Nunca imaginé que reposo eterno fuera una mentira más. Yo que tuve la osadía de pensar entendía mensajes y palabras divinas, padezco el peor de los desamparos. ¿Por qué el afán de no dejarme, dejarnos descansar? Borrosos llegan a mí los recuerdos de aquel paisaje que desde lo alto vi por tiempo indefinido. Después del horizonte me dejaron allí, encerrado, sin poder ver otra cosa que la estrechez de aquella sagrada cárcel que también imaginé infinita. Luego me arrojaron a esta promcuidad gloriosa. La vida después de la muerte me deparó palceres que en vida no pude imaginar, ni siquiera de la mano de la literatura más perversa y por eso mismo prohibida. Algo seductor hay en esta mezcla de huesos, cabellos, olores no siempre fétidos; en este no saber quién soy ni dónde comienzo o termino. Este placer insidioso y cotidiano que no respeta ninguna parte íntima, que me corroe hasta lo huesos, literalmente. Mi cabeza ya no responde por mi cuerpo. Se ha perdido en un mar infinito de granos de arena, tierra y carroña. La oscuridad de siempre me era soportable por la luz de este gozo que tras de sí dejó el sufimiento. Y ahora este afán de remover. No hay descanso ni lo habrá. ¿Cómo podrá haberlo si me encuentro con una realidad que nunca pensé ni soñé ni imaginé? Con ese ruido, con esa desmesura, con tanta luz. Y estos reflejos que me dejan saber que solamente soy un cráneo al que se mira con curiosidad, quizá no tanta como con la que yo miro esto que dicen es la patria soberana.
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
lunes, mayo 31, 2010
lunes, mayo 17, 2010
El Jefe
Dicen que el ex novio celoso de la novia jovencita y guapérrima del susodicho decidió cobrarse a la mala sus celos. Aunque yo pienso que se trató más bien de resarcir la dignidad lesionada. Sea cual fuere el motivo cierto, la que primero perdió fue la razón: pocas cosas obnubilan más que los celos o la dignidad arrastrada por el fango. Así que en plena sinrazón el ex decidió algo descabellado: chingarse al intocable precisamente porque a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido chingárselo. Como se ve, la lógica del argumento es al más puro estilo Matrix (la primera). Recordó entonces lo que en plática dolorosa y final le dijo su ex: “Tiene lana, hartos bienes inmuebles, no es bueno en la cama pero tiene una casita de campo poca madre allá en Querétaro a la que llegan un expresidente poderoso y otros. El puro y los pelos son soportables. Ofrece futuro, en cambio tú me das un presente jodidamente aspiracional”. Además, sobrada, remató: “Es un lugar que se sabe no hay que tocar; sólo algunos privilegiados podemos”. Entonces el novio, lleno de ira, se dijo a sí mismo: "chinguesu" y se lanzó en busca de su presa. Como buen católico se dijo: “Yo, como Job, a chingarme al Leviatán”.
Recorrió la zona con calma, como tusita. Preguntó por acá, por allá. La ñora de las quesadillas le dijo dónde es porque “no es un secreto para nadie”. El ex se fue entonces a inspeccionar el lugar. Ronda, vigila, aguarda. Los días pasan y de pronto encuentra la oportunidad: ve la camioneta del Jefe. Con más audacia que inteligencia, se le para enfrente, solicitando auxilio. Se dice perdido. Se lo dice a sí mismo en un destello racional y se lo dice en voz alta al Jefe para dar una explicación relativamente creíble de su presencia en lugar. El Jefe escucha. Decide ayudarlo porque ¿quién podría tocarlo? Además, nunca se sabe, en la cadena de favores, todos son útiles (se dice a sí mismo el Jefe, recordando al expresidente, al diputado, el empresario, al payaso). Sube al extraño. Éste, sin más, le da un putazo, bien dado, entre ceja, oreja y madre. Luego, otro vergazo. En la desesperación se da cuenta que no tiene arma alguna, pero allí, a la mano, están unas tijeras que el Jefe usa para cortar su puro. Las toma. En plena locura se las mete en un costado al pobre Jefe cuyas barbas se remojan en sangre. Piensa que se siente blandito. Avienta las tijeras al asiento trastero, sin poder evitar una mueca de asco. El ex toma el control de la camioneta. Avanza hasta que encuentra un burro atado a un árbol. Se detiene, baja al motivo de su locura, lo sube al burro y piensa “cómo apesta este cabrón a puro”. Inmediatamente en juego de palabras agrega para sus adentros: “Puro cabrón, cabrón puro, pinche puto”. Caminan. El Jefe se queja. Él le da otro madrazo para que se calle. Se internan en el campo. El ex piensa: “Si seré pendejo, ahora con qué le corto los güevos a este puto cabrón?”…
Recorrió la zona con calma, como tusita. Preguntó por acá, por allá. La ñora de las quesadillas le dijo dónde es porque “no es un secreto para nadie”. El ex se fue entonces a inspeccionar el lugar. Ronda, vigila, aguarda. Los días pasan y de pronto encuentra la oportunidad: ve la camioneta del Jefe. Con más audacia que inteligencia, se le para enfrente, solicitando auxilio. Se dice perdido. Se lo dice a sí mismo en un destello racional y se lo dice en voz alta al Jefe para dar una explicación relativamente creíble de su presencia en lugar. El Jefe escucha. Decide ayudarlo porque ¿quién podría tocarlo? Además, nunca se sabe, en la cadena de favores, todos son útiles (se dice a sí mismo el Jefe, recordando al expresidente, al diputado, el empresario, al payaso). Sube al extraño. Éste, sin más, le da un putazo, bien dado, entre ceja, oreja y madre. Luego, otro vergazo. En la desesperación se da cuenta que no tiene arma alguna, pero allí, a la mano, están unas tijeras que el Jefe usa para cortar su puro. Las toma. En plena locura se las mete en un costado al pobre Jefe cuyas barbas se remojan en sangre. Piensa que se siente blandito. Avienta las tijeras al asiento trastero, sin poder evitar una mueca de asco. El ex toma el control de la camioneta. Avanza hasta que encuentra un burro atado a un árbol. Se detiene, baja al motivo de su locura, lo sube al burro y piensa “cómo apesta este cabrón a puro”. Inmediatamente en juego de palabras agrega para sus adentros: “Puro cabrón, cabrón puro, pinche puto”. Caminan. El Jefe se queja. Él le da otro madrazo para que se calle. Se internan en el campo. El ex piensa: “Si seré pendejo, ahora con qué le corto los güevos a este puto cabrón?”…
sábado, abril 24, 2010
Cambiando túnicas
–¿No te parece pedir demasiado? –me preguntó–. Si yo no me conozco a mí mismo, ¿cómo habrían de hacerlo los demás?, ¿tú, ella, él?
–Pero ¿no dice Sócrates que hay que conocerse a uno mismo? –respondí en tono de provocación.
–Sócrates era un loco. Su afán inquisitorial me enerva –me dijo en ese tono indefinible que le conozco tan bien.
Desde ese día me pongo a pensar en eso del “conócete a ti mismo”. Confieso que no he llegado a punto alguno, pero no deja de ser hilarante imaginarme a Sócrates como inquisidor, sacando información valiosa de quien siguiendo su máxima acudía a él en búsqueda de consejo. No he llegado al punto de imaginármelo torturando al prójimo, pero sí como un incisivo chismoso que de la información ajena obtenía la satisfacción de una obsesión. Y aunque todo esto sea un disparate, no me queda otro remedio que agradecer a aquel filósofo al que tanto le enerva el afán socrático las carcajadas que me provoca el poder intercambiarle túnicas a mi querido Sócrates gracias a su decir.
–Pero ¿no dice Sócrates que hay que conocerse a uno mismo? –respondí en tono de provocación.
–Sócrates era un loco. Su afán inquisitorial me enerva –me dijo en ese tono indefinible que le conozco tan bien.
Desde ese día me pongo a pensar en eso del “conócete a ti mismo”. Confieso que no he llegado a punto alguno, pero no deja de ser hilarante imaginarme a Sócrates como inquisidor, sacando información valiosa de quien siguiendo su máxima acudía a él en búsqueda de consejo. No he llegado al punto de imaginármelo torturando al prójimo, pero sí como un incisivo chismoso que de la información ajena obtenía la satisfacción de una obsesión. Y aunque todo esto sea un disparate, no me queda otro remedio que agradecer a aquel filósofo al que tanto le enerva el afán socrático las carcajadas que me provoca el poder intercambiarle túnicas a mi querido Sócrates gracias a su decir.
lunes, abril 05, 2010
De ocasión
La semana santa termina. Y con ella todas esas exhortaciones inverosímiles que escuché en el radio y en la televisión. Estupefacto me dejaron los que desde micrófonos y pantallas dijeron que era una semana para reflexionar. ¿Reflexionar qué? me preguntaba, esperando que acto seguido a su exhorto lo hicieran. Pero cómodamente instalados en la trinchera del común decir ignoraron sus propias conminaciones. No escuché una sola reflexión sobre la semana santa, ni siquiera sobre la idea del sacrificio por los “pecados del hombre”. Vaya, nada, absolutamente nada. Mucho menos sobre el país o sobre los problemas que aquejan a millones de seres humanos como el hambre, la enfermedad, la rapacidad. Nada. El exhorto no tuvo eco. Pese a esto, lo que más me desconcierta es lo que en la frasesita común está implícito: la reflexión es un asunto de ocasión, por lo menos en la proclama. Se ve entonces por qué estamos donde estamos...
martes, marzo 09, 2010
La cultura como celular
Visto fríamente, la cultura es artículo comprable. Lo que quiero decir es que se ha vuelto una mercancía que se vende al mejor postor, sin por supuesto faltar la ilusión de que es adquirible por cualquiera. La reciente Feria Internacional del Libro de Minería fue un ejemplo clarísimo de ello. Se nos dijo que allí estaba el cúmulo del saber. Y la gente fue. Había colas larguísimas para entrar. Pero bien visto, pocos, muy pocos, pudieron comprar algo que no fuera ilusiones o un sentido de pertenencia, no a la comunidad de lectores, sino al espacio “tangible” de la cultura, representado por autores, comentaristas y presentadores. ¿Quién quiere leer si existe el glamour de codearse con los que nos dicen son famosos y pensantes? ¿Para qué hacerlo si basta pasarse horas de presentación en presentación para al menos saber de qué van las cosas que nunca se leerán? La cultura objetivada en libros que por su precio, mas no por su contenido, son valorados, deseados. Y la novedad como criterio fundamental del interés. La cultura así reducida a un bien, tan atractivo, moderno y deslumbrante como un celular. E incluso en su universo así reducido, tan potencial como un celular pero cuyos usuarios desperdician por perseguir la ilusión que el anuncio de los medios de comunicación masiva les vende: éste está mejor que el anterior o que el otro.
lunes, marzo 08, 2010
jueves, febrero 25, 2010
Invitaciones a presentaciones de libros
Pongo aquí dos invitaciones a presentación de libros. Una tendrá lugar el día de hoy Jueves 25 de febrero a las 19:00 hrs, en el Multiforo Cultural 246, y otra el Domingo 28 de febrero a las 15:00 en la Feria Internacional de Minería. En la primera me corresponde moderar, en la segunda presentar. Van los carteles con información completa para quien le interese.
Invitación 1

Invitación 2
Invitación 1

Invitación 2
miércoles, enero 20, 2010
¿Cuánto cuesta un país?
Estaba yo llenando mi cono de papel en un dispensador de agua cuando a mis espaldas escuché a un niño hacer una pregunta sorprendente: ¿cuánto cuesta un país? Giré la cabeza para escrutar a quien hacía semejante pregunta. El niño estaba viendo las noticias con su madre. En ellas se hacía referencia a Haití. La madre hizo caso omiso a la pregunta, y siguió viendo la televisión como se suele hacer en este país: como hechizada, ensimismada.
No me he podido sacudir la pregunta durante todas estas horas. ¿Cuánto cuesta un país? ¿Qué habría que responderle al niño? ¿Muy caro?, ¿mucho?, ¿demasiado? Obviamente no hay una cifra precisa. Pero tal vez convendría decirle que no hay reconstrucción que no sea un negocio. Que el costo, sea cual fuere, significará jugosas ganancias económicas para quienes lo hagan. Lo que allí se va a reconstruir no es un país, sino una sucursal. Las fundaciones, los deportistas, los actores, los cantantes, se mueven, en principio, por humanitarismo. Pero detrás hay otras cosas menos loables: dinero, inversión, fama que también se traduce en dinero.
Al niño, aunque abstracto, podría decírsele que cuesta más de lo que cualquiera puede imaginarse, pero que ese costo tendrá como resultado cuantiosas ganancias (el doble para los modestos, el triple o el cuátruple para los insaciables). Pero hay una dimensión del “costo” que no es cuantificable en términos económicos, y por eso mismo, más elusiva de lo que están dispuestos a aceptar los teóricos de lo concreto. Y es que la tragedia de Haití dejó al descubierto un Estado sin instituciones, un gobierno sin ejecutores, en suma, un terrible vacío. ¿Cuándo podrá la población de Haití confiar de nueva cuenta en algo parecido a un Estado, a un gobierno, a un país, a una sociedad? Viene de una larga historia de colonialismo y opresión, dictaduras y terror. Hoy se encuentra ante el más pleno desamparo institucional.
¿Cuánto cuesta un país? Mucho en términos económicos, pero más, mucho más, en términos de confianza, en términos de la “suspensión voluntaria de la incredulidad”, que deriva de todas las ficciones políticas que llamamos país, nación, gobierno, Estado. Es obvio que decirle esto a un niño, dado el caso de que se encuentre la forma de hacerlo de manera asequible para él, le sería tan terrible como el terremoto que sacudió a Haití.
No me he podido sacudir la pregunta durante todas estas horas. ¿Cuánto cuesta un país? ¿Qué habría que responderle al niño? ¿Muy caro?, ¿mucho?, ¿demasiado? Obviamente no hay una cifra precisa. Pero tal vez convendría decirle que no hay reconstrucción que no sea un negocio. Que el costo, sea cual fuere, significará jugosas ganancias económicas para quienes lo hagan. Lo que allí se va a reconstruir no es un país, sino una sucursal. Las fundaciones, los deportistas, los actores, los cantantes, se mueven, en principio, por humanitarismo. Pero detrás hay otras cosas menos loables: dinero, inversión, fama que también se traduce en dinero.
Al niño, aunque abstracto, podría decírsele que cuesta más de lo que cualquiera puede imaginarse, pero que ese costo tendrá como resultado cuantiosas ganancias (el doble para los modestos, el triple o el cuátruple para los insaciables). Pero hay una dimensión del “costo” que no es cuantificable en términos económicos, y por eso mismo, más elusiva de lo que están dispuestos a aceptar los teóricos de lo concreto. Y es que la tragedia de Haití dejó al descubierto un Estado sin instituciones, un gobierno sin ejecutores, en suma, un terrible vacío. ¿Cuándo podrá la población de Haití confiar de nueva cuenta en algo parecido a un Estado, a un gobierno, a un país, a una sociedad? Viene de una larga historia de colonialismo y opresión, dictaduras y terror. Hoy se encuentra ante el más pleno desamparo institucional.
¿Cuánto cuesta un país? Mucho en términos económicos, pero más, mucho más, en términos de confianza, en términos de la “suspensión voluntaria de la incredulidad”, que deriva de todas las ficciones políticas que llamamos país, nación, gobierno, Estado. Es obvio que decirle esto a un niño, dado el caso de que se encuentre la forma de hacerlo de manera asequible para él, le sería tan terrible como el terremoto que sacudió a Haití.
jueves, enero 14, 2010
Los héroes de hoy
Si Carlyle viviera, con nosotros estuviera, me dice. Así nos despedimos. La plática no fue agradable. En el metro me encuentro con un periódico que utilizando los estereotipos de los héroes nacionales, les pone rostro de los jugadores más conocidos del fútbol mexicano. ¡Viva el genio individual! Veo de nueva cuenta un documental que me hicieron llegar sobre el grupo Salinas. La pura apología del esfuerzo individual que por arte de magia todo trastoca: la explotación no es tal sino ingenio, el país como mero escenario de la acumulación de capital, la incapacidad verbal como propuesta cultural, la urgencia de no pagar impuestos como política social de la iniciativa privada.
Quien me dijo aquella consigna tiene algo de razón. Sólo que los héroes de ahora son héroes empresarios. Y desde hace tiempo han trazado su estrategia para, como dice una caricatura, “apoderarse del mundo”. Paso a paso lo van logrando: hay que ir a las liberarías para ver los títulos de superación personal que se tiran, hay que ver las notas que los periódicos lanzan sobre conductores (Toño Esquinca) que enarbolan lo que en esos libros se dice, los libros de historia que dan a los profesores de enseñanza primaria, etcétera. Podríamos no leer nada de eso, hacer caso omiso porque no vale la pena. Pero resulta que están allí y que ellos son los adversarios. Más vale andar enterado.
Quien me dijo aquella consigna tiene algo de razón. Sólo que los héroes de ahora son héroes empresarios. Y desde hace tiempo han trazado su estrategia para, como dice una caricatura, “apoderarse del mundo”. Paso a paso lo van logrando: hay que ir a las liberarías para ver los títulos de superación personal que se tiran, hay que ver las notas que los periódicos lanzan sobre conductores (Toño Esquinca) que enarbolan lo que en esos libros se dice, los libros de historia que dan a los profesores de enseñanza primaria, etcétera. Podríamos no leer nada de eso, hacer caso omiso porque no vale la pena. Pero resulta que están allí y que ellos son los adversarios. Más vale andar enterado.
lunes, enero 04, 2010
Desechar la herencia
Como una herencia de mis maestros, solía preguntarle a mis alumnos las razones por las que decidieron estudiar historia. Cuando las respuestas se repitieron de manera sistemática, dejé a un lado esa sana costumbre. Pero ahora no lo hago por una razón más poderosa, relacionada con la siguiente anécdota.
Una maestra de primaria, con la intención de conocer a sus alumnos, les preguntó por su vida y la de sus familias. Las respuestas eran de lo más tradicionales y comunes (mi padre es arquitecto, mi madre es ama de casa; mi padre es ejecutivo, mi madre diseñadora; etcétera). Hasta que un niño dijo lo más quitado de la pena que su padre era narcotraficante. La maestra quedó estupefacta, los niños le admiraron, las niñas le temieron.
Al terminar la clase, después del incómodo momento, la maestra quedó pensando en lo que debía hacer. No estaba segura de que el niño hubiese dicho la verdad. Eso implicaba investigar. Pero en asuntos de narcotráfico, una actitud así es camino seguro a la muerte. Sin embargo, la maestra tampoco podía consentir y pasar por alto lo dicho por el niño. Después del caso de Beltrán Leyva y al arresto de cantantes, le quedó claro que un saber de esa índole no declarado le convertía en cómplice de la delincuencia. No es que fuera puritana, pero le horrorizaba terminar en la cárcel. La angustia llegó a tal nivel, que la maestra no encontró otro camino que renunciar y alejarse de esa escuela, metiendo unos cuantos estados de por medio.
Pienso que esta experiencia es suficiente para dejar de hacer las presentaciones corteses al principio de cada curso, esa agradable experiencia que me enseñaron mis maestros.
Una maestra de primaria, con la intención de conocer a sus alumnos, les preguntó por su vida y la de sus familias. Las respuestas eran de lo más tradicionales y comunes (mi padre es arquitecto, mi madre es ama de casa; mi padre es ejecutivo, mi madre diseñadora; etcétera). Hasta que un niño dijo lo más quitado de la pena que su padre era narcotraficante. La maestra quedó estupefacta, los niños le admiraron, las niñas le temieron.
Al terminar la clase, después del incómodo momento, la maestra quedó pensando en lo que debía hacer. No estaba segura de que el niño hubiese dicho la verdad. Eso implicaba investigar. Pero en asuntos de narcotráfico, una actitud así es camino seguro a la muerte. Sin embargo, la maestra tampoco podía consentir y pasar por alto lo dicho por el niño. Después del caso de Beltrán Leyva y al arresto de cantantes, le quedó claro que un saber de esa índole no declarado le convertía en cómplice de la delincuencia. No es que fuera puritana, pero le horrorizaba terminar en la cárcel. La angustia llegó a tal nivel, que la maestra no encontró otro camino que renunciar y alejarse de esa escuela, metiendo unos cuantos estados de por medio.
Pienso que esta experiencia es suficiente para dejar de hacer las presentaciones corteses al principio de cada curso, esa agradable experiencia que me enseñaron mis maestros.
jueves, diciembre 31, 2009
Fin de año...
Los días han sido largos. Muchas horas en cama, dándole vueltas a las hojas, sorprendiéndome de cada frase. Cada renglón se convierte en un extraño viaje por un lenguaje que pese a todo me parece desconocido. Intuyendo en cada letra, en cada palabra, en cada forma, en el color y calidad de la tinta, miles de historias infinitas que convergen en las frases que desconciertan mis ojos. El gozo vuelto a encontrar. Dejando a un lado las ansiedades, las necesidades de respuesta, a merced solamente de las preguntas que planean por ese paisaje barroco que es mi cabeza.
El encuentro cada vez menos común con los de siempre y el reencuentro esporádico y sorprendente con los de ayer. Percibir con claridad las huellas de uno en los demás. Saber con cierta certeza que hay estela en el andar propio. Saberlo sin congoja, sin compromiso, sin tormenta. Escudriñarse durante esas horas de cama para hallar también las huellas de todos en uno. Las que llenan, las que satisfacen, las que duelen, las que sin pena ni gloria dejan alguna silueta que decido recordar para no condenarlas al olvido en que por sí mismas se instalan.
Estar sin hacer planes, sin estar atento a las inercias que es necesario domesticar, sin cultivar lo que parece valioso y sin desechar lo que a primera vista se revela inútil o dañino. Sólo estar, en cama, sin cavilar, sin hacer ajuste de cuentas, sin hacer las maletas para lo que espera el año próximo. Sonreírle al hecho de estar aquí, acostado, pasando las hojas, sin esperanza, sin condena, sin absolución. Con este gozo extraño que me obsequia verlo todo de nueva cuenta, como si no lo hubiese visto jamás.
Botar el reloj, los celulares, la computadora. Tardarse siglos para responder si una llamada entra, si un mensaje convoca, si un correo electrónico más satura el buzón. Volver a tomar la pluma y un viejo cuaderno para reencontrar la necesidad del trazo. Que no diga nada es lo de menos. Lo placentero que se vuelven las líneas, los círculos, las ondulaciones, los puntos, el inifinito trazado en una hoja que es por definición insuficiente.
Revisar en horas de ocio las fotografías de quienes con cariños, odios y amor me han acompañado. Arrugar el ceño cuando me asalta la duda de qué fue de cada persona, de cada palabra, de cada historia compartida. Y al mismo tiempo sentirme tranquilo por saberte caminando en mi vida. Mirar con tranquilidad mis círculos íntimos, mis círculos próximos, mis círculos orbitales e incluso a aquellos que por una u otra razón ya no forman parte de ninguno de ellos.
Cerrar el libro, el cuaderno, los ojos con la intención de dormir como hace mucho tiempo no sucede. Dormir y cerrar todos los capítulos. Dormir porque hace siglos la vida me atormenta y no me deja en paz. Trazar el trazo hipnótico para dormir y seguir mañana, otro día, otro mes, otro año, otro siglo.
Detente un momento a mi lado...
El encuentro cada vez menos común con los de siempre y el reencuentro esporádico y sorprendente con los de ayer. Percibir con claridad las huellas de uno en los demás. Saber con cierta certeza que hay estela en el andar propio. Saberlo sin congoja, sin compromiso, sin tormenta. Escudriñarse durante esas horas de cama para hallar también las huellas de todos en uno. Las que llenan, las que satisfacen, las que duelen, las que sin pena ni gloria dejan alguna silueta que decido recordar para no condenarlas al olvido en que por sí mismas se instalan.
Estar sin hacer planes, sin estar atento a las inercias que es necesario domesticar, sin cultivar lo que parece valioso y sin desechar lo que a primera vista se revela inútil o dañino. Sólo estar, en cama, sin cavilar, sin hacer ajuste de cuentas, sin hacer las maletas para lo que espera el año próximo. Sonreírle al hecho de estar aquí, acostado, pasando las hojas, sin esperanza, sin condena, sin absolución. Con este gozo extraño que me obsequia verlo todo de nueva cuenta, como si no lo hubiese visto jamás.
Botar el reloj, los celulares, la computadora. Tardarse siglos para responder si una llamada entra, si un mensaje convoca, si un correo electrónico más satura el buzón. Volver a tomar la pluma y un viejo cuaderno para reencontrar la necesidad del trazo. Que no diga nada es lo de menos. Lo placentero que se vuelven las líneas, los círculos, las ondulaciones, los puntos, el inifinito trazado en una hoja que es por definición insuficiente.
Revisar en horas de ocio las fotografías de quienes con cariños, odios y amor me han acompañado. Arrugar el ceño cuando me asalta la duda de qué fue de cada persona, de cada palabra, de cada historia compartida. Y al mismo tiempo sentirme tranquilo por saberte caminando en mi vida. Mirar con tranquilidad mis círculos íntimos, mis círculos próximos, mis círculos orbitales e incluso a aquellos que por una u otra razón ya no forman parte de ninguno de ellos.
Cerrar el libro, el cuaderno, los ojos con la intención de dormir como hace mucho tiempo no sucede. Dormir y cerrar todos los capítulos. Dormir porque hace siglos la vida me atormenta y no me deja en paz. Trazar el trazo hipnótico para dormir y seguir mañana, otro día, otro mes, otro año, otro siglo.
Detente un momento a mi lado...
lunes, diciembre 21, 2009
Joaquín y Martí
Llegó a mi correo electrónico un artículo del secretario de Desarrollo Social del Gobierno del Distrito Federal. Se me pide, como a otros tantos, que “lo difunda”. Por el tono, es de suponerse que el equipo del secretario no espera que emita opinión alguna y que solamente lo difunda entre mis conocidos. Esto no lo puedo hacer. Así que procedo a opinar al respecto.
Los políticos suelen moverse bien en las superficies. Proceden convencidos de que forma es fondo. Martí Batres no es la excepción. En su columna, “Objeciones de la memoria” (17 de diciembre de 2009), responde a Joaquín López Dóriga de un modo “político”, es decir, poniendo énfasis en obviedadades y haciendo caso omiso de las cosas de fondo, sacando a relucir currículum y enviando mensajes a por lo menos un actor político de importancia.
El motivo de la respuesta del secretario es la reiterada insistencia del periodista en su renuncia al puesto que califica de poderoso. Martí Batres aclara a Joaquín López Dóriga que el presupuesto que su secretaría maneja no es de 12 mil millones como afirma en uno de sus artículos, sino de “apenas” mil 300 millones de pesos. La exageración salta a la vista. No obstante, deja intacto el hecho de que efectivamente la secretaría de Desarrollo Social es sumamente poderosa por su incidencia y el modo en que se maneja la distribución de sus recursos.
Luego el secretario pierde piso. Argumenta que la ley, claramente manifiesta en la firma de su nombramiento por parte del Jefe de Gobierno, “no aparece que los conductores de televisión tengan facultad para poner o quitar funcionarios de gobierno alguno”. Perogrullo haciendo gala de su lógica. No, evidentemente no “aparece” ni “estipula” ley alguna semejante cosa.
Joaquín López Dóriga es solamente un periodista, o como dice el secretario, un “comentarista de televisión”. En este país ser tal cosa no implica necesariamente voluntad informativa ni compromiso alguno con la veracidad. Pero tampoco supone necesariamente una postura personal. Guste o no, López Dóriga es parte de eso que suelen llamar “opinión pública”. En México ésta es, sobre todo, el decir de ciertos poderes económicos que monopolizan los medios de información masiva, particularmente la televisión.
Por lo anterior, el secretario se equivoca cuando hace el diagnóstico del por qué es objeto de ataques de aquel “comentarista de televisión”. Supone de manera muy gratuita que esto se debe a la labor que la secretaría de Desarrollo Social lleva a cabo. Sin descanso, dice el secretario, los que la integran siempre están en contacto “con la población menos favorecida económicamente”. Y concluye que “Tal vez eso es lo que inquieta y pone nerviosa a una derecha intolerante y delirante que hoy me quiere sacar del Gobierno de la Ciudad”. No, a esos poderes no les inquieta en lo más mínimo que estén “siempre en contacto” con esa población. De hecho, hasta lo ven con simpatía. Los poderes económicos, particularmente los que monopolizan los medios de comunicación masiva, hacen exactamente lo mismo que muchos de los programas del gobierno de la ciudad. Y la derecha intolerante a la que alude el secretario, es católica. La caridad, que supone también estar en contacto con los menos favorecidos, es virtud teologal. Ergo, la practican porque en ella va la salvación del alma. Así que difícilmente podrán objetar el acto de “estar en contacto” con los menos favorecidos.
El ataque del que el secretario es objeto se debe a algo menos noble que lo sostenido en su alegato. Se trata ni más ni menos del 2012. La sucesión presidencial sí inquieta a los poderes económicos de este país. Por ello van tejiendo su estrategia para imponerse de una vez por todas: desde la televisión y el espectáculo crean un candidato, impulsan una reforma electoral que garantice el bipartidismo, y buscan cómo sortear el escollo del Distrito Federal. Aquí la opción era “Juanito”, pero se cebó. Así, pues, los ataques al secretario de Desarrollo Social están insertos en plena estrategia electoral.
Con el 2012 en el horizonte, esos poderes económicos consideran indispensable sacudirse al señor López de manera definitiva. Como es sabido, el secretario Batres basa parte de su proyección política en su lealtad incondicional a López Obrador. Incluso del proceder de éste quiso hacer teoría política (Las claves de AMLO). Y es que el secretario de Desarrollo Social está metido de lleno en la carrera electoral para ser, por lo menos, candidato a Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Lo cual lo coloca ante un triple adversario: los poderes económicos, los partidos políticos, y su propio partido (Quizá por ello López Dóriga atribuye la salida de Martí Batres como parte de un debate interno del Partido de la Revolución Democrática).
A Martí Batres le molesta que López Dóriga haga alusiones a los conflictos del PRD. Con una frase que pretende ser lapidaria (“Joaquín me corre alegando un debate interno de un partido al que no pertenece”) se desbarranca por segunda vez. ¿No podría objetársele lo mismo?, por ejemplo, ¿cómo habla de una derecha intolerante a la que no pertenece?. Para Martí Batres, al parecer, la pertenencia define la comprensión. Lo cual todo lo vuelve necesariamente “exclusivo”.
Así, asido a esta lógica endeble (no perteneces-no comprendes-entonces no opines), saca a relucir currículum. Escribe: “En cambio yo sí soy del PRD y como presidente capitalino del mismo defendí y garanticé el derecho de Marcelo Ebrard a participar en una elección interna de la que querían sacarlo para que ni siquiera pudiera contender. Trabajé intensamente para contribuir en su triunfo en 2006. Soy parte del proyecto de izquierda en la ciudad. En cambio, Joaquín trabajó para otro, y lo sigue haciendo”. El párrafo en su conjunto contrasta con el título mismo de su columna: “Objeciones de la memoria”. Supongo que ésta se trata de “recordar”. Y hasta donde es posible hacerlo, don Marcelo Ebrard no es una persona de izquierda. En aras de un discurso político no habría que olvidar aquella reunión en la que tras perder el registro de su partido en ciernes, Camacho Solís y Marcelo Ebrard llegaron a la conclusión de que era mejor apoderarse del PRD que seguir en el intento fútil de fundar otro partido. Y así lo hicieron. Pero eso no los hizo de izquierda ni a uno ni a otro. Son priistas y son camaleones.
Sin duda Martí Batres es de izquierda (de cierto tipo de izquierda). Una larga tradición familiar se lo exige y sus convicciones son profundas. Pero de allí a concluir que en la ciudad de México hay un proyecto de izquierda existe una distancia considerable. Mucho de lo que se hace en esta ciudad tiene un sesgo cristiano. Pasa en otros lugares del mundo, como en Nicaragua. Es la nueva tendencia de la "izquierda". Por eso es que muchos de los proyectos de esta "izquierda" son cordialmente aceptados por la derecha. Muy pocas cosas que se han hecho en esta ciudad, como lo del aborto, como lo de la recién aprobada ley de adopción para parejas del mismo sexo, son en verdad imposibles de asumir para la derecha. Y tal vez ese sea un signo de izquierda. Pero es muy poco. Y de lo poco que hay de cierto tipo de izquierda, está el secretario de Desarrollo Social, que no obstante, tampoco ha podido sacudirse todas las inercias de una tradición política corporativa que impera en nuestro país.
Pero los decires de Joaquín van más allá. Llegan hasta los oídos del Jefe de Gobierno. Éste tarde o temprano habrá de enfrentarse a López Obrador por la candidatura y los acomodos dentro del Distrito Federal de la “izquierda electoral”. Algo le están diciendo los poderes económicos al Jefe de Gobierno. Probablemente que le ven con más simpatía que a López Obrador. Seguramente que prefieren a alguien de su gente en la jefatura de gobierno que a alguien cercano al tabasqueño. Se trata de mensajes políticos, no de ataques a políticas sociales de un gobierno de dudosa tendencia de izquierda. Y muy en el fondo Martí Batres lo sabe. De otra manera su alusión al importantísimo papel que jugó como presidente del PRD-DF para que Marcelo Ebrard fuese candidato, y por consiguiente, Jefe de Gobierno, sería una mera “chiripa”, inconcebible para un político que aspira a los puestos más altos de la ciudad y de la república. Como quien no quiere la cosa, el actual secretario le recuerda al Jefe de Gobierno ciertas deudas. Esperemos que al menos lo haya hecho concientemente.
No aspiro a que los políticos sean más de lo que actualmente son. He perdido toda esperanza de ello. Sin embargo, a nadie se le exige someterse a lo que ellos son. Por eso me parece importante opinar en este espacio. Lo hago sin miramiento ni simpatías (aunque las tengo).
Los políticos suelen moverse bien en las superficies. Proceden convencidos de que forma es fondo. Martí Batres no es la excepción. En su columna, “Objeciones de la memoria” (17 de diciembre de 2009), responde a Joaquín López Dóriga de un modo “político”, es decir, poniendo énfasis en obviedadades y haciendo caso omiso de las cosas de fondo, sacando a relucir currículum y enviando mensajes a por lo menos un actor político de importancia.
El motivo de la respuesta del secretario es la reiterada insistencia del periodista en su renuncia al puesto que califica de poderoso. Martí Batres aclara a Joaquín López Dóriga que el presupuesto que su secretaría maneja no es de 12 mil millones como afirma en uno de sus artículos, sino de “apenas” mil 300 millones de pesos. La exageración salta a la vista. No obstante, deja intacto el hecho de que efectivamente la secretaría de Desarrollo Social es sumamente poderosa por su incidencia y el modo en que se maneja la distribución de sus recursos.
Luego el secretario pierde piso. Argumenta que la ley, claramente manifiesta en la firma de su nombramiento por parte del Jefe de Gobierno, “no aparece que los conductores de televisión tengan facultad para poner o quitar funcionarios de gobierno alguno”. Perogrullo haciendo gala de su lógica. No, evidentemente no “aparece” ni “estipula” ley alguna semejante cosa.
Joaquín López Dóriga es solamente un periodista, o como dice el secretario, un “comentarista de televisión”. En este país ser tal cosa no implica necesariamente voluntad informativa ni compromiso alguno con la veracidad. Pero tampoco supone necesariamente una postura personal. Guste o no, López Dóriga es parte de eso que suelen llamar “opinión pública”. En México ésta es, sobre todo, el decir de ciertos poderes económicos que monopolizan los medios de información masiva, particularmente la televisión.
Por lo anterior, el secretario se equivoca cuando hace el diagnóstico del por qué es objeto de ataques de aquel “comentarista de televisión”. Supone de manera muy gratuita que esto se debe a la labor que la secretaría de Desarrollo Social lleva a cabo. Sin descanso, dice el secretario, los que la integran siempre están en contacto “con la población menos favorecida económicamente”. Y concluye que “Tal vez eso es lo que inquieta y pone nerviosa a una derecha intolerante y delirante que hoy me quiere sacar del Gobierno de la Ciudad”. No, a esos poderes no les inquieta en lo más mínimo que estén “siempre en contacto” con esa población. De hecho, hasta lo ven con simpatía. Los poderes económicos, particularmente los que monopolizan los medios de comunicación masiva, hacen exactamente lo mismo que muchos de los programas del gobierno de la ciudad. Y la derecha intolerante a la que alude el secretario, es católica. La caridad, que supone también estar en contacto con los menos favorecidos, es virtud teologal. Ergo, la practican porque en ella va la salvación del alma. Así que difícilmente podrán objetar el acto de “estar en contacto” con los menos favorecidos.
El ataque del que el secretario es objeto se debe a algo menos noble que lo sostenido en su alegato. Se trata ni más ni menos del 2012. La sucesión presidencial sí inquieta a los poderes económicos de este país. Por ello van tejiendo su estrategia para imponerse de una vez por todas: desde la televisión y el espectáculo crean un candidato, impulsan una reforma electoral que garantice el bipartidismo, y buscan cómo sortear el escollo del Distrito Federal. Aquí la opción era “Juanito”, pero se cebó. Así, pues, los ataques al secretario de Desarrollo Social están insertos en plena estrategia electoral.
Con el 2012 en el horizonte, esos poderes económicos consideran indispensable sacudirse al señor López de manera definitiva. Como es sabido, el secretario Batres basa parte de su proyección política en su lealtad incondicional a López Obrador. Incluso del proceder de éste quiso hacer teoría política (Las claves de AMLO). Y es que el secretario de Desarrollo Social está metido de lleno en la carrera electoral para ser, por lo menos, candidato a Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Lo cual lo coloca ante un triple adversario: los poderes económicos, los partidos políticos, y su propio partido (Quizá por ello López Dóriga atribuye la salida de Martí Batres como parte de un debate interno del Partido de la Revolución Democrática).
A Martí Batres le molesta que López Dóriga haga alusiones a los conflictos del PRD. Con una frase que pretende ser lapidaria (“Joaquín me corre alegando un debate interno de un partido al que no pertenece”) se desbarranca por segunda vez. ¿No podría objetársele lo mismo?, por ejemplo, ¿cómo habla de una derecha intolerante a la que no pertenece?. Para Martí Batres, al parecer, la pertenencia define la comprensión. Lo cual todo lo vuelve necesariamente “exclusivo”.
Así, asido a esta lógica endeble (no perteneces-no comprendes-entonces no opines), saca a relucir currículum. Escribe: “En cambio yo sí soy del PRD y como presidente capitalino del mismo defendí y garanticé el derecho de Marcelo Ebrard a participar en una elección interna de la que querían sacarlo para que ni siquiera pudiera contender. Trabajé intensamente para contribuir en su triunfo en 2006. Soy parte del proyecto de izquierda en la ciudad. En cambio, Joaquín trabajó para otro, y lo sigue haciendo”. El párrafo en su conjunto contrasta con el título mismo de su columna: “Objeciones de la memoria”. Supongo que ésta se trata de “recordar”. Y hasta donde es posible hacerlo, don Marcelo Ebrard no es una persona de izquierda. En aras de un discurso político no habría que olvidar aquella reunión en la que tras perder el registro de su partido en ciernes, Camacho Solís y Marcelo Ebrard llegaron a la conclusión de que era mejor apoderarse del PRD que seguir en el intento fútil de fundar otro partido. Y así lo hicieron. Pero eso no los hizo de izquierda ni a uno ni a otro. Son priistas y son camaleones.
Sin duda Martí Batres es de izquierda (de cierto tipo de izquierda). Una larga tradición familiar se lo exige y sus convicciones son profundas. Pero de allí a concluir que en la ciudad de México hay un proyecto de izquierda existe una distancia considerable. Mucho de lo que se hace en esta ciudad tiene un sesgo cristiano. Pasa en otros lugares del mundo, como en Nicaragua. Es la nueva tendencia de la "izquierda". Por eso es que muchos de los proyectos de esta "izquierda" son cordialmente aceptados por la derecha. Muy pocas cosas que se han hecho en esta ciudad, como lo del aborto, como lo de la recién aprobada ley de adopción para parejas del mismo sexo, son en verdad imposibles de asumir para la derecha. Y tal vez ese sea un signo de izquierda. Pero es muy poco. Y de lo poco que hay de cierto tipo de izquierda, está el secretario de Desarrollo Social, que no obstante, tampoco ha podido sacudirse todas las inercias de una tradición política corporativa que impera en nuestro país.
Pero los decires de Joaquín van más allá. Llegan hasta los oídos del Jefe de Gobierno. Éste tarde o temprano habrá de enfrentarse a López Obrador por la candidatura y los acomodos dentro del Distrito Federal de la “izquierda electoral”. Algo le están diciendo los poderes económicos al Jefe de Gobierno. Probablemente que le ven con más simpatía que a López Obrador. Seguramente que prefieren a alguien de su gente en la jefatura de gobierno que a alguien cercano al tabasqueño. Se trata de mensajes políticos, no de ataques a políticas sociales de un gobierno de dudosa tendencia de izquierda. Y muy en el fondo Martí Batres lo sabe. De otra manera su alusión al importantísimo papel que jugó como presidente del PRD-DF para que Marcelo Ebrard fuese candidato, y por consiguiente, Jefe de Gobierno, sería una mera “chiripa”, inconcebible para un político que aspira a los puestos más altos de la ciudad y de la república. Como quien no quiere la cosa, el actual secretario le recuerda al Jefe de Gobierno ciertas deudas. Esperemos que al menos lo haya hecho concientemente.
No aspiro a que los políticos sean más de lo que actualmente son. He perdido toda esperanza de ello. Sin embargo, a nadie se le exige someterse a lo que ellos son. Por eso me parece importante opinar en este espacio. Lo hago sin miramiento ni simpatías (aunque las tengo).
martes, diciembre 08, 2009
No es una joya pero...
No es precisamente una joya, pero tiene su encanto. Clavado en la memoria tengo el estribillo "¿Dónde crees que vas? ¿Quién te parece que soy? No mires atrás, que ya no estoy. Pero ¿dónde crees que vas? ¿Quién te parece que soy? Si miras atrás mañana es hoy... No mires atrás que... sepas que el final no empieza hoy...". Pegado pegado lo traigo... Al grado que lo tarareo en la moto...
Obra de arte en la ciudad
Hay cosas que no se pueden saber, pensaba. ¿Cómo es posible que sienta un brazo de sol ciñéndome por la cintura?, se preguntaba. Entre tú y el horizonte hay un extraño parentesco, decía una voz dentro de su cabeza. Amanecer o atardecer en ti, es el único milagro que me interesa, declaró en silencio. Escojo, se dijo, esta manera de morir: quemada, quemada, quemada. Este sol que me asa, que me hace, que me incendia, que me arrasa, no deja oxígeno qué respirar, intentó musitar. Y tras el horizonte sólo queda tu mar, que proceloso me hunde y me ahoga, intenta gritar pero sólo alcanza a gemir sílabas y más sílabas.
Aislados por el bendito vapor que se adhiere a las ventanas de ese auto, obsequiaron un bello cuadro para una urbe contrahecha.
Aislados por el bendito vapor que se adhiere a las ventanas de ese auto, obsequiaron un bello cuadro para una urbe contrahecha.
sábado, noviembre 14, 2009
Lo que hay de ti en mí
¿Has visto cómo ojos, algunos discretos y otros ávidos, recorren tu cuerpo? ¿Te has enterado de los pensamientos que intuyo tras los relámpagos de deseo que les nublan la mirada cuando caminas frente a ellos? ¿Sientes de alguna manera lo que tu mirada hace desear, soñar?¿Sufres los sufrimientos que el imposible dibuja como caricia en tus caderas y que solamente esos otros que te admiran padecen cual enfermedad? ¿Sabes que para mí eres todo eso (enfermedad y condena, pero también medicina y alivio) y más? ¿Percibes las centellas de mis ojos cuando hablas, cuando a fuerza de palabra me haces un lugar en tu mundo? ¿Acaso eres plenamente conciente de las múltiples muertes que tu vida, tu cuerpo y tus palabras me han obsequiado? ¿Cargarás el milagro de mi constate revivir en ti? ¿Cómo explicarte que solamente así, con estas preguntas, puedo decirte, de manera vaga es cierto, lo que de ti hay en mí?
miércoles, noviembre 04, 2009
Dadle al César lo que es del César y a la iniciativa privada lo que es de la iniciativa privada
A menudo usamos palabras cuyas implicaciones nos son elusivas. Por ejemplo, la de “impuestos”. Un documento elaborado por el Programa de Presupuesto y Gasto Público del Centro de Investigación y Docencia Económicas, sostiene que los impuestos son una fuente muy importante de ingresos para el gobierno, y en otro lugar se afirma que el Estado devuelve a la sociedad la extracción impositiva a través de bienes públicos como la educación y los servicios como la luz, la impartición de justicia y la seguridad. Así, los impuestos son al mismo tiempo “ingresos” y “extracciones”. En esto no hay contradicción alguna, pues efectivamente puede obtenerse lo uno por medio de lo otro, como lo demuestra el narcotráfico con su ya tristemente célebre “derecho de piso”. Ciertamente tiene un notable tono parasitario, pero para el caso del Estado, precisamente por sus bienes y servicios, no lo es, o por lo menos no lo es tanto, y además tiene su justificación plena.
Sin embargo, sí hay una diferencia considerable entre gobierno y Estado. Si se atiende al proceso formal por medio del cual se aprueba la Ley de Ingresos en este país, queda claro que los impuestos debieran ser un asunto de Estado, no de gobierno. De lo contrario carecería de sentido que el poder Ejecutivo envíe al poder Legislativo su propuesta de Ley para ser aprobada con o sin modificaciones. Por eso no se equivocan los diputados que al calor del debate actual sostienen que los impuestos son necesarios e indispensables para el funcionamiento del Estado. En efecto, sin ellos acabaría desintegrándose. No viene al caso discutir aquí las diferentes concepciones de Estado que existen en la historia del pensamiento político, baste con decir que sin impuestos ni educación ni luz ni justicia ni seguridad podría ofrecer el Estado, y por lo tanto, su existencia sería absurda. De aquí que aquella Ley de Ingresos está animada preponderantemente por una política de Estado que trasciende los alcances y veleidades del gobierno en turno.
Sostener lo anterior es, por supuesto, hacer referencia a un mero ideal, es hablar de un “deber ser”, es insistir en un aspecto formal que se agota en su solo planteamiento. En nuestro país, como lo demostró con creces el reciente debate en torno a la Ley de Ingresos 2010, los impuestos obedecen a cosas muy diferentes de una política de Estado, y adolecen de falta de justificación alguna por al menos tres razones.
La primera tiene que ver con lo que “teóricamente” el Estado devuelve a la sociedad por la extracción impositiva que le hace. Ni los bienes ni los servicios que ofrece son tales. Los gobiernos neoliberales acuden al expediente del subterfugio para darnos “liebre por gato”. Nos dicen que el problema de los bienes y servicios es que deben de ser “de calidad”, razón por la cual intentan hacer pasar por justa una mayor extracción de dinero a través de los impuestos. Pero resulta que un bien o un servicio es de calidad o no es una cosa ni la otra. El diccionario de la Real Academia ofrece la siguiente definición de servicio: “Actividad llevada a cabo por la Administración o, bajo un cierto control y regulación de ésta, por una organización, especializada o no, y destinada a satisfacer necesidades de la colectividad”. La satisfacción de una necesidad no puede hacerse a “medias”; se la satisface o no se la satisface.
Si se considera lo dicho párrafos atrás, queda claro que el Estado mexicano no satisface las necesidades de luz, de impartición de justicia ni de seguridad de la población en su conjunto. Lo mismo sucede con los bienes: la educación, si bien pretendidamente universal (al menos la básica), no satisface las necesidades sociales en tanto que sus contenidos dejan mucho que desear, como lo demuestra la prueba “Enlace”. Entonces, en México, la devolución de la “extracción impositiva” del Estado a sus sociedad no corresponde con los impuestos que le cobra. Se trata de una relación inequitativa y asimétrica: se quita mucho y se da muy poco. Y lo que es peor es que a la sociedad se le pide que haga caso omiso de este hecho en aras de bienes y servicios “de calidad” que algún día llegarán. En pocas palabras: “te cobro en virtud de una promesa que, te juro, llegará con el tiempo”.
La segunda se relaciona directamente con la plena conciencia del gobierno de su imposibilidad e incapacidad para ofrecer bienes y servicios a cambio de la extracción de impuestos. “Adelgazar” al Estado, dejar en manos de la iniciativa privada los bienes y servicios que teóricamente corresponden al Estado y en virtud de los cuales cobra impuestos, es reconocer, si se quiere de manera inconsciente, que éstos sirven para fines distintos a los que corresponden al Estado. Esas “extracciones impositivas” no se devuelven a la sociedad en bienes y servicios, puesto que el Estado ya no los provee. Al más puro estilo parasitario el gobierno extrae recursos que no devuelve, no sólo porque carece de intención, sino porque ya no tiene los medios para devolverlos (la educación no está en sus manos sino de una “lidereza” y la iniciativa privada; la luz tampoco está en sus manos, pues invita a la iniciativa privada a apoderarse aún más de ella; la justicia y la seguridad no sólo son ineficientes sino que dejan en manos de instancias privadas o parvadas de paramilitares su juicio y ejecución, como está sucediendo en el municipio de San Pedro Garza García).
Adicionalmente condena a su sociedad a pagar, aún más caro, aquello por lo cual acepta se le quite una parte de sus ganancias derivadas del trabajo. Bajo una bien aprendida lógica católica, el gobierno mexicano dice a su sociedad: “dadle a César lo que es de César, y a la iniciativa privada lo que es de la iniciativa privada”. Es decir, págale al gobierno por bienes y servicios que no te da y págale a la iniciativa privada por lo que te ofrece y hace pasar por “servicios de calidad”.
La tercera razón se nos reveló en el reciente debate sobre la Ley de Ingresos que propuso el poder ejecutivo. Se nos dijo, primero, que el país enfrenta un “hueco” financiero derivado del fin de la era del petróleo. Para aliviarlo, se nos dijo después, es necesaria una alza generalizada de impuestos. Se nos dice ahora que gracias a lo aprobado por diputados y senadores el gobierno podrá cumplir con sus funciones. Queda claro entonces que en nuestro país la política impositiva es un asunto de gobierno, puesto que el Estado es ya prácticamente inexistente, y por tanto, que estos ingresos son necesarios para que el gobierno funcione. En este sentido, la administración actual es prístina: el funcionamiento de uno no significa de ninguna manera los servicios que el otro está obligado a ofrecer a cambio de la extracción impositiva.
Esto fue precisamente lo que se hizo evidente en el debate sobre la alza de impuestos. Salvo un sector minoritario, los actores políticos demostraron que, además de la inexistencia del Estado, para ellos tampoco existe la sociedad. La discrepancia central en cuanto a la Ley de Ingresos se centró en la responsabilidad política del alza de impuestos. La economía, la población, los bienes y servicios durmieron el sueño de los justos en esta discusión. La serie de acusaciones entre los líderes de partidos políticos, adalides de fracciones y el secretario de Hacienda dejaron claro que en la política fiscal prevalece el interés particular de un gobierno sobre el bien general que supone la sociedad mexicana y el Estado. El “hueco” financiero amenaza al gobierno y por tanto exige a su sociedad pagar más impuestos. La oposición, con sus honrosas excepciones, se dio cuenta que de esos impuestos también depende su existencia y su funcionamiento. De tal suerte que al unísono, después de escarceos, amonestaciones, amagues y simulaciones, aprobaron una Ley de Ingresos cuya único objetivo central es el funcionamiento del gobierno. Fácilmente se nos ha demostrado que la lógica parasitaria es insaciable, lo mismo si se habla del César que de la iniciativa privada. Y que la única afectada es la sociedad, condenada a trabajar. En pocas palabras, se nos dijo: "No trabajo, no doy, pero dame dinero para que vele por mi bien".
Estas tres razones permiten formular la siguiente pregunta, precisa y sin retórica: ¿Cuál es el compromiso que la sociedad mexicana debe tener con un Estado inexistente, con una iniciativa privada voraz, con un gobierno parasitario? ¿Cuál?
Sin embargo, sí hay una diferencia considerable entre gobierno y Estado. Si se atiende al proceso formal por medio del cual se aprueba la Ley de Ingresos en este país, queda claro que los impuestos debieran ser un asunto de Estado, no de gobierno. De lo contrario carecería de sentido que el poder Ejecutivo envíe al poder Legislativo su propuesta de Ley para ser aprobada con o sin modificaciones. Por eso no se equivocan los diputados que al calor del debate actual sostienen que los impuestos son necesarios e indispensables para el funcionamiento del Estado. En efecto, sin ellos acabaría desintegrándose. No viene al caso discutir aquí las diferentes concepciones de Estado que existen en la historia del pensamiento político, baste con decir que sin impuestos ni educación ni luz ni justicia ni seguridad podría ofrecer el Estado, y por lo tanto, su existencia sería absurda. De aquí que aquella Ley de Ingresos está animada preponderantemente por una política de Estado que trasciende los alcances y veleidades del gobierno en turno.
Sostener lo anterior es, por supuesto, hacer referencia a un mero ideal, es hablar de un “deber ser”, es insistir en un aspecto formal que se agota en su solo planteamiento. En nuestro país, como lo demostró con creces el reciente debate en torno a la Ley de Ingresos 2010, los impuestos obedecen a cosas muy diferentes de una política de Estado, y adolecen de falta de justificación alguna por al menos tres razones.
La primera tiene que ver con lo que “teóricamente” el Estado devuelve a la sociedad por la extracción impositiva que le hace. Ni los bienes ni los servicios que ofrece son tales. Los gobiernos neoliberales acuden al expediente del subterfugio para darnos “liebre por gato”. Nos dicen que el problema de los bienes y servicios es que deben de ser “de calidad”, razón por la cual intentan hacer pasar por justa una mayor extracción de dinero a través de los impuestos. Pero resulta que un bien o un servicio es de calidad o no es una cosa ni la otra. El diccionario de la Real Academia ofrece la siguiente definición de servicio: “Actividad llevada a cabo por la Administración o, bajo un cierto control y regulación de ésta, por una organización, especializada o no, y destinada a satisfacer necesidades de la colectividad”. La satisfacción de una necesidad no puede hacerse a “medias”; se la satisface o no se la satisface.
Si se considera lo dicho párrafos atrás, queda claro que el Estado mexicano no satisface las necesidades de luz, de impartición de justicia ni de seguridad de la población en su conjunto. Lo mismo sucede con los bienes: la educación, si bien pretendidamente universal (al menos la básica), no satisface las necesidades sociales en tanto que sus contenidos dejan mucho que desear, como lo demuestra la prueba “Enlace”. Entonces, en México, la devolución de la “extracción impositiva” del Estado a sus sociedad no corresponde con los impuestos que le cobra. Se trata de una relación inequitativa y asimétrica: se quita mucho y se da muy poco. Y lo que es peor es que a la sociedad se le pide que haga caso omiso de este hecho en aras de bienes y servicios “de calidad” que algún día llegarán. En pocas palabras: “te cobro en virtud de una promesa que, te juro, llegará con el tiempo”.
La segunda se relaciona directamente con la plena conciencia del gobierno de su imposibilidad e incapacidad para ofrecer bienes y servicios a cambio de la extracción de impuestos. “Adelgazar” al Estado, dejar en manos de la iniciativa privada los bienes y servicios que teóricamente corresponden al Estado y en virtud de los cuales cobra impuestos, es reconocer, si se quiere de manera inconsciente, que éstos sirven para fines distintos a los que corresponden al Estado. Esas “extracciones impositivas” no se devuelven a la sociedad en bienes y servicios, puesto que el Estado ya no los provee. Al más puro estilo parasitario el gobierno extrae recursos que no devuelve, no sólo porque carece de intención, sino porque ya no tiene los medios para devolverlos (la educación no está en sus manos sino de una “lidereza” y la iniciativa privada; la luz tampoco está en sus manos, pues invita a la iniciativa privada a apoderarse aún más de ella; la justicia y la seguridad no sólo son ineficientes sino que dejan en manos de instancias privadas o parvadas de paramilitares su juicio y ejecución, como está sucediendo en el municipio de San Pedro Garza García).
Adicionalmente condena a su sociedad a pagar, aún más caro, aquello por lo cual acepta se le quite una parte de sus ganancias derivadas del trabajo. Bajo una bien aprendida lógica católica, el gobierno mexicano dice a su sociedad: “dadle a César lo que es de César, y a la iniciativa privada lo que es de la iniciativa privada”. Es decir, págale al gobierno por bienes y servicios que no te da y págale a la iniciativa privada por lo que te ofrece y hace pasar por “servicios de calidad”.
La tercera razón se nos reveló en el reciente debate sobre la Ley de Ingresos que propuso el poder ejecutivo. Se nos dijo, primero, que el país enfrenta un “hueco” financiero derivado del fin de la era del petróleo. Para aliviarlo, se nos dijo después, es necesaria una alza generalizada de impuestos. Se nos dice ahora que gracias a lo aprobado por diputados y senadores el gobierno podrá cumplir con sus funciones. Queda claro entonces que en nuestro país la política impositiva es un asunto de gobierno, puesto que el Estado es ya prácticamente inexistente, y por tanto, que estos ingresos son necesarios para que el gobierno funcione. En este sentido, la administración actual es prístina: el funcionamiento de uno no significa de ninguna manera los servicios que el otro está obligado a ofrecer a cambio de la extracción impositiva.
Esto fue precisamente lo que se hizo evidente en el debate sobre la alza de impuestos. Salvo un sector minoritario, los actores políticos demostraron que, además de la inexistencia del Estado, para ellos tampoco existe la sociedad. La discrepancia central en cuanto a la Ley de Ingresos se centró en la responsabilidad política del alza de impuestos. La economía, la población, los bienes y servicios durmieron el sueño de los justos en esta discusión. La serie de acusaciones entre los líderes de partidos políticos, adalides de fracciones y el secretario de Hacienda dejaron claro que en la política fiscal prevalece el interés particular de un gobierno sobre el bien general que supone la sociedad mexicana y el Estado. El “hueco” financiero amenaza al gobierno y por tanto exige a su sociedad pagar más impuestos. La oposición, con sus honrosas excepciones, se dio cuenta que de esos impuestos también depende su existencia y su funcionamiento. De tal suerte que al unísono, después de escarceos, amonestaciones, amagues y simulaciones, aprobaron una Ley de Ingresos cuya único objetivo central es el funcionamiento del gobierno. Fácilmente se nos ha demostrado que la lógica parasitaria es insaciable, lo mismo si se habla del César que de la iniciativa privada. Y que la única afectada es la sociedad, condenada a trabajar. En pocas palabras, se nos dijo: "No trabajo, no doy, pero dame dinero para que vele por mi bien".
Estas tres razones permiten formular la siguiente pregunta, precisa y sin retórica: ¿Cuál es el compromiso que la sociedad mexicana debe tener con un Estado inexistente, con una iniciativa privada voraz, con un gobierno parasitario? ¿Cuál?
Sobre impuestos
Circulo el contenido de un mail que me llegó.
SIMPLES CALCULOS MATEMATICOS
Si crees que el IVA solo subió un punto y eso no es nada, déjame decirte lo siguiente:
Si ganas 12,000 al mes esto es lo que te va a afectar.
Tu sueldo: $12,000
Menos ISR (30%): $3,600 pesos de impuestos
Total de tu sueldo que queda: $8,400 pesos
Eso es $240 pesos menos al mes que es exactamente el 2.77% de tu sueldo
(Si, 2 puntos en el ISR significa 2.77% real en tu sueldo)
Imaginemos por un momento que el resto de tu sueldo lo gastas en cosas pagando IVA (esto para efectos prácticos)
Te quedaron $8,400 pesos
si a eso le pones IVA (16%): $1,344
Eso significa que neto para gastar te quedó $7,056 de $12,000 pesos
Eso significa que te quitaron en total $4,944 pesos, que es igual a 41.20 % del total de tu sueldo
41.20 %.... eso es realmente el lo que te van a quitar, eso si no tomas alcohol o cerveza, si no tienes tv por cable, si no tienes celular o teléfono fijo, si no fumas. Porque a todo eso agregale otro 3% a todo lo que pagas por esos conceptos.
Eso significa que de cada peso que ganas con el sudor de tu frente, intelecto o tus manos, el gobierno te quitará 41.20 centavos, entonces realmente no ganaste un peso, sino 58.80 centavos.
¿Te gusta lo que los "representantes del pueblo nos hicieron?
¿Tu representante te preguntó siquiera si estabas de acuerdo?
Estos son los impuestos que nos acaba de aumentar el "Presidente del Empleo" quien por cierto en campaña dijo que no subiría los impuestos y que por el contrario los bajaría y eliminaría otros como la tenencia (cosa que no ha hecho el mentiroso).
La pregunta es:
¿Que vamos a hacer?
a) ¿los pagamos calladitos calladitos y nos seguimos empinando cada vez mas?
b) ¿O les ponemos un alto?
c) ¿O no te importa?
Tu decides.... por lo pronto informa a otros.
SIMPLES CALCULOS MATEMATICOS
Si crees que el IVA solo subió un punto y eso no es nada, déjame decirte lo siguiente:
Si ganas 12,000 al mes esto es lo que te va a afectar.
Tu sueldo: $12,000
Menos ISR (30%): $3,600 pesos de impuestos
Total de tu sueldo que queda: $8,400 pesos
Eso es $240 pesos menos al mes que es exactamente el 2.77% de tu sueldo
(Si, 2 puntos en el ISR significa 2.77% real en tu sueldo)
Imaginemos por un momento que el resto de tu sueldo lo gastas en cosas pagando IVA (esto para efectos prácticos)
Te quedaron $8,400 pesos
si a eso le pones IVA (16%): $1,344
Eso significa que neto para gastar te quedó $7,056 de $12,000 pesos
Eso significa que te quitaron en total $4,944 pesos, que es igual a 41.20 % del total de tu sueldo
41.20 %.... eso es realmente el lo que te van a quitar, eso si no tomas alcohol o cerveza, si no tienes tv por cable, si no tienes celular o teléfono fijo, si no fumas. Porque a todo eso agregale otro 3% a todo lo que pagas por esos conceptos.
Eso significa que de cada peso que ganas con el sudor de tu frente, intelecto o tus manos, el gobierno te quitará 41.20 centavos, entonces realmente no ganaste un peso, sino 58.80 centavos.
¿Te gusta lo que los "representantes del pueblo nos hicieron?
¿Tu representante te preguntó siquiera si estabas de acuerdo?
Estos son los impuestos que nos acaba de aumentar el "Presidente del Empleo" quien por cierto en campaña dijo que no subiría los impuestos y que por el contrario los bajaría y eliminaría otros como la tenencia (cosa que no ha hecho el mentiroso).
La pregunta es:
¿Que vamos a hacer?
a) ¿los pagamos calladitos calladitos y nos seguimos empinando cada vez mas?
b) ¿O les ponemos un alto?
c) ¿O no te importa?
Tu decides.... por lo pronto informa a otros.
lunes, noviembre 02, 2009
Sobre el perdón (respuesta a mail)
Eso sí que no te lo puedo responder. Entre las muchas incompetencias que padezco está la definición y comprensión del perdón. Desde chico tengo grabada en la memoria aquella frase que se atribuye a los judíos: “perdono pero no olvido”. Siempre me he preguntado si eso es posible. ¿Qué pasa cuando se recuerda la ofensa o el motivo destinado a ser perdonado? ¿El recuerdo no desencadena un relámpago que hace trizas el supuesto perdón?
No sé, pero yo creo que el perdón requiere de olvido. Según Nietzsche sin el olvido es imposible vivir. Rumiar sobre lo que nos duele, sobre lo que nos afecta, nos hiere, nos provoca un enojo que exige, que convoca el perdón, sólo nos ata y nos ahoga. Allí no está la vida. Por supuesto, ni un psicólogo ni ningún historiador puede aceptar esto. Porque lo que se olvida no se asimila, y por tanto, no ofrece utilidad alguna para la vida. Acorde con esto, fantasmas y fantasmas se acumulan en nuestra vida, y se cobran esta ignorancia deliberada. Y al contrario de su propia intención, lo no perdonado se presenta cotidianamente con otros ropajes, y acaba por generar, incluso, enfermedad. Hay quien dice que de eso se trata el cáncer. Este ninguneo resulta, según ellos, menos adecuado que su asimilación plena.
El perdón, entonces, es algo así como la asimilación de la ofensa, de la persona que ofende, del dolor provocado, y su superación, logrando integrarla plenamente en la vida y personalidad propias. Imagino que llegados a este punto puede decirse que, independientemente de esta asimilación-integración, se llega a la inevitable conclusión de que en este proceso lo que disminuye es la confianza hacia aquel o aquello que lastimó y nos mete en el brete del perdón.
Yo francamente creo que a menudo esperamos demasiado de alguien o de algo, y de allí la fuente de los dolores y las necesidades del perdón. ¿Por qué alguien o algo habrá de actuar como nosotros esperamos que lo haga? ¿No es acaso un sujeto con vida propia, con sus problemas propios, con sus traumas propios? Ignorar esto es exigirle al otro algo que de entrada no podrá cumplir. Un nivel de exigencia muy alto necesariamente produce una frustración similar.
Así que en mi opinión hay que dejar fluir, hay que dejar de exigirle al otro algo. Al otro hay que quererle y tenerle, hasta donde sea posible, confianza. Confianza no en que hará lo que uno espera, sino en que si su proceder deliberadamente o no te provoca daño, sabrá encontrar el modo de mitigarlo y de reconstruir los lazos que le unen a ti si eso es lo que quiere y le interesa. No hay nada más qué hacer.
Por supuesto, sólo nos queda rodearnos de las personas que nos llenan de alguna manera, que nos acompañan en nuestro andar, que iluminan nuestro camino, que no sacan sonrisas y las mejores ideas de nosotros.
Así que no sé qué decirte, ni mucho menos si debes o no o cómo perdonar enojos, arranques, actos, daño. Lo que sí sé es que más vale no quedarse allí. Es mejor, como alguien me dijo, “caminar ligero”. Es decir, sacudirse los lastres en que se traducen todas las ofensas, los insultos, la merma de la confianza en el otro.
Soy de la opinión que quien exige perdón es probable que no lo merezca, pero quien con actos te dice que pese a todo el daño hecho quisiera estar cerca de ti y lo demuestra con esos actos, merece al menos un mínimo grano de arena de confianza para que los puentes, si no iguales, se reconstruyan, y así, por lo menos logren desbrozar el camino para que esa persona pueda acercarse de nueva cuenta. Por alguna razón ha de querer estar cerca de ti. Si esa razón es pésima, pronto lo descubrirás, y volverás a aprender a “caminar ligero”. De ti y por ti no quedan las cosas rotas. Que cada quien se haga cargo de lo que rompe.
No tengo que decirte que para todo eso se necesita cierta disposición de espíritu e inteligencia.
Vale. No puedo decirte nada más ni creo que lo dicho sea mínimamente coherente o te sirva de algo. Pero es lo que se me ocurre este día de fiesta y de muertos, y en a premura de salir a pasear...
No sé, pero yo creo que el perdón requiere de olvido. Según Nietzsche sin el olvido es imposible vivir. Rumiar sobre lo que nos duele, sobre lo que nos afecta, nos hiere, nos provoca un enojo que exige, que convoca el perdón, sólo nos ata y nos ahoga. Allí no está la vida. Por supuesto, ni un psicólogo ni ningún historiador puede aceptar esto. Porque lo que se olvida no se asimila, y por tanto, no ofrece utilidad alguna para la vida. Acorde con esto, fantasmas y fantasmas se acumulan en nuestra vida, y se cobran esta ignorancia deliberada. Y al contrario de su propia intención, lo no perdonado se presenta cotidianamente con otros ropajes, y acaba por generar, incluso, enfermedad. Hay quien dice que de eso se trata el cáncer. Este ninguneo resulta, según ellos, menos adecuado que su asimilación plena.
El perdón, entonces, es algo así como la asimilación de la ofensa, de la persona que ofende, del dolor provocado, y su superación, logrando integrarla plenamente en la vida y personalidad propias. Imagino que llegados a este punto puede decirse que, independientemente de esta asimilación-integración, se llega a la inevitable conclusión de que en este proceso lo que disminuye es la confianza hacia aquel o aquello que lastimó y nos mete en el brete del perdón.
Yo francamente creo que a menudo esperamos demasiado de alguien o de algo, y de allí la fuente de los dolores y las necesidades del perdón. ¿Por qué alguien o algo habrá de actuar como nosotros esperamos que lo haga? ¿No es acaso un sujeto con vida propia, con sus problemas propios, con sus traumas propios? Ignorar esto es exigirle al otro algo que de entrada no podrá cumplir. Un nivel de exigencia muy alto necesariamente produce una frustración similar.
Así que en mi opinión hay que dejar fluir, hay que dejar de exigirle al otro algo. Al otro hay que quererle y tenerle, hasta donde sea posible, confianza. Confianza no en que hará lo que uno espera, sino en que si su proceder deliberadamente o no te provoca daño, sabrá encontrar el modo de mitigarlo y de reconstruir los lazos que le unen a ti si eso es lo que quiere y le interesa. No hay nada más qué hacer.
Por supuesto, sólo nos queda rodearnos de las personas que nos llenan de alguna manera, que nos acompañan en nuestro andar, que iluminan nuestro camino, que no sacan sonrisas y las mejores ideas de nosotros.
Así que no sé qué decirte, ni mucho menos si debes o no o cómo perdonar enojos, arranques, actos, daño. Lo que sí sé es que más vale no quedarse allí. Es mejor, como alguien me dijo, “caminar ligero”. Es decir, sacudirse los lastres en que se traducen todas las ofensas, los insultos, la merma de la confianza en el otro.
Soy de la opinión que quien exige perdón es probable que no lo merezca, pero quien con actos te dice que pese a todo el daño hecho quisiera estar cerca de ti y lo demuestra con esos actos, merece al menos un mínimo grano de arena de confianza para que los puentes, si no iguales, se reconstruyan, y así, por lo menos logren desbrozar el camino para que esa persona pueda acercarse de nueva cuenta. Por alguna razón ha de querer estar cerca de ti. Si esa razón es pésima, pronto lo descubrirás, y volverás a aprender a “caminar ligero”. De ti y por ti no quedan las cosas rotas. Que cada quien se haga cargo de lo que rompe.
No tengo que decirte que para todo eso se necesita cierta disposición de espíritu e inteligencia.
Vale. No puedo decirte nada más ni creo que lo dicho sea mínimamente coherente o te sirva de algo. Pero es lo que se me ocurre este día de fiesta y de muertos, y en a premura de salir a pasear...
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