Tirar una gran parte de tu propio pasado materializado en revistas, libros, artículos impresos, escritos, cartas, cuadernos, termina por convertirse en arqueología de uno mismo. Sólo un esfuerzo desmesurado, una miopía atroz, y una selección despiadada puede encontrar en ese cúmulo objetivo de tiempo patrones, tendencias, lógicas. Lo que ella evidencia es el gran desmadre que uno ha sido, los callejones sin salida, las tentativas frustradas, las aspiraciones que en veremos se quedaron, la profunda reducción de mares a corrientes de riachuelos que seguimos no tanto por resignación sino por amenaza de sequía. Quizá lo más consistente es el polvo: capa fina que casi todo lo cubre. Su ausencia revela lo que muy inmediatamente nos interesa; lo demás es el fardo inconcluso que nos constituye. Por eso aquella máxima de conócete a ti mismo es tan complicada, dolorosa y aterradora: uno descubre que es menos, mucho menos, de lo que pudo y decidió ser, y que en la trayectoria propia hay menos consistencia y coherencia de lo que uno supone. Mundos truncos, posibilidades latentes que cada paso parece ir borrando.
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
lunes, enero 25, 2021
domingo, enero 10, 2021
Día extraño
Llegamos al mercado. Nos recibe la sonrisa de un marchante que hacía tiempo no iba a atender su puesto debido a una fractura de pie. Al no ver a mi hermana, su sonrisa desaparece. Así es como me percato de que en estos tiempos las ausencias son alarmantes. Le explico la situación; su rostro es de preocupación. Hago todo por tranquilizarlo. Al irnos del mercado, 40 o 50 minutos después, acongojado, nos obsequiará toronjas a las que adornará con parabienes para mi hermana.
Como sucede cada ocho días, mientras mi madre compra la comida, observo los puestos. Me gusta su colorido, su ruido. Suelo dejar que mi mirada vaya de puesto en puesto y que mis oídos escuchen lo más que puedan: conversaciones, música, ofertas, albures, dobles sentidos. Haciendo eso mi mirada repara en una mujer que ignoro por qué se me hace conocida. No hay nada en ella que me permita identificarla: el tapabocas, el peinado, la ropa, todo parece ocultarla a propósito.
En nuestro recorrido la hallamos varias veces. Su voz, cuando pide verdura, tampoco se me hace familiar, y sin embargo, algo en sus ademanes me hace pensar que la conozco. Por un breve instante nuestras miradas se cruzan. En la de ella no hay una sola señal de que me reconozca. Seguimos avanzando. Delante de mi dos puestos, desaparece, no la vuelvo a ver. Un fantasma me digo.
De regreso al auto, con el carro del mandado lleno, me doy cuenta que ya van dos semanas que el señor que cuida y lava los autos no se presenta. Pienso en el marchante, la pregunta sobre si el señor que veíamos cada ocho días vive o no se impone. Termino pensando algo peor, en lo desobligado que soy al no saber ni cómo se llama ni dónde vive ni su teléfono. Mierda que es uno, me digo.
El día se va en cocinar, acomodar, atender. Recibo la llamada de un amigo reciente. Nos conocemos desde hace dos años. Los trenes, la península de Yucatán, las “condiciones materiales” nos unieron. Conversamos animadamente; me habla de sus hijas, de su fin de año. Yo le cuento mis tribulaciones. Su expresión lo dice todo: ¡utaaaaaa! No puedo evitar soltar una risita. Ahora sí –le digo– soy escombro sobre escombro, exiliado y cercado. ¿Desesperado?, –pregunta. No –respondo–, ni siquiera pasé por esa etapa.
Y es que me percibo sosegado. Como si el fin me hubiese arrollado sin avisarme. Me gustaría afirmar que estoy resignado, pero ni siquiera eso es verdad. Pienso en los escombros: ¿cuándo supo esa pared que dejó de ser pared?, ¿cuándo el recubrimiento descubrió fuera de sí las entrañas que se supone debía cubrir finamente? Así yo: simplemente no me enteré.
Nos despedimos deseándonos lo mejor. Resiste es su consejo antes de colgar. Minutos después recibo un mensaje con una fotografía de un libro mío en lo que asumo es una biblioteca. Es un libro ajado y rayado. A la fotografía sigue la pregunta: ¿qué se siente saber que eres leído? Sorpresa –respondo–. Yo no sé los demás pero cuando escribo lo que menos pienso es en si me van a leer. De hecho, quizá parto del hecho de que nadie lo hará. Por respuesta recibo un ¡mamón! Iba a contestar el mensaje pero considero es del todo inútil.
Llego a esta hora de la noche. Me tiro en mi cama improvisada a ras de piso. Abro mi libro sobre el tiempo, pensando en el fantasma, la desobligación, las ausencias, el escombro, el libro ajado y rayado, el virus, las dudas. Leo: la entropía es desorden. ¡Puta madre! digo. ¡Haberlo dicho antes! Suelto la carcajada, aviento el libro, apago la luz. Ahora, como en el mercado, mis ojos recorren la oscuridad, sin puestos, sobre siluetas y figuras indistinguibles y mis oídos escuchan solamente un incontenible tic tac que ya aborrezco.
viernes, enero 08, 2021
Dígase lo que se diga
Hoy, de nuevo, en el quiosco para pruebas COVID en la Alameda del Sur. En la espera de la prueba y el resultado, tuve oportunidad de observar con mayor detenimiento todo el proceso de servicio para la prueba. Lo primero que es necesario subrayar es que, dígase lo que se diga, el esfuerzo institucional es enorme. No sólo por el costo material y económico implicado en esto, sino sobre todo por los recursos humanos. Este esfuerzo es una gran convergencia que demuestra un gobierno activo. Por supuesto que en términos individuales puede haber servidores poco honestos, mal encarados, poco hábiles, así como otros honestos, amables y extraordinariamente hábiles, pero lo que resulta grato es el esfuerzo institucional. Para mí fue una sorpresa hallar un ánimo de confianza en medio de la incertidumbre del posible contagio. Lo cual, me hizo pensar una vez más en lo que he sostenido una y otra vez cuando me piden reflexionar sobre la profesión del trabajo social: durante mucho tiempo, en este país, la presencia más palpable del gobierno y del Estado ha sido la de aquellos que ejercen la profesión de la medicina, la enfermería, el trabajo social, el magisterio y aquellas vinculadas a la represión. En este quiosco la presencia de las instancias de gobierno estuvo en esos profesionales que durante el lapso que estuve allí hicieron con cierto aplomo y temeridad cientos de pruebas a una población inquieta. Eso no quita que allí mismo haya brotado una vez más un tufillo de corrupción, como el día de ayer pude constatar. El hecho de presenciar dos actos iguales seguidos en el mismo lugar quiere decir es una constante. Sin embargo, no encuentro que eso alcance para descalificar lo otro.
Las incansables discusiones sobre lo que el gobierno federal y local han hecho bien o mal, la insistencia en el comportamiento de figuras visibles, sea el Presidente, el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud o la Jefa de Gobierno, suele carecer de un mínimo esfuerzo de irse a asomar a lo que allá, en la brega diaria y el anonimato de las masas sucede. Cuando se observa ese ámbito operar pese a todo, se comprende a cabalidad lo agotador e inútil que son las batallas por los encabezados de la prensa o los votos electorales. Para sorpresa mía, en las casi dos horas que anduve por allí, nadie habló de aquellos protagonistas, sino de la vida cotidiana de cada quien, de las luchas personales, de los empeños de cada hogar. No vi a uno solo ser desagradecido con los profesionales que nos atendieron. Incluso, el ánimo igualitario frente al policía, la vendedora de autos, el emprendedor, el universitario, el albañil, el empresario, etcétera, terminó por asombrarme. Nadie, absolutamente nadie, echó porras a los gobiernos en turno, quizá porque se entiende que esto es un deber gubernamental. La congratulación por lo que se debe hacer aquí parece estar fuera de lugar. Por eso dudo que todo este comportamiento se haya debido al color de un gobierno. Allí están, para recordar, las tragedias del mismo tenor que nos han convocado en años y décadas pasadas, frente a las cuales nos comportamos de manera similar. Y no obstante, es cierto, a diferencia de otros gobiernos, los actuales –el federal y el local– parecen activos: no viven declarando que México sigue en pie sin hacer gran cosa. Pero no hay que confundir nunca el ánimo de la población con el designio de un gobierno. Es esto lo que suele olvidarse y usarse como patente de corso de manera sistemática desde la francachela gubernamental.
Lamento no haber tenido ánimo de fotografiar todo lo que vi hoy. Estaba más ocupado en mirar los árboles, sentir el sol, y observar a mi madre. Toda una vida condensada y en fuga.
Y no, esto no cambia el sentido de mi voto, ni la crítica que me parece merece este gobierno, ni la convicción de que como lo demuestra el partido actualmente dominante, el camino al priismo está hecho de buenas intenciones y una que otra pésima decisión, como violentar sus propios estatutos.
viernes, enero 01, 2021
Dos años
El 30 de Diciembre pasado se cumplieron dos años de la muerte de mi padre, y sin embargo, me parece que fue hace una eternidad. No sé si desde entonces han sucedido demasiadas cosas, si estoy agotado o si tengo entumido el corazón.
No obstante, desde hace mes y medio su presencia me ronda cotidianamente. Involuntariamente, por necesidad, invadí su estudio, que se había quedado intacto desde aquel día de 2018. Sentarme en su silla, usar su escritorio, estar rodeado de su arte, de los libros que le interesaban, de la música que gustaba, de las fotografías que le rodeaban, se ha vuelto el origen de una extraña convivencia.
Allí, en su estudio, aumenta mi sensación de ser solamente un huésped si no es que un intruso en un santuario absolutamente ajeno. Huésped o intruso reverencial que se percata de que si mi padre hubiese vivido en otra época quizá hubiese sido bien visto por los ilustrados.
He dicho que su estudio está lleno de cosas que le gustaban, sí, pero sobre todo, de cosas que él mismo hizo. Fotógrafo, carpintero, escultor, pintor, escritor, ingeniero, arquitecto, científico, inventor, poeta y más fue mi padre a lo largo de sus ocho décadas de existencia. Quizá sus hijos, en conjunto, logramos cubrir con alguna decencia ciertas áreas en las que él era diestro, pero no cabe duda que estuvo más allá de nuestros talentos y cualidades. En cierto modo duele no haber heredado esa universalidad que lo habitaba.
De sus actos pueden decirse muchas cosas. Teníamos muchas discrepancias, pero a él le debo enseñanzas centrales en mi vida. Por ejemplo, mucho antes que el tema ecológico fuera una preocupación general, advertía en su auto que éste consumía oxígeno, razón por la cual era un peligro, una amenaza de muerte. Antes del ecocidio y cambio climático, ya nos hablaba de la devastación, del problema de la energía, del consumismo. Por ejemplo, mucho antes de que yo leyera a Marx, siendo apenas un niño no mayor de siete años, me dio la lección más memorable que he tenido sobre el obrero, la explotación y las razones por las que ellos merecen todo el respeto y apoyo. Gracias a ellos, me dijo, tú comes. Por ejemplo, su disposición permanente a ayudar y a enseñar incluso a costa de su bienestar.
En su estudio hay unas manos que esculpió en madera. La posición, el detalle y el movimiento de esta escultura le otorgan una belleza hipnótica. Pienso en las manos de un ilustrado. En las manos todo comenzó: la delicadeza, el trabajo, la producción, la caricia y la seducción. Esta escultura me hace recodar aquella frase absurda que de joven decía: mis manos están hechas para leer, escribir y acariciar. Las de mi padre estuvieron hechas para ilustrar, para hacer el entorno habitable y para dar testimonio de la vida.
Hoy, las cenizas de mi padre han dado paso a un árbol de mandarina. Un árbol que ya dio su primer fruto. En su estudio, sentado, pienso en mi padre.
domingo, diciembre 27, 2020
Es hora
A los 30 años corroboré lo intuido desde pequeño: no soy bueno para cumplir promesas. Para eso, como para otras muchas cosas, soy un fiasco. Tal es la razón por la que suelo no prometer; hacerlo en mi caso conduce a una puerta falsa.
Cuando cumplí tres décadas supe que mis proyectos, nada inteligentes, se habían ido a la mierda. A partir de entonces me quedó claro que comencé a vivir de más sin mucha idea del porvenir. No cabe duda, ese porvenir fue más que amable conmigo; me obsequió amistades, miradas, sonrisas, cariños, amores, quereres, deseos, palabras, imágenes, paisajes, que me llenaron –y lo siguen haciendo– de alegría y felicidad infinitas que se sumaron a mis quereres y alegrías primordiales de mis veintes. Pero si bien todo eso logró mitigar la incomodidad de haber faltado a la promesa que me hice, no la eliminó.
Hoy llego a otro horizonte con aquella incomodidad a cuestas. Cierto es que lo hago acompañado de la mayoría de quienes alegrías y felicidad me han dado a lo largo de décadas y de años. Lo agradezco tanto. Pero, siempre los malditos peros, arribo a las puertas de un lapso del que quise huir y al que me prometí faltar. Se trata de uno que además me atrae muy poco, casi nada. Mi curiosidad, si acaso existe, hurga en el declive y la decadencia. Sigo viviendo de más pero carezco de lo que hace dos décadas me salvó de mi fallida promesa: una innata tendencia a la pirotecnia. Lo digo sin soberbia, me salía bien.
Dice Silvio en una canción que no sabe ir más allá en días poco inteligentes. Yo me digo que no debí ir más allá. Pero aquí estoy. Sobrio –lo cual en sí mismo es una tragedia– comienzo a observar las capas de polvo que, acumuladas, terminarán por ahogarme. Ojalá fuese antes que después, pero sospecho se trata de una vana ilusión. Es hora de trazar sobre el polvo y ya no más sobre el horizonte: un remedo de arte karensasui y ya no el de la pirotecnia. Que no se me acuse de no saber reinventarme pese a todo, por más que aquella incomodidad sea mi fastidiosa “piedrita” en el zapato.
jueves, diciembre 24, 2020
Un nuevo virus
En México, y supongo en otras partes del mundo, hay otro virus flotando en el aire. Se trata de un virus que transforma a los que antaño se autodenominaban “de izquierda”–nosotros que somos de izquierda, decían– en noveles “liberales” –cuya ambigüedad tiene poco que ver con los decimonónicos– o “socialdemócratas” –en su vertiente más acomodaticia–; que convierte a los otrora defensores de la “democracia” (representativa, por supuesto) en fervientes adeptos de la reelección y el centralismo “de base social”; que vuelve a los “críticos” –rabiosos críticos en el pasado– en lisonjeros del poder; que produce miopía en lo que antes era mirada supuestamente profunda, una miopía ensimismada en la coyuntura (electoral, sobre todo). Este virus es peor que aquel otro que vuelve a los conservadores de siempre en pésimos críticos de la realidad. Este virus, que algunos ya consignan y del que otros hablan tímidamente para no ser exiliados de la palestra embravecida, parece no tener vacuna ni ceder ante la distancia social. Es un virus que se propaga con gran velocidad. Entre sus secuelas están los “res”: resignación, reasignación, reacomodo, reiteración, redefinición, remilitarización, reencantamiento, redobles en su centro la tierra, etcétera.
viernes, diciembre 11, 2020
¿Bailas?
Hoy, por la mañana, sentado en una banca del parque, realizaba mis ejercicios para el cuello, cuando un par de niños –hermana y hermano supongo– se acercaron curiosos a mí. Les vi llegar con una mujer y realizar una estrategia paulatina de acercamiento. La niña me preguntó si estaba bailando. Le dije que no, quitándome los audífonos. El niño hizo su pregunta: ¿qué haces? Ejercicios para el cuello, respondí. Inclinando sus cabezas haca uno de sus hombros, casi al unísono dijeron con asombro ¡¿para el cuello?! al tiempo que instintivamente tocaron sus nucas. Sí, les respondí. Hay que ejercitar todo el cuerpo si no quieren que con el tiempo algunas partes de él se les eche a perder, se les quede tieso e inservible, proseguí casi arrepentido de haber planteado así las cosas. Sus ojitos se abrieron mucho, como soles pugnando por amanecer. Eso incluye su cerebro, les dije. En ese momento la señora les llamó por su nombre. Agitaron sus manos en señal de despedida mientras corrían alegremente hacia ella. Cosas que has de ver me dije, mientras comenzaba a ejercitar mis ojos y volvía a colocar mis audífonos para continuar escuchando “El día de mi suerte” con Héctor Lavoe.
domingo, noviembre 01, 2020
De mis muertos
De mis muertos no sé más allá de lo que reconstruye mi memoria. Ya no sé ni me importa si fueron buenos o malos o si esa reconstrucción es mínimamente fiel. Los percibo como una fogata cuyos rescoldos vinieron a parar aquí. Doy por consumada la mayor parte de sus aspiraciones, sueños, deseos. Banal sería suponer la alcanzaron o que yo la haya realizado. Ni remotamente. Sin embargo, sus rescoldos que aún persisten, junto con mis aspiraciones, sueños, deseos, irán desapareciendo como pavesas que al cielo negro se elevan. En esto no hay tragedia. No la hay porque no olvido que ellos y yo todavía somos fogata alrededor de la cual personas cantan, sueñan, ríen, comen, escriben, leen, piensan, se consuelan, lloran, dudan. Aún soy llama. A mis muertos yo los ilumino.
sábado, octubre 10, 2020
¿Y luego?
Aunque éstos formalmente cuentan con toda una legislación y supervisión que en cierto modo les vuelve transparentes en su operación (ver: https://educacion.nexos.com.mx/?p=2519), nada de eso obstó para que efectivamente en su interior se constituyeran élites, aviadores y demás lindezas que con razón se han esgrimido como motivo fundamental de su posible desaparición. Cierto es que la generalidad de este motivo impidió distingos y diagnósticos apropiados, sin que por ello se invalide el hecho concreto y real de que en ellos hubo beneficiarios que no debieron serlo y que a veces los resultados de proyectos apoyados fueron en verdad magros o inexistentes.
Aceptado sin conceder la generalidad absoluta del motivo, la duda que se impone es exactamente la misma que llevó a su desaparición: no hay nada en el actual gobierno que garantice eso vaya a dejar de suceder. El rezo gubernamental de los principios que se enarbola como mantra es de muy dudosa eficacia, como varios hechos concretos muestran (Villalobos, Guevara, Toledo, Cárdenas, Bueso, etcétera). Este gobierno, ante la urgencia económica y la necesidad política, prescinde de los procedimientos claros que todo gobierno debe tener cuando de dineros, contrataciones y presupuestos se trata. La comparecencia diaria del titular del Ejecutivo para hacer política no quiere decir trasparencia. Incluso podría decirse que su presencia mediática mañanera es un distractor para cualquier ejercicio de esta naturaleza: su estrategia política lo engulle todo. Por lo tanto, no hay elementos reales y concretos que permitan atisbar una operación distinta de la que se acusa en la extinción de estos fideicomisos.
Es evidente que el gobierno actual está necesitado de construir una élite intelectual y académica para los fines que le convengan. Obvia decir, además, que muchos desean formar parte de ella. La saña con la que desde el púlpito se arremete contra la élite intelectual y académica cultivada por los gobiernos anteriores no es otra cosa que la liquidación política de algunos actores para que sus espacios sean ocupados por otros más afines. La parte incofesable de la posible desaparición de los fideicomisos es que forma parte decisiva de esta estrategia. En esto no hay novedad alguna. Podrá discutirse absurdamente si unos valen más la pena que otros, lo cierto es que el actual gobierno tiene la urgencia de liquidar a unos para ensalzar a otros. A la usanza de nuestra política, en tanto que otros gobiernos hicieron lo mismo, no hay nada criticable en que lo haga este gobierno.
Sea como fuere, la duda reside en si aparte de eso hay una idea precisa de una política científica que prevalezca sobre los vaivenes de los gobiernos que se sucederán. Esta fue una de las ideas centrales que dieron origen a los fideicomisos del Conacyt. Puede criticársele y reclamarse con razón todo lo que se quiera a esos fideicomisos, pero el hecho central es que por debajo de las generalizaciones absolutas tan propias del actual gobierno es que hubo un intento que también dio sus resultados relevantes. Desafortunadamente, estos logros han sido invisibilizados por los desvíos y demás, centro del actual discurso político hegemónico.
Puede que el actual gobierno nos sorprenda con una política científica más eficiente y de largo alcance. Puede que no. Pero por ahora la duda es legítima porque hasta hoy no hay indicio alguno que permita meter las manos al fuego de que eso sucederá. La fuerza con que se defiende la desaparición de los fideicomisos no tiene como contrapartida una propuesta concreta, viable e igual de poderosa y sólida que asegure el funcionamiento científico del país más allá de esta administración y las que vienen, sean del signo que sean. Sería un craso error que no la hubiese, que la apuesta fuese permenecer en el poder por treinta años para que exista. Y mucho más grave sería promover la desaparición del desarrollo científico en aras de una ideología que no va más allá de sus protagonistas administrativos. La miopía nunca ha sido una buena apuesta, la altitud de miras sí.
martes, septiembre 08, 2020
Una cana
Hoy me descubrí una cana y me puse estúpidamente feliz. Es muy similar a las que mi abuela tenía. Al verla, me sentí acompañado por ella: recordé su cabello blanco después de bañarse, su carácter tierno y áspero, su gana de hacer de su entorno algo mejor, a veces a golpes, otras a gritos, la mayoría de las veces cariñosa y pedagógicamente. ¿Qué hay de ti en mi abuela? Tal vez esta cana que ahora me acompaña es el inicio de la vereda que me llevará a ese otro paisaje que anduviste hace años: el de la decadencia. Recuerdo que en tus últimos años poco a poco fuiste perdiendo tus facultades mentales, que no eran pocas. En aquel entonces lo pensé como natural, ahora pienso que a lo mejor decidiste ya no enterarte del mundo, salvo de aquel que adorabas: en el que éramos niños, en el que tú eras pura fuerza y voluntad. Pienso que es mentira aquello de que con la edad viene la sabiduría. Lo que viene es la experiencia de la decadencia. Confieso abuela que eso antes me enfadaba (o tal vez me daba miedo). Estaba convencido de que no había que llegar a esta experiencia que ya se anuncia en mí, testimonio del fracaso de mis múltiples suicidios planificados. He aquí la cana que, junto con otros “imperceptibles”, me habla con certeza del umbral en donde estoy parado. Pero ya no me enfado abuela. Diría incluso que hasta tengo algo de curiosidad. La impunidad de la vejez comienza a seducirme abuela. Hoy me descubrí una cana y me puse estúpidamente feliz.
viernes, julio 24, 2020
La Pausa
Recuperar a la falsa Mafalda que no demerita a la verdadera. Querer bajarse del mundo. Ponerse a uno mismo en modo pausa con el fin de pensar con claridad. El vértigo no ayuda, la velocidad tampoco. Comparsas del sentimiento antes que de las ideas. La Montaña Rusa nos hace sentir pero en el momento escasamente ayuda a pensar. Lo mismo sucede con las redes sociales, lugar en el que hoy se disputan las efímeras y acomodaticias verdades de nuestras sociedades. Los medios tradicionales de comunicación masiva, descolocados, andan a la zaga. Por eso pretenden replicar la dinámica de esas redes, convirtiéndose en esbozos fallidos para una humanidad desbocada, urgida de verdades al mayoreo, practicante de una fe ingenua y una militancia simple, superflua, ahogada en contradicciones. Por este mismo derrotero equívoco inducen a la educación. Carece de sentido extenderse más en ejemplos. En pocas palabras, el mundo actual no nos da respiro para pensar. Querer bajarse de su dinámica, ponerse en pausa, tomarse el tiempo y la actitud necesarias para pensar quizá sea una apuesta absurda. Quizá no.
Craso error suponer que poner pausa es querer alejarse, distanciarse. Se trata, por el contrario, de asumir otro ritmo. El ritmo propio de la compañía y de la conversación. Un ritmo distinto del de la ciega soledad que impera en el vértigo y la velocidad, esa que se llama virtualidad. En ella no hay conversaciones, mucho menos compañías; hay avisos, notificaciones, gustos y disgustos, caritas, gestos, conteos. En ella, el tercero excluido, propio de los genuinos encuentros con los otros, es definitivamente expulsado a fuerza de economía de palabras. Conversar, acompañarse, encontrarse, probablemente sea actualmente el deseo más dinosáurico e insano que existe. Pero es un deseo necesario para quien ansía pensar. Porque pensar sucede con otros, es a través de su ejercicio que nace el tercero excluido. Se piensa conversando con otros, estando con otros. Su resultado es siempre inesperado, no el de la negociación, del adoctrinamiento, de la urgencia por convencer, de la construcción de las arenosas verdades que imperan en las redes sociales.
Ponerse en pausa para pensar, encontrarse con otros para pensar, conversar con otros para pensar. Ojalá que cuando el mundo despierte, este dinosáurico deseo siga estando aquí.
viernes, julio 17, 2020
Ceremonias de vida
domingo, abril 05, 2020
Navegar es necesario...
Hacia finales de 2016 pensé que ese año había sido el peor de mi vida, sin saber que los sucesivos le disputarían el título. En realidad, no se trata tanto de que los años empeoren, sino que con el paso del tiempo se pierde la audacia de superar la adversidad como si se tratase de un mal trago, uno más. Los años traen lo suyo, nosotros cada vez podemos menos con algunas cosas que traen consigo.
Desde entonces me fue y me es indispensable recordarme todos los días que los mares, sean calmos o procelosos, se navegan sin importar que en ello vaya la vida, o mejor dicho, porque navegando ella se revela con aristas y magnitudes sorprendentes, aunque al hacerlo, corra el riesgo de terminarse (sí, ya sé que suena a lo que hace años escribió la para muchos odiada Oriana Fallaci, y no sé cuántos escritores más: ¡qué se le va a hacer!).
Hoy, a más de un mes de encierro desde que me operaron, ahora obligado por el aislamiento indicado por las autoridades, me repito lo mismo: navegaremos exitosamente esta tempestad, si no por talento, al menos por obstinación. La mayoría llegará a buen puerto, si bien puede que sea uno devastado. Me digo que no vale la pena preguntarse quiénes pondrán pie allí, por más que nos invada la sensación de ser un arma biológica letal y portátil para los seres queridos y los completamente extraños. Lo que importa es esta experiencia de navegar colectiva y exitosamente la amenaza que supone este virus, por supuesto, pero también, y no en menor medida, navegar el piélago tempestuoso que es uno mismo en estas condiciones.
Navegar es necesario, vivir no, me repito por las mañanas y por las noches.
miércoles, marzo 18, 2020
Con lo que no puedo
Después de un viaje surrealista, con un espectáculo natural increíble y una narración apocalíptica, llegamos al pueblo en donde la mayoría habíamos dejado nuestro auto o que iban a tomar el autobús correspondiente para regresar a sus hogares. Noté que la gente nos veía un poco raro, como posibles portadores del H1N1, aunque llevásemos fuera de la Ciudad de México cosa de dos semanas. Al llegar a la casa en la que había dejado mi auto, la dueña me repitió la historia apocalíptica, recomendándome además no irme del pueblo, porque allí estábamos seguros. Le agradecí sus consejos, decliné la oferta, y comencé el regreso a casa.
La carretera hacia la capital del país fue un paseo por rumores consistentes que cambiaban poco en las gasolineras, tiendas, restaurantes. En todos lados me alertaban del peligro de ir a casa. En algún punto, pude escuchar la radio y hablar por teléfono con mis padres. Había alarma pero nada de lo que me habían dicho o por lo menos que se reportara con tal intensidad. Ya en Puebla, me advirtieron que no se podía entrar a la Ciudad de México, que no me arriesgara a ir. Para mi sorpresa, al llegar a las casetas para entrar a la ciudad, éstas lucían vacías pero nadie impedía el paso, salvo el correspondiente Hoy No Circula. Ni ejército ni policía ni gente.
A propósito regresé a casa de mis padres, ubicada al sur de la ciudad, vía Iztapalapa. Me sorprendió observar que por toda esa zona la vida seguía como si nada. Pocos traían tapabocas, los tacos y restaurantes estaban a reventar, e incluso había fiestas en la calle. Recuerdo haber sonreído al ver esto. Lo que fue evidente es que conforme me aproximaba a zonas de sectores medios, se dejaba sentir un miedo ausente en las zonas populares: los comercios estaban cerrados, casi no había gente en la calle, y los que por alguna razón sí estaban en la calle traían sus tapabocas. Sonreí aún más, porque al parecer el miedo a lo que estaba sucediendo parecía propio de sectores medios y altos. Al día siguiente, tuve que ir a Santa Fe. Allí las cosas en verdad eran alarmantes, parecía que el mundo se iba a acabar. Yo no daba crédito del terror de estos sectores, particularmente si se les comparaba con la tranquila resignación de los sectores menos favorecidos.
Ahora que tenemos el tema de coronavirus, tengo la misma impresión que entonces aunque no la he corroborado. Ayer y hoy me he visto obligado a salir por zonas de sectores medios: los comportamientos son mesurados pero temerosos, nada que ver con los trabajadores que saben están obligados a trabajar para vivir, pase lo que pase con el mentado coronavirus. En el banco, una señora acomodada, dijo al cajero: me gustó mucho que pusieran gel. El cajero la vio con una mirada entre incrédula o indefinida, como diciendo, no me joda, tenemos que trabajar en plena emergencia sanitaria, qué tiene eso que ver con el gusto. El repartidor del agua me advierte: seguiremos trabajando. El lava autos, el jardinero, los barrenderos, encogen los hombros: “seguiremos trabajando”, es su frase.
La resignación del trabajador ante la fatalidad no es valemadrismo: es uno de los rostros de la necesidad. Un par de adultos mayores que realizan labores por donde vivo conversan en medio del andador. Uno de ellos afirma: los de nuestra edad somos susceptibles, igual nos morimos, pero prefiero morir de ese virus que de hambre. Al pasar, los saludo; su amabilidad sigue igual que siempre. Acorde con las estadísticas, son pocos los que se están muriendo de este virus, pero nunca una estadística puede suplantar la empatía del ser que por su edad y necesidad se pone en riesgo, esperando a que el destino le dicte la última palabra, el último gesto, como en el Coliseo romano: vive o muere. Esto es lo que yo no puedo olvidar cuando me hablan de estadísticas.
