El Presidente tiene más razón de la que él mismo públicamente concede. Su ataque a los organismos autónomos tiene como objetivo desaparecerlos para que el dinero invertido en su funcionamiento pueda alimentar los programas sociales que considera más valiosos. Los argumentos que utiliza son políticos. Los acusa de estar al servicio del régimen “neoliberal” que él mismo “liquidó” por decreto en una conferencia mañanera.
Cierto es que esos organismos se han convertido en sede de una burocracia onerosa que sobre todo vela por sus propios intereses. Puestos a elegir, optan siempre por el recurso económico antes que cualquier otra cosa. Un burócrata en forma piensa que el dinero debe ser abundante para él, no para el resto de las instancias del Estado ni mucho menos para la sociedad a la que además de administrar supone dirige “por su propio bien”. Por eso su alianza con el verdadero poder –el económico– es inevitable; no así con el político si carece de recursos o se los escatima; tampoco por supuesto con la sociedad, a la que ve por encima del hombro.
En su discurso, el Presidente López Obrador presenta esta desaparición como justa para “el Pueblo” (cualquier cosa que eso signifique en su imaginario personal). Sostiene que las funciones de esos organismos pueden y deben ser reabsorbidas por las instituciones estatales. En otras palabras, no sólo rechaza la duplicidad de funciones sino que desea la ampliación de éstas en el seno de aquellas, con el consecuente ahorro de recursos para canalizarlos en políticas más útiles según su razonamiento.
Sin embargo, lo que en su discurso el Presidente deja intacto es el tema de la burocracia. En rigor, no pretende su desaparición sino su concentración, y hay que decirlo, su inevitable crecimiento. El propio Presidente es parte de esa burocracia, es su cabeza. Por eso, entiende tan bien las implicaciones de esta modificación que impulsa. Se trata de consolidar una burocracia que si bien no dejará de velar por sus propios intereses, se prevé establecerá una alianza con el poder político en virtud de que ahora éste será el proveedor directo de recursos económicos sin los vericuetos de la autonomía, lo cual para la burocracia existente y porvenir será siempre bienvenido, particularmente en una sociedad tan desigual y empobrecida como la mexicana. Esto es lo que el Presidente omite decir y lo que revela la razón profunda de su proceder. Aunque, como siempre, intente acotarlo a “los de antes”, él está urgido de crear su propio ejército burocrático, tal y como lo hicieron los presidentes anteriores.
Lo anterior es lo que ha despertado dos tipos de oposición. Una, que viene de aquellos que aún disfrutan de estar al interior de esos organismos “condenados” a desaparecer. Es obvio que ven amenazados sus intereses, lo que les lleva a oponerse a las intenciones presidenciales. No debiera desestimarse esta oposición por el solo hecho de defender sus intereses. De algo sirve pensarles como esos adictos que atisban la posibilidad de quedarse sin recursos para su adicción. No es cinismo lo que les lleva a oponerse, sino egoísmo, y son capaces de recurrir a cualquier estrategia con tal de no perder tan preciados recursos. Pero en medio de ello hay cierta lucidez porque saben de lo que hablan. En otras palabras, no hay mejor crítico que el burócrata consolidado que se siente desplazado por un burócrata recién llegado, advenedizo. Y a la inversa, no hay adversario más rabioso para aquél que el burócrata que quiere llegar a consolidarse. Pero no hay que perder de vista que se trata de burócratas luchando por los limitados espacios de su ejercicio y beneficio. Los de hoy acusan concentración en favor de los que vienen.
La otra crítica viene de aquellos que ven en esos organismos un trazo exitoso de la historia mexicana reciente. Su argumento es que son el resultado de una lucha encaminada a desconcentrar el poder presidencial. La constante referencia a la imperfección de la democracia mexicana necesariamente pasa por la exaltación de organismos como estos que hasta cierto punto son útiles para contener lo arbitrario del poder presidencial. Afirmar su horizonte limitado –“hasta cierto punto”– no autoriza su condena en bloque. En días pasados Muñoz Ledo insistió en que primero habría que analizar cada organismo, detectar sus desvíos, y reforzar su correcto funcionamiento a partir de criterios legales (por lo cual ya ha sufrido condenas inquisitoriales en las redes sociales). Para Muñoz Ledo y otros tantos, este proceder sería no sólo el adecuado sino que vendría a convalidar una larga lucha social en favor de limitar el poder presidencial y someter al gobierno a una presión específica para que rinda cuentas. Desaparecer estos organismos, afirman, es atentar contra la democracia, dar un paso firme en dirección del autoritarismo. Es, dicen algunos, darle la espalda a la historia reciente de México.
No está de más poner atención a estos llamados de alerta. Muchos son los que afirman que son exagerados. Sin embargo, el intento de fomentar una alianza entre la burocracia y el poder político no tiene nada de extraordinario ni de exagerado. Forma parte de una pragmática política, tanto más notoria cuanto que se carece de una militancia rigurosa. En efecto, la actual estrategia del Presidente parece encaminada a reforzar por esta vía lo que la militancia de su partido no otorga. No han sido pocas las voces al interior de Morena que han advertido la debacle de este organismo político. Su desgajamiento frente a las elecciones en ciernes lo dicen todo al respecto. Y no es que con ello el partido vaya a perder estas elecciones. El hartazgo frente al ejercicio del poder priista y panista es de tal magnitud que posibilita a Morena cometer éste y otros muchos errores. No obstante, como aquel “bono democrático” del 2000, éste terminará por agotarse. El Presidente es consciente de esta situación. No le es algo desconocido. Fue lo que anteriormente le llevó a deshacerse del PRD para, aprovechando la coyuntura, quedarse con el país. Por eso apuesta a una gran alianza burocrática que le permita incluso superar los desvaríos de su partido, que actúe ciegamente en su favor, que le permita presentarse como el artífice de una gran transformación, y que efectivamente de lugar a una relación jerárquica y dócil apoyada en una creciente presencia de las Fuerzas Armadas en la vida nacional (en la suposición de que por arte de magia son incorruptibles, honestos y justos). Esto siempre y cuando esa burocracia sea beneficiaria de recursos económicos y privilegios políticos, que los hay en todos niveles. Precisamente por eso es necesario destruir a la burocracia ya consolidada, mostrar que el recurso económico de su supervivencia vendrá única y directamente del poder presidencial. Ese es el eje de la alianza que teje el Presidente.
De aquí que los temores a los que torpemente alude la oposición política no sean tan infundados. En la historia mexicana del siglo XX no hay un solo atisbo de que el poder gubernamental o la burocracia se autorregulen. En el discurso presidencial son los “principios” los que fungen como ese mecanismo autorregulador. Pero como se ha visto a lo largo de estos tres años, esos “principios” son sumamente laxos cuando de pragmatismo político se trata. El “affaire” Salgado Macedonio es la muestra más reciente: el abominable nepotismo se acepta sin objeción alguna, sin chistar. De aquí que no pueda confiarse en los “principios” como mecanismo de contención de los excesos presidenciales o burocráticos, por más atractivo que suene el discurso que los enarbola y exalta, y por más que sea un capital electoral eficaz. Hasta ahora el gobierno no ha dado muestra alguna de cómo pretende regular la enorme concentración de poder y de burocracia que está llevando a cabo. Lo único que poseemos es la historia mexicana del siglo XX para calibrar el camino a donde eso conduce. No cabe duda que hay motivos para alarmerse, motivos que aumentan ante la tentación existente de que es la actual figura presidencial, en tanto supuesta “encarnación” de esos principios, la que puede suplir aquella falta de mecanismos autorreguladores. Esta tentación, que se encuentra en el aire, es sumamente peligrosa, adversa para la triste y accidentada democracia mexicana.
En este contexto, la mayor parte de la sociedad mexicana está paralizada, desorganizada, preocupada. La pandemia ha jugado un papel fundamental en ello, no cabe duda. Pero también lo ha jugado, y no en menor medida, el rabioso discurso básico que comparten tanto el Presidente como la oposición que convoca. Atrapada, languidece, buscando sobrevivir económica y vitalmente. La izquierda electoral vive este mismo desfallecimiento pero de manera más trágica. Mientras la sociedad busca afanosamente sortear una situación inédita, la izquierda electoral parece no haber aprendido lo suficiente de su propia historia y de la historia mundial: es incapaz de establecer los límites necesarios al poder ni tampoco se le ve intención alguna de contener el crecimiento de la burocracia ni logra diferenciar lo encomiable que este gobierno ha hecho –que lo hay y es mucho– de lo que es necesario criticar duramente, no apoyar o incluso llevar adelante aunque no forme parte de las restringidas prioridades del Presidente. En otras palabras, parece no poder establecer cuándo se debe ser un colaborador estratégico y cuándo se debe dejar de ser comparsa de acciones tan contrarias a lo que ella misma dice responder. Y el punto de partida inicial de esto es reconocer que el Presidente a menudo carece de posiciones de izquierda.
Por su parte, las posiciones de izquierda no electoral –el feminismo y el zapatismo por ejemplo– presentan cierto vigor pero sin muchas posibilidades de articulación con el resto de la sociedad. Con todo, son por ahora los más visibles y en muchos sentidos los más rescatables. No sólo enfrentan un sistema, sino el desdén que el Presidente prodiga sin cortapisas desde sus conferencias políticas. Es de suponerse que hay muchos más movimientos con posiciones de izquierda que no son visibles pero que están dando la batalla en ámbitos específicos cuyos réditos no son fáciles de calibrar en lo inmediato. Tienen la ventaja de no padecer la descalificación presidencial, pero sí la burocrática, que suele ser peor que aquella, ya que no sólo le falta trayectoria sino estatura. Si el discurso presidencial es rabiosamente básico, el burocrático es terrible cuando no cómicamente elemental. La ausencia absoluta de militancia y de formación política la equipara a aquella burocracia que el Presidente ataca, aunque se cobije con los “nuevos” conceptos en boga: Pueblo, Nación, Conservadores, y demás.
Al parecer la actual coyuntura exige a la sociedad organizarse de nueva cuenta, y a las posiciones de izquierda, tanto electoral como no electoral, volver a poner en el centro a la sociedad, no al Estado. La “reforma administrativa” que propone el Presidente desde ya se ve insuficiente; aunque escandalosa no llegará muy lejos, salvo a recomponer a la burocracia. El Presidente tiene razón en su ataque a ésta, aunque obvie el hecho de que él mismo está urgido de consolidar una. Las posiciones de izquierda debieran asumir el diagnóstico presidencial y empujar en verdad a la construcción de un nuevo Estado en el que éste se halle subordinado a la sociedad y no a la inversa, que es el marco general en el que se mueve el pensamiento presidencial. El tiempo está convocado.
Dice Tabucchi: los libros de viaje "poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo". Hay muchos tipos de viajes: los internos, los externos, los marginales. Este blog quiere llenarse de estos viajes, e invita a que otros sean también, con sus viajes, un doquier para mi donde.
lunes, mayo 03, 2021
El Presidente tiene razón
miércoles, febrero 03, 2021
Somos nuestros muertos
Te conocí hace tres décadas. Apenas unos días dejaste de existir. Muchos recuerdos se agolpan sin orden; giran, se elevan, cual enfurecido remolino. Me descubro a la intemperie en medio de una tormenta cruel. Ya son demasiados los muertos en mi entorno. Hace algunos días, cuando me llegó la noticia de la muerte de Beatriz Barba, escribí que un ciclo en mi vida se cerraba. Ahora, con tu muerte, comprendo que mis ciclos se cierran y agotan rápidamente.
Cuando me enteré de tu muerte, vía un mensaje de una amiga mutua, adquirió sentido mi hacer de ayer y hoy. Acostumbrado a mi dispersión, en un esfuerzo que no es común en mí, acopié toda mi producción académica. Pensaba que del año 2000 –cuando publiqué mi primer ensayo formal en un libro– a la fecha he producido bastante para los estándares de mi desidia. ¿Qué buscaba en ese intento de ordenamiento mi buen Jorge? Quizá responderme qué había hecho de mi vida. Esa pregunta –¿qué has hecho?, ¿cómo te va?– inauguraba nuestras conversaciones personales. De ese modo nos incitábamos al recuento de nuestro andar, al que nunca vimos como trascendente o relevante (confieso que por eso mantenía esa producción dispersa, escondida, hasta cierto punto ignorada).
Lo cierto es que en esos recuentos que hacíamos nunca faltaba la ironía, el sarcasmo, la burla, pero sobre todo la verbalización de las decepciones, del agotamiento, de la tristeza que nos acosaba por todos lados. Y al mismo tiempo, las carcajadas nos hacían tener presente que lo importante era disfrutar a pesar de todo. Eso era lo que hacíamos en La Faena: a ambos nos gustaba su decreptiud, nos gustaba el reto de provocar alegría en su seno. Era como una declaración vital: no íbamos a permitir que ella, la decrepitud, nos consumiera el alma, por más que se instalara en nuestros cuerpos. Aquel 31 de Diciembre que en esa cantina festejamos, con aquel grupo (¿Zorros? –¿dónde está tu memoria?–), la cantante, su falda rota que una buena engrapadora solucionó, y nuestras carcajadas, se convirtió en la metáfora de nuestra vida, de nuestra amistad. Ya no regresamos a La Faena –convertida en Tianguis y escenario de series y películas–, ya no regresaremos juntos. Pero allí regresaré yo para que los ecos de ti acompañen otras carcajadas, otras sonrisas.
Ayer mi amigo Javier Sigüenza me recordó que ayer mismo Bolívar Echeverría hubiese cumplido 80 años de edad. Él lo festejaba con un mezcal aderezado con la noticia de la aparición de un libro del filósofo traducido al alemán en el que él intervino activamente. No quise beber un mezcal en honor a Bolívar porque me encuentro en un tratamiento que me impide beber, pero no es eso lo que quiero decir, sino subrayar que la pinche vida es rara, tiene sus cruces de caminos: falleciste hace unos días. Uno nació hace ochenta años, otro murió el 30 de Enero, y soy yo el que cuenta esto hoy. ¡Carajo! No sé si me comienza a aterrar ser cronista de muertos (¡pinches historiadores!).
Recuerdo, además, que en La Faena me preguntaste retóricamente cómo lidiar con la muerte cuando en 2010 murió Echeverría. ¿Cómo se le hace cuando se te muere un maestro, un amigo, alguien de esa talla? –preguntaste–. Con eso no se lidia –te dije–. Desde entonces, cada que conversábamos, me pasabas el recuento de los muertos mutuos: el Yaqui, la Rebe, Janet, ¿el Agassi? –¿o lo soñé?–.
Entre tú yo el recuento de muertos no era algo tan azaroso, porque ambos sabíamos que somos nuestros muertos. Nuestra amistad estuvo marcada por esos finales definitivos, avisos terribles que sospechábamos nos llamaban pero preferimos ignorar. Cuando murió tu padre, me pediste te acompañara a beber. Con tu dolor a cuestas, apenas culminado el entierro, pasamos horas emborrachándonos como sabíamos (hay que decir que era una de nuestras pocas cualidades comprobadas). Luego vinieron más muertes en tu familia y más muertes en mi entorno. No se me olvida lo afligido que estabas por la muerte de mi padre y por no haber podido ir a la ceremonia que hicimos con sus cenizas. No te preocupes, te dije, ya habrá tiempo. Y mira, ya no hubo tiempo alguno. La muerte no sólo tiene permiso sino que tiene el pulso de la eternidad en su guadaña: ¿cómo mierda podría avisarnos a nosotros, tan ocupados en nuestros relojes, en nuestra finitud?
Te has muerto Jorge, y contigo mueren muchas cosas de mí. Eras el más fiel cronista de mis vericuetos de vida. Pareciese que contigo se va una memoria que yo no soy capaz de invocar. Pero también contigo termina toda una época de una banda que, como solía yo decir, no era buena pero sí divertida. Sigo creyendo en eso. Cuando veo mi producción académica –que en este momento me dan ganas de tirar– pienso en eso: no sé, ni me interesa mucho, si vale la pena, pero lo que sí puedo afirmar es que ha sido divertido hacerla. Pero en este momento mi humor falla, no puedo imaginarte partiendo divertido (aunque tal vez sí con algo de sarcasmo: pinche virus). Será porque nuestras últimas conversaciones no fueron de lo más amable: había una falla en la vitalidad de siempre. El 23 de enero me dijiste que ya había pasado lo más complicado del COVID instalado en ti. Tu último mensaje fue: “Cuídate mucho, estamos en contacto”. Vale, –respondí–. Igual, abrazo –rematé–. Y la nada remató para siempre nuestra conversación.
No habrá querido Jorge un recuento público de lo que hicimos juntos, trabajando en el gobierno local. Todo aquello con la Ley de Jóvenes, en Justicia Cívica, en la implementación de los alcoholímetros y demás. Fuimos una dupla que hizo funcionar muchas cosas. Luego vino nuestro distanciamiento del gobierno. Tú siempre quisiste regresar, yo en cambio, desde entonces, prefiero caminar otros rumbos, no mejores ni peores, sólo otros rumbos
Mañana comeré con Ricardo Pérez Montfort, quien seguramente se pondrá triste. Brindaremos a tu memoria (sí, romperé este tratamiento que me lo impide), porque, de nuevo, los cruces de la vida nos hicieron: de aquel legendario seminario que tuvimos con el hoy famosísimo y laureado historiador, al que sólo asistimos tú, yo y otro compañero, se vino toda una veta de mi vida en la que agradezco tu compañía.
El remolino no se apacigua y yo sigo sin religión ni ritos, salvo los que obsequia el acto cotidiano de beber (mermado por ahora), escribir (ya no tan frecuentemente) y a veces pensar (cada vez menos). Ten buen camino Jorge. Que el Lobo Estepario te depare todas las pláticas que mereces.
2 de Febrero de 2020
martes, febrero 02, 2021
La enfermedad del Presidente.
La enfermedad del Presidente revela:
- La incapacidad de sostener en el ámbito público la salud de un hombre cuya profesión es pública: titular del Poder Ejecutivo. Los reclamos sobre la privacidad de su salud son por lo menos absurdos.
- La fe como principio fundamental para superar la incredulidad que provocan los escuetos informes sobre su salud. Por más que el Presidente haya salido a atajar los rumores, el análisis de su imagen no termina de tranquilizar completamente. Lo cual viene a sumarse a un estado de salud general que lo pone en ese ámbito de ”riesgo” que tanto preocupa. Por supuesto, los que piden su separación del cargo por este motivo exageran, pero esa exageración no anula una preocupación legítima al respecto.
- El enojo de quienes en su enfermedad ven el resultado de una irresponsabilidad personal, pública y política. El riesgo en el que aún se encuentra lo hipostasían a fracaso rotundo de las estrategias seguidas para enfrentar la pandemia en este país. Ningún dato concuerda, y cada quien parece tener sus propios datos.
- La confirmación de que el actual gobierno sólo tiene pies y cabeza a partir de la carismática y verborreíca presencia del Presidente. Sin él, parece que el gobierno no existe o va a la deriva. Su ausencia en las conferencias de la mañana devela la verdadera naturaleza de éstas: estrategia política que cabalga entre el posicionamiento y la información (que a juzgar por los desatinos de la Secretaria de Gobiernación, no es algo que circule ampliamente en el gobierno). El Presidente hace política en esas conferencias como en cualquier otra cosa que hace: es un político profesional.
- El miedo. Como político profesional que es incluso su enfermedad puede ser usada en un sentido o en otro. Hay quien supone todo es una estrategia electoral; otros pensamos que electoral será el resultado de su enfermedad, que no es lo mismo. Por ahora, el costo político de esta coyuntura no parece menor, aunque, también, habría que considerar que, si como deseamos la mayoría de los mexicanos, sale bien librado de este trance, la fe gobernará absolutamente en este país.
- El horror. Odios hay en todos lados, pero las redes sociales proyectan uno que antaño no pasaba de conversaciones de café, cuya expresión violenta se circunscribía a un intercambio privado de opiniones con o sin fundamento. ¿Acaso no recuerdan cuántos desearon la muerte de Peña Nieto, del que circulaban varias versiones sobre su frágil estado de salud? Hipocresías aparte, desearle la muerte al Presidente en turno es un error, no cabe duda, pero lo es por razones muy distintas de las que se enarbolan, generalmente de carácter moral. Es un error porque parte de una idea atomizada de la sociedad que es contradicha por la pandemia: no hay nada aislado. Desearle la muerte al titular del Ejecutivo es abogar por un caos en que se supone absurdamente que la propia individualidad bastará para salir adelante. Desearle la muerte al Presidente es apostar absurdamente por las instituciones de este país que son endebles, sometidas a presiones, desde dentro y desde fuera del gobierno, que revelan sus pies de barro.
lunes, enero 25, 2021
Arqueología de uno mismo.
Tirar una gran parte de tu propio pasado materializado en revistas, libros, artículos impresos, escritos, cartas, cuadernos, termina por convertirse en arqueología de uno mismo. Sólo un esfuerzo desmesurado, una miopía atroz, y una selección despiadada puede encontrar en ese cúmulo objetivo de tiempo patrones, tendencias, lógicas. Lo que ella evidencia es el gran desmadre que uno ha sido, los callejones sin salida, las tentativas frustradas, las aspiraciones que en veremos se quedaron, la profunda reducción de mares a corrientes de riachuelos que seguimos no tanto por resignación sino por amenaza de sequía. Quizá lo más consistente es el polvo: capa fina que casi todo lo cubre. Su ausencia revela lo que muy inmediatamente nos interesa; lo demás es el fardo inconcluso que nos constituye. Por eso aquella máxima de conócete a ti mismo es tan complicada, dolorosa y aterradora: uno descubre que es menos, mucho menos, de lo que pudo y decidió ser, y que en la trayectoria propia hay menos consistencia y coherencia de lo que uno supone. Mundos truncos, posibilidades latentes que cada paso parece ir borrando.
domingo, enero 10, 2021
Día extraño
Llegamos al mercado. Nos recibe la sonrisa de un marchante que hacía tiempo no iba a atender su puesto debido a una fractura de pie. Al no ver a mi hermana, su sonrisa desaparece. Así es como me percato de que en estos tiempos las ausencias son alarmantes. Le explico la situación; su rostro es de preocupación. Hago todo por tranquilizarlo. Al irnos del mercado, 40 o 50 minutos después, acongojado, nos obsequiará toronjas a las que adornará con parabienes para mi hermana.
Como sucede cada ocho días, mientras mi madre compra la comida, observo los puestos. Me gusta su colorido, su ruido. Suelo dejar que mi mirada vaya de puesto en puesto y que mis oídos escuchen lo más que puedan: conversaciones, música, ofertas, albures, dobles sentidos. Haciendo eso mi mirada repara en una mujer que ignoro por qué se me hace conocida. No hay nada en ella que me permita identificarla: el tapabocas, el peinado, la ropa, todo parece ocultarla a propósito.
En nuestro recorrido la hallamos varias veces. Su voz, cuando pide verdura, tampoco se me hace familiar, y sin embargo, algo en sus ademanes me hace pensar que la conozco. Por un breve instante nuestras miradas se cruzan. En la de ella no hay una sola señal de que me reconozca. Seguimos avanzando. Delante de mi dos puestos, desaparece, no la vuelvo a ver. Un fantasma me digo.
De regreso al auto, con el carro del mandado lleno, me doy cuenta que ya van dos semanas que el señor que cuida y lava los autos no se presenta. Pienso en el marchante, la pregunta sobre si el señor que veíamos cada ocho días vive o no se impone. Termino pensando algo peor, en lo desobligado que soy al no saber ni cómo se llama ni dónde vive ni su teléfono. Mierda que es uno, me digo.
El día se va en cocinar, acomodar, atender. Recibo la llamada de un amigo reciente. Nos conocemos desde hace dos años. Los trenes, la península de Yucatán, las “condiciones materiales” nos unieron. Conversamos animadamente; me habla de sus hijas, de su fin de año. Yo le cuento mis tribulaciones. Su expresión lo dice todo: ¡utaaaaaa! No puedo evitar soltar una risita. Ahora sí –le digo– soy escombro sobre escombro, exiliado y cercado. ¿Desesperado?, –pregunta. No –respondo–, ni siquiera pasé por esa etapa.
Y es que me percibo sosegado. Como si el fin me hubiese arrollado sin avisarme. Me gustaría afirmar que estoy resignado, pero ni siquiera eso es verdad. Pienso en los escombros: ¿cuándo supo esa pared que dejó de ser pared?, ¿cuándo el recubrimiento descubrió fuera de sí las entrañas que se supone debía cubrir finamente? Así yo: simplemente no me enteré.
Nos despedimos deseándonos lo mejor. Resiste es su consejo antes de colgar. Minutos después recibo un mensaje con una fotografía de un libro mío en lo que asumo es una biblioteca. Es un libro ajado y rayado. A la fotografía sigue la pregunta: ¿qué se siente saber que eres leído? Sorpresa –respondo–. Yo no sé los demás pero cuando escribo lo que menos pienso es en si me van a leer. De hecho, quizá parto del hecho de que nadie lo hará. Por respuesta recibo un ¡mamón! Iba a contestar el mensaje pero considero es del todo inútil.
Llego a esta hora de la noche. Me tiro en mi cama improvisada a ras de piso. Abro mi libro sobre el tiempo, pensando en el fantasma, la desobligación, las ausencias, el escombro, el libro ajado y rayado, el virus, las dudas. Leo: la entropía es desorden. ¡Puta madre! digo. ¡Haberlo dicho antes! Suelto la carcajada, aviento el libro, apago la luz. Ahora, como en el mercado, mis ojos recorren la oscuridad, sin puestos, sobre siluetas y figuras indistinguibles y mis oídos escuchan solamente un incontenible tic tac que ya aborrezco.
viernes, enero 08, 2021
Dígase lo que se diga
Hoy, de nuevo, en el quiosco para pruebas COVID en la Alameda del Sur. En la espera de la prueba y el resultado, tuve oportunidad de observar con mayor detenimiento todo el proceso de servicio para la prueba. Lo primero que es necesario subrayar es que, dígase lo que se diga, el esfuerzo institucional es enorme. No sólo por el costo material y económico implicado en esto, sino sobre todo por los recursos humanos. Este esfuerzo es una gran convergencia que demuestra un gobierno activo. Por supuesto que en términos individuales puede haber servidores poco honestos, mal encarados, poco hábiles, así como otros honestos, amables y extraordinariamente hábiles, pero lo que resulta grato es el esfuerzo institucional. Para mí fue una sorpresa hallar un ánimo de confianza en medio de la incertidumbre del posible contagio. Lo cual, me hizo pensar una vez más en lo que he sostenido una y otra vez cuando me piden reflexionar sobre la profesión del trabajo social: durante mucho tiempo, en este país, la presencia más palpable del gobierno y del Estado ha sido la de aquellos que ejercen la profesión de la medicina, la enfermería, el trabajo social, el magisterio y aquellas vinculadas a la represión. En este quiosco la presencia de las instancias de gobierno estuvo en esos profesionales que durante el lapso que estuve allí hicieron con cierto aplomo y temeridad cientos de pruebas a una población inquieta. Eso no quita que allí mismo haya brotado una vez más un tufillo de corrupción, como el día de ayer pude constatar. El hecho de presenciar dos actos iguales seguidos en el mismo lugar quiere decir es una constante. Sin embargo, no encuentro que eso alcance para descalificar lo otro.
Las incansables discusiones sobre lo que el gobierno federal y local han hecho bien o mal, la insistencia en el comportamiento de figuras visibles, sea el Presidente, el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud o la Jefa de Gobierno, suele carecer de un mínimo esfuerzo de irse a asomar a lo que allá, en la brega diaria y el anonimato de las masas sucede. Cuando se observa ese ámbito operar pese a todo, se comprende a cabalidad lo agotador e inútil que son las batallas por los encabezados de la prensa o los votos electorales. Para sorpresa mía, en las casi dos horas que anduve por allí, nadie habló de aquellos protagonistas, sino de la vida cotidiana de cada quien, de las luchas personales, de los empeños de cada hogar. No vi a uno solo ser desagradecido con los profesionales que nos atendieron. Incluso, el ánimo igualitario frente al policía, la vendedora de autos, el emprendedor, el universitario, el albañil, el empresario, etcétera, terminó por asombrarme. Nadie, absolutamente nadie, echó porras a los gobiernos en turno, quizá porque se entiende que esto es un deber gubernamental. La congratulación por lo que se debe hacer aquí parece estar fuera de lugar. Por eso dudo que todo este comportamiento se haya debido al color de un gobierno. Allí están, para recordar, las tragedias del mismo tenor que nos han convocado en años y décadas pasadas, frente a las cuales nos comportamos de manera similar. Y no obstante, es cierto, a diferencia de otros gobiernos, los actuales –el federal y el local– parecen activos: no viven declarando que México sigue en pie sin hacer gran cosa. Pero no hay que confundir nunca el ánimo de la población con el designio de un gobierno. Es esto lo que suele olvidarse y usarse como patente de corso de manera sistemática desde la francachela gubernamental.
Lamento no haber tenido ánimo de fotografiar todo lo que vi hoy. Estaba más ocupado en mirar los árboles, sentir el sol, y observar a mi madre. Toda una vida condensada y en fuga.
Y no, esto no cambia el sentido de mi voto, ni la crítica que me parece merece este gobierno, ni la convicción de que como lo demuestra el partido actualmente dominante, el camino al priismo está hecho de buenas intenciones y una que otra pésima decisión, como violentar sus propios estatutos.
viernes, enero 01, 2021
Dos años
El 30 de Diciembre pasado se cumplieron dos años de la muerte de mi padre, y sin embargo, me parece que fue hace una eternidad. No sé si desde entonces han sucedido demasiadas cosas, si estoy agotado o si tengo entumido el corazón.
No obstante, desde hace mes y medio su presencia me ronda cotidianamente. Involuntariamente, por necesidad, invadí su estudio, que se había quedado intacto desde aquel día de 2018. Sentarme en su silla, usar su escritorio, estar rodeado de su arte, de los libros que le interesaban, de la música que gustaba, de las fotografías que le rodeaban, se ha vuelto el origen de una extraña convivencia.
Allí, en su estudio, aumenta mi sensación de ser solamente un huésped si no es que un intruso en un santuario absolutamente ajeno. Huésped o intruso reverencial que se percata de que si mi padre hubiese vivido en otra época quizá hubiese sido bien visto por los ilustrados.
He dicho que su estudio está lleno de cosas que le gustaban, sí, pero sobre todo, de cosas que él mismo hizo. Fotógrafo, carpintero, escultor, pintor, escritor, ingeniero, arquitecto, científico, inventor, poeta y más fue mi padre a lo largo de sus ocho décadas de existencia. Quizá sus hijos, en conjunto, logramos cubrir con alguna decencia ciertas áreas en las que él era diestro, pero no cabe duda que estuvo más allá de nuestros talentos y cualidades. En cierto modo duele no haber heredado esa universalidad que lo habitaba.
De sus actos pueden decirse muchas cosas. Teníamos muchas discrepancias, pero a él le debo enseñanzas centrales en mi vida. Por ejemplo, mucho antes que el tema ecológico fuera una preocupación general, advertía en su auto que éste consumía oxígeno, razón por la cual era un peligro, una amenaza de muerte. Antes del ecocidio y cambio climático, ya nos hablaba de la devastación, del problema de la energía, del consumismo. Por ejemplo, mucho antes de que yo leyera a Marx, siendo apenas un niño no mayor de siete años, me dio la lección más memorable que he tenido sobre el obrero, la explotación y las razones por las que ellos merecen todo el respeto y apoyo. Gracias a ellos, me dijo, tú comes. Por ejemplo, su disposición permanente a ayudar y a enseñar incluso a costa de su bienestar.
En su estudio hay unas manos que esculpió en madera. La posición, el detalle y el movimiento de esta escultura le otorgan una belleza hipnótica. Pienso en las manos de un ilustrado. En las manos todo comenzó: la delicadeza, el trabajo, la producción, la caricia y la seducción. Esta escultura me hace recodar aquella frase absurda que de joven decía: mis manos están hechas para leer, escribir y acariciar. Las de mi padre estuvieron hechas para ilustrar, para hacer el entorno habitable y para dar testimonio de la vida.
Hoy, las cenizas de mi padre han dado paso a un árbol de mandarina. Un árbol que ya dio su primer fruto. En su estudio, sentado, pienso en mi padre.
domingo, diciembre 27, 2020
Es hora
A los 30 años corroboré lo intuido desde pequeño: no soy bueno para cumplir promesas. Para eso, como para otras muchas cosas, soy un fiasco. Tal es la razón por la que suelo no prometer; hacerlo en mi caso conduce a una puerta falsa.
Cuando cumplí tres décadas supe que mis proyectos, nada inteligentes, se habían ido a la mierda. A partir de entonces me quedó claro que comencé a vivir de más sin mucha idea del porvenir. No cabe duda, ese porvenir fue más que amable conmigo; me obsequió amistades, miradas, sonrisas, cariños, amores, quereres, deseos, palabras, imágenes, paisajes, que me llenaron –y lo siguen haciendo– de alegría y felicidad infinitas que se sumaron a mis quereres y alegrías primordiales de mis veintes. Pero si bien todo eso logró mitigar la incomodidad de haber faltado a la promesa que me hice, no la eliminó.
Hoy llego a otro horizonte con aquella incomodidad a cuestas. Cierto es que lo hago acompañado de la mayoría de quienes alegrías y felicidad me han dado a lo largo de décadas y de años. Lo agradezco tanto. Pero, siempre los malditos peros, arribo a las puertas de un lapso del que quise huir y al que me prometí faltar. Se trata de uno que además me atrae muy poco, casi nada. Mi curiosidad, si acaso existe, hurga en el declive y la decadencia. Sigo viviendo de más pero carezco de lo que hace dos décadas me salvó de mi fallida promesa: una innata tendencia a la pirotecnia. Lo digo sin soberbia, me salía bien.
Dice Silvio en una canción que no sabe ir más allá en días poco inteligentes. Yo me digo que no debí ir más allá. Pero aquí estoy. Sobrio –lo cual en sí mismo es una tragedia– comienzo a observar las capas de polvo que, acumuladas, terminarán por ahogarme. Ojalá fuese antes que después, pero sospecho se trata de una vana ilusión. Es hora de trazar sobre el polvo y ya no más sobre el horizonte: un remedo de arte karensasui y ya no el de la pirotecnia. Que no se me acuse de no saber reinventarme pese a todo, por más que aquella incomodidad sea mi fastidiosa “piedrita” en el zapato.
jueves, diciembre 24, 2020
Un nuevo virus
En México, y supongo en otras partes del mundo, hay otro virus flotando en el aire. Se trata de un virus que transforma a los que antaño se autodenominaban “de izquierda”–nosotros que somos de izquierda, decían– en noveles “liberales” –cuya ambigüedad tiene poco que ver con los decimonónicos– o “socialdemócratas” –en su vertiente más acomodaticia–; que convierte a los otrora defensores de la “democracia” (representativa, por supuesto) en fervientes adeptos de la reelección y el centralismo “de base social”; que vuelve a los “críticos” –rabiosos críticos en el pasado– en lisonjeros del poder; que produce miopía en lo que antes era mirada supuestamente profunda, una miopía ensimismada en la coyuntura (electoral, sobre todo). Este virus es peor que aquel otro que vuelve a los conservadores de siempre en pésimos críticos de la realidad. Este virus, que algunos ya consignan y del que otros hablan tímidamente para no ser exiliados de la palestra embravecida, parece no tener vacuna ni ceder ante la distancia social. Es un virus que se propaga con gran velocidad. Entre sus secuelas están los “res”: resignación, reasignación, reacomodo, reiteración, redefinición, remilitarización, reencantamiento, redobles en su centro la tierra, etcétera.
viernes, diciembre 11, 2020
¿Bailas?
Hoy, por la mañana, sentado en una banca del parque, realizaba mis ejercicios para el cuello, cuando un par de niños –hermana y hermano supongo– se acercaron curiosos a mí. Les vi llegar con una mujer y realizar una estrategia paulatina de acercamiento. La niña me preguntó si estaba bailando. Le dije que no, quitándome los audífonos. El niño hizo su pregunta: ¿qué haces? Ejercicios para el cuello, respondí. Inclinando sus cabezas haca uno de sus hombros, casi al unísono dijeron con asombro ¡¿para el cuello?! al tiempo que instintivamente tocaron sus nucas. Sí, les respondí. Hay que ejercitar todo el cuerpo si no quieren que con el tiempo algunas partes de él se les eche a perder, se les quede tieso e inservible, proseguí casi arrepentido de haber planteado así las cosas. Sus ojitos se abrieron mucho, como soles pugnando por amanecer. Eso incluye su cerebro, les dije. En ese momento la señora les llamó por su nombre. Agitaron sus manos en señal de despedida mientras corrían alegremente hacia ella. Cosas que has de ver me dije, mientras comenzaba a ejercitar mis ojos y volvía a colocar mis audífonos para continuar escuchando “El día de mi suerte” con Héctor Lavoe.
domingo, noviembre 01, 2020
De mis muertos
De mis muertos no sé más allá de lo que reconstruye mi memoria. Ya no sé ni me importa si fueron buenos o malos o si esa reconstrucción es mínimamente fiel. Los percibo como una fogata cuyos rescoldos vinieron a parar aquí. Doy por consumada la mayor parte de sus aspiraciones, sueños, deseos. Banal sería suponer la alcanzaron o que yo la haya realizado. Ni remotamente. Sin embargo, sus rescoldos que aún persisten, junto con mis aspiraciones, sueños, deseos, irán desapareciendo como pavesas que al cielo negro se elevan. En esto no hay tragedia. No la hay porque no olvido que ellos y yo todavía somos fogata alrededor de la cual personas cantan, sueñan, ríen, comen, escriben, leen, piensan, se consuelan, lloran, dudan. Aún soy llama. A mis muertos yo los ilumino.
sábado, octubre 10, 2020
¿Y luego?
Aunque éstos formalmente cuentan con toda una legislación y supervisión que en cierto modo les vuelve transparentes en su operación (ver: https://educacion.nexos.com.mx/?p=2519), nada de eso obstó para que efectivamente en su interior se constituyeran élites, aviadores y demás lindezas que con razón se han esgrimido como motivo fundamental de su posible desaparición. Cierto es que la generalidad de este motivo impidió distingos y diagnósticos apropiados, sin que por ello se invalide el hecho concreto y real de que en ellos hubo beneficiarios que no debieron serlo y que a veces los resultados de proyectos apoyados fueron en verdad magros o inexistentes.
Aceptado sin conceder la generalidad absoluta del motivo, la duda que se impone es exactamente la misma que llevó a su desaparición: no hay nada en el actual gobierno que garantice eso vaya a dejar de suceder. El rezo gubernamental de los principios que se enarbola como mantra es de muy dudosa eficacia, como varios hechos concretos muestran (Villalobos, Guevara, Toledo, Cárdenas, Bueso, etcétera). Este gobierno, ante la urgencia económica y la necesidad política, prescinde de los procedimientos claros que todo gobierno debe tener cuando de dineros, contrataciones y presupuestos se trata. La comparecencia diaria del titular del Ejecutivo para hacer política no quiere decir trasparencia. Incluso podría decirse que su presencia mediática mañanera es un distractor para cualquier ejercicio de esta naturaleza: su estrategia política lo engulle todo. Por lo tanto, no hay elementos reales y concretos que permitan atisbar una operación distinta de la que se acusa en la extinción de estos fideicomisos.
Es evidente que el gobierno actual está necesitado de construir una élite intelectual y académica para los fines que le convengan. Obvia decir, además, que muchos desean formar parte de ella. La saña con la que desde el púlpito se arremete contra la élite intelectual y académica cultivada por los gobiernos anteriores no es otra cosa que la liquidación política de algunos actores para que sus espacios sean ocupados por otros más afines. La parte incofesable de la posible desaparición de los fideicomisos es que forma parte decisiva de esta estrategia. En esto no hay novedad alguna. Podrá discutirse absurdamente si unos valen más la pena que otros, lo cierto es que el actual gobierno tiene la urgencia de liquidar a unos para ensalzar a otros. A la usanza de nuestra política, en tanto que otros gobiernos hicieron lo mismo, no hay nada criticable en que lo haga este gobierno.
Sea como fuere, la duda reside en si aparte de eso hay una idea precisa de una política científica que prevalezca sobre los vaivenes de los gobiernos que se sucederán. Esta fue una de las ideas centrales que dieron origen a los fideicomisos del Conacyt. Puede criticársele y reclamarse con razón todo lo que se quiera a esos fideicomisos, pero el hecho central es que por debajo de las generalizaciones absolutas tan propias del actual gobierno es que hubo un intento que también dio sus resultados relevantes. Desafortunadamente, estos logros han sido invisibilizados por los desvíos y demás, centro del actual discurso político hegemónico.
Puede que el actual gobierno nos sorprenda con una política científica más eficiente y de largo alcance. Puede que no. Pero por ahora la duda es legítima porque hasta hoy no hay indicio alguno que permita meter las manos al fuego de que eso sucederá. La fuerza con que se defiende la desaparición de los fideicomisos no tiene como contrapartida una propuesta concreta, viable e igual de poderosa y sólida que asegure el funcionamiento científico del país más allá de esta administración y las que vienen, sean del signo que sean. Sería un craso error que no la hubiese, que la apuesta fuese permenecer en el poder por treinta años para que exista. Y mucho más grave sería promover la desaparición del desarrollo científico en aras de una ideología que no va más allá de sus protagonistas administrativos. La miopía nunca ha sido una buena apuesta, la altitud de miras sí.
martes, septiembre 08, 2020
Una cana
Hoy me descubrí una cana y me puse estúpidamente feliz. Es muy similar a las que mi abuela tenía. Al verla, me sentí acompañado por ella: recordé su cabello blanco después de bañarse, su carácter tierno y áspero, su gana de hacer de su entorno algo mejor, a veces a golpes, otras a gritos, la mayoría de las veces cariñosa y pedagógicamente. ¿Qué hay de ti en mi abuela? Tal vez esta cana que ahora me acompaña es el inicio de la vereda que me llevará a ese otro paisaje que anduviste hace años: el de la decadencia. Recuerdo que en tus últimos años poco a poco fuiste perdiendo tus facultades mentales, que no eran pocas. En aquel entonces lo pensé como natural, ahora pienso que a lo mejor decidiste ya no enterarte del mundo, salvo de aquel que adorabas: en el que éramos niños, en el que tú eras pura fuerza y voluntad. Pienso que es mentira aquello de que con la edad viene la sabiduría. Lo que viene es la experiencia de la decadencia. Confieso abuela que eso antes me enfadaba (o tal vez me daba miedo). Estaba convencido de que no había que llegar a esta experiencia que ya se anuncia en mí, testimonio del fracaso de mis múltiples suicidios planificados. He aquí la cana que, junto con otros “imperceptibles”, me habla con certeza del umbral en donde estoy parado. Pero ya no me enfado abuela. Diría incluso que hasta tengo algo de curiosidad. La impunidad de la vejez comienza a seducirme abuela. Hoy me descubrí una cana y me puse estúpidamente feliz.
viernes, julio 24, 2020
La Pausa
Recuperar a la falsa Mafalda que no demerita a la verdadera. Querer bajarse del mundo. Ponerse a uno mismo en modo pausa con el fin de pensar con claridad. El vértigo no ayuda, la velocidad tampoco. Comparsas del sentimiento antes que de las ideas. La Montaña Rusa nos hace sentir pero en el momento escasamente ayuda a pensar. Lo mismo sucede con las redes sociales, lugar en el que hoy se disputan las efímeras y acomodaticias verdades de nuestras sociedades. Los medios tradicionales de comunicación masiva, descolocados, andan a la zaga. Por eso pretenden replicar la dinámica de esas redes, convirtiéndose en esbozos fallidos para una humanidad desbocada, urgida de verdades al mayoreo, practicante de una fe ingenua y una militancia simple, superflua, ahogada en contradicciones. Por este mismo derrotero equívoco inducen a la educación. Carece de sentido extenderse más en ejemplos. En pocas palabras, el mundo actual no nos da respiro para pensar. Querer bajarse de su dinámica, ponerse en pausa, tomarse el tiempo y la actitud necesarias para pensar quizá sea una apuesta absurda. Quizá no.
Craso error suponer que poner pausa es querer alejarse, distanciarse. Se trata, por el contrario, de asumir otro ritmo. El ritmo propio de la compañía y de la conversación. Un ritmo distinto del de la ciega soledad que impera en el vértigo y la velocidad, esa que se llama virtualidad. En ella no hay conversaciones, mucho menos compañías; hay avisos, notificaciones, gustos y disgustos, caritas, gestos, conteos. En ella, el tercero excluido, propio de los genuinos encuentros con los otros, es definitivamente expulsado a fuerza de economía de palabras. Conversar, acompañarse, encontrarse, probablemente sea actualmente el deseo más dinosáurico e insano que existe. Pero es un deseo necesario para quien ansía pensar. Porque pensar sucede con otros, es a través de su ejercicio que nace el tercero excluido. Se piensa conversando con otros, estando con otros. Su resultado es siempre inesperado, no el de la negociación, del adoctrinamiento, de la urgencia por convencer, de la construcción de las arenosas verdades que imperan en las redes sociales.
Ponerse en pausa para pensar, encontrarse con otros para pensar, conversar con otros para pensar. Ojalá que cuando el mundo despierte, este dinosáurico deseo siga estando aquí.
viernes, julio 17, 2020
Ceremonias de vida
domingo, abril 05, 2020
Navegar es necesario...
Hacia finales de 2016 pensé que ese año había sido el peor de mi vida, sin saber que los sucesivos le disputarían el título. En realidad, no se trata tanto de que los años empeoren, sino que con el paso del tiempo se pierde la audacia de superar la adversidad como si se tratase de un mal trago, uno más. Los años traen lo suyo, nosotros cada vez podemos menos con algunas cosas que traen consigo.
Desde entonces me fue y me es indispensable recordarme todos los días que los mares, sean calmos o procelosos, se navegan sin importar que en ello vaya la vida, o mejor dicho, porque navegando ella se revela con aristas y magnitudes sorprendentes, aunque al hacerlo, corra el riesgo de terminarse (sí, ya sé que suena a lo que hace años escribió la para muchos odiada Oriana Fallaci, y no sé cuántos escritores más: ¡qué se le va a hacer!).
Hoy, a más de un mes de encierro desde que me operaron, ahora obligado por el aislamiento indicado por las autoridades, me repito lo mismo: navegaremos exitosamente esta tempestad, si no por talento, al menos por obstinación. La mayoría llegará a buen puerto, si bien puede que sea uno devastado. Me digo que no vale la pena preguntarse quiénes pondrán pie allí, por más que nos invada la sensación de ser un arma biológica letal y portátil para los seres queridos y los completamente extraños. Lo que importa es esta experiencia de navegar colectiva y exitosamente la amenaza que supone este virus, por supuesto, pero también, y no en menor medida, navegar el piélago tempestuoso que es uno mismo en estas condiciones.
Navegar es necesario, vivir no, me repito por las mañanas y por las noches.
miércoles, marzo 18, 2020
Con lo que no puedo
Después de un viaje surrealista, con un espectáculo natural increíble y una narración apocalíptica, llegamos al pueblo en donde la mayoría habíamos dejado nuestro auto o que iban a tomar el autobús correspondiente para regresar a sus hogares. Noté que la gente nos veía un poco raro, como posibles portadores del H1N1, aunque llevásemos fuera de la Ciudad de México cosa de dos semanas. Al llegar a la casa en la que había dejado mi auto, la dueña me repitió la historia apocalíptica, recomendándome además no irme del pueblo, porque allí estábamos seguros. Le agradecí sus consejos, decliné la oferta, y comencé el regreso a casa.
La carretera hacia la capital del país fue un paseo por rumores consistentes que cambiaban poco en las gasolineras, tiendas, restaurantes. En todos lados me alertaban del peligro de ir a casa. En algún punto, pude escuchar la radio y hablar por teléfono con mis padres. Había alarma pero nada de lo que me habían dicho o por lo menos que se reportara con tal intensidad. Ya en Puebla, me advirtieron que no se podía entrar a la Ciudad de México, que no me arriesgara a ir. Para mi sorpresa, al llegar a las casetas para entrar a la ciudad, éstas lucían vacías pero nadie impedía el paso, salvo el correspondiente Hoy No Circula. Ni ejército ni policía ni gente.
A propósito regresé a casa de mis padres, ubicada al sur de la ciudad, vía Iztapalapa. Me sorprendió observar que por toda esa zona la vida seguía como si nada. Pocos traían tapabocas, los tacos y restaurantes estaban a reventar, e incluso había fiestas en la calle. Recuerdo haber sonreído al ver esto. Lo que fue evidente es que conforme me aproximaba a zonas de sectores medios, se dejaba sentir un miedo ausente en las zonas populares: los comercios estaban cerrados, casi no había gente en la calle, y los que por alguna razón sí estaban en la calle traían sus tapabocas. Sonreí aún más, porque al parecer el miedo a lo que estaba sucediendo parecía propio de sectores medios y altos. Al día siguiente, tuve que ir a Santa Fe. Allí las cosas en verdad eran alarmantes, parecía que el mundo se iba a acabar. Yo no daba crédito del terror de estos sectores, particularmente si se les comparaba con la tranquila resignación de los sectores menos favorecidos.
Ahora que tenemos el tema de coronavirus, tengo la misma impresión que entonces aunque no la he corroborado. Ayer y hoy me he visto obligado a salir por zonas de sectores medios: los comportamientos son mesurados pero temerosos, nada que ver con los trabajadores que saben están obligados a trabajar para vivir, pase lo que pase con el mentado coronavirus. En el banco, una señora acomodada, dijo al cajero: me gustó mucho que pusieran gel. El cajero la vio con una mirada entre incrédula o indefinida, como diciendo, no me joda, tenemos que trabajar en plena emergencia sanitaria, qué tiene eso que ver con el gusto. El repartidor del agua me advierte: seguiremos trabajando. El lava autos, el jardinero, los barrenderos, encogen los hombros: “seguiremos trabajando”, es su frase.
La resignación del trabajador ante la fatalidad no es valemadrismo: es uno de los rostros de la necesidad. Un par de adultos mayores que realizan labores por donde vivo conversan en medio del andador. Uno de ellos afirma: los de nuestra edad somos susceptibles, igual nos morimos, pero prefiero morir de ese virus que de hambre. Al pasar, los saludo; su amabilidad sigue igual que siempre. Acorde con las estadísticas, son pocos los que se están muriendo de este virus, pero nunca una estadística puede suplantar la empatía del ser que por su edad y necesidad se pone en riesgo, esperando a que el destino le dicte la última palabra, el último gesto, como en el Coliseo romano: vive o muere. Esto es lo que yo no puedo olvidar cuando me hablan de estadísticas.
