La vida es la bronca, dices, y uno asiente sintiendo todas las cicatrices del cuerpo, del alma, de la mirada. Pero tú bien sabes el secreto: con música la bronca se sublima y deja de ser solo padecimiento; se vuelve habitable, quiero decir, vivible. Invitándonos a tu nave de blues nos has hecho comprenderlo. Por eso, de la nostalgia a la alegría del momento irrepetible, del encuentro amoroso que naufraga en la piel al desencuentro tortuoso que navega en el alcohol, tu música, tus arreglos, tus composiciones, tus letras, nos han salvado con la bendición de fuego propia de letra y música que de alma negra llega por barcos y trenes, esclavitud y exploración, ansiedad de libertad y necesidad de amor.
No sé, José, de música y poco de palabras. Sin embargo, te veo y te escucho, y me digo que esta bronca letal que te invade es también tu decisión de volverte completamente música. Veo tu cuerpo hecho de notas ondulantes que asidas del aire se dispersan, tocando cada poro de piel que te escucha. Eres voz, eres palabra, eres compás y ritmo, eres estado de ánimo, eres parte de aquella nota más alta que buscaba la luna como realización. Si la vida es la bronca, la tuya es hoy poesía y ganas de vida, es amor y desamor, encuentros y desencuentros. ¿Hay alguna respuesta más serena para la eterna pregunta de qué es la vida?
Así es José: hay quien da a tu bronca el nombre de una enfermedad; yo, que soy incapaz de hacerlo, la miento como música vuelto cuerpo. Eso eres José: la nota precisa que ya alcanzó eternidad.
Isaac García Venegas
Ciudad de México
5 de agosto de 2007
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
domingo, agosto 05, 2007
martes, julio 24, 2007
Majestuosidad
Ir al correo y encontrarse un toro de lidia vigilando la entrada. Por este inesperado encuentro, ser consciente de su majestuosidad. Hallar en su pétrea mirada la bravura de la que abusan valientes bípedos. Tener ganas, entonces, de disculparse por tanta sangre, por tanto abuso, por convertirlo en adorno de ruedo vociferante. Hincarse para reconocer un lejano pariente de minotauro y observar en las sombras que le bañan la constelación de sagitario en los cielos terrestres. Añorar el laberinto y dudar de la heroicidad de Teseo. Desear por un momento ser toro de lidia para mirar este mundo antropocéntrico, esta desviación de la naturaleza. Ser presa del solo instinto sin darle razones. Regresar a la realidad y percatarse que aquí esta naturaleza está acorralada por paralelográmicos pensamientos. Razón instrumental que nos degrada. Mirar en derredor para topar de frente con el desierto. Hasta que una sonrisa conocida rompe el hechizo de este viaje sin sentido.
Isaac García Venegas
lunes, julio 02, 2007
Hipótesis
En ese ejercicio tan común y hasta cierto punto banal de hacer comparaciones y hallar diferencias, propongo la siguiente hipótesis de trabajo que habré de desarrollar con el tiempo:
A. México y América Latina vivimos teatralizando: jugamos un juego de gestualidad que sublima las contradicciones.
B. Estados Unidos vive en la más plena artificialidad: creen haber anulado las contradicciones con el artificio del gadget, cuya primera fuente es el orden en lo exterior, la represión y el miedo en el interior.
A. México y América Latina vivimos teatralizando: jugamos un juego de gestualidad que sublima las contradicciones.
B. Estados Unidos vive en la más plena artificialidad: creen haber anulado las contradicciones con el artificio del gadget, cuya primera fuente es el orden en lo exterior, la represión y el miedo en el interior.
jueves, junio 07, 2007
Basura
“Somos basura” dice la madre de una de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Es decir, la mujer despojada de su humanidad, objeto desechable que está allí para “adquirirse” y “usarse” sin mayor trascendencia que la satisfacción del goloso. Así, la mujer-objeto ha sufrido una mutación: se ha vuelto provisional, con fecha de caducidad inserta en la satisfacción de un deseo. Se le tira porque una vez cumplido su “papel” de satisfacción se impone otra exigencia: “la novedad”. En este nuevo derrotero, el amor se torna ya en vieja usanza para los que no saben vivir con las exigencias de lo nuevo. La estabilidad no está en la compañía, sino en la superlativa individualidad que halla su identificación en el desenfrenado goce de la acumulación desechable.
Precisamente por lo anterior, resulta absurdo ver lo que ocurre en Juárez como una “excepción”, como una “locura”, como una simple “saña” que cometen pervertidos y anormales. Se trata de la desnuda y brutal lógica de un “sistema” que ha eliminado todas las fronteras entre lo humano y la mercancía, que desde el poder del dinero (vieja fórmula: D-M-D) asimila lo “humano” a la “naturaleza”, y por tanto, lo encuentra como objeto a ser explotado y usado en beneficio propio, como se ha hecho desde hace cinco siglos. Lo que sucede en Juárez no es una “rareza”, por el contrario, es el desenlace lógico de un sistema cuyo éxito es haberlo mercantilizado prácticamente todo, incluido el cuerpo humano.
En este sentido, lo que sucede en Juárez es la expresión de una lógica que se manifiesta brutalmente en todos los espacios posibles: la venta de órganos, no ya por unos que les extraen a otros sus perlas vitales, sino por los mismos individuos que deciden vender un riñón, una córnea, sangre o médula espinal; la persecución y asesinato de homosexuales y transexuales; la ejecución y desmenuzamiento corporal de narcotraficantes y camellos; las relaciones sociales que se circunscriben a ser meros “contactos” estilo “chat” en el mundo; los noviazgos y el sexo cibernético… Es aquí, en este enorme proceso mercantil, de “desechamiento” y “novedad”, de “provisionalidad” de las objetos, que lo de Juárez adquiere su verdadera dimensión.
Por supuesto, la aplicación de la justicia es necesaria y urgente. No hay acción que sobre en este sentido. Pero tan exigente como ello es la urgencia de cambiar este sistema. Aun la justicia hecha en este mundo de mercancías es, simplemente, una mercancía más.
Precisamente por lo anterior, resulta absurdo ver lo que ocurre en Juárez como una “excepción”, como una “locura”, como una simple “saña” que cometen pervertidos y anormales. Se trata de la desnuda y brutal lógica de un “sistema” que ha eliminado todas las fronteras entre lo humano y la mercancía, que desde el poder del dinero (vieja fórmula: D-M-D) asimila lo “humano” a la “naturaleza”, y por tanto, lo encuentra como objeto a ser explotado y usado en beneficio propio, como se ha hecho desde hace cinco siglos. Lo que sucede en Juárez no es una “rareza”, por el contrario, es el desenlace lógico de un sistema cuyo éxito es haberlo mercantilizado prácticamente todo, incluido el cuerpo humano.
En este sentido, lo que sucede en Juárez es la expresión de una lógica que se manifiesta brutalmente en todos los espacios posibles: la venta de órganos, no ya por unos que les extraen a otros sus perlas vitales, sino por los mismos individuos que deciden vender un riñón, una córnea, sangre o médula espinal; la persecución y asesinato de homosexuales y transexuales; la ejecución y desmenuzamiento corporal de narcotraficantes y camellos; las relaciones sociales que se circunscriben a ser meros “contactos” estilo “chat” en el mundo; los noviazgos y el sexo cibernético… Es aquí, en este enorme proceso mercantil, de “desechamiento” y “novedad”, de “provisionalidad” de las objetos, que lo de Juárez adquiere su verdadera dimensión.
Por supuesto, la aplicación de la justicia es necesaria y urgente. No hay acción que sobre en este sentido. Pero tan exigente como ello es la urgencia de cambiar este sistema. Aun la justicia hecha en este mundo de mercancías es, simplemente, una mercancía más.
lunes, junio 04, 2007
miércoles, mayo 30, 2007
Parafraseando
Leo a Harold Bloom. Me pierdo en sus eruditas elucubraciones. Sólo se me ocurre hacer algo parecido a una paráfrasis, de muy mala factura por cierto:
Vida: don que mengua; dejemos como única herencia el regocijo de no pretender atrapar vientos.
Vida: don que mengua; dejemos como única herencia el regocijo de no pretender atrapar vientos.
sábado, marzo 10, 2007
Los impresentables
Desde las alturas cualquier inferioridad resulta impresentable. Desde el poder lo único presentable son las “nubes celestiales” de su propio autoelogio, mientras que los márgenes y las inferioridades son siempre los infiernos que, por definición, le son impresentables. Desde el privilegio únicamente su propia realidad es presentable. Y los privilegios no son exclusivos de las derechas; también, por desgracia, existen entre las que se autodefinen “izquierdas”.
Impresentable fue la “chusma” que hizo la independencia, que luchó contra las invasiones extranjeras, que vertió su sangre en la revolución. Impresentables también fueron los jóvenes que se opusieron a la “dictadura perfecta” y que por eso padecieron el fuego, la sangre y la represión. Impresentables para la irracional opresión masculina son las mujeres que se niegan a cumplir su “histórico papel” de sumisión y de objeto sexual. Impresentables para los burgueses son los obreros y campesinos. Siempre impresentables para los ricos son los pobres. Impresentable para la “alta cultura” es la “cultura popular”.
Pero son esos impresentables los que le dan sentido a este país, los que alimentan las elucubraciones sofisticadas de la “alta cultura”, los que generan el plusvalor que permite a unos cuantos vivir parasitariamente en nuestro país y en el mundo. Esos impresentables son los que hoy ya no parecen estar de acuerdo con la “normalidad del silencio”, con el rezo de que unos cuantos saben mejor que ellos lo que merecen y les conviene, con la “tranquila idea” de delegar en esos pocos lo que su propio andar marca como horizonte.
A nadie debe asustar que sean ellos, los impresentables, los que hoy irrumpen en el escenario nacional y citadino para decir sus verdades y para gobernarse a sí mismos. Lo que horroriza es que entre los que se dicen de “izquierda” haya quien utilice este epíteto para descalificar a los que han demostrado con creces que el Faro de Oriente no depende ni de títulos ni de apellidos ni del abolengo del que supone ser presentable.
Los impresentables están del lado de las mejores causas, del lado izquierdo. Felicitémonos porque el Faro de Oriente continúa del lado que vale la pena.
Texto en apoyo al nombramiento de Agustín Estrada como director del Faro de Oriente
Impresentable fue la “chusma” que hizo la independencia, que luchó contra las invasiones extranjeras, que vertió su sangre en la revolución. Impresentables también fueron los jóvenes que se opusieron a la “dictadura perfecta” y que por eso padecieron el fuego, la sangre y la represión. Impresentables para la irracional opresión masculina son las mujeres que se niegan a cumplir su “histórico papel” de sumisión y de objeto sexual. Impresentables para los burgueses son los obreros y campesinos. Siempre impresentables para los ricos son los pobres. Impresentable para la “alta cultura” es la “cultura popular”.
Pero son esos impresentables los que le dan sentido a este país, los que alimentan las elucubraciones sofisticadas de la “alta cultura”, los que generan el plusvalor que permite a unos cuantos vivir parasitariamente en nuestro país y en el mundo. Esos impresentables son los que hoy ya no parecen estar de acuerdo con la “normalidad del silencio”, con el rezo de que unos cuantos saben mejor que ellos lo que merecen y les conviene, con la “tranquila idea” de delegar en esos pocos lo que su propio andar marca como horizonte.
A nadie debe asustar que sean ellos, los impresentables, los que hoy irrumpen en el escenario nacional y citadino para decir sus verdades y para gobernarse a sí mismos. Lo que horroriza es que entre los que se dicen de “izquierda” haya quien utilice este epíteto para descalificar a los que han demostrado con creces que el Faro de Oriente no depende ni de títulos ni de apellidos ni del abolengo del que supone ser presentable.
Los impresentables están del lado de las mejores causas, del lado izquierdo. Felicitémonos porque el Faro de Oriente continúa del lado que vale la pena.
Texto en apoyo al nombramiento de Agustín Estrada como director del Faro de Oriente
lunes, marzo 05, 2007
Vuelta de siglo: luminoso y esperanzador
Desde que comencé a leer libros, hace ya bastantes años, me inventé un juego que pronto se convirtió en costumbre: al concluir la lectura de un libro, debía yo de pensar espontáneamente en una o dos palabras que en su inmediatez permanecieran indefectiblemente ancladas al libro en cuestión. El juego pronto reveló las limitaciones propias de mi lenguaje, que obviamente con el tiempo he ampliado. Este juego, inocente y trivial, ya forma parte cotidiana de mi forma de leer.
Si confieso lo anterior es para señalar que al terminar de leer el libro que hoy nos convoca, Vuelta de siglo, de Bolívar Echeverría, vinieron a mi cabeza dos palabras: luminoso y esperanzador. Lo que a continuación diré tiene que ver precisamente con algunas de las razones y motivos por los que el conjunto de ensayos que lo conforman me parecieron lo uno y lo otro.
Cuando yo entré a estudiar a esta facultad, allá por 1991, el “mundo socialista” daba sus últimas patadas de ahogado. Recuerdo que en las charlas de bienvenida, muchos de mis compañeros estaban convencidos de su vocación para la historia contemporánea. Sin embargo, conforme el “socialismo realmente existente” se desmoronaba, a la mayoría le bastó un semestre para cambiar sus intereses: el que no se dedicó a asuntos prehispánicos se fue a historia del arte; algunos más decidieron asentarse en el siglo XIX, y muy pocos permanecieron con preocupaciones contemporáneas. Este cambio súbito de interés me llamó mucho la atención.
En ese entonces sospeché que en realidad lo que sucedía es que estábamos frente a la “carencia” o “insuficiencia” de elementos con los cuales analizar la realidad que se nos presentaba cotidianamente. En nuestro caso, como estudiantes, atribuía la situación a la ignorancia que nos caracterizaba, pero la explicación perdía su validez al considerar a nuestros maestros, muchos de los cuales, antes aguerridos comunistas, ahora reculaban de sus anteriores convicciones, y muy probablemente echaban al cesto de la basura sus libros de Marx, que por cierto, se acumulaban en las librerías de viejo formando alteros enormes.
Esta misma sensación de carencia, o si se prefiere, de orfandad, me asaltó cuando la aparición del EZLN, el surgimiento de los movimientos antisistémicos, y particularmente con la larga huelga que vivimos en nuestra universidad en 1999. Pensaba que de manera generalizada aún no teníamos elementos con los que analizar la realidad, salvo honrosas excepciones, como el caso de Bolívar Echeverría, en cuyo seminario, que durante tres años tuvimos de manera ininterrumpida (1994-1997) y posteriormente de manera intermitente, abordábamos el análisis de estos procesos desde la perspectiva del cuádruple ethos de la modernidad. Allí, invitados al “mirador” que Bolívar Echeverría había pacientemente elaborado sin abandonar la perspectiva de Marx, nos hicimos de un modo de ver que nos ayudó a comprender y explicar esta nueva realidad que se presentaba ante nuestros ojos.
Ahora, la relectura conjunta de estos ensayos contenidos en Vuelta de siglo, me confirman, una vez más, lo atinado y luminoso (por la claridad que proporciona), de lo que sucedió en aquellos años de nuestro seminario. A lo largo de estas páginas encontramos una mirada nítida que efectivamente cumple con su propia aspiración: el “desciframiento del sentido enigmático que presentan los datos más relevantes de esta vuelta de siglo”.
En primer lugar, Bolívar Echeverría nos dice que en esta vuelta de siglo nos encontramos ante un nuevo sistema civilizatorio que puede ser identificado por diversos fenómenos relacionados directamente con la actividad del autor y con la actividad de instituciones como la UNAM. Me refiero a la “pérdida de hegemonía de la alta cultura” y de su personaje más singular, el homo legens, al que Bolívar Echeverría define como “el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura”.
El autor, con toda razón, afirma que lo que se tambalea, que lo que está en cuestión, no es el libro y la lectura, sino “el uso tradicional, canonizador y jerarquizante de los libros y la lectura; un uso que ha servido durante tantos siglos a la reproducción del orden y la jerarquía imperantes en la sociedad de la modernidad capitalista”. En lo personal creo que precisamente a esto se debió en gran medida aquella sensación de desamparo a la que hice referencia al principio. Lo que hoy Bolívar Echeverría tematiza como un signo de cambio civilizatorio, lo hubimos de padecer primero como perplejidad.
Lo interesante es que el autor no se abandonó a la parálisis, que es uno de los caminos a los que conduce la perplejidad. Reactualizando una serie de principios teórico filosóficos provenientes de Marx y la teoría crítica, y sobre todo, reivindicando un modo y una manera hispana, latinoamericana y mexicana de hacer “filosofía sin más”, construyó un mirador desde el cual observar este tránsito civilizatorio. Desde allí, Bolívar Echeverría da cuenta de dos fenómenos que también marcan nítidamente este nuevo comienzo civilizatorio.
Por un lado, el autor señala que la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo está llevando a cabo una actualización religiosa de lo político, que va precisamente en contra de uno de los principios más caros de la modernidad: la secularización del mundo, su “desencantamiento”. En realidad, nos dice Bolívar Echeverría, no es que Dios haya muerto, sino que solamente cambió su sustentación: “Confiar en la ‘mano oculta del mercado’ como la conductora última de la vida social implica creer en un dios, en una entidad metapolítica, ajena a la autarquía y la autonomía de los seres humanos, que detenta sin embargo la capacidad de instaurar para ellos una sociedad política, de darle a ésta una forma y de guiarla por la historia”. En esta vuelta de siglo lo que vivimos es una religión profana, fundada en el fetichismo de la mercancía: vivimos, dice el autor, el reencantamiento frío o económico del mundo.
Por otro lado, en este pseudoateísmo de la modernidad capitalista en la vuelta de siglo, lo que prevalece, lo que impera sin cortapisa alguna, es una violencia destructiva que carece del núcleo creativo de la violencia dialéctica o trascendente por la que la humanidad había transitado durante siglos. Se trata, fundamentalmente, de una violencia de las cosas mismas. Afirma Bolívar Echeverría:
"La violencia moderna no actúa sobre el individuo singular sólo desde fuera de él, desde los otros individuos singulares o desde la comunidad –como sucede en condiciones no modernas– sino que lo hace sobre todo desde dentro de él mismo, en tanto que es un propietario de mercancía que ha interiorizado en su ethos el impulso productivista del capital, dirigido a someter todo brote de ‘forma natural’ que aparezca en el mundo. Esta perversión de su empleo, que junta en uno a la víctima y al verdugo, es lo que marca la especificidad de la violencia moderna".
Una violencia que si bien durante el proceso en el que la técnica no había alcanzado los niveles de desarrollo actuales, se monopolizaba y era ejercida por los estados nacionales, hoy que pasa precisamente lo contrario, aparece un “nación posnacional” que la ejerce de manera brutal sin importarle que monte un caballo con destino cierto en la barbarie, que es una “región aparte –-dice el autor-–, no en la geografía, sino en la topografía del sistema de las necesidades de consumo, destinada a los seres ‘civilizados’ o propiamente ‘humanos’, cuyo costoso mantenimiento sólo puede sufragarse mediante la creación de un entorno relativamente miserable, destinado a seres marginales, a los que se les regatea la adjudicación plena de la categoría de humanos o civilizados”. Es decir, el “nuevo hombre” de esta nueva región se identifica por el “nivel mínimo de lo humano occidental”.
Por más desolador que sea el panorama, los textos de Bolívar Echeverría son luminosos porque a mi juicio colocan en su justa dimensión la situación actual de la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo. Pero al mismo tiempo, en todos los ensayos que conforman su libro, hay un cierto discurso esperanzador que consiste en detectar los caminos posibles por los que se va configurando una resistencia y una rebeldía a esta modernidad capitalista que quisiese desaparecida cualquier discrepancia.
Así, mientras otros lamentan la pérdida de hegemonía de la alta cultura y del los usos canónicos y jerarquizantes del libro y la lectura, Bolívar Echeverría encuentra las posibilidades de una “relectura creativa y democrática de la herencia cultural”. Una herencia cultural que necesariamente ha de pasar por una actualización secular de lo político, un verdadero desencantamiento del mundo que traslade el acento de las cosas a los sujetos autónomos que son los seres humanos, que libere de su enajenación la esencia del ser humano que no es otra cosa que su politización. Afirma Bolívar: “la secularización […] [habría que verla] como un movimiento de resistencia o una lucha permanente contra la tendencia ‘natural’ o arcaizante a actualizar lo político por la vía de la religión; contra una tendencia que debió haber desaparecido con la abundancia y la emancipación”.
Y no sólo: esta herencia cultural de relectura creativa, horizontal y democrática habrá de encontrar en la diversidad y la diferencia de los sujetos lo que la homogeneidad neoliberal niega. En este sentido, resulta esperanzadora la “lectura” que de América Latina hace el autor, puesto que en su “tendencia a la defensa y al cultivo de la pluralidad identitaria en contra y dentro de la unidad” hay un pozo enriquecedor desde el cual extraer experiencias para alimentar esta resistencia. Experiencias cuyo arsenal es infinito si se consideran las estrategias barrocas que una y otra vez aparecen en América Latina y que al parecer definen hoy el tipo de resistencia difusa, inasible, no identificable en un sujeto colectivo concreto, que se está confrontando a la modernidad capitalista. Dice nuestro autor:
"La reticencia por parte del protosujeto, que trabaja anónimamente en contra de la modernidad capitalista, a constituirse en sujeto, proviene sobre todo del respeto que le tiene a su propia diversidad, es decir, de la aceptación militante de un hecho ahora innegable –después de la ilusión moderna de la uniformidad–: la dispersión de los significantes que prevalece como momento esencial de esa resistencia social. Se basa en el reconocimiento positivo de la intraductibilidad del significado de cada una de esas resistencias, no obstante la comunidad secreta de su sentido".
¿Qué otro lugar más propicio para este protosujeto que América Latina, cuya modernidad capitalista parece siempre enrevesada, deforme, incompleta, en ciernes, en vías de desarrollarse?, ¿qué otra cuna mejor que esta América Latina, cuya peculiaridad proviene de la conjunción de diversas estrategias de mestizaje y la presencia simultánea de distintos tipos de modernidad?, ¿qué otro mensaje más esperanzador que este que nos dice que en nuestro modo de ser existe un potencial enorme para oponerse y resistir a la devastación de la modernidad capitalista?
Sin embargo, y con esto termino, no hay que llamarse a error. En modo alguno Bolívar Echeverría esté proponiendo la vida barroca como alternativa a la modernidad capitalista. En el ethos barroco Bolívar Echeverría encontró un modo de vivir dentro del capitalismo. Sus estrategias, en tanto modernas y distintas a las del ethos realista, pueden resultar útiles para algo más que vivir dentro del capitalismo. Se trata de construir un mundo de la vida distinto, un mundo comunista. Concluyo con las palabras del mismo Bolívar: “El comunismo es el movimiento social y político moderno que pretende sustituir, si es indispensable por vías violentas, el orden establecido (orden basado en una exploración y una injusticia carentes de las justificaciones premodernas) por otro diferente, en el que la realización plena de cada individuo sea la condición de la realización plena de la comunidad en su conjunto”.
Texto que sirvió de presentación al libro de Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 22 de febrero de 2007
Si confieso lo anterior es para señalar que al terminar de leer el libro que hoy nos convoca, Vuelta de siglo, de Bolívar Echeverría, vinieron a mi cabeza dos palabras: luminoso y esperanzador. Lo que a continuación diré tiene que ver precisamente con algunas de las razones y motivos por los que el conjunto de ensayos que lo conforman me parecieron lo uno y lo otro.
Cuando yo entré a estudiar a esta facultad, allá por 1991, el “mundo socialista” daba sus últimas patadas de ahogado. Recuerdo que en las charlas de bienvenida, muchos de mis compañeros estaban convencidos de su vocación para la historia contemporánea. Sin embargo, conforme el “socialismo realmente existente” se desmoronaba, a la mayoría le bastó un semestre para cambiar sus intereses: el que no se dedicó a asuntos prehispánicos se fue a historia del arte; algunos más decidieron asentarse en el siglo XIX, y muy pocos permanecieron con preocupaciones contemporáneas. Este cambio súbito de interés me llamó mucho la atención.
En ese entonces sospeché que en realidad lo que sucedía es que estábamos frente a la “carencia” o “insuficiencia” de elementos con los cuales analizar la realidad que se nos presentaba cotidianamente. En nuestro caso, como estudiantes, atribuía la situación a la ignorancia que nos caracterizaba, pero la explicación perdía su validez al considerar a nuestros maestros, muchos de los cuales, antes aguerridos comunistas, ahora reculaban de sus anteriores convicciones, y muy probablemente echaban al cesto de la basura sus libros de Marx, que por cierto, se acumulaban en las librerías de viejo formando alteros enormes.
Esta misma sensación de carencia, o si se prefiere, de orfandad, me asaltó cuando la aparición del EZLN, el surgimiento de los movimientos antisistémicos, y particularmente con la larga huelga que vivimos en nuestra universidad en 1999. Pensaba que de manera generalizada aún no teníamos elementos con los que analizar la realidad, salvo honrosas excepciones, como el caso de Bolívar Echeverría, en cuyo seminario, que durante tres años tuvimos de manera ininterrumpida (1994-1997) y posteriormente de manera intermitente, abordábamos el análisis de estos procesos desde la perspectiva del cuádruple ethos de la modernidad. Allí, invitados al “mirador” que Bolívar Echeverría había pacientemente elaborado sin abandonar la perspectiva de Marx, nos hicimos de un modo de ver que nos ayudó a comprender y explicar esta nueva realidad que se presentaba ante nuestros ojos.
Ahora, la relectura conjunta de estos ensayos contenidos en Vuelta de siglo, me confirman, una vez más, lo atinado y luminoso (por la claridad que proporciona), de lo que sucedió en aquellos años de nuestro seminario. A lo largo de estas páginas encontramos una mirada nítida que efectivamente cumple con su propia aspiración: el “desciframiento del sentido enigmático que presentan los datos más relevantes de esta vuelta de siglo”.
En primer lugar, Bolívar Echeverría nos dice que en esta vuelta de siglo nos encontramos ante un nuevo sistema civilizatorio que puede ser identificado por diversos fenómenos relacionados directamente con la actividad del autor y con la actividad de instituciones como la UNAM. Me refiero a la “pérdida de hegemonía de la alta cultura” y de su personaje más singular, el homo legens, al que Bolívar Echeverría define como “el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura”.
El autor, con toda razón, afirma que lo que se tambalea, que lo que está en cuestión, no es el libro y la lectura, sino “el uso tradicional, canonizador y jerarquizante de los libros y la lectura; un uso que ha servido durante tantos siglos a la reproducción del orden y la jerarquía imperantes en la sociedad de la modernidad capitalista”. En lo personal creo que precisamente a esto se debió en gran medida aquella sensación de desamparo a la que hice referencia al principio. Lo que hoy Bolívar Echeverría tematiza como un signo de cambio civilizatorio, lo hubimos de padecer primero como perplejidad.
Lo interesante es que el autor no se abandonó a la parálisis, que es uno de los caminos a los que conduce la perplejidad. Reactualizando una serie de principios teórico filosóficos provenientes de Marx y la teoría crítica, y sobre todo, reivindicando un modo y una manera hispana, latinoamericana y mexicana de hacer “filosofía sin más”, construyó un mirador desde el cual observar este tránsito civilizatorio. Desde allí, Bolívar Echeverría da cuenta de dos fenómenos que también marcan nítidamente este nuevo comienzo civilizatorio.
Por un lado, el autor señala que la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo está llevando a cabo una actualización religiosa de lo político, que va precisamente en contra de uno de los principios más caros de la modernidad: la secularización del mundo, su “desencantamiento”. En realidad, nos dice Bolívar Echeverría, no es que Dios haya muerto, sino que solamente cambió su sustentación: “Confiar en la ‘mano oculta del mercado’ como la conductora última de la vida social implica creer en un dios, en una entidad metapolítica, ajena a la autarquía y la autonomía de los seres humanos, que detenta sin embargo la capacidad de instaurar para ellos una sociedad política, de darle a ésta una forma y de guiarla por la historia”. En esta vuelta de siglo lo que vivimos es una religión profana, fundada en el fetichismo de la mercancía: vivimos, dice el autor, el reencantamiento frío o económico del mundo.
Por otro lado, en este pseudoateísmo de la modernidad capitalista en la vuelta de siglo, lo que prevalece, lo que impera sin cortapisa alguna, es una violencia destructiva que carece del núcleo creativo de la violencia dialéctica o trascendente por la que la humanidad había transitado durante siglos. Se trata, fundamentalmente, de una violencia de las cosas mismas. Afirma Bolívar Echeverría:
"La violencia moderna no actúa sobre el individuo singular sólo desde fuera de él, desde los otros individuos singulares o desde la comunidad –como sucede en condiciones no modernas– sino que lo hace sobre todo desde dentro de él mismo, en tanto que es un propietario de mercancía que ha interiorizado en su ethos el impulso productivista del capital, dirigido a someter todo brote de ‘forma natural’ que aparezca en el mundo. Esta perversión de su empleo, que junta en uno a la víctima y al verdugo, es lo que marca la especificidad de la violencia moderna".
Una violencia que si bien durante el proceso en el que la técnica no había alcanzado los niveles de desarrollo actuales, se monopolizaba y era ejercida por los estados nacionales, hoy que pasa precisamente lo contrario, aparece un “nación posnacional” que la ejerce de manera brutal sin importarle que monte un caballo con destino cierto en la barbarie, que es una “región aparte –-dice el autor-–, no en la geografía, sino en la topografía del sistema de las necesidades de consumo, destinada a los seres ‘civilizados’ o propiamente ‘humanos’, cuyo costoso mantenimiento sólo puede sufragarse mediante la creación de un entorno relativamente miserable, destinado a seres marginales, a los que se les regatea la adjudicación plena de la categoría de humanos o civilizados”. Es decir, el “nuevo hombre” de esta nueva región se identifica por el “nivel mínimo de lo humano occidental”.
Por más desolador que sea el panorama, los textos de Bolívar Echeverría son luminosos porque a mi juicio colocan en su justa dimensión la situación actual de la modernidad capitalista en esta vuelta de siglo. Pero al mismo tiempo, en todos los ensayos que conforman su libro, hay un cierto discurso esperanzador que consiste en detectar los caminos posibles por los que se va configurando una resistencia y una rebeldía a esta modernidad capitalista que quisiese desaparecida cualquier discrepancia.
Así, mientras otros lamentan la pérdida de hegemonía de la alta cultura y del los usos canónicos y jerarquizantes del libro y la lectura, Bolívar Echeverría encuentra las posibilidades de una “relectura creativa y democrática de la herencia cultural”. Una herencia cultural que necesariamente ha de pasar por una actualización secular de lo político, un verdadero desencantamiento del mundo que traslade el acento de las cosas a los sujetos autónomos que son los seres humanos, que libere de su enajenación la esencia del ser humano que no es otra cosa que su politización. Afirma Bolívar: “la secularización […] [habría que verla] como un movimiento de resistencia o una lucha permanente contra la tendencia ‘natural’ o arcaizante a actualizar lo político por la vía de la religión; contra una tendencia que debió haber desaparecido con la abundancia y la emancipación”.
Y no sólo: esta herencia cultural de relectura creativa, horizontal y democrática habrá de encontrar en la diversidad y la diferencia de los sujetos lo que la homogeneidad neoliberal niega. En este sentido, resulta esperanzadora la “lectura” que de América Latina hace el autor, puesto que en su “tendencia a la defensa y al cultivo de la pluralidad identitaria en contra y dentro de la unidad” hay un pozo enriquecedor desde el cual extraer experiencias para alimentar esta resistencia. Experiencias cuyo arsenal es infinito si se consideran las estrategias barrocas que una y otra vez aparecen en América Latina y que al parecer definen hoy el tipo de resistencia difusa, inasible, no identificable en un sujeto colectivo concreto, que se está confrontando a la modernidad capitalista. Dice nuestro autor:
"La reticencia por parte del protosujeto, que trabaja anónimamente en contra de la modernidad capitalista, a constituirse en sujeto, proviene sobre todo del respeto que le tiene a su propia diversidad, es decir, de la aceptación militante de un hecho ahora innegable –después de la ilusión moderna de la uniformidad–: la dispersión de los significantes que prevalece como momento esencial de esa resistencia social. Se basa en el reconocimiento positivo de la intraductibilidad del significado de cada una de esas resistencias, no obstante la comunidad secreta de su sentido".
¿Qué otro lugar más propicio para este protosujeto que América Latina, cuya modernidad capitalista parece siempre enrevesada, deforme, incompleta, en ciernes, en vías de desarrollarse?, ¿qué otra cuna mejor que esta América Latina, cuya peculiaridad proviene de la conjunción de diversas estrategias de mestizaje y la presencia simultánea de distintos tipos de modernidad?, ¿qué otro mensaje más esperanzador que este que nos dice que en nuestro modo de ser existe un potencial enorme para oponerse y resistir a la devastación de la modernidad capitalista?
Sin embargo, y con esto termino, no hay que llamarse a error. En modo alguno Bolívar Echeverría esté proponiendo la vida barroca como alternativa a la modernidad capitalista. En el ethos barroco Bolívar Echeverría encontró un modo de vivir dentro del capitalismo. Sus estrategias, en tanto modernas y distintas a las del ethos realista, pueden resultar útiles para algo más que vivir dentro del capitalismo. Se trata de construir un mundo de la vida distinto, un mundo comunista. Concluyo con las palabras del mismo Bolívar: “El comunismo es el movimiento social y político moderno que pretende sustituir, si es indispensable por vías violentas, el orden establecido (orden basado en una exploración y una injusticia carentes de las justificaciones premodernas) por otro diferente, en el que la realización plena de cada individuo sea la condición de la realización plena de la comunidad en su conjunto”.
Texto que sirvió de presentación al libro de Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 22 de febrero de 2007
lunes, febrero 26, 2007
La fuerza de la costumbre
Todo amor, si es tal, es un compromiso. Lo es porque nos libera de la incertidumbre de la pérdida (“se está pese a todo”). Lo es porque nos obsequia la certeza del destino y la trascendencia. Lo es porque incita la sustitución de su pasión por la comodidad de su asepsia: allí están los hijos, la casa, los gastos, los recuerdos de una época feliz, que suplantan la alegría que antes provocaba una mirada. Lo es porque en la resignación no se cava una tumba, sino el altar ante el cual deben inclinarse siempre, con reverencia, los que vienen detrás. Lo es porque a cierta edad más vale la cosificación que la plasticidad. Lo es porque a falta de poesía queda la dureza del deber ser que nunca se fue pero que se espera que otros sean. Lo es porque el miedo se vuelve compañero de cama. Lo es porque el hombre es el único ser que se acostumbra a morir antes de dar el último suspiro. Eso es el amor: el vacío que se llena con todo lo que se pueda, aunque aquel latido inicial haya desaparecido de la faz de la tierra. El amor es un compromiso, esa es nuestra herencia.
viernes, febrero 23, 2007
El amor explicado para viejos y niños
Todo amor, si es tal, necesariamente es prohibido. Lo es porque por definición es una irrupción. Lo es porque un fuerte impulso desea trascender la ineludible limitación de nuestro cuerpo. Lo es porque nuestro ser se encuentra pleno en un ser ajeno. Lo es porque nuestra piel es insuficiente para albergar a la otra persona. Lo es porque nuestras palabras nunca alcanzan a expresar lo que el otro nos provoca. Lo es porque rompemos nuestra fingida soledad humana para sabernos desamparados ante ese otro ser que nos inunda. Lo es porque todo deja de existir salvo aquellos labios cuya consistencia nos indica que vivimos para otro. Lo es porque dejamos de ser polvo futuro que el viento levanta para convertirnos en suspiro que alimenta la vibración del alma. Lo es porque una mirada se convierte en la única verdad, en la única referencia que permite vivir. Lo es, en fin, porque dejamos de ser quien somos para reencontrarnos en otra persona y nunca más ser los mismos. ¿Qué otra cosa podía ser el amor sino la permanente violación de esa prohibición que nos pretende absolutos y acabados dentro de nuestra propias fronteras? ¿Qué otra cosa podía ser el amor sino la invitación a cruzar lo que está prohibido? Así nació el mundo: Eva decidió trascender la prohibición que significaba estar en el paraíso. Esa es nuestra herencia. Eso es el amor.
jueves, febrero 22, 2007
Muerte simbolica
Recuerdo alguna vez haber definido la muerte como la ausencia de movimiento. En efecto, eso es lo más patente cuando nos asomamos a un féretro: el cuerpo inmóvil nos habla todo él de la muerte, en contraste, por ejemplo, de quienes asisten al velorio: movimiento triste, lento, pero movimiento al fin.
Lo mismo sucede con las muertes simbólicas, la muerte de quienes en nuestra vida han dejado de ser importantes, quiero decir, que antes generaban con su presencia movimiento en nuestra vida. La muerte simbólica de alguien en nuestra vida es reconocer que esa persona ya no induce nada que no sea una parálisis del alma, del corazón, del cuerpo.
Al muerto le guardamos luto, pero al muerto simbólico lo único que podemos obsequiarle es el silencio. Porque también en silencio recordamos. La memoria es su féretro.
Lo mismo sucede con las muertes simbólicas, la muerte de quienes en nuestra vida han dejado de ser importantes, quiero decir, que antes generaban con su presencia movimiento en nuestra vida. La muerte simbólica de alguien en nuestra vida es reconocer que esa persona ya no induce nada que no sea una parálisis del alma, del corazón, del cuerpo.
Al muerto le guardamos luto, pero al muerto simbólico lo único que podemos obsequiarle es el silencio. Porque también en silencio recordamos. La memoria es su féretro.
martes, febrero 20, 2007
Desaparicion
Ese día, al despertar, una extraña sensación le atenazó todo el cuerpo; la sentía en sus patines, como les llamaba; en su panza redonda; en su rostro regordete. Estuvo a punto de decirse que sería un mal día, pero una inveterada tradición le impedía aceptar la validez de sensaciones e intuiciones. “Con creencias no se va a ningún lado” se dijo, e hizo todo lo posible por ignorar aquella sensación de impreciso origen. Se levantó y procedió como siempre: el baño, el desayuno, la buena disposición para un día que, como sucedía desde hace tiempo, no pintaba nada bien.
Pero aquella extraña sensación no era solamente un asunto personal, una proyección de inquietudes del alma, como se obstinaba en pensar; para su sorpresa, lo invadía todo. Lo primero que notó fue la desaparición de rayas y cuadrículas que abundaban en las calles por las que solía andar. Todo parecía de una blancura ausente que espantaba. Claro que sabía de pueblos fantasmas, pueblos que habían sido abandonados de súbito por causa desconocida, por ejemplo, aquellos pueblos mineros estadunidenses cuando la fiebre del oro. Pero jamás había escuchado que urbes modernas, antaño densamente pobladas, se convirtieran en inasibles espacios en blanco. Precisamente porque resultaban impensables, se decía que estaba soñando o bien que padecía una terrible alucinación.
No es que temiera la blancura como tal, sino que le asustaba la ausencia de referentes para ubicarse. ¿Cómo saber dónde estaba sin compañeros, sin rayas, sin cuadrículas? Porque hay de blancuras a blancuras, pensaba; una producto de la elegancia y otra consecuencia del vacío. La que veía en las calles era precisamente la del vacío. El temor crecía en su interior porque, además, no veía una sola alma a su derredor. Cierto que desde hace tiempo sentía pertenecer a una especie en extinción, pero jamás le había cruzado por la cabeza ser, como quien dice, “el último ejemplar de su especie”. Ahora sabía, además, que había un modo preciso de ser último ejemplar: su sonido era el silencio, pero no un silencio reconfortante que fungía como escondite o fuga del ruido, sino como imperio en el que cualquier ruido era impensable, ni siquiera el de sus pasos.
Con una mezcla de resignación, espanto y duda caminó sin dirección ni rumbo fijo. Todo le resultaba ajeno, totalmente desconocido; no le preocupaba la dirección de sus pasos pues se decía que pronto despertaría de su sueño o de su alucinación. Sólo se trataba de tener una fuerte impresión para que todo volviera a ser como antes, aunque muy pronto comenzó a preguntarse cómo eran las cosas antes. Porque otro efecto del vacío, de la blancura ausente, del silencio, era una acelerada pérdida de memoria. Por más que lo intentaba, no lograba recordar con precisión la disposición de las cosas ni lo lugares que frecuentaba ni los espacios y recovecos que le gustaban. Sentirse perdido, se dijo, consiste precisamente en ser un presente sin tiempo. Y es que en uno de sus últimos momentos de lucidez se dijo que si el ayer se desvanecía, qué importaba lo que el día de mañana sucediera.
El cansancio pronto se hizo presente en su cuerpo. Se detuvo a descansar en un espacio en blanco, tan blanco como el resto de la ciudad. Meditando en la blancura ausente de la ciudad, sin nada que mirar, se dio cuenta que aquella pesadumbre que sintió al despertar tenía que ver con esta perturbadora invasión del vacío, de la que parecía ser último y exclusivo testigo. Ahora tenía la certeza de que pronto habría de perder la capacidad de pensarse, que no es otra cosa que hablarse a sí mismo. Sin palabras comprendió que habría de ser parte de esa blancura ausente. “Último ejemplar de la especie” fue lo último que pudo decirse, con una voz carente de matiz.
Así murió la primera vocal, la primera letra del abecedario, el último ejemplar de su especie. No murió a manos de una goma, sino del influjo de un mundo que había decidido expulsar de su paraíso la palabra y la letra misma.
Pero aquella extraña sensación no era solamente un asunto personal, una proyección de inquietudes del alma, como se obstinaba en pensar; para su sorpresa, lo invadía todo. Lo primero que notó fue la desaparición de rayas y cuadrículas que abundaban en las calles por las que solía andar. Todo parecía de una blancura ausente que espantaba. Claro que sabía de pueblos fantasmas, pueblos que habían sido abandonados de súbito por causa desconocida, por ejemplo, aquellos pueblos mineros estadunidenses cuando la fiebre del oro. Pero jamás había escuchado que urbes modernas, antaño densamente pobladas, se convirtieran en inasibles espacios en blanco. Precisamente porque resultaban impensables, se decía que estaba soñando o bien que padecía una terrible alucinación.
No es que temiera la blancura como tal, sino que le asustaba la ausencia de referentes para ubicarse. ¿Cómo saber dónde estaba sin compañeros, sin rayas, sin cuadrículas? Porque hay de blancuras a blancuras, pensaba; una producto de la elegancia y otra consecuencia del vacío. La que veía en las calles era precisamente la del vacío. El temor crecía en su interior porque, además, no veía una sola alma a su derredor. Cierto que desde hace tiempo sentía pertenecer a una especie en extinción, pero jamás le había cruzado por la cabeza ser, como quien dice, “el último ejemplar de su especie”. Ahora sabía, además, que había un modo preciso de ser último ejemplar: su sonido era el silencio, pero no un silencio reconfortante que fungía como escondite o fuga del ruido, sino como imperio en el que cualquier ruido era impensable, ni siquiera el de sus pasos.
Con una mezcla de resignación, espanto y duda caminó sin dirección ni rumbo fijo. Todo le resultaba ajeno, totalmente desconocido; no le preocupaba la dirección de sus pasos pues se decía que pronto despertaría de su sueño o de su alucinación. Sólo se trataba de tener una fuerte impresión para que todo volviera a ser como antes, aunque muy pronto comenzó a preguntarse cómo eran las cosas antes. Porque otro efecto del vacío, de la blancura ausente, del silencio, era una acelerada pérdida de memoria. Por más que lo intentaba, no lograba recordar con precisión la disposición de las cosas ni lo lugares que frecuentaba ni los espacios y recovecos que le gustaban. Sentirse perdido, se dijo, consiste precisamente en ser un presente sin tiempo. Y es que en uno de sus últimos momentos de lucidez se dijo que si el ayer se desvanecía, qué importaba lo que el día de mañana sucediera.
El cansancio pronto se hizo presente en su cuerpo. Se detuvo a descansar en un espacio en blanco, tan blanco como el resto de la ciudad. Meditando en la blancura ausente de la ciudad, sin nada que mirar, se dio cuenta que aquella pesadumbre que sintió al despertar tenía que ver con esta perturbadora invasión del vacío, de la que parecía ser último y exclusivo testigo. Ahora tenía la certeza de que pronto habría de perder la capacidad de pensarse, que no es otra cosa que hablarse a sí mismo. Sin palabras comprendió que habría de ser parte de esa blancura ausente. “Último ejemplar de la especie” fue lo último que pudo decirse, con una voz carente de matiz.
Así murió la primera vocal, la primera letra del abecedario, el último ejemplar de su especie. No murió a manos de una goma, sino del influjo de un mundo que había decidido expulsar de su paraíso la palabra y la letra misma.
lunes, octubre 23, 2006
Pérdida

Hubo un día que el sol te sorprendió asido de la nada. Tus dedos, entumidos en un esfuerzo inútil, parecían petrificados en torno a una ausencia. Cada parte de tus manos te dolía. Perplejo mirabas el vacío intentado recordar el momento en que por arte de magia habías perdido aquello que pensabas asir con tanta fuerza. Un sudor frío escurría por tu cabeza: te diste cuenta de que en realidad allí nunca hubo nada que no fuese el deseo exacerbado de tu febril imaginación. No habías perdido nada, simplemente nunca habías tenido nada.
sábado, octubre 21, 2006
Tristeza
Fragmentos de un diálogo
–La tristeza –me dice– es aquella invitada forzosa que cumple su papel con eficiencia al invadirlo todo.
A saber por qué creo que este inesperado interlocutor tiene razón.
–La tristeza –respondo–, al invadirlo todo con su dolor infinito, pasa de invitada forzosa a invitada imprescindible…
Mi interlocutor da una larga y profunda fumada.
–La tristeza es el alma de la fiesta de mi vida.
Intento rematar este diálogo inútil diciendo: –Y el alma de esta conversación difusa…
–Es que en tus ojos encuentro, sentada y feliz, a la anfitriona de la cual no somos otra cosa que un par de invitados –me responde.
Entiendo su decir. Es cierto. Tan sólo somos invitados a esta reunión interminable en la que la tristeza es la anfitriona y en la que nos ofrece sus delicados bocadillos. Me sorprende saberme su embajador...
–La tristeza –me dice– es aquella invitada forzosa que cumple su papel con eficiencia al invadirlo todo.
A saber por qué creo que este inesperado interlocutor tiene razón.
–La tristeza –respondo–, al invadirlo todo con su dolor infinito, pasa de invitada forzosa a invitada imprescindible…
Mi interlocutor da una larga y profunda fumada.
–La tristeza es el alma de la fiesta de mi vida.
Intento rematar este diálogo inútil diciendo: –Y el alma de esta conversación difusa…
–Es que en tus ojos encuentro, sentada y feliz, a la anfitriona de la cual no somos otra cosa que un par de invitados –me responde.
Entiendo su decir. Es cierto. Tan sólo somos invitados a esta reunión interminable en la que la tristeza es la anfitriona y en la que nos ofrece sus delicados bocadillos. Me sorprende saberme su embajador...
jueves, septiembre 07, 2006
Tráfico de la ciudad
El tráfico de la ciudad de México es, se dice, impredecible. Y es cierto, el día de hoy hice 2 horas y media para llegar a mi centro de trabajo. No obstante, llegué con 40 minutos de retraso a una clase que por supuesto ya no impartí. Sucede, a veces, en otros días, que a esa misma hora que salí hago 40 o 50 minutos de camino. ¿Quién puede predecir el tiempo que se invertirá para trasladarse de un punto a otro en esta ciudad?
Pero lo impredecible del tráfico citadino esconde una gran falacia: no posee en sí mismo la novedad, lo inesperado, lo sorprendente y por tanto lo sugerente que lo impredecible supone. No. Muy al contrario, lo impredecible del tráfico se define por su lógica monótona, repetitiva hasta la saciedad. Lo impredecible del tráfico citadino nos convierte en ese trabajador alienado que con maestría representó Chaplin en una de sus películas más memorables: Tiempos modernos.
He aquí la falsedad de la vida contemporánea, pues convierte lo que de útil hay en los automóviles en un signo más de lo que en realidad es: una permanente alienación del ser humano al condenarlo a una reiteración infinita que sabotea sus propias posibilidades técnicas.
Pero lo impredecible del tráfico citadino esconde una gran falacia: no posee en sí mismo la novedad, lo inesperado, lo sorprendente y por tanto lo sugerente que lo impredecible supone. No. Muy al contrario, lo impredecible del tráfico se define por su lógica monótona, repetitiva hasta la saciedad. Lo impredecible del tráfico citadino nos convierte en ese trabajador alienado que con maestría representó Chaplin en una de sus películas más memorables: Tiempos modernos.
He aquí la falsedad de la vida contemporánea, pues convierte lo que de útil hay en los automóviles en un signo más de lo que en realidad es: una permanente alienación del ser humano al condenarlo a una reiteración infinita que sabotea sus propias posibilidades técnicas.
lunes, septiembre 04, 2006
Faro de Oriente: velador constante del estrecho
Es de todos sabido que en mares procelosos las estrellas son la salvación de cualquier navegante. El hombre, a fin de cuentas sublime y a veces extraviado imitador de la naturaleza, inventó los faros con el fin de hallarse en medio de la oscuridad y el vaivén de olas y temores. De allí la naturaleza de los faros: punto de referencia, símbolo de llegada, alegoría de toda frontera y límite que ilumina difusamente desde riberas conocidas el posible camino a seguir en senderos desconocidos.
Por desgracia y fortuna, la ciudad de México –esa mole de autos, aglomeraciones, sueños rotos y utopías vertidas en cada ventana, en cada mirada– continúa siendo el mar al que el país se vuelve una y otra vez. En ese mar urbano parece gestarse, quiérase o no, por voluntad propia o por la dinámica misma de lo que la gente construye sin darse cuenta cabal de ello, un futuro inédito para nuestro país. Y justo allí, en ese mar objeto de deseos, mitos, descalificaciones, y una que otra certeza, destaca, iluminando desde sus riberas marginales, la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente, mejor conocido como el Faro de Oriente.
El Faro de Oriente es por mucho el mejor proyecto que pudo cobijar el gobierno de la ciudad de México. Y es que a diferencia de otros proyectos, éste no fue respuesta a una desesperación ni fue producto exclusivo de la distensión. El Faro de Oriente nació de un impulso que viene de lejos: la creatividad de una cultura popular que cansada de ser absorbida por la cultura de las elites, decide construir su propio espacio e iluminar los múltiples trozos de una realidad siempre y convenientemente negada desde los bonitos escaparates del comercio cultural. En el Faro de Oriente la gente aprende a hablar desde su realidad y no sobre la realidad, como sucede con tanta frecuencia en instituciones culturales y académicas.
Lo que en el Faro de Oriente se produce exige apertura, cuestiona verdades inamovibles, y sugiere y explora caminos a seguir. Visitar el Faro de Oriente es comprender de golpe la pertinaz ceguera culpable que hemos padecido. Y en esta tarea lleva ya seis años, muchas veces contra todo pronóstico, contra múltiples oposiciones –amigas y enemigas–, e incluso contra algunas censuras que las “buenas conciencias” han intentado en su contra, en aras de una educación mistificadora llena de rosarios antes que de reflexiones.
Los éxitos del Faro de Oriente se miden por las transformaciones que genera en la gente y por los reconocimientos obtenidos. En este sentido, las luces del Faro de Oriente han llegado muy lejos: de París a Washington, de ciudad Neza a Xalapa, del oriente de la ciudad de México a sus corredores culturales privilegiados y universidades –a veces anquilosadas entre un deber ser comprado y un ser negado.
Por eso, en este su sexto aniversario, es necesario rendirle un homenaje. Un homenaje, primero, a toda la gente –niñas, niños, mujeres, hombres, lesbianas, homosexuales– que en su espacio se aglutina y reinventa la realidad en función de su capacidad creativa. Un homenaje, después, a quienes desde sus puestos directivos han sido vehículo de una profunda corriente popular que, como siempre, habla más sobre este país que muchos de quienes desde atalayas lo intentan con escaso éxito. Y por último, un agradecimiento a un gobierno que supo apoyar un proyecto de esta índole.
No me resta sino culminar manifestado un deseo: que el Faro de Oriente siga iluminando los posibles caminos a seguir, y que sepa sortear los inestables vientos políticos. Desde este espacio rindo homenaje a la referencia, al símbolo, a la alegoría. Enhorabuena a todos los que forman y conforman el Faro de Oriente.
Por desgracia y fortuna, la ciudad de México –esa mole de autos, aglomeraciones, sueños rotos y utopías vertidas en cada ventana, en cada mirada– continúa siendo el mar al que el país se vuelve una y otra vez. En ese mar urbano parece gestarse, quiérase o no, por voluntad propia o por la dinámica misma de lo que la gente construye sin darse cuenta cabal de ello, un futuro inédito para nuestro país. Y justo allí, en ese mar objeto de deseos, mitos, descalificaciones, y una que otra certeza, destaca, iluminando desde sus riberas marginales, la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente, mejor conocido como el Faro de Oriente.
El Faro de Oriente es por mucho el mejor proyecto que pudo cobijar el gobierno de la ciudad de México. Y es que a diferencia de otros proyectos, éste no fue respuesta a una desesperación ni fue producto exclusivo de la distensión. El Faro de Oriente nació de un impulso que viene de lejos: la creatividad de una cultura popular que cansada de ser absorbida por la cultura de las elites, decide construir su propio espacio e iluminar los múltiples trozos de una realidad siempre y convenientemente negada desde los bonitos escaparates del comercio cultural. En el Faro de Oriente la gente aprende a hablar desde su realidad y no sobre la realidad, como sucede con tanta frecuencia en instituciones culturales y académicas.
Lo que en el Faro de Oriente se produce exige apertura, cuestiona verdades inamovibles, y sugiere y explora caminos a seguir. Visitar el Faro de Oriente es comprender de golpe la pertinaz ceguera culpable que hemos padecido. Y en esta tarea lleva ya seis años, muchas veces contra todo pronóstico, contra múltiples oposiciones –amigas y enemigas–, e incluso contra algunas censuras que las “buenas conciencias” han intentado en su contra, en aras de una educación mistificadora llena de rosarios antes que de reflexiones.
Los éxitos del Faro de Oriente se miden por las transformaciones que genera en la gente y por los reconocimientos obtenidos. En este sentido, las luces del Faro de Oriente han llegado muy lejos: de París a Washington, de ciudad Neza a Xalapa, del oriente de la ciudad de México a sus corredores culturales privilegiados y universidades –a veces anquilosadas entre un deber ser comprado y un ser negado.
Por eso, en este su sexto aniversario, es necesario rendirle un homenaje. Un homenaje, primero, a toda la gente –niñas, niños, mujeres, hombres, lesbianas, homosexuales– que en su espacio se aglutina y reinventa la realidad en función de su capacidad creativa. Un homenaje, después, a quienes desde sus puestos directivos han sido vehículo de una profunda corriente popular que, como siempre, habla más sobre este país que muchos de quienes desde atalayas lo intentan con escaso éxito. Y por último, un agradecimiento a un gobierno que supo apoyar un proyecto de esta índole.
No me resta sino culminar manifestado un deseo: que el Faro de Oriente siga iluminando los posibles caminos a seguir, y que sepa sortear los inestables vientos políticos. Desde este espacio rindo homenaje a la referencia, al símbolo, a la alegoría. Enhorabuena a todos los que forman y conforman el Faro de Oriente.
jueves, agosto 10, 2006
Heridas
Dicen que Julio César tenía la cualidad de herir con su mirada el corazón femenino. Cual rumor que es, resulta difícil otorgarle credibilidad a ese decir que ha recorrido los siglos cual barcaza a la deriva. No obstante, más allá de su fiabilidad creo expresa claramente una experiencia vital. Sea cual fuere el artífice de esa capacidad de herir con la mirada, pienso en las gotitas de sangre que escurren cuando tu mirada se posa sobre alguien. Sospecho por eso mismo que el rumor contiene un yerro fundamental: no era Julio César sino Lilit. Y he aquí que me invento un nuevo mito: si el mundo padece males es simplemente porque la hemorragia del corazón de Dios no encuentra sanación alguna; la profunda llaga que le dejó la mirada de su primera creación femenina es la causa fundamental de toda la inestabilidad que pasa por la mente de Dios. Y sabes, pese a mis ánimos ateos, creo entender a aquel pobre viejo: así me sucede con tu mirada, cuya capacidad para herir mi corazón es evidente.
sábado, julio 29, 2006
Por el bien del país
Respondo de manera muy concreta a las preguntas que se me hacen. Si he guardado silencio en torno al proceso electoral es porque me parece obvia cierta postura. Para quien guarda en su corazón ominosas dudas sobre mi actuar y proceder, he aquí mi posición.
En la vida de un país a veces es necesario defender a las instituciones de sus funcionarios. Nos encontramos precisamente en esta situación. Resulta fundamental defender al Instituto Federal Electoral de sus consejeros. No hay que olvidarlo: ellos son los únicos responsables de las dudas que se ciernen sobre el reciente proceso electoral. Su falta de pericia, su evidente parcialidad, sus decisiones no previstas en la ley, sus omisiones, dan lugar a dudas legítimas sobre el resultado de la elección.
En un acto de honestidad que por supuesto no conoceremos, el Consejo General del IFE debiera presentar su renuncia para salvaguardar a una institución que no fue concesión gratuita del poder, sino exigencia ciudadana. El IFE está fundado en movilizaciones ciudadanas, no pocas veces reprimidas, que siempre estuvieron de un solo lado, ciertamente no del PRI ni mucho menos de ese PAN que hoy se encuentra en el poder. Por lo tanto, nadie, ni siquiera el Consejo General del IFE, debe debilitar una institución creada para dar certeza en los procesos democráticos de nuestro país.
Yo lo tengo claro: no se trata de defender a tal o cual candidato. Es muy evidente que una parte del país (la que votó), está dividida entre dos opciones. Cualquier análisis o proceder que soslaye esta realidad será erróneo y peligroso. Pero si no se esclarecen las legítimas dudas sembradas por la actitud del Consejo General del IFE, el próximo presidente de la república carecerá de la legitimidad necesaria para gobernar un país dividido y con un amplio sector convencido de la existencia de un fraude. Precisamente por eso a todos conviene que el resultado sea indubitable.
Lo inédito de la situación que vivimos exige actitudes y decisiones así mismo inéditas. El conteo de voto por voto es la única salida que puede ofrecer legitimidad al próximo presidente de la república. Por el bien del país, por la salud de la democracia que queremos vivir, por la posibilidad que en ello hay de reconciliar a una población dividida, que se cuente voto por voto de manera pública y abierta.
En la vida de un país a veces es necesario defender a las instituciones de sus funcionarios. Nos encontramos precisamente en esta situación. Resulta fundamental defender al Instituto Federal Electoral de sus consejeros. No hay que olvidarlo: ellos son los únicos responsables de las dudas que se ciernen sobre el reciente proceso electoral. Su falta de pericia, su evidente parcialidad, sus decisiones no previstas en la ley, sus omisiones, dan lugar a dudas legítimas sobre el resultado de la elección.
En un acto de honestidad que por supuesto no conoceremos, el Consejo General del IFE debiera presentar su renuncia para salvaguardar a una institución que no fue concesión gratuita del poder, sino exigencia ciudadana. El IFE está fundado en movilizaciones ciudadanas, no pocas veces reprimidas, que siempre estuvieron de un solo lado, ciertamente no del PRI ni mucho menos de ese PAN que hoy se encuentra en el poder. Por lo tanto, nadie, ni siquiera el Consejo General del IFE, debe debilitar una institución creada para dar certeza en los procesos democráticos de nuestro país.
Yo lo tengo claro: no se trata de defender a tal o cual candidato. Es muy evidente que una parte del país (la que votó), está dividida entre dos opciones. Cualquier análisis o proceder que soslaye esta realidad será erróneo y peligroso. Pero si no se esclarecen las legítimas dudas sembradas por la actitud del Consejo General del IFE, el próximo presidente de la república carecerá de la legitimidad necesaria para gobernar un país dividido y con un amplio sector convencido de la existencia de un fraude. Precisamente por eso a todos conviene que el resultado sea indubitable.
Lo inédito de la situación que vivimos exige actitudes y decisiones así mismo inéditas. El conteo de voto por voto es la única salida que puede ofrecer legitimidad al próximo presidente de la república. Por el bien del país, por la salud de la democracia que queremos vivir, por la posibilidad que en ello hay de reconciliar a una población dividida, que se cuente voto por voto de manera pública y abierta.
viernes, julio 28, 2006
Polvo estelar
Sucede a veces que no puedo identificar mi cuerpo. Desde imprecisos lugares interiores nacen impulsos que destruyen cada parte de mí. Diríase que sufro de implosiones; como si fuera candente sol cuya combustión interna amenazara con hacer estallar su propia corteza. Pienso que sería una buena forma de desaparecer de este planeta: consumido por la propia energía producida. Estallar en candentes nubes imposibles de ver pero claramente perceptibles por el resto de los sentidos. Estallar hasta desaparecer, hasta que no quede nada de mí, sólo polvo, polvo estelar. ¿Acaso no somos únicamente eso: polvo estelar?
domingo, julio 02, 2006
Recuerdos
Hoy hace exactamente seis años esaba yo participando en la camapaña electoral de Cuauhtémoc Cárdenas. A estas horas, después de la una de la tarde, ya sabíamos el resultado de la elección. Hoy, si el referente sirve de algo, puede decirse que AMLO ya es presidente de la república. Si por un lado me parece digno de festejo el hecho de que el Partido Acción Nacional no permanezca en la presidencia, y que PRI salga mortalmente herido de esta contienda, por otro no puedo sentirme feliz con el triunfo de AMLO. Lo que veo no me gusta: sin partido, "secuestrado" por los mismos que secuestraron al PRI desde 82 y que hoy arrojan ese partido como kleenex usado hasta la saciedad, y con fuertes tendencias personalsitas en el ejercicio del poder, no creo pueda haber buenos pronósticos. Lo que quedará dañado, eso sí, es la izquierda. La izquierda que no es el PRD, aunque los hay dentro de ese partido. ¿Llegará el momento de la reconstrucción? ¿Qué corresponde hacer? ¿Cuál es nuestra posición?
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