, la
americanización de la modernidad es algo mucho más complejo y que en cierto
sentido está más allá de la existencia misma de esa nación. Como lo indica Bolívar
Echeverría en su texto “La ‘modernidad americana’ (claves para su comprensión)":
"La afirmación de la figura histórica de una modernidad capitalista total o
absoluta, que sería aquí lo sustancial (de fondo), esencial o central, tiene en lo
(norte)americano un apoyo que si bien es decisivo no deja de ser formal,
accidental o “retórico” (periférico). Pero hay que observar algo que resulta muy
especial: dado que la afirmación de este tipo radical de modernidad capitalista
es un hecho históricamente único, en verdad irrepetible, el apoyo que ella recibe
de lo (norte)americano adquiere una sustancialidad, esencialidad o centralidad
que lo vuelven indistinguible de ella misma". (pág. 38)
Entonces la americanización de la modernidad alude a un hecho histórico concreto: la
configuración de una modernidad capitalista cuya “pureza” es algo en verdad
novedoso e inédito en la historia misma del capitalismo (que incluso se expresa ya en
la fundación de Estados Unidos, sostiene Ignacio Díaz de la Serna en su texto “La
independencia de Estados Unidos: una singularidad histórica”). A diferencia de lo que
sucedió con su vertiente materna (europea), obligada a los “compromisos” y
“negociaciones” que supone la existencia previa y concomitante de diversos proyectos
civililizatorios que no mueren y tercamente se actualizan una y otra vez aunque sea en
calidad de subordinados, la vertiente americana se erigió sobre una realidad que
careció de tales compromisos, o por lo menos, que no estuvo obligada a compromisos
densos. Y lo hizo con una actitud tan beligerante como la exigida por la “enfadosa”
realidad europea; sólo que frente a una realidad distinta, incluso bondadosa, se
transformó en un modo de ser específicamente americano (progresismo, presentismo
y apoliticismo) que provoca a la vez seducción y repulsión.
Así, a la “radical exigencia” del capitalismo correspondió una “pureza”
americana que aventajó con creces a su antecesora, llegando incluso a convertirse en
su mismo espejo deseado: una vida tan artificialmente seductora como permite la
carencia de “densidad de compromiso” con modos previos de habitar el mundo. Pero
lo que en “(norte)américa” fue y es horizonte de posibilidad en Europa y América
Latina es miopía de elites políticas y económicas, según se infiere del extenso artículo
de Rolando Cordera “México y su economía política de la modernización (hipótesis
para un relato)” y del ya citado de Carlos Monsiváis. Para esas elites tanto “color de la
tierra” que no es precisamente tierra es indigesto: “más vale no verlo, quién quita y así
es más fácil deshacerse de los lastres que nos privan de las mieles de aquel modelito
del norte”.
Esta miopía contribuye en no escasa medida a la confusión y la aversión
automática al tema de la americanización de la modernidad, porque su parte más
visible y atroz es la que se impone con violencia, como lo argumenta Raquel Serur en
“La barbarie del Imperio y la ‘barbarie’ de los bárbaros” y que puede sintetizarse en
aquello que decía el ejecutivo de Sun Microsystems, John Gage: dentro de muy poco el
dilema será “To have lunch or to be lunch”, es decir, “comer o ser comido”. Las elites
latinoamericanas se apresuran a responder que prefieren comer a ser comidos,
aunque ello implique que la mayor parte de la población sea parte del “menú de
oportunidades” que les asimila a la naturaleza explotable. Más vale ni verlos ni oirlos.
Pero en tanto que concreción histórica de la modernidad capitalista y en tanto
que modo de ser que fascina y repele, y que abarca cultura, comportamientos,
actitudes, disposición, y formas organizativas de la ciencia y la tecnología (veáse el
texto de Manuel Peimbert “La americanización de la ciencia”), se ha expandido de
manera incontenible. "El planeta –escribe Monsiváis– está americanizado". (pág. 99)
Esta sentencia, en apariencia lapidaria, en verdad destaca otra cosa: fuera de sus
fronteras, de sus horizontes de posibilidad, esa modernidad capitalista radical sigue
enfrentando los múltiples óbices de proyectos civilizatorios que por su mera
existencia le ofrecen resistencia. Los procesos de adaptación y de recepción de la
americanización de la modernidad en diversas partes del orbe la vuelven
irreconocible incluso para ella misma. Escribe Monsiváis:
"En cada país, la americanización no es un proceso mecánico. Se toma lo que se
considera indispensable y lo que impone la moda, y de inmediato los procesos de
asimilación intervienen. Así se produce lo que, sin reservas, podría llamarse “la
mexicanización de la americanización”, algo muy distinto del acto de
“desnacionalizarse”. (pág. 103)
En otras palabras: para la “pureza” de la modernidad capitalista es la molestia de que
no todo sea el abundante y despoblado Oeste. ¡Que coraje no poder volverlo todo
gesta del cowboys!, ¡cuánta energía gastar para convencer a los demás de que están
allí para ser dominados como la naturaleza misma o para aceptarse solamente como
mercancía!
De alguna manera esta “molestia” es lo que le sucede al psicoanálisis
estadunidense que, como nos informa Roberto Castro en su texto “El psicoanálisis en
la así llamada ‘modernidad’: Estados Unidos”, se convirtió en una rama de la salud que
se ocupa de “sujetos susceptibles de readaptarse a las leyes del mercado, pero no se
ocupa o no le importan los problemas emocionales del sujeto que no cumpla con un
mínimo de posibilidades para hacer frente a ese sistema socioeconómico”. (pág. 211)
Según esto, para psicoanálisis estadunidense, Charlot es un desperdicio completo,
irremediable, sin posibilidad de incorporarse de nueva cuenta al luminoso mundo
productivo que Chaplin describe, actúa y denuncia en Tiempos modernos.
Pero fuera de Estados Unidos esta pretensión no sólo se “mexicaniza” sino que,
por paradójico que parezca, se “freudaniza”: Charlot es objeto de preocupación para el
psicoanálisis, de aquel que fundó Freud. Quiero decir: allende las fronteras del
psicoanálisis estadunidense dominante, siguen siendo vitales los problemas
emocionales del sujeto y Freud es estudiando una y otra vez sin ser necesariamente
sometido a la sombra pragmática del ejecutivo de cuenta de una compañía
aseguradora.
Algo similar sucede con las confusiones a las que da lugar el término “gender” y
género, que al americanizase –escribe Marta Lamas en “Feminismo y americanización:
la hegemonía académica de gender– “ha llevado paulatinamente al ‘borramiento’ de la
diferencia sexual en las reflexiones y teorizaciones feministas”. (pág. 233) Por fortuna
para los estudios de género y para molestia de la “americanización del género” hay
esfuerzos teóricos importantes por escapar a este “borramiento”. Tanta precisión
desde los ámbitos sumamente impuros de la modernidad capitalista deben ser
verdaderamente molestos para la pureza de la modernidad capitalista americana. Y es
que, sea como fuere, la densidad de los compromisos pesa demasiado para la
superficie lustrosa de la americanización.
Pero tampoco dentro de las fronteras de la modernidad capitalista radical
existe el consenso y la homogeneidad que una muy propalada visión banal de Estados
Unidos difunde. Esto nos lo muestra con claridad Jorge Juanes en su disertación sobre
el arte pop, al que le atribuye la ruptura del arte aurático, “distanciado de los avatares
de la cotidianidad y dirigido a las élites egregias”. (pág. 249) De Warhol, uno de sus
mayores y mejores exponentes, nos dice que es
"…un artista trágico que detecta, en el corazón de la banalidad, el tedio de la vida
moderna, e incluso la catástrofe, la descomposición y el horror que la acosan por
doquiera casi como un hecho natural. […] la obra de Warhol se entrometa en el
corazón de la sociedad del espectáculo, y utiliza los medios de comunicación y la
mecánica de la reproductibilidad técnica, guiado por el propósito de mostrar,
por una parte, el proceso de homogeneización de las conciencias en torno a las
imágenes inscritas en la mercancía estetizada (incluidos los personajes
mediáticos), mientras que por la otra, y valiéndose de las mismas imágenes
utilizadas por el sistema, saca a la luz la violencia y sus desastres subyacentes".
(pág. 259)
Así como Warhol, es posible que al interior de sus mismas fronteras exista una
cantidad inmensa de sujetos que también realizan sus procesos de asimilación de la
americanización y que no sólo echan mano del arsenal que esa modernidad radical les
brinda sino de aquellos lastres que en forma de migrantes “invaden” el territorio de
los cowboys. Eso sucede, por ejemplo, con la formación de científicos en Estados
Unidos: llegan de todos lados y se van con la impronta americana en la producción
científica, pero ¿no queda algo de ellos, una impronta que a su modo subvierte
mínimamente esa misma producción?, ¿no hay una pequeña traslación en el sentido y
alcance de las preguntas e inquietudes que les agobian a esos migrantes científicos? Es
el freeware y el shareware frente al software monopolizado por Windows y Apple.
Esta ida y vuelta se percibe, también, en un medio que si bien no se exime de
pretensiones de dominio, apela a la seducción de la difusión. Como el personaje José
Marquina lo expresa de manera hilarante en su texto “De John Wayne a Al Pacino o
cómo aprendí a no preocuparme y amar el cine norteamericano”:
"El cine norteamericano se impone en el mundo por el poder de su industria, por
su calidad, por la propaganda, porque hemos crecido con él y con él hemos
aprendido a ver el cine, porque no se podrían ver de corrido tres películas de
Bergman o de Tarkovski sin caer en un estado catatónico, pero sí se pueden ver
tres películas de aventuras e irse a la cama a soñar con Maureen O’Hara, Fay
Wray o Verónica Leig”. (pág. 306)
Y en efecto, esa imposición‐difusión es en gran medida artíifice de la incontenible
expansión de la americanización de la modernidad en todo el orbe, como lo reconoce
José María Pérez Gay en su escrito “Anatomía de una tentación”. A partir de la década
de los 30 la magia del cine facilita el espectáculo seductor de América moderna. De allí
a la fascinación por la tecnología y la americanización del cyberespacio hay apenas un
suspiro de 70 años.
En fin, si una respuesta precisa hay que dar a la pregunta de qué es la
americanización de la modernidad desde la tensión creativa a la que convoca Bolívar
Echeverría diría lo siguiente: ella es Dorian Grey. Cuando mira hacia Europa encuentra
aquel retrato vetusto que tanto le disgusta; fastidiado por ese otro que no puede tirar
ni destruir, baja la mirada para darse de bruces con un Frankenstein al que no le
reconoce el más mínimo parentesco aunque en buena medida sea su creador y
mentor. Sitiado en su perfección artificial se pregunta cansinamente si no sería mejor
que todo fuese a su imagen y semejanza. Despliega sus fuerzas y encanto para
lograrlo, pero una y otra vez el retrato le devuelve un rostro que aborrece y los
vientos del sur le hacen llegar la sombra de una aberración que le desconcierta.
Encerrado en sí mismo se apresta para dar una vez más la batalla. Toma su sombrero
de cowboy y comienza, de nuevo, la embestida…
P.D. Conviene tener presente algo: resistir y asimilar no significa superar. Si acaso
tangencialmente tocado en este libro, ha de quedar claro que la única manera de
acabar con Dorian Grey y Frankenstein es saliendo del cuento. Es decir, una modernidad
no capitalista.
*Texto leído en la presentación del libro La americanización de la modernidad
el 10 de marzo de 2009 en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Echeverría definió, en unos cuantos renglones, lo que en su opinión era urgente
rescatar para la propia universidad: la tensión creativa derivada del diálogo
conflictivo entre las ciencias y las humanidades. Esa opinión, tan contundente y tan
crítica de la realidad universitaria entonces y hoy existente, no pudo ser integrada en
el discurso de recepción de los Premios Universidad Nacional que a nombre de los 12
laureados escribió y leyó Eugenio Ley Koo. Al parecer no tenía cabida en lo que el
resto de los premiados pensaba, sobre todo para una ceremonia de esa índole. Así lo
entendió Ley Koo, quien no obstante, haciendo honor al espíritu universitario, decidió
leer íntegramente las líneas que le envió Bolívar Echeverría al final de su propio
discurso.
Para quienes como un servidor conocíamos de manera cercana a Bolívar
Echeverría por los proyectos de investigación que había impulsado dentro de la
facultad de Filosofía y Letras, nos quedó claro que pretendía, ahora, darles un nuevo
giro. Ciertamente en aquellos proyectos habíamos participado filósofos, literatos,
economistas e historiadores, pero a fin de cuentas, su “tensión creativa” se circunscribía
a la experiencia de una misma comunidad de saber: las humanidades. Quedaba la duda
sobre la posibilidad y los alcances del diálogo conflictivo entre ciencias y humanidades
que Bolívar apuntó en aquel diciembre de 1997. Tanto más cuanto que las experiencias
de los proyectos de investigación en los que habíamos participado nos indicaban
que la interdisciplina no es ni puede ser el discorde concierto de múltiples soliloquios
de la especialización en un mismo espacio. Por el contrario, para que ella sea en verdad tal
ha de partir de la convicción plena de la validez del discurso del otro y de la disposición
personal para dejarse invadir y transformar por los discursos ajenos, todo con el fin de
iluminar de manera diversa el objeto de estudio y en esa medida hallar los ángulos
inesperados y vitales.
Ocho años después, diversas circunstancias se conjugaron para que Bolívar
Echeverría fundara un espacio universitario para este “diálogo conflictivo” entre
ciencias y huamnidades que camina por los derroteros de la “tensión creativa”. Sobra
decir que no ha sido fácil. Las inercias del saber universitario, dividido y aislado en su
propia especialización, dificultan los diálogos, el debate y la comprensión. No
obstante, con paciencia y persistencia, a lo largo de poco más de tres años el seminario
universitario “Modernidad: versiones y dimensiones” ha dado pasos decisivos hacia
un modo posible de ser universitario que trascienda el simulacro de los diálogos
cómodos dentro de una misma comunidad de saber, y de los soliloquios especializados
que suelen ser pretexto para comer galletas de animalitos, frutas de temporada y
carnes frías. Presagios de este modo son, además de sus sesiones mensuales y
discusiones por momentos álgidas, los congresos internacionales organizados por el
seminario universitario, que lo mismo convoca a las comunidades y usa las sedes de la
facultad de Ciencias como de Filosofía y Letras. Uno de sus resultados más concretos,
y que no deja de ser un esbozo de lo posible, es precisamente el libro que hoy
presentamos: La americanización de la modernidad.
Hay que decir, de entrada, que no es un libro sencillo. Así como el diálogo
interdisciplinario es exigente, sus productos, particularmente si son libros, demandan
también lectores esforzados. La diversidad del discurso, las ópticas distintas, los
abordajes disímbolos, las valoraciones personales a veces tan distantes, obligan al
lector a incursionar en universos simultáneos que no siempre le son fácilmente
asequibles. Ni modo, todos estamos hechos de inercias. Por eso es más que justa la
conminación que Bolívar como compilador hace al lector: que cada quien calibre si lo
expuesto en este libro le permite enriquecer sus propias ideas sobre la
americanización de la modernidad.
Yo creo que sí, que en este libro hay mucho que enriquece la visión que cada
uno puede tener de la americanización de la modernidad. Lo que a continuación
señalo es una aspecto mínimo de ese enriquecimiento. Se trata de algo un tanto difícil:
¿es posible, dentro de la diversidad de perspectivas que ofrece la filosofía, la historia,
la literatura, la antropología, la astronomía, la economía, la psicología, la física, la
crónica, hacerse una idea más o menos precisa de lo que la americanización de la
modernidad es?, ¿de qué trata el asunto?, ¿qué podemos sacar en claro de esta tensión
creativa?
Parto de una aclaración fundamental hecha por Carlos Monsiváis en su texto
“¿Cómo se dice OK en inglés (de la americanización como arcaísmo y novedad)”?:
"Es muy sencillo definir lo gringo en relación a la invasión de Irak, el FMI, la
cacería de indocumentados en Arizona, el apoyo a la ultraderecha en América
Latina, la prepotencia imperial, la arrogancia de los policías del planeta y el
Segundo Siglo Americano". (pág. 111)
En efecto, es muy sencillo, la americanización de la modernidad supone la existencia
de un país, los Estados Unidos, y ese sólo hecho excita las oposiciones políticas e
ideológicas de los nacionalismos latinoamericanos, de manera muy señalada el
mexicano. Pero es un craso error confundir una cosa con la otra, confundir lo sencillo
de la definición de lo gringo en ciertas circunstancias con la americanización de la
modernidad, que en múltiples aspectos le desborda. En otras palabras, la
americanización de la modernidad es algo mucho más complejo y que en cierto
sentido está más allá de la existencia misma de esa nación. Como lo indica Bolívar
Echeverría en su texto “La ‘modernidad americana’ (claves para su comprensión)":
"La afirmación de la figura histórica de una modernidad capitalista total o
absoluta, que sería aquí lo sustancial (de fondo), esencial o central, tiene en lo
(norte)americano un apoyo que si bien es decisivo no deja de ser formal,
accidental o “retórico” (periférico). Pero hay que observar algo que resulta muy
especial: dado que la afirmación de este tipo radical de modernidad capitalista
es un hecho históricamente único, en verdad irrepetible, el apoyo que ella recibe
de lo (norte)americano adquiere una sustancialidad, esencialidad o centralidad
que lo vuelven indistinguible de ella misma". (pág. 38)
Entonces la americanización de la modernidad alude a un hecho histórico concreto: la
configuración de una modernidad capitalista cuya “pureza” es algo en verdad
novedoso e inédito en la historia misma del capitalismo (que incluso se expresa ya en
la fundación de Estados Unidos, sostiene Ignacio Díaz de la Serna en su texto “La
independencia de Estados Unidos: una singularidad histórica”). A diferencia de lo que
sucedió con su vertiente materna (europea), obligada a los “compromisos” y
“negociaciones” que supone la existencia previa y concomitante de diversos proyectos
civililizatorios que no mueren y tercamente se actualizan una y otra vez aunque sea en
calidad de subordinados, la vertiente americana se erigió sobre una realidad que
careció de tales compromisos, o por lo menos, que no estuvo obligada a compromisos
densos. Y lo hizo con una actitud tan beligerante como la exigida por la “enfadosa”
realidad europea; sólo que frente a una realidad distinta, incluso bondadosa, se
transformó en un modo de ser específicamente americano (progresismo, presentismo
y apoliticismo) que provoca a la vez seducción y repulsión.
Así, a la “radical exigencia” del capitalismo correspondió una “pureza”
americana que aventajó con creces a su antecesora, llegando incluso a convertirse en
su mismo espejo deseado: una vida tan artificialmente seductora como permite la
carencia de “densidad de compromiso” con modos previos de habitar el mundo. Pero
lo que en “(norte)américa” fue y es horizonte de posibilidad en Europa y América
Latina es miopía de elites políticas y económicas, según se infiere del extenso artículo
de Rolando Cordera “México y su economía política de la modernización (hipótesis
para un relato)” y del ya citado de Carlos Monsiváis. Para esas elites tanto “color de la
tierra” que no es precisamente tierra es indigesto: “más vale no verlo, quién quita y así
es más fácil deshacerse de los lastres que nos privan de las mieles de aquel modelito
del norte”.
Esta miopía contribuye en no escasa medida a la confusión y la aversión
automática al tema de la americanización de la modernidad, porque su parte más
visible y atroz es la que se impone con violencia, como lo argumenta Raquel Serur en
“La barbarie del Imperio y la ‘barbarie’ de los bárbaros” y que puede sintetizarse en
aquello que decía el ejecutivo de Sun Microsystems, John Gage: dentro de muy poco el
dilema será “To have lunch or to be lunch”, es decir, “comer o ser comido”. Las elites
latinoamericanas se apresuran a responder que prefieren comer a ser comidos,
aunque ello implique que la mayor parte de la población sea parte del “menú de
oportunidades” que les asimila a la naturaleza explotable. Más vale ni verlos ni oirlos.
Pero en tanto que concreción histórica de la modernidad capitalista y en tanto
que modo de ser que fascina y repele, y que abarca cultura, comportamientos,
actitudes, disposición, y formas organizativas de la ciencia y la tecnología (veáse el
texto de Manuel Peimbert “La americanización de la ciencia”), se ha expandido de
manera incontenible. "El planeta –escribe Monsiváis– está americanizado". (pág. 99)
Esta sentencia, en apariencia lapidaria, en verdad destaca otra cosa: fuera de sus
fronteras, de sus horizontes de posibilidad, esa modernidad capitalista radical sigue
enfrentando los múltiples óbices de proyectos civilizatorios que por su mera
existencia le ofrecen resistencia. Los procesos de adaptación y de recepción de la
americanización de la modernidad en diversas partes del orbe la vuelven
irreconocible incluso para ella misma. Escribe Monsiváis:
"En cada país, la americanización no es un proceso mecánico. Se toma lo que se
considera indispensable y lo que impone la moda, y de inmediato los procesos de
asimilación intervienen. Así se produce lo que, sin reservas, podría llamarse “la
mexicanización de la americanización”, algo muy distinto del acto de
“desnacionalizarse”. (pág. 103)
En otras palabras: para la “pureza” de la modernidad capitalista es la molestia de que
no todo sea el abundante y despoblado Oeste. ¡Que coraje no poder volverlo todo
gesta del cowboys!, ¡cuánta energía gastar para convencer a los demás de que están
allí para ser dominados como la naturaleza misma o para aceptarse solamente como
mercancía!
De alguna manera esta “molestia” es lo que le sucede al psicoanálisis
estadunidense que, como nos informa Roberto Castro en su texto “El psicoanálisis en
la así llamada ‘modernidad’: Estados Unidos”, se convirtió en una rama de la salud que
se ocupa de “sujetos susceptibles de readaptarse a las leyes del mercado, pero no se
ocupa o no le importan los problemas emocionales del sujeto que no cumpla con un
mínimo de posibilidades para hacer frente a ese sistema socioeconómico”. (pág. 211)
Según esto, para psicoanálisis estadunidense, Charlot es un desperdicio completo,
irremediable, sin posibilidad de incorporarse de nueva cuenta al luminoso mundo
productivo que Chaplin describe, actúa y denuncia en Tiempos modernos.
Pero fuera de Estados Unidos esta pretensión no sólo se “mexicaniza” sino que,
por paradójico que parezca, se “freudaniza”: Charlot es objeto de preocupación para el
psicoanálisis, de aquel que fundó Freud. Quiero decir: allende las fronteras del
psicoanálisis estadunidense dominante, siguen siendo vitales los problemas
emocionales del sujeto y Freud es estudiando una y otra vez sin ser necesariamente
sometido a la sombra pragmática del ejecutivo de cuenta de una compañía
aseguradora.
Algo similar sucede con las confusiones a las que da lugar el término “gender” y
género, que al americanizase –escribe Marta Lamas en “Feminismo y americanización:
la hegemonía académica de gender– “ha llevado paulatinamente al ‘borramiento’ de la
diferencia sexual en las reflexiones y teorizaciones feministas”. (pág. 233) Por fortuna
para los estudios de género y para molestia de la “americanización del género” hay
esfuerzos teóricos importantes por escapar a este “borramiento”. Tanta precisión
desde los ámbitos sumamente impuros de la modernidad capitalista deben ser
verdaderamente molestos para la pureza de la modernidad capitalista americana. Y es
que, sea como fuere, la densidad de los compromisos pesa demasiado para la
superficie lustrosa de la americanización.
Pero tampoco dentro de las fronteras de la modernidad capitalista radical
existe el consenso y la homogeneidad que una muy propalada visión banal de Estados
Unidos difunde. Esto nos lo muestra con claridad Jorge Juanes en su disertación sobre
el arte pop, al que le atribuye la ruptura del arte aurático, “distanciado de los avatares
de la cotidianidad y dirigido a las élites egregias”. (pág. 249) De Warhol, uno de sus
mayores y mejores exponentes, nos dice que es
"…un artista trágico que detecta, en el corazón de la banalidad, el tedio de la vida
moderna, e incluso la catástrofe, la descomposición y el horror que la acosan por
doquiera casi como un hecho natural. […] la obra de Warhol se entrometa en el
corazón de la sociedad del espectáculo, y utiliza los medios de comunicación y la
mecánica de la reproductibilidad técnica, guiado por el propósito de mostrar,
por una parte, el proceso de homogeneización de las conciencias en torno a las
imágenes inscritas en la mercancía estetizada (incluidos los personajes
mediáticos), mientras que por la otra, y valiéndose de las mismas imágenes
utilizadas por el sistema, saca a la luz la violencia y sus desastres subyacentes".
(pág. 259)
Así como Warhol, es posible que al interior de sus mismas fronteras exista una
cantidad inmensa de sujetos que también realizan sus procesos de asimilación de la
americanización y que no sólo echan mano del arsenal que esa modernidad radical les
brinda sino de aquellos lastres que en forma de migrantes “invaden” el territorio de
los cowboys. Eso sucede, por ejemplo, con la formación de científicos en Estados
Unidos: llegan de todos lados y se van con la impronta americana en la producción
científica, pero ¿no queda algo de ellos, una impronta que a su modo subvierte
mínimamente esa misma producción?, ¿no hay una pequeña traslación en el sentido y
alcance de las preguntas e inquietudes que les agobian a esos migrantes científicos? Es
el freeware y el shareware frente al software monopolizado por Windows y Apple.
Esta ida y vuelta se percibe, también, en un medio que si bien no se exime de
pretensiones de dominio, apela a la seducción de la difusión. Como el personaje José
Marquina lo expresa de manera hilarante en su texto “De John Wayne a Al Pacino o
cómo aprendí a no preocuparme y amar el cine norteamericano”:
"El cine norteamericano se impone en el mundo por el poder de su industria, por
su calidad, por la propaganda, porque hemos crecido con él y con él hemos
aprendido a ver el cine, porque no se podrían ver de corrido tres películas de
Bergman o de Tarkovski sin caer en un estado catatónico, pero sí se pueden ver
tres películas de aventuras e irse a la cama a soñar con Maureen O’Hara, Fay
Wray o Verónica Leig”. (pág. 306)
Y en efecto, esa imposición‐difusión es en gran medida artíifice de la incontenible
expansión de la americanización de la modernidad en todo el orbe, como lo reconoce
José María Pérez Gay en su escrito “Anatomía de una tentación”. A partir de la década
de los 30 la magia del cine facilita el espectáculo seductor de América moderna. De allí
a la fascinación por la tecnología y la americanización del cyberespacio hay apenas un
suspiro de 70 años.
En fin, si una respuesta precisa hay que dar a la pregunta de qué es la
americanización de la modernidad desde la tensión creativa a la que convoca Bolívar
Echeverría diría lo siguiente: ella es Dorian Grey. Cuando mira hacia Europa encuentra
aquel retrato vetusto que tanto le disgusta; fastidiado por ese otro que no puede tirar
ni destruir, baja la mirada para darse de bruces con un Frankenstein al que no le
reconoce el más mínimo parentesco aunque en buena medida sea su creador y
mentor. Sitiado en su perfección artificial se pregunta cansinamente si no sería mejor
que todo fuese a su imagen y semejanza. Despliega sus fuerzas y encanto para
lograrlo, pero una y otra vez el retrato le devuelve un rostro que aborrece y los
vientos del sur le hacen llegar la sombra de una aberración que le desconcierta.
Encerrado en sí mismo se apresta para dar una vez más la batalla. Toma su sombrero
de cowboy y comienza, de nuevo, la embestida…
P.D. Conviene tener presente algo: resistir y asimilar no significa superar. Si acaso
tangencialmente tocado en este libro, ha de quedar claro que la única manera de
acabar con Dorian Grey y Frankenstein es saliendo del cuento. Es decir, una modernidad
no capitalista.
*Texto leído en la presentación del libro La americanización de la modernidad
el 10 de marzo de 2009 en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
martes, marzo 10, 2009
viernes, marzo 06, 2009
La americanización de la modernidad
Este lunes 9 de marzo se presenta el libro La americanización de la modernidad, coordinado por Bolívar Echeverría. La cita es a las 12 del día en el salón de actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
La presentación correrá a cargo de
Stefan Gandler
Isaac García Venegas
Carlos Oliva
Diana Fuentes
La presentación correrá a cargo de
Stefan Gandler
Isaac García Venegas
Carlos Oliva
Diana Fuentes
viernes, febrero 20, 2009
Manifiesto inútil
No es un fantasma lo que recorre el país ni una inconformidad organizada que levanta olas de protesta. Es un malestar profundo. Es la conciencia clara de estar enfermos de algo. En los mercados, en los centros de trabajo, en las plazas, en los lugares de reunión el rumor amorfo que lo dice crece. Se lo escucha lo mismo entre las amas de casa que entre los padres de familia, entre los jóvenes que entre los adultos, entre los fanáticos del fútbol que entre académicos, periodistas e intelectuales. Nuestro país está enfermo. La crisis, la delincuencia, la corrupción, la ineptitud, todo ello son únicamente supuraciones del malestar profundo.
En estas condiciones nos piden, nos exigen votar. La vendimia ha comenzado. La “clase política” apresta sus mejores sonrisas, sus promesas vanas, sus decires estereotipados, sus invocaciones a la patria y al futuro. Lo hacen porque hay dinero y mucho. Nuestra “clase política” cree y afirma la distancia entre ellos y nosotros, los mortales, con cifras llenas de ceros que les benefician. Sin decirlo confirman: la razón la dan los ceros de los cheques quincenales.
Nosotros lo mortales vivimos azorados y dispersos. Atomizados. En nuestros universos particulares padecemos los desatinos de intereses económicos que se hacen pasar por exigencias nacionales. Y nos gana la depresión cuando no la desidia. Organizarse suena a historia de locos, a plazas llenas, a tropicalismos de toda índole.
La solución es más sencilla: ante la evaporación de las instituciones estatales, generemos una inestabilidad institucional que obligue a la redefinición de nuestro país y sus instituciones. Vayamos a votar en julio pero anulemos el voto: que por primera vez en la historia de este país la cantidad de votos anulados sea mayor a la de los votos válidos. Manifestemos así nuestra inconformidad. Hagamos de nuestra atomización la fuerza de una inconformidad electoral muy clara. Digamos ya no más con la anulación de nuestro voto. Sólo necesitamos esto.
En estas condiciones nos piden, nos exigen votar. La vendimia ha comenzado. La “clase política” apresta sus mejores sonrisas, sus promesas vanas, sus decires estereotipados, sus invocaciones a la patria y al futuro. Lo hacen porque hay dinero y mucho. Nuestra “clase política” cree y afirma la distancia entre ellos y nosotros, los mortales, con cifras llenas de ceros que les benefician. Sin decirlo confirman: la razón la dan los ceros de los cheques quincenales.
Nosotros lo mortales vivimos azorados y dispersos. Atomizados. En nuestros universos particulares padecemos los desatinos de intereses económicos que se hacen pasar por exigencias nacionales. Y nos gana la depresión cuando no la desidia. Organizarse suena a historia de locos, a plazas llenas, a tropicalismos de toda índole.
La solución es más sencilla: ante la evaporación de las instituciones estatales, generemos una inestabilidad institucional que obligue a la redefinición de nuestro país y sus instituciones. Vayamos a votar en julio pero anulemos el voto: que por primera vez en la historia de este país la cantidad de votos anulados sea mayor a la de los votos válidos. Manifestemos así nuestra inconformidad. Hagamos de nuestra atomización la fuerza de una inconformidad electoral muy clara. Digamos ya no más con la anulación de nuestro voto. Sólo necesitamos esto.
domingo, febrero 08, 2009
Pena de muerte
Me sorprende el abordaje. El interlocutor pretende ingresar a la clase política pública. Le acompañan cuatro mujeres cuyo físico parece de revista. Me habla de la pena de muerte, de la propuesta de su partido, de la necesidad de luchar contra el crimen. Su decir no es precisamente elocuente pero sí apabullante: habla, habla, habla. Hasta que me hace la pregunta inevitable: "¿no crees que si un secuestrador o un asesino saben que serán ejecutados se lo piensen dos veces antes de hacer un acto criminal?". Sonrío, y le respondo que no.
–¿Por qué no?, ¿crees en esa propaganda nefasta que dice que la pena de muerte no disminuye los actos criminales?.
–Lo que creo –respondo– es que los secuestradores y criminales creen tanto en la suerte como tú o como yo, y muchos de ellos viven convencidos de que son unos profesionales, razón por la cual no piensan en ser siquiera detenidos. Además –prosigo–, si la suerte falla o la profesionalización no es tan evidente, queda el recurso de la corrupción, de la cual, por cierto, tu partido sabe mucho.
Mi interlocutor comienza a hacer gestos de protesta. Yo continuo con la misma lógica apabullante de la que hizo gala hace unos momentos:
–Lo que no entiendo es cómo proponen algo de manera tan torpe. Quiero decir: siguiendo la lógica de tu partido, al que le gusta tanto el dinero, debieran de argumentar algo indiscutible: el gasto que implica tener presos es muy elevado. Matarlos es en el fondo una decisión económica, pues implica gran ahorro para el Estado. Evidentemente dadas las condiciones de las cárceles de este país, la "readaptación" no es una inversión, sino un gasto. En tiempos de crisis cualquier ahorro es necesario. Debieran hacer tablas comparativas de gastos entre una condena y una ejecución. Saldrían bien librados en esta comparación. Y lo que es mejor: dejarían de ser los hipócritas que son al menos en este aspecto. Claro, el único problema es que como bien sabe tu partido, las condiciones de impartición de justicia en este país son un misterio laberíntico, por lo que seguramente muchos inocentes morirían y muchos culpables seguirían libres como hasta hoy (de esto saben mucho los dirigentes de tu partido). Pero en términos de ahorro, lo mismo da a quién se mate ¿no?.
Sonrío y sigo mi camino. Me sorprende tanto imbécil aspirando a cargo público...
–¿Por qué no?, ¿crees en esa propaganda nefasta que dice que la pena de muerte no disminuye los actos criminales?.
–Lo que creo –respondo– es que los secuestradores y criminales creen tanto en la suerte como tú o como yo, y muchos de ellos viven convencidos de que son unos profesionales, razón por la cual no piensan en ser siquiera detenidos. Además –prosigo–, si la suerte falla o la profesionalización no es tan evidente, queda el recurso de la corrupción, de la cual, por cierto, tu partido sabe mucho.
Mi interlocutor comienza a hacer gestos de protesta. Yo continuo con la misma lógica apabullante de la que hizo gala hace unos momentos:
–Lo que no entiendo es cómo proponen algo de manera tan torpe. Quiero decir: siguiendo la lógica de tu partido, al que le gusta tanto el dinero, debieran de argumentar algo indiscutible: el gasto que implica tener presos es muy elevado. Matarlos es en el fondo una decisión económica, pues implica gran ahorro para el Estado. Evidentemente dadas las condiciones de las cárceles de este país, la "readaptación" no es una inversión, sino un gasto. En tiempos de crisis cualquier ahorro es necesario. Debieran hacer tablas comparativas de gastos entre una condena y una ejecución. Saldrían bien librados en esta comparación. Y lo que es mejor: dejarían de ser los hipócritas que son al menos en este aspecto. Claro, el único problema es que como bien sabe tu partido, las condiciones de impartición de justicia en este país son un misterio laberíntico, por lo que seguramente muchos inocentes morirían y muchos culpables seguirían libres como hasta hoy (de esto saben mucho los dirigentes de tu partido). Pero en términos de ahorro, lo mismo da a quién se mate ¿no?.
Sonrío y sigo mi camino. Me sorprende tanto imbécil aspirando a cargo público...
jueves, enero 22, 2009
Ave errante
Ave errante me dices sin saber lo certero que es tu decir. Ave errante soy: vuelo sin rumbo por donde los vientos me lleven. Y es que volar, creo, es tomar la distancia suficiente para ver el panorama, y cuando sea necesario, lanzarse en picada para lograr acercamientos o cazar el alimento preciso. Los vientos, por supuesto, no son vientos cualquiera. En mi caso son los que prometen el tormento necesario para vivir. Nada me genera más horror que la idea de un corazón entumecido, un nervio adormilado, una duda postergada. Por eso camino, erro por el mundo.
Erro; es decir: vagabundeo y cometo yerros, deambulo y no suelo darle a aquello a lo que apunto. Mis miradas erran tanto como mis pasos y mis palabras. Lo cierto es que ni el error ni el desatino han sido tan brutales como aquel frío de hierro que preludia el entierro. Será porque me aferro al vuelo. Ave errante, me dices, y pienso: no podría ser de otro modo.
Erro; es decir: vagabundeo y cometo yerros, deambulo y no suelo darle a aquello a lo que apunto. Mis miradas erran tanto como mis pasos y mis palabras. Lo cierto es que ni el error ni el desatino han sido tan brutales como aquel frío de hierro que preludia el entierro. Será porque me aferro al vuelo. Ave errante, me dices, y pienso: no podría ser de otro modo.
Soledades Urbanas 2
... no la redime ni un dildo ni un musculito...
Julio Pesina, Culpable de nada, Conaculta (Fondo Editorial Tierra Adentro), México, 2008. Esta novela obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera/The Border of Words 2007-2008
Julio Pesina, Culpable de nada, Conaculta (Fondo Editorial Tierra Adentro), México, 2008. Esta novela obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera/The Border of Words 2007-2008
sábado, enero 17, 2009
Soledades urbanas
En la urbe la soledad no se diluye ni hay modo de redimirla. Ella, la soledad, transita incesante como auto de sangre en sangre; de mirada en mirada; de paso en paso; de duda en duda; de dolores en dolores; de paraísos en paraísos...
Julio Pesina, Culpable de nada, Conaculta (Fondo Editorial Tierra Adentro), México, 2008. Esta novela obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera/The Border of Words 2007-2008
Julio Pesina, Culpable de nada, Conaculta (Fondo Editorial Tierra Adentro), México, 2008. Esta novela obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera/The Border of Words 2007-2008
miércoles, noviembre 19, 2008
Novedades de la sinrazón
La decisión de Encinas de renunciar a la secretaría general del PRD ha despertado reacciones interesantes. Ayer, Baluanzarán, el secretario de formación política del PRD, dijo con voz grave, seria, de acólito que ya se sueña obispo, que muy probablemente AMLO no dio permiso a Encinas para asumir el cargo. En su opinión, lo mejor hubiese sido que la aceptase. Lo mismo piensa, curiosamente, Dolores Padierna, que durante el conflicto electoral interno del partido, acusó a Belaunzarán de golpeador y vendido. Hoy ambos coinciden.
Es una maravilla esto de la política.
Tan lo es que integrantes de la corriente Izquierda Social no ven lo mismo: para Roberto López lo mejor hubiese sido que Encinas aceptara el cargo, mientras que Batres consideró correcto que no lo hiciera. Al final, el secretario de desarrollo social del gobierno capitalino cometió una pifia que lo exhibe a plenitud. Según La Jornada, afirmó que “El partido no lo hace el presidente ni el secretario, sino los simpatizantes, y el fallo del tribunal electoral sólo se refiere a esos cargos. Por fortuna, los magistrados no pueden influir más, pero desafortunadamente metieron la mano.” (Subrayado personal). ¿Qué tal? ¡Vivan los simpatizantes!, ¡adiós los militantes!
Que lo diga un destacado dirigente del PRD pone de manifiesto una triste realidad de ese partido: allí los que salen sobrando son sus militantes. Da lo mismo quién lo dirija como presidente o como secretario general. La decisión no les compete a sus integrantes sino a los externos: al TRIFE en un caso, a los simpatizantes en el otro.
No se ve cómo pueda el nuevo movimiento de Encinas rescatar al PRD, en primer lugar, porque según su decir, el problema es que una bola de malosos se enquistaron en la burocracia del partido (ergo: el partido ha de tener su burocracia, pero no contaminada por malosos), y en segundo, porque en el fondo, aunque sin ruptura, ni sus mismos dirigentes creen en ese partido que, por definición, debería estar formado por sus militantes antes que por sus inestables simpatizantes. Esto de ver en la propia fuerza pura carne de cañón es justamente la visión que puede ofrecer una burocracia.
Te digo, es una maravilla esto de la política.
Es una maravilla esto de la política.
Tan lo es que integrantes de la corriente Izquierda Social no ven lo mismo: para Roberto López lo mejor hubiese sido que Encinas aceptara el cargo, mientras que Batres consideró correcto que no lo hiciera. Al final, el secretario de desarrollo social del gobierno capitalino cometió una pifia que lo exhibe a plenitud. Según La Jornada, afirmó que “El partido no lo hace el presidente ni el secretario, sino los simpatizantes, y el fallo del tribunal electoral sólo se refiere a esos cargos. Por fortuna, los magistrados no pueden influir más, pero desafortunadamente metieron la mano.” (Subrayado personal). ¿Qué tal? ¡Vivan los simpatizantes!, ¡adiós los militantes!
Que lo diga un destacado dirigente del PRD pone de manifiesto una triste realidad de ese partido: allí los que salen sobrando son sus militantes. Da lo mismo quién lo dirija como presidente o como secretario general. La decisión no les compete a sus integrantes sino a los externos: al TRIFE en un caso, a los simpatizantes en el otro.
No se ve cómo pueda el nuevo movimiento de Encinas rescatar al PRD, en primer lugar, porque según su decir, el problema es que una bola de malosos se enquistaron en la burocracia del partido (ergo: el partido ha de tener su burocracia, pero no contaminada por malosos), y en segundo, porque en el fondo, aunque sin ruptura, ni sus mismos dirigentes creen en ese partido que, por definición, debería estar formado por sus militantes antes que por sus inestables simpatizantes. Esto de ver en la propia fuerza pura carne de cañón es justamente la visión que puede ofrecer una burocracia.
Te digo, es una maravilla esto de la política.
martes, noviembre 18, 2008
Sin respuesta
No tengo respuesta. O mejor dicho, la tengo pero no suele agradar. Cuando me preguntan ese tipo de cosas lo que en realidad solicitan son puntos programáticos de acción, partiendo del supuesto de que dichas acciones deben ser de “envergadura”, “masivas” y “notorias”. Para eso no tengo respuesta. Yo hago lo que me parece necesario hacer. Que este hacer no incide en las cimas de la política ni en reflectores es otra cosa. Para quienes como tú eso exigen, yo no puedo ser interlocutor. Soy, como me dice mi tío, un renegado de la política, o en otras palabras, una promesa frustrada, como me lo repito yo ante el espejo. Un amigo dice no entender por qué no soy diputado; otra conocida suele espetarme que no comprende cómo es que me gusta derrochar inteligencia en lugares que no trascienden. ¿Qué te puedo decir? Los afanes de trascendencia no forman parte de mi equipaje.
He decidido compartirte una reflexión sobre lo que me preguntas. No pretendo agradarte ni convencerte, pero cruel se me hace dejarte el silencio como respuesta. Además escribo esto al vuelo del águila. Tiene seguramente contradicciones y lagunas, pero esto es lo único que puedo hacer, decir para que diciendo otros digan. Ya veremos qué sale. Tómalo como lo que es: un simple borrador que con el tiempo se llena de tachones, reestructuraciones parciales o completas…
Hace tiempo, Adolfo Gilly decía que había que empezar de nuevo. Yo creo que sí. Hay que comenzar de nuevo. Tengo la impresión de que la izquierda, si no quiere perecer en el simulacro de sí misma, ha de empezar de nuevo. El problema, obviamente, es por dónde empezar. Yo tengo la impresión que un buen punto de partida es rescatar el concepto mismo de izquierda; sacudirle todos los lastres, todos los fangos, todas las tergiversaciones que padece. Hay que hacerlo no sólo para combatir a la derecha, sino para evitar que los simulacros de izquierda la entierren en beneficio del capital.
Me desconcierta tantas adjetivaciones que se le cuelgan a la izquierda, y no sólo por sus adversarios, sino por los que dicen representarla: izquierda social, izquierda humanista, izquierda moderna, izquierda responsable, izquierda negociadora, izquierda conciliadora, izquierda radical, etcétera. Creo que todo esto es lo que en primera instancia hay que esclarecer.
Para ser tal, la izquierda es moderna. No puede no serlo; nació con la modernidad, es su producto, su hija. Pero hay que tener cuidado: es moderna en tanto que entiende los alcances de la revolución de las fuerzas productivas; no porque sea complaciente con el status quo propuesto por el capital. Es moderna porque sabe que las condiciones del sistema capitalista no son el fin de la historia. Es moderna porque exige más, mucho más, de lo que el capital está dispuesto a dar aunque tenga las posibilidades de dar más. Es moderna porque comprende que “exigir más” es, a fin de cuentas, superar al capital mismo, particularmente en todo lo que de aberrante, injusto y destructivo tiene.
La izquierda es, por definición, social. Entiende los riesgos y lo avieso que significa reducir lo social al status de mercancía. Está alerta y se esfuerza por no sucumbir ante los cantos de cisne teóricos que, por un lado, oponen individuo y sociedad, y por el otro, que parten del supuesto de “la mano oculta del mercado”. Lo suyo es una mejor sociedad; no la administración de sucedáneos eficaces para soportar la explotación. Para la izquierda, en un sistema de explotación, no hay armonía posible. Sabe que la explotación genera dos tipos de grupos sociales: lo que se benefician de ello y los que, con su trabajo, sostienen el beneficio de aquellos. La contradicción es insoslayable, no tiene punto de mediación que no sea una mera ficción. La izquierda lo sabe. La izquierda sabe que pese a todo lo dicho hasta hoy, sigue existiendo, acendrada, la división en clases sociales. Si es social es porque la izquierda piensa en un sistema en donde la explotación desaparezca, y por tanto, la sociedad se modifique a tal extremo que sea mejor para todos sus integrantes. En ello no hay negociación posible.
Ella es humanista. La izquierda piensa, tematiza, y lleva a su concreción los proyectos del humanismo. La izquierda no subsume el valor de uso al valor de cambio, y por tanto, hace de la dimensión humana, de la producción y el goce humanos, una plenitud que libera al hombre de la alienación al que lo somete el capital. Es humanista porque su lucha se dirige contra la escisión que en el capitalismo aparece como natural y evidente. La izquierda lucha por un humano completo, no escindido. No lo añora, porque en verdad nunca ha existido este hombre. La izquierda, con su crítica al capitalismo, lo ha inventado teóricamente; resta crearlo objetivamente.
Por eso, la izquierda es responsable. Es responsable para con el humano mismo. Para ella su deber es su razón de ser. Su coherencia reside precisamente en eso: en que está del lado de lo humano, de lo social, no del capital ni de la explotación. Lo suyo es la liberación y la igualdad, no la explotación ni desigualdad ni lo corporativo. Lo suyo es la radicalidad en cuanto a lo humano, no la mediocridad en cuanto al capital. Porque hasta en eso la izquierda se distingue de los que, convencidos de la necesidad de eliminar todas las contradicciones al menos en el imaginario, prefieren la moderación de la explotación, la moderación de la desigualdad, la moderación de la mercantilización de lo humano, la moderación del capitalismo, pero no su desaparición. Quienes proceden así, son mediocres hasta como capitalistas, hasta como sombras de la derecha. La vocación de la izquierda no es conciliar la contradicción, sino superarla. De eso se trata. Nada de esto es negociable. Es como la vida: se impone sobre la muerte, pero no hay negociación posible entre una y otra; no se puede estar “medio” vivo ni “medio” muerto.
Lo demás es pura condescendencia con el capital y con la derecha. Ser de izquierda supone todo esto y más. Es un modo de ser, es una forma de ver el mundo, es una militancia. Es ser un soldado de una guerra que existe pero que se niega. Es saber que se tiene adversarios inteligentes, coherentes, cabrones. Es amarrarse al mástil de la nave ante sus cantos, pero escucharlos, analizarlos, vencerlos. Es no tener pena por saber que en esta lucha han de existir los derrotados. Pero sobre todo, es saber que cada uno de nosotros, en el momento cotidiano, sufre y padece derrotas una y otra vez. Es mirarse y saberse no sólo tentado, sino incluso en más de una ocasión, incorporado por el capital. Es, por tanto, purificarse a uno mismo en un proceder estratégico que permita, a su vez, ir derrotando cotidianamente esa parte de nosotros mismos.
Ya.
He decidido compartirte una reflexión sobre lo que me preguntas. No pretendo agradarte ni convencerte, pero cruel se me hace dejarte el silencio como respuesta. Además escribo esto al vuelo del águila. Tiene seguramente contradicciones y lagunas, pero esto es lo único que puedo hacer, decir para que diciendo otros digan. Ya veremos qué sale. Tómalo como lo que es: un simple borrador que con el tiempo se llena de tachones, reestructuraciones parciales o completas…
Hace tiempo, Adolfo Gilly decía que había que empezar de nuevo. Yo creo que sí. Hay que comenzar de nuevo. Tengo la impresión de que la izquierda, si no quiere perecer en el simulacro de sí misma, ha de empezar de nuevo. El problema, obviamente, es por dónde empezar. Yo tengo la impresión que un buen punto de partida es rescatar el concepto mismo de izquierda; sacudirle todos los lastres, todos los fangos, todas las tergiversaciones que padece. Hay que hacerlo no sólo para combatir a la derecha, sino para evitar que los simulacros de izquierda la entierren en beneficio del capital.
Me desconcierta tantas adjetivaciones que se le cuelgan a la izquierda, y no sólo por sus adversarios, sino por los que dicen representarla: izquierda social, izquierda humanista, izquierda moderna, izquierda responsable, izquierda negociadora, izquierda conciliadora, izquierda radical, etcétera. Creo que todo esto es lo que en primera instancia hay que esclarecer.
Para ser tal, la izquierda es moderna. No puede no serlo; nació con la modernidad, es su producto, su hija. Pero hay que tener cuidado: es moderna en tanto que entiende los alcances de la revolución de las fuerzas productivas; no porque sea complaciente con el status quo propuesto por el capital. Es moderna porque sabe que las condiciones del sistema capitalista no son el fin de la historia. Es moderna porque exige más, mucho más, de lo que el capital está dispuesto a dar aunque tenga las posibilidades de dar más. Es moderna porque comprende que “exigir más” es, a fin de cuentas, superar al capital mismo, particularmente en todo lo que de aberrante, injusto y destructivo tiene.
La izquierda es, por definición, social. Entiende los riesgos y lo avieso que significa reducir lo social al status de mercancía. Está alerta y se esfuerza por no sucumbir ante los cantos de cisne teóricos que, por un lado, oponen individuo y sociedad, y por el otro, que parten del supuesto de “la mano oculta del mercado”. Lo suyo es una mejor sociedad; no la administración de sucedáneos eficaces para soportar la explotación. Para la izquierda, en un sistema de explotación, no hay armonía posible. Sabe que la explotación genera dos tipos de grupos sociales: lo que se benefician de ello y los que, con su trabajo, sostienen el beneficio de aquellos. La contradicción es insoslayable, no tiene punto de mediación que no sea una mera ficción. La izquierda lo sabe. La izquierda sabe que pese a todo lo dicho hasta hoy, sigue existiendo, acendrada, la división en clases sociales. Si es social es porque la izquierda piensa en un sistema en donde la explotación desaparezca, y por tanto, la sociedad se modifique a tal extremo que sea mejor para todos sus integrantes. En ello no hay negociación posible.
Ella es humanista. La izquierda piensa, tematiza, y lleva a su concreción los proyectos del humanismo. La izquierda no subsume el valor de uso al valor de cambio, y por tanto, hace de la dimensión humana, de la producción y el goce humanos, una plenitud que libera al hombre de la alienación al que lo somete el capital. Es humanista porque su lucha se dirige contra la escisión que en el capitalismo aparece como natural y evidente. La izquierda lucha por un humano completo, no escindido. No lo añora, porque en verdad nunca ha existido este hombre. La izquierda, con su crítica al capitalismo, lo ha inventado teóricamente; resta crearlo objetivamente.
Por eso, la izquierda es responsable. Es responsable para con el humano mismo. Para ella su deber es su razón de ser. Su coherencia reside precisamente en eso: en que está del lado de lo humano, de lo social, no del capital ni de la explotación. Lo suyo es la liberación y la igualdad, no la explotación ni desigualdad ni lo corporativo. Lo suyo es la radicalidad en cuanto a lo humano, no la mediocridad en cuanto al capital. Porque hasta en eso la izquierda se distingue de los que, convencidos de la necesidad de eliminar todas las contradicciones al menos en el imaginario, prefieren la moderación de la explotación, la moderación de la desigualdad, la moderación de la mercantilización de lo humano, la moderación del capitalismo, pero no su desaparición. Quienes proceden así, son mediocres hasta como capitalistas, hasta como sombras de la derecha. La vocación de la izquierda no es conciliar la contradicción, sino superarla. De eso se trata. Nada de esto es negociable. Es como la vida: se impone sobre la muerte, pero no hay negociación posible entre una y otra; no se puede estar “medio” vivo ni “medio” muerto.
Lo demás es pura condescendencia con el capital y con la derecha. Ser de izquierda supone todo esto y más. Es un modo de ser, es una forma de ver el mundo, es una militancia. Es ser un soldado de una guerra que existe pero que se niega. Es saber que se tiene adversarios inteligentes, coherentes, cabrones. Es amarrarse al mástil de la nave ante sus cantos, pero escucharlos, analizarlos, vencerlos. Es no tener pena por saber que en esta lucha han de existir los derrotados. Pero sobre todo, es saber que cada uno de nosotros, en el momento cotidiano, sufre y padece derrotas una y otra vez. Es mirarse y saberse no sólo tentado, sino incluso en más de una ocasión, incorporado por el capital. Es, por tanto, purificarse a uno mismo en un proceder estratégico que permita, a su vez, ir derrotando cotidianamente esa parte de nosotros mismos.
Ya.
viernes, noviembre 14, 2008
Mafia, mafia, siempre mafia
Con respecto a la decisión del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, afirma López Orador: “voy a decir por ahora una sola cosa: ese tribunal electoral está controlado por la mafia de la política. Eso es lo único que voy a decir”. La declaración, con todo lo cierta que pueda ser, suena a berrinche, a enojo, a molestia. Lo que AMLO tendría que explicar es por qué una decisión justa tendría, necesariamente, que favorecer a Encinas. Porque el problema es que precisamente por el tono de su declaración, pareciera que justicia es equivalente a la venia del susodicho. Lo cual es lo que supone se halla en el fondo de aquella mafia que tanto combate: que toman decisiones acorde con su voluntad e interés particular.
Pero si esto es así, y si la raíz de una mafia está en tomar decisiones sin otra consideración que el interés particular, entonces habría que convenir que tanto en el “no” como la “oposición” también hay mafias. Y que AMLO es el capo de una de ellas. Pareciese que la oposición, real y verdadera, únicamente se halla de su lado, y que aquellas que dicen serlo pero que marcan distancia de sus planteamientos, tan sólo son comparsas de la “mafia de la política”.
Con esto no quiero decir que Nueva Izquierda, encabezada por los chuchos, sean oposición alguna. El pragmatismo e instinto acomodaticio de esta corriente perredista son proverbiales. Echaron mano a todo para quedarse con el partido. Actuaron efectivamente como una mafia, cuyo proceder, hay que decirlo, tampoco está ausente en las filas lopezobradoristas. Son en buena medida una pésima calca de la derecha. En el fondo, lo que sucede al interior del PRD puede ser visto como una disputa de mafias en torno a un tema redituable (por incorporable y económicamente compensatorio): la oposición.
Queda por ver si efectivamente AMLO fundará su nuevo partido. La reaparición de Bejarano con su movimiento nacional por la esperanza es un indicio claro, aunque es un pésimo augurio de las bases con las que contará el nuevo partido. Ciertamente en todas las corrientes, como en todos los partidos políticos, hay gente que importa, luchadora, honesta, convencida. Sin embargo, esas personas, no son regla ni toman decisiones dentro de las mafias de cualquier índole. Al contrario, languidecen en la terrible decisión de tener optar, siempre, por lo menos “pior”.
Pero si esto es así, y si la raíz de una mafia está en tomar decisiones sin otra consideración que el interés particular, entonces habría que convenir que tanto en el “no” como la “oposición” también hay mafias. Y que AMLO es el capo de una de ellas. Pareciese que la oposición, real y verdadera, únicamente se halla de su lado, y que aquellas que dicen serlo pero que marcan distancia de sus planteamientos, tan sólo son comparsas de la “mafia de la política”.
Con esto no quiero decir que Nueva Izquierda, encabezada por los chuchos, sean oposición alguna. El pragmatismo e instinto acomodaticio de esta corriente perredista son proverbiales. Echaron mano a todo para quedarse con el partido. Actuaron efectivamente como una mafia, cuyo proceder, hay que decirlo, tampoco está ausente en las filas lopezobradoristas. Son en buena medida una pésima calca de la derecha. En el fondo, lo que sucede al interior del PRD puede ser visto como una disputa de mafias en torno a un tema redituable (por incorporable y económicamente compensatorio): la oposición.
Queda por ver si efectivamente AMLO fundará su nuevo partido. La reaparición de Bejarano con su movimiento nacional por la esperanza es un indicio claro, aunque es un pésimo augurio de las bases con las que contará el nuevo partido. Ciertamente en todas las corrientes, como en todos los partidos políticos, hay gente que importa, luchadora, honesta, convencida. Sin embargo, esas personas, no son regla ni toman decisiones dentro de las mafias de cualquier índole. Al contrario, languidecen en la terrible decisión de tener optar, siempre, por lo menos “pior”.
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