viernes, marzo 11, 2011

Modernidad y blanquitud. Un testamento abierto.

El texto que a continuación se reproduce es con el que presenté el último libro de Bolívar Echeverría, Modernidad y blanquitud, en la Casa Refugio Citlaltépetl, el 10 de marzo de 2011.


Para JCP
Antes de morir, Carlos Moinsiváis ofreció una entrevista en la que, además de otros temas, hizo una distinción fundamental entre el intelectual público y el académico. (1) Afirmó que el primero se encuentra, por lo menos en lo que a los más conocidos respecta, “en una etapa de extinción”. E hizo una enumeración de los que a su parecer descuellan como intelectuales públicos mexicanos: Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Fuentes. Agregó a la lista otros tantos de Latinoamérica. “En cada país –dijo– hay uno; Borges de sobremanera en Argentina; Bolívar Echeverría en Ecuador; en Cuba, hay en el exilio varios importantes, Guillermo Cabrera Infante lo fue; dentro ahora hay también escritores, poetas, ensayistas de consideración”. Y continuó: “Pero la importancia que tuvieron ha ciertamente disminuido porque la sustituye y con creces la academia; los académicos están en todas partes y representan en este momento la sustitución masiva del intelectual público”. Obvia decir que de esta “especie” no enumeró a uno solo.
Si me permito citar el decir de quien Adolfo Castañón denominó “el último escritor público en México” es porque me sirve para afirmar algo esencial sobre el autor del libro que hoy presentamos y que pone en perspectiva lo que voy a decir sobre Modernidad y blanquitud. Una parte de esta afirmación es la siguiente: Bolívar Echeverría no fue un académico. Por eso, entre otras cosas, sus libros suelen provocar enormes dificultades para comentarlos, pues, afortunadamente, no se ciñen a las formalidades de la academia ni de la filosofía que en ella se enseña. Quiero aclarar este punto para que mi afirmación no se preste a confusión.

En una conferencia dictada escasos dos meses antes de su muerte, Bolívar Echeverría afirmó:
Hay una diferencia muy grande entre hacer filosofía, es decir, ser filósofo, y, por otro lado, estudiar y enseñar filosofía o lo que se expone en los textos filosóficos de la cultura occidental. Se puede muy bien –y a eso está dedicado el mundo de la filosofía en el siglo XX– discutir, examinar, problematizar, ejercer la hermenéutica de los textos filosóficos de los siglos pasados, pero ya no se puede decir que la filosofía sea un discurso vivo, que existan filósofos actuantes, creadores de propuestas filosóficas. No hay una efervescencia de propuestas de discurso filosófico sino apenas un reducido conjunto de personajes o de figuras filosóficas excepcionales que han destacado en el siglo XX. (2)
Para él, la filosofía tal y como se practica en la academia se ha convertido en una escolástica que cuando no “teoriza sobre las capacidades cognoscitivas del ser humano”, glosa y comenta las obras filosóficas de los siglos precedentes. Pero en toda ella se echa de menos, dijo en aquella conferencia, “...el vuelo que tiene el discurso filosófico en la República de Platón, esa libertad de elegir temas, de mezclar éticas con ontologías, ya no está allí esa ebullición fabulosa de conceptos”. (3) Precisamente este vuelo de libertad para pensar que lleva a la ebullición fabulosa de conceptos es lo que distingue a Bolívar Echeverría y lo que entre otras cosas juzgo lo convirtió en un intelectual público –según lo concibió Carlos Monsiváis–, o en lo más cercano a lo que el mismo Echeverría concebía como filósofo, o lo que yo de manera arbitraria simplemente llamo “un pensador”. De tal suerte que la otra parte de mi afirmación es la siguiente: Bolívar Echeverría es un pensador.
Me parece fundamental entender esto al abordar sus libros. Modernidad y blanquitud, el que hoy presentamos gracias a la invitación que nos extendió la editorial ERA, por supuesto no escapa a ello. Pero tiene, además, una particularidad que no debe pasar inadvertida. La infausta circunstancia que precede a su publicación –la muerte del pensador que lo concibió y escribió– lo convierte en un libro que cabalga entre lo que en rigor es su último libro y lo que puede pensarse como el primero de los muchos póstumos que vendrán. Para mí, este “estar en vilo” convierte a Modernidad y blanquitud, de manera espontánea, en un testamento abierto, cuyo contenido, más que propiamente heredar, plantea retos y desafíos de altos vuelos que sólo pueden entenderse, primero, y acometerse, cosa más difícil, después, si se concibe a Bolívar Echeverría como un pensador y no como un académico. A continuación quiero enunciar algunos de esos retos y vuelos que van del actuar como pensador hasta la crítica a la vida moderna como contribución propiamente política para construir un mundo mejor.
Soy de la opinión que, debido a las múltiples lecturas de las que fue objeto desde sus reflexiones sobre lo barroco, algunas de ellas no muy atinadas, Bolívar Echeverría quiso enfatizar explícitamente algunas filiaciones que configuran el núcleo y los derroteros de su pensar. Esto es particularmente notable en este libro. Sin incurrir en la discusión de las “herencias” o “continuidades” a las que es muy dada la academia en la disputa de sus espacios productivos, ni en la argumentación “progresista” que invita a “pasar de largo” lo que la moda intelectual en turno no pontifica, en el ensayo llamado “Sartre a lo lejos” afirma:
Nada hay que pueda darse por ganado en la historia de las ideas; en ella, como en el mito de Sísifo, todo tiene que ser pensado cada vez de nuevo. La noción de progreso no tiene cabida en ella; la sabiduría no es acumulativa. Ningún filósofo posterior a Platón fue “mejor” que Platón porque pudo filosofar encaramado sobre sus hombros. No obstante, puede hablarse de ideas del pasado (o mejor de un presente más amplio, que engloba lo mismo a ese pasado que a nuestro presente particular) que se refieren de manera ejemplar a ciertos temas percibidos todavía como actuales, ideas que son capaces de enriquecer la reflexión en nuestros días”. (4)
Aunque la cita se inserta en la lógica de una argumentación que destaca la importancia y trascendencia del “humanismo sartreano”, puede leerse como una declaración puntual del hacer del propio autor, es decir, su dedicarse a pensar de nueva cuenta los temas aún percibidos como actuales –entiéndase reales, urgentes, demandantes– de la mano de ideas que son capaces de enriquecer la reflexión en nuestros días.
La pregunta, entonces, es obvia: en este libro, ¿cuáles son para Bolívar Echeverría esos temas actuales y cuáles esas ideas enriquecedoras con las que los aborda? A riesgo de ofrecer una respuesta demasiada escuetoa que no atiende plenamente la riqueza de este libro, puede decirse que esos temas son la modernidad y el capitalismo. (5) Lo son en tanto que constituyen ese “presente más amplio” que desde la conjunción fortuita de la neotécnica –que posibilitó una “escasez relativa”–, y el comportamiento ya netamente capitalista –que se afana en la acumulación de capital–, llegó a su nivel óptimo con la revolución industrial,(6) para de allí, confundidos (“la modernidad capitalista”), ir en pos del resto del mundo. Este “ir en pos” es en verdad un “estar yendo en pos”. De allí su actualidad. La modernidad capitalista, si bien realmente dominante, no es, nos dice Bolívar Echeverría, un hecho consumado, como proclaman sus apologetas, sino que es una realidad en proceso. Ella, la modernidad capitalista, escribe Echeverría, “está siempre en trance de vencer”,(7)pero aún no lo ha logrado. De aquí también la urgencia, sentida por el autor, de pensarla, analizarla, hallar sus falsedades, mentiras, contradicciones.
Este proceso en el que la modernidad capitalista está en trance de vencer es “tortuoso, lleno de contradicciones y conflictos”, afirma el autor en el ensayo “Definición de la modernidad”. Si esto es así es, primero, porque la modernidad capitalista no logra, como quisiera, abolir la historia;(8) no logra, por más que se esfuerce, repetir la hazaña de encontrarse “pura naturaleza” a la cual someter, como sucedió con la conquista del Oeste en la “modernidad americana”.(9) Ella se ve obligada a imponerse de manera violenta sobre un conjunto de civilizaciones previas, algunas más densas que otras, es decir, con historia milenaria, que se niegan a desaparecer de la faz de la tierra. Civilizaciones que en su resistir al embate que busca sustituir lo cualitativo del mundo de la vida por lo cuantitativo de la acumulación capitalista, obligan a la modernidad capitalista a un “conjuno dinámico de compromisos”(10) que la tornan impura, y de este modo, le impiden cumplir plenamente su cometido. Tal es el caso de los otros modos o estrategias de ser modernos dentro del capitalismo (el barroco, el romántico, el clásico), que el autor refiere en diversas partes de este libro, o como los llama en el ensayo “La modernidad y la anti-modernidad de los mexicanos”, tipos de “anti-modernidad” si por ello se entiende un resistir o negarse a aceptar pasivamente el modo de ser y la estrategia que propone el ethos realista de la modernidad capitalista, cuya expresión más pura, por lo tenue del “conjunto dinámico de compromisos”, es la modernidad americana.
En segundo lugar, el proceso es tortuoso, contradictorio y conflictivo porque la modernidad capitalista es, nos dice Bolívar Echeverría, “ambigua”. Por un lado, afirma el autor, gracias a la “promesa” de la neotécnica ofrece a los individuos singulares la disposición de mayor y mejor cantidad de satisfactores y el disfrute de una libertad de acción, pero por otro, al reprimir las posibilidades y acotar los logros de aquella “promesa” de la neotécnica, les escatima la calidad de esos satisfactores y de esa libertad. Este lapsus, esta ambigüedad, entre lo que “potencialmente” se ofrece y lo que “realmente” se da, o como cantaría Joaquín Sabina, las mentiras de la realidad “que promete todo pero nada te da”, es la que además de posibilitar la resistencia de aquellas civilizaciones que se niegan a desaparecer de la faz de la tierra, da origen a impugnaciones y rebeliones desde el núcleo mismo de la modernidad capitalista. Se trata de una “anti-modernidad” contestataria o “anti-capitalista” que, según el autor, consiste en una rebelión que quiere y pretende “liberar a la modernidad del destino capitalista que se le ha impuesto hasta a ahora”,(11) porque torna la vida humana invivible al exigirle un comportamiento acorde con la acumulación de capital; comportamiento que no hace otra cosa que trastocar todo, desde el agua hasta los órganos internos del cuerpo humano, para integrarlo al cosmos de la ganancia capitalista.(12) Incluso contra ello, nos dice el autor en su ensayo “De la academia a la bohemia y más allá”, se rebelaron las vanguardias del arte moderno.
No cabe duda que Bolívar Echeverría se adscribe a la estrategia o modo de ser moderno “anti-capitalista”. En su ensayo “¿Dónde queda la ‘izquierda’?” afirma que “La izquierda es sólo una de las vías por las que la vida moderna ‘profunda’ resiste y se rebela contra el modo capitalista de la modernidad realmente existente”. (13) Es desde aquí de donde piensa y medita el conjunto de su obra en general y los ensayos de Modernidad y blanquitud en particular. Precisamente por eso emprende en la década pasada la tarea de analizar y demostrar la existencia de un cuádruple ethos de la modernidad. Su intención al hacerlo es liberar a la modernidad de su atadura capitalista, usando para ello los alcances de un extraordinario discurso reflexivo que se ha construido y expresado también a lo largo de ese “presente más amplio” que sigue siendo actual.
El discurso reflexivo en el que se desenvuelve, cultiva y que practica de un modo particular es aquel fundado por Marx y que se distingue por ser “crítico”. En otro lugar, Bolívar Echeverría definió el discurso crítico como aquel que participa en la transformación del mundo y en la manera de interpretar el mundo transformándolo. Este discurso se caracteriza, nos dice, por la destrucción y el desmontaje del discurso establecido por la modernidad capitalista.(14) Pues bien, este libro, como los anteriores, es un despliegue impresionante de ese discurso. En los ensayos de Modernidad y blanquitud el lector atento encontrará explícitas e implícitas ideas fundamentales de Marx. De hecho, puede decirse que al centrarse en el estudio y análisis de la contradicción entre valor de uso y valorización del valor, Echeverría pudo llegar a planteamientos como el cuádruple ethos de la modernidad, y por ejemplo, descifrar en su texto “Arte y utopía” el enigmático ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica de Walter Benjamin.
Conviene tener presente que lo que él ve en Marx es a un pensador del siglo XIX que, no obstante, desarrolla “ideas que son capaces de enriquecer a la reflexión de nuestros días”; días, como ya se dijo, caracterizados por “un estarse imponiendo” de la modernidad capitalista. Es la actualidad de la modernidad capitalista la que otorga a ciertas ideas de Marx su actualidad.
Pero no sólo. La apertura de Bolívar Echeverría hacia ideas fecundas lo lleva a tomar seriamente aquellas que por su radicalidad fueron desdeñadas por el marxismo oficial u ortodoxo, o insuficientemente comprendidas en general por los que compartían el uso del discurso crítico; ideas expuestas por pensadores como Heidegger, Sartre, Benjamin, Adorno, Horkheimer, y un largo etcétera. Lo interesante es que también se toma en serio ciertas ideas que poco tienen que ver con aquel discurso, desde Severo Sarduy hasta Octavio Paz y Edmundo O’Gorman,(15) pero que lo enriquecen considerablemente.
En esta apertura hacia ideas fecundas no hay que ver solamente un talante moral. A fin de cuentas, él perteneció a lo que suele denominarse “generación del 68”. Aunque ya estaba más próximo a su tercera década cuando la rebelión juvenil hizo su aparición en Alemania, Francia y después México, es claro que la experiencia adquirida durante esos años definió su dedicarse a cultivar el discurso reflexivo como una de las actitudes políticas más radicales entonces existentes en el horizonte. Muy probablemente esta decisión también tuvo parte de su inspiración en las biografías de Marx y Benjamin entre otros, pero como es evidente en el ensayo “El 68 mexicano y su ciudad”, se debe sobre todo a que fue peculiarmente consciente de que en ese momento se cerró una historia cuyos orígenes se remontan a la Revolución francesa. Desde entonces se le hizo evidente que la radicalidad del “espíritu” del 68 se jugaba y se sigue jugando en el cultivo de un discurso reflexivo y no necesaria y únicamente en otro tipo de acciones contestatarias o reformistas. Un discurso reflexivo, hay que decirlo, que se quiso y quiere extinguir con sangre, desesperación, impaciencia, cooptación, mercantificación y hambre.
Pero dentro del discurso reflexivo que Bolívar Echeverría cultiva “apertura” no quiere decir “confianza” ni optimismo infundado. En el escrito con que presenta el libro Modernidad y blaquitud afirma:
La argumentación principal de los textos reunidos en el presente volumen intenta [...] averiguar los mecanismos que llevan a ese poderoso impulso homogeneizador [de la modernidad capitalista] a esquivar, cuando no integrar, las resistencias que le presentan las identidades naturales –sean éstas tradicionales o inéditas–, a imponerse sobre la tendencia centrífuga y multiplicadora que ellas traen consigo.(16)
Su objetivo general con este libro es problematizar la confianza humanista en la diversidad humana, sea como núcleo inexpugnable o bien como resultado necesario de la mundialzación, porque ella se basa en una lectura o comprensión en extremo candorosa de la historia o bien en una fe religiosa. La debilidad fundamental de esta confianza es que parte de la creencia en un orden natural de las cosas, como si se cumpliera de manera automática y sólo hubiese que esperar a que todo llegue a buen puerto en el momento adecuado. Como si cualquier paraíso se pudiese alcanzar por una voluntad ajena a la humana. Esta actitud es la que Benjamin criticó a sus camaradas comunistas antes de su suicidio en 1939 y es la que vuelve a criticar Bolívar Echeverría, ya no a los inexistentes comunistas, sino a los humanistas del siglo XXI, que hoy pasan por ser la “alternativa” al discurso hegemónico. La actualidad de la “modernidad capitalista”, piensa Echeverría, no puede ni debe combatirse con creencias o fe de ningún tipo. Solamente el discurso reflexivo crítico puede descifrar los mecanismos que están posibilitando la hegemonía de la modernidad capitalista y con ello participar en la transformación del mundo. Hacerlo es, en las condiciones actuales, un asunto de vida o muerte.
¿Cuáles son, entonces, esos mecanismos? En este libro Bolívar Echeverría enfatiza tres de ellos. El primero se relaciona con la neotécnica, a la que entiende como la capacidad del ser humano de emprender premeditadamente la invención de nuevos medios de producción, y que mucho tuvo en sus orígenes de “lúdica”. Esta capacidad, nos dice, es el fundamento de la modernidad como tal. Desde su aparición en el siglo XI, inaugura la posibilidad de construir una vida civilizada sobre la base de una escasez sólo relativa de la riqueza natural a la vez que abre las puertas a una nueva relación con la naturaleza basada en la colaboración para un mutuo enriquecimiento.(17) Sin embargo, al encontrarse con el comportamiento capitalista, esta neotécnica es disminuida y reprimida para favorecer únicamente su aspecto funcional para la acumulación de capital. La reproducción universal de esta neotécnica reprimida es una de las estrategias rectoras que posibilitan al “poderoso impulso homogeneizador” de la modernidad capitalista imponerse.
Incluso, nos dice Echeverría, esta neotécnica reprimida se ha covertido en un “señorío nuevo” que se “funda en la propiedad monopólica ejercida sobre la tecnología de vanguardia”. “Un señorío –escribe– por entero diferente al viejo –porque se basa únicamente en la subordinación económica y no en la subordinación física de los competidores en el mercado–, pero igualmente importante para la existencia real de la reproducción capitalista de la riqueza”.(18)
La represión y disminución de la neotécnica llevada a cabo por la modernidad capitalista tiene su correspondiente en el cultivo de una identidad humana que se entiende como amo y señor de lo Otro, dispuesto allí para ser sometido y explotado en favor de la acumulación de capital. Una identidad que procede a anular “la otredad de lo otro”, convirtiéndolo “en un ‘caos’ o naturaleza salvaje por conquistar y domesticar”,(19) cuyo corolario es la represión dentro de sí mismo de toda tendencia al cultivo de lo cualitativo del mundo en favor de lo cuantitativo de la acumulación de capital. Es éste el segundo mecanismo con el que la modernidad capitalista se impone.
El tercero es la existencia de un “racismo” que exige la presencia de una “blanquitud de orden ético o civilizatorio como condición de la humanidad moderna”,(20) nos dice el autor. Una blanquitud que manifieste la interiorización de las exigencias productivistas del capital por medio de la “apariencia física del cuerpo y del entorno, limpia y ordenada, hasta la propiedad de su lenguaje, la positividad discreta de su actitud y su mirada y la mesura y compostura de sus gestos y movimientos”.(21) En otras palabras, una presencia cotidiana que demanda pensar como blanco, comportarse como blanco, vivir como blanco, pasar por ser blanco, aun cuando físicamente no se sea blanco. Aunque, como lo demuestra el ensayo “Imágenes de la blanquitud”, esta exigencia puede llevar a la delirante necesidad experimentar con la propia piel para, en vez de blanquearse con distintos métodos con el fin de parecer blanco sin serlo, ser efectivamente blanco, como lo hizo el “rey del pop”, Michael Jackson.
Así, Bolívar Echeverría encuentra en la neotécnica reprimida por la modernidad capitalista, cuyo único fin es la ganacia capitalista, el mecanismo esencial que permite a la modernidad capitalista irse imponiendo y que se refuerza, por un lado, con una concepción de la naturaleza como caos y enemigo a ser sometido, y por otro, con la exigencia de interiorización del ethos de autorrepresión productivista del individuo singular que tiende a manifestarse materialmente con el éxito económico y con una blanquitud ética o civilizatoria que lo hace evidentemente visible.
Sólo con un discurso reflexivo crítico como el de Bolívar Echeverría, que por un lado, identifica los temas actuales, y por otro, los analiza usando libremente ideas enriquecedoras surgidas a la par y la sombra de aquellos temas, es posible dar cuenta de estos mecanismos que permiten a la modernidad capitalista irse imponiendo. Detectar, como él lo hace, las resistencias provenientes de civilizaciones anteriores que pretenden ser arrasadas o de las rebeliones que surgen en el seno mismo de la modernidad capitalista debido a su ambigüedad, es condición necesaria pero no suficiente para liberar a la modernidad del capitalismo. Justo por esto Modernidad y blanquitud es un testamento abierto: deja temas pendientes que el lector ha de pensar de nuevo por su propia cuenta y riesgo si quiere salir del dilema en que lo encierra la modernidad capitalista, a saber: ser como el Ciudadano Kane, que únicamente se permite el momento de lo cualitativo, como un recuerdo relampagueante, cuando expira diciendo “Rosebud” o como Willie, Eva, y Eddie, cuya fallida pero ansiada blanquitud les hace perderse, en una circulación “paria” y sin sentido, entre Nueva York, Clevland, y Florida, en Stranger Than Paradaise de Jim Jarmush.
Suponer que acometer lo que exigen estos temas pueda hacerse sin aspirar al mismo tiempo a ser un pensador es una vana ilusión. La primera y más esencial deuda que tenemos con Bolívar Echeverría es no dejar que el tipo especial de “pensador”, de “intelectual público”, de “filósofo”, se extinga; el peor error que podríamos cometer con respecto a su pensar es convertirlo en un tema de controversia académica. Lo uno, abona en favor de la transformación del mundo al ser un partícipe más de esa transformación; lo otro, en cambio, sólo hace del filo crítico de su pensamiento un tema romo de una nueva escolástica que al obtener su valía en “estímulos” económicos de una profesión académica no transforma el mundo sino que lo refuerza.
Casa Refugio Citaltépetl
10 de marzo de 2011
  1. “Entrevista con Carlos Monsiváis”. La entrevista se puede consultar en la siguiente dirección electrónica: http://www.youtube.com/watch?v=SRub_kJ-ZxQ Fecha de consulta: 4 de marzo de 2011.
  2. Ver “Filosofía y discurso crítico” en Echeverría, Bolívar, El materialismo de Marx. Discurso crítico y revolución, Ítaca, México, 2011. págs. 89-90
  3. Ibídem., pág. 96-97. Subrayado personal.
  4. Echeverría, Bolívar, Modernidad y blanquitud, ERA, México, 2010. Ver: “Sartre a lo lejos”, pág. 167. A menos que se indique lo contrario, se hará referencia a este libro por el nombre de los ensayos de los que se están tomando las ideas y las citas.
  5. Acumulación de capital comprando barato y vendiendo caro.
  6. “Definición de la modernidad”, pág. 30
  7. Ibídem., pág. 18
  8. No logra hacerse un mundo “suspendido” y a la medida como el que aparece en la película Wall.E
  9. Veáse “La modernidad americana (claves para su comprensión)”.
  10. Ibídem., pág. 90
  11. “La modernidad y la antimodernidad de los mexicanos”, pág. 242
  12. Una vida que exige interiorizar un comportamiento definido por la acumulación de capital que hace de lo otro un caos que es necesario someter e integrar al cosmos de la ganancia capitalista. (“Acepciones de la Ilustración”, pág. 50)
  13. “¿Dónde queda la ‘izquierda’?”, pág. 180
  14. Véase “Filosofía y discurso crítico”, Op. cit., pág. 99-100
  15. Véanse particularmente los ensayos “Acepciones de la Ilustración”, “Arte y utopía”, “Sartre a lo lejos”, “Meditaciones sobre el barroquismo” de Modernidad y blanquitud, Op. cit.
  16. “Presentación”, pág. 10
  17. “Definición de la modernidad”, pág 22
  18. “‘Renta tecnológica’ y ‘devaluación’ de la naturaleza”, pág. 39
  19. “Acepciones de la Ilustración”, pág. 51
  20. “Imágenes de la blanquitud”, pág. 58
  21. Ibídem., pág. 59




martes, febrero 22, 2011

Modernidad y blanquitud. El testamento de Bolívar Echeverría

El texto que a continuación se reproduce es con el que presenté el último libro de Bolívar Echeverría (21 de febrero de 2011, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM)

Modernidad y blanquitud
El testamento de Bolívar Echeverría
Isaac García Venegas
Para RACA




Hoy presentamos lo que en rigor es el último libro de Bolívar Echeverría. Modernidad y blanquitud estaba en revisión cuando al autor lo alcanzó el único destino cierto de toda vida humana. Los 12 textos que lo constituyen son una reelaboración de otros escritos y publicados con anterioridad en revistas, libros y/o en su página electrónica. (1) Como ejemplo, basta citar “Definición de la modernidad”, texto con que abre este libro. De él conocemos al menos cuatro versiones, sin considerar que todas ellas tienen su fundamento en otro ensayo, “Modernidad y capitalismo (15 tesis)”, del que se conocen otras tantas versiones.

Consciente del significado de lo impreso –recuérdese los argumentos que Bolívar Echeverría vertió en “Homo legens”, que se encuentra en Vuelta de siglo–, el filósofo ecuatoriano solía poner particular atención a los escritos destinados a publicarse en forma de libro. Los que conforman éste carecen de ella. No en cuanto a su contenido, pero sí en lo que respecta a su edición: los hay que tienen bibliografía, los que no e incluso en el que se repite a pie de página y al final del escrito en cuestión; en otros se hace referencia a escritos del mismo autor que hallándose en este libro se citan con una referencia bibliográfica distinta; repeticiones innecesarias cuando de dos escritos se hizo uno solo, como sucede con el de “Meditaciones sobre el barroquismo”; problemas de dedazos y puntuación, etcétera. Erratas extrañas para quien también ejerció, con la pulcritud que le caracterizaba, el oficio de traductor y editor.

Así, puede decirse que por la infausta circunstancia que precede a su publicación, los ensayos de Modernidad y blanquitud están en cierto sentido inacabados. (2) Esta afirmación tiene una deriva muy precisa: obliga a preguntarse si el autor no habría hecho correcciones de contenido y redacción de último momento encaminadas a matizar o enfatizar, que son los tendencias más notables en sus últimos escritos. Por desgracia, ya nunca lo sabremos.

Otra cosa que no puede pasar inadvertida es que la desaparición del autor otorga a este libro una connotación particular. Me parece que, espontáneamente, se ha convertido en algo así como un testamento abierto, cuyo contenido, más que propiamente heredar, plantea retos y desafíos de altos vuelos que van del actuar como pensador hasta la crítica a la vida moderna como contribución propiamente política para construir un mundo mejor. A continuación quiero precisar solamente ciertos aspectos de esta idea.

Soy de la opinión que, debido a las múltiples lecturas de las que fue objeto desde sus reflexiones sobre lo barroco, Bolívar Echeverría quiso enfatizar explícitamente algunas filiaciones que configuran el núcleo y los derroteros de su pensar. Esto es particularmente notable en este libro. Sin incurrir en la discusión de las “herencias” o “continuidades” a las que es muy dada la academia en la disputa de sus espacios productivos, ni en la argumentación “progresista” que invita a “pasar de largo” lo que la moda intelectual en turno no pontifica, en el ensayo llamado “Sartre a lo lejos” afirma:

Nada hay que pueda darse por ganado en la historia de las ideas; en ella, como en el mito de Sísifo, todo tiene que ser pensado cada vez de nuevo. La noción de progreso no tiene cabida en ella; la sabiduría no es acumulativa. Ningún filósofo posterior a Platón fue "mejor" que Platón porque pudo filosofar encaramado sobre sus hombros. No obstante, puede hablarse de ideas del pasado (o mejor de un presente más amplio, que engloba lo mismo a ese pasado que a nuestro presente particular) que se refieren de manera ejemplar a ciertos temas percibidos todavía como actuales, ideas que son capaces de enriquecer la reflexión en nuestros días. (3)

Aunque la cita se inserta en la lógica de una argumentación que destaca la importancia y trascendencia del “humanismo sartreano”, puede leerse como una declaración puntual del hacer del propio autor, es decir, su dedicación a pensar de nueva cuenta los temas aún percibidos como actuales –entiéndase reales, urgentes, demandantes– de la mano de ideas que son capaces de enriquecer la reflexión en nuestros días.

La pregunta, entonces, es obvia: en este libro, ¿cuáles son para Bolívar Echeverría esos temas actuales y cuáles esas ideas enriquecedoras con las que los aborda? A riesgo de incurrir en un esquema demasiado escueto que no atiende plenamente la riqueza de este libro, es evidente que esos temas son la modernidad y el capitalismo. Lo son en tanto que constituyen ese “presente más amplio” que desde la conjunción fortuita de la neotécnica –que posibilitó una “escasez relativa”–, y el comportamiento ya netamente capitalista –que se afana en la acumulación de capital–, en el delimitado ámbito del “pequeño continente europeo”, llegó a su nivel óptimo con la revolución industrial, (4) para de allí, confundidos (“la modernidad capitalista”), ir en pos del resto del mundo. Este “ir en pos” es en verdad un “estar yendo en pos”. De allí su actualidad. La modernidad capitalista, que es la realmente existente, nos dice Bolívar Echeverría, “está siempre en trance de vencer”, (5) es decir, es una realidad en proceso.

Este proceso es “tortuoso, lleno de contradicciones y conflictos”, afirma el autor. Si esto es así es, primero, porque la modernidad capitalista no logra, como quisiera, abolir la historia. (6) Ella pretende imponerse de manera violenta sobre la base de un conjunto de civilizaciones previas, algunas más densas que otras, que se niegan a desaparecer de la faz de la tierra. Civilizaciones que en su resistir al embate que busca sustituir lo cualitativo del mundo de la vida por lo cuantitativo de la acumulación capitalista, obligan a la modernidad capitalista a una serie de “compromisos” que la tornan impura, y de este modo, le impiden cumplir plenamente su cometido. Tal es el caso de los otros modos o estrategias de ser modernos dentro del capitalismo (el barroco, el romántico, el clásico), que el autor refiere en diversas partes de este libro, o como los llama en el ensayo “La modernidad y la anti-modernidad de los mexicanos”, tipos de “anti-modernidad” si por ello se entiende un resistir o negarse a aceptar pasivamente el modo de ser y la estrategia que propone el ethos realista de la modernidad capitalista, cuya expresión más acabada, por su carencia de “compromisos”, es la americanización de la modernidad.

En segundo lugar, el proceso es tortuoso, contradictorio y conflictivo porque la modernidad capitalista es “ambigua”. Por un lado, afirma el autor, gracias a la “promesa” de la neotécnica ofrece a los individuos singulares la disposición de mayor y mejor cantidad de satisfactores y el disfrute de una libertad de acción, pero por otro, al reprimir las posibilidades y acotar los logros de aquella “promesa” de la neotécnica, escatima a los individuos singulares la calidad de esos satisfactores y de esa libertad. Este lapsus, esta ambigüedad, entre lo que “potencialmente” se ofrece y lo que “realmente” se da, o como cantaría Joaquín Sabina, las mentiras de la realidad “que promete todo pero nada te da”, es la que además de posibilitar la resistencia, gesta las suyas desde el núcleo mismo de la modernidad capitalista: una “anti-modernidad” contestataria o “anti-capitalista” que, según el autor, consiste en una rebelión que quiere y pretende “liberar a la modernidad del destino capitalista que se le ha impuesto hasta a ahora”, (7)
porque torna la vida humana invivible. (8)

No cabe duda que Bolívar Echeverría se adscribe a la estrategia o modo de ser moderno “anti-capitalista”. Desde allí piensa y medita el conjunto de su obra en general y los textos de Modernidad y blanquitud en particular. Precisamente por eso emprende en la década pasada la tarea de analizar y demostrar la existencia de un cuádruple ethos de la modernidad. Su intención al hacerlo es liberar a la modernidad de su atadura capitalista, usando para ello los alcances de un extraordinario discurso racional que se ha construido y expresado también a lo largo de ese “presente más amplio” que sigue siendo actual.

El discurso racional en el que se desenvuelve, cultiva y que practica de un modo particular es aquel fundado por Marx y que se distingue por ser “crítico”. En todos los ensayos de este libro la referencia a ciertas ideas de aquel pensador son explícitas. De hecho, puede decirse que al centrarse en el estudio y análisis de la contradicción entre valor de uso y valorización del valor, el autor pudo llegar a planteamientos como el cuádruple ethos de la modernidad, y por ejemplo, descifrar en su texto “Arte y utopía” el enigmático ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica de Walter Benjamin.

Conviene tener presente que lo que él ve en Marx es a un pensador del siglo XIX que, no obstante, desarrolla “ideas que son capaces de enriquecer a la reflexión de nuestros días”; días, como ya se dijo, caracterizados por “un estarse imponiendo” de la modernidad capitalista. Es la actualidad de la modernidad capitalista la que otorga a ciertas ideas de Marx su actualidad.

Pero no sólo. La apertura de Bolívar Echeverría hacia ideas fecundas lo lleva a tomar seriamente aquellas que por su radicalidad fueron desdeñadas por el marxismo oficial u ortodoxo, o insuficientemente comprendidas en general por los que compartían el uso del discurso crítico; ideas expuestas por pensadores como Heidegger, Sartre, Benjamin, Adorno, Horkheimer, y un largo etcétera. Lo interesante es que se toma en serio ciertas ideas que poco tienen que ver con aquel discurso, desde Severo Sarduy hasta Octavio Paz y Edmundo O’Gorman. (9)

En esta apertura hacia ideas fecundas no hay que ver solamente un talante moral. A fin de cuentas, él perteneció a lo que suele denominarse “generación del 68”. Aunque ya estaba más próximo a su tercera década cuando la rebelión juvenil hizo su aparición en Alemania, Francia y después México, es claro que la experiencia adquirida durante esos años definió su dedicarse a cultivar el discurso racional como una de las actitudes políticas más radicales entonces existentes en el horizonte. Muy probablemente esta decisión también tuvo parte de su inspiración en las biografías de Marx y Benjamin entre otros, pero como es evidente en el texto “El 68 mexicano y su ciudad”, se debe sobre todo a que fue peculiarmente consciente de que en ese momento se cerró una historia cuyos orígenes se remontan a la Revolución francesa. Desde entonces se le hizo evidente que la radicalidad del “espíritu” del 68 se jugaba y se sigue jugando en el cultivo de un discurso racional y no en otro tipo de acciones contestatarias o reformistas. Un discurso, hay que decirlo, que se quiso y quiere extinguir con sangre, desesperación, impaciencia, cooptación, mercantificación y hambre.

Pero dentro del discurso racional que Bolívar Echeverría cultiva “apertura” no quiere decir “confianza” ni optimismo infundado. En la presentación que hace del libro Modernidad y blaquitud escribe:

La argumentación principal de los textos reunidos en el presente volumen intenta [...] averiguar los mecanismos que llevan a ese poderoso impulso homogeneizador [de la modernidad capitalista] a esquivar, cuando no integrar, las resistencias que le presentan las identidades naturales –sean éstas tradicionales o inéditas–, a imponerse sobre la tendencia centrífuga y multiplicadora que ellas traen consigo. (10)
Su objetivo general con este libro es problematizar la confianza humanista en la diversidad humana, sea como núcleo inexpugnable o bien como resultado necesario de la mundialzación, porque ella se basa en una lectura o comprensión en extremo candorosa de la historia o bien en una fe cuasi religiosa. La debilidad fundamental de esta confianza es que parte de la creencia en un orden natural de las cosas, como si se cumpliera de manera automática y sólo hubiese que esperar a que todo llegue a buen arreglo en el momento adecuado. Como si cualquier paraíso se pudiese restablecer por sí mismo. Esta actitud es la que Benjamin criticó a sus camaradas comunistas antes de su suicidio y es la que vuelve a criticar Bolívar Echeverría, ya no a los inexistentes comunistas, sino a los humanistas del siglo XXI. La actualidad de la “modernidad capitalista”, piensa Echeverría, no puede ni debe combatirse con creencias o fe de ningún tipo. Solamente el discurso racional crítico puede descifrar los mecanismos que están posibilitando la hegemonía de la modernidad capitalista. Hacerlo es, literalmente, un asunto de vida o muerte.

¿Cuáles son esos mecanismos? En este libro Bolívar Echeverría enfatiza tres de ellos. El primero, se relaciona con la neotécnica, a la que entiende como la capacidad del ser humano de emprender premeditadamente la invención de nuevos medios de producción. Esta capacidad es el fundamento de la modernidad como tal. Ella inaugura la posibilidad de construir una vida civilizada sobre la base de una escasez sólo relativa de la riqueza natural a la vez que abre las puertas a una nueva relación con la naturaleza basada en la colaboración para un mutuo enriquecimiento. (11) Sin embargo, al encontrarse con el comportamiento capitalista, esta neotécnica es disminuida y reprimida para favorecer únicamente su aspecto funcional para la acumulación de capital. La reproducción universal de esta neotécnica reprimida es una de las estrategias rectoras que posibilitan al “poderoso impulso homogeneizador” de la modernidad capitalista imponerse.

La represión y disminución de la neotécnica llevada a cabo por la modernidad capitalista tiene su correspondiente en el cultivo de una identidad humana que se entiende como amo y señor de lo Otro, dispuesto allí para ser sometido y explotado en favor de la acumulación de capital. Una identidad que procede a anular “la otredad de lo otro”, convirtiéndolo “en un ‘caos’ o naturaleza salvaje por conquistar y domesticar”, (12) y que culmina reprimiendo en sí mismo toda tendencia al cultivo de lo cualitativo del mundo en favor de lo cuantitativo de la acumulación de capital. Es éste el segundo mecanismo con el que la modernidad capitalista se impone.

El tercero es la existencia de un “racismo” que exige la presencia de una “blanquitud de orden ético o civilizatorio como condición de la humanidad moderna”, (13) nos dice el autor. Una blanquitud que manifieste la interiorización de las exigencias productivistas del capital por medio de la “apariencia física del cuerpo y del entorno, limpia y ordenada, hasta la propiedad de su lenguaje, la positividad discreta de su actitud y su mirada y la mesura y compostura de sus gestos y movimientos”. (14)

Así, Bolívar Echeverría encuentra en la neotécnica reprimida por la modernidad capitalista el mecanismo esencial que le permite irse imponiendo y que se refuerza, por un lado, con una concepción de la naturaleza como caos y enemigo a ser sometido, y por otro, con la exigencia de interiorización del ethos de autorrepresión productivista del individuo singular que tiende a manifestarse con el éxito económico y con una blanquitud ética o civilizatoria que lo hace evidentemente visible.

Sólo con un discurso racional como el de Bolívar Echeverría, que por un lado, identifica los temas actuales, y por otro, los analiza usando libremente ideas enriquecedoras surgidas a la par y la sombra de aquellos temas, es posible dar cuenta de estos mecanismos que permiten a la modernidad capitalista irse imponiendo. Dar cuenta, como él lo hace, de las resistencias provenientes de civilizaciones anteriores que pretenden ser arrasadas o de las que surgen en el seno mismo de la modernidad capitalista debido a su ambigüedad, es condición necesaria pero no suficiente para liberar a la modernidad del capitalismo. Justo por esto Modernidad y blanquitud es un testamento abierto: deja temas pendientes que el lector ha de pensar de nuevo y por su propia cuenta y riesgo si quiere salir del dilema en que lo encierra la modernidad capitalista, a saber: ser como el Ciudadano Kane, que únicamente se permite el momento de lo cualitativo cuando expira ("Rosebud") o como Willie, Eva, y Eddie, cuya fallida pero ansiada blanquitud les hace perderse, en una circulación “paria” y sin sentido, entre Nueva York, Clevland, y Florida, en Stranger Than Paradaise de Jim Jarmush.




Notas

(1) Por reelaboración quiero decir matices y énfasis que no significan cambios decisivos en el sentido de los textos pero que, a menudo, esclarecen y responden las dudas que su previa publicación o lectura pública generó, o bien que obedecen a una suerte de "voluntad pedagógica" no tan acentuadas en sus previas versiones, cuyo rasgo más distintivo es "desatar" su forma de escribir.
(2) Es importante indicar que los ensayos que Bolívar Echevrría publicó en forma de libro no fueron de nueva cuenta reelaborados, salvo el de Definición de la cultura, del que manifestó querer reescribir.
(3) "Sarte a lo lejos", pág. 167
(4) "Definición de la modernidad", pág. 30
(5) Ibídem., pág. 18
(6) No logra hacerse un mundo "suspendido" y a la medida como el que aparece en la película Wall.E
(7) "La modernidad y la antimodernidad de los mexicanos", pág. 242
(8) Una vida que exige interiorizar un comportamiento definido por la acumulación de capital que hace de lo otro un caos que es necesario someter e integrar al cosmos de la ganancia capitalista. Vid., "Acepciones de la Ilustración", pág. 50)
(9) Véanse particularmente los ensayos "Acepciones de la Ilustración", "Arte y utopía", "Sartre a lo lejos", "Meditaciones sobre el barroquismo".
(10) "Presentación", pág. 10
(11) "Definición de la modernidad", pág. 22
(12) "Acepciones de la Ilustración", pág 51
(13) "Imágenes de la blanquitd" pág. 58
(14) Ibídem., pág. 59

sábado, febrero 19, 2011

Cassez

El señor Calderón declara, enfático, que México no se someterá a Francia, y reclama el mismo respeto que en estos lares se le tiene a las instituciones de aquel país. Sólo falta que culmine con un amén cada declaración y reclamo para intentar convencernos de que está procediendo correctamente en una confrontación de dimensiones éticas y que procura la salvaguarda del honor nacional. Pero todo esto no pasa de ser pura y dura demagogia surgida de una necesidad de recuperar puntos en las encuestas sobre su gestión en el poder ejecutivo mexicano.

Difícilmente puede uno perturbarse con la exigencia del gobierno francés sobre el caso Cassez. A fin de cuentas, como nunca se ha visto en nuestro país –y a juzgar por las circunstancias, nunca se verá–, un gobierno asume, como debe, la defensa de una de sus ciudadanas ante una duda razonable sobre el proceder judicial del país que la condena.

El montaje televisivo de la aprehensión de Cassez sería fundamento suficiente para aquella duda razonable. Pero sucede que en México, esta duda es pertinente desde el hecho mismo del cuestionamiento sobre la legimitidad electoral con que el señor Calderón llegó al poder ejecutivo. Es decir, la duda razonable tiene un doble fudamento; uno particular, referido al caso Cassez, y otro estructural, que da cuenta de lo fallidos, perversos e inciertos que son las instituciones mexicanas y el propio Estado mexicano. Esto último reconocido por el señor Calderón al afirmar que “haiga sido como haiga sido” resultó ganador.

La exigencia del gobierno francés no versa sobre la inocencia de Cassez sino sobre la incertidumbre institucional mexicana. Esto explica la desmesura con que el señor Calderón y su séquito han respondido. Incapaces de ofrecer certidumbre alguna abrevan del fango nacionalista para responder. Al cuestionamiento francés se lo convierte en una afrenta nacional para, de este modo, crear un consenso artificial en torno al poder ejecutivo. Para ello no se escatiman recursos ni dispendio. El aparato institucional y las concesiones de los mass media operan de manera conjunta para trasladar el punto de atención hacia una discusión bizantina que permite al señor Calderón afirmar, mordiéndose la lengua, que México no se someterá a Francia, como si México no viviera sometido ya a otra lógica frente a la cual, institucionalmente, no se opone resistencia alguna ni se responde con énfasis a ninguna afrenta ni mucho menos se defiende a ningún ciudadano mexicano aunque sea asesinado de manera artera.

Poner las cosas en su lugar no supone, como insiste el señor Calderón, un deliberado intento de dañar la institución presidencial. Él suele confundir su persona con la institución, como todos los reyezuelos y dictadores que han existido. Lo que se quiere, cuando se señalan este tipo de cosas desde dentro del país, es salvar a la institución presidencial de los desatinos que comete su ocupante ocasional, cuyo problema de alcoholismo es lo de menos. Es este ocupante el que nos debe respeto y hay que exigírselo enfáticamente, no en términos morales, sino políticos y públicos. Su vida privada no ha de confundirse con su desempeño público; lo primero compete a su esposa, lo segundo a los mexicanos.

Por supuesto todo esto nada tiene que ver con el dolor de los familiares de los asesinados en secuestros. Mucho menos implica una exoneración de Cassez. Pero su culpabilidad requiere ser dictada por una certeza jurídica inexistente en nuestro país. De lo contrario, como sucede hasta hoy, también se le falta el respeto a los muertos y a sus deudos.

jueves, febrero 17, 2011

Presentación del último libro de Bolívar Echeverría


El lunes 21 presentamos el último libro de Bolívar Echeverría. Antes de morir, el 5 de junio del año pasado, este libro estaba en prensa. Seguramente, con el tiempo, serán publicados otros libros con textos escritos por el filósofo ecuatoriano pero su publicación no contará más con su minuciosa supervisión. Por eso, con todo rigor, puede decirse que éste es su último libro. Ojalá nos puedan acompañar.

lunes, febrero 07, 2011

Problema de salud pública

Desde hace un par de décadas en México se ha acentuado una política gubernamental que considera tanto las adicciones como la obesidad como un problema de salud pública. Lo que se teme son sus consecuencias, sobre todo económicas, pero también, y no en menor medida, sociales. Se afirma que los “enfermos” (adictos y obesos), además de hacerse daño a sí mismos, lesionan de una u otra forma a los demás. Por ello se considera necesaria y urgente la intervención del poder estatal incluso si va en contra de la voluntad privada de los “enfermos”.

El “excesivo” gusto privado, cuando afecta la dimensión pública, es objeto de una política preventiva cuando no represiva. De este modo, los particulares “enfermos” que afectan al conjunto de lo público son objeto de la intervención de políticas estatales. Es, según esto, un deber, una obligación del gobierno y del Estado.

Entre las adicciones que se consideran más peligrosas está el alcoholismo. Las políticas denominadas “alcoholímetro”, como medida de prevención, muestran claramente aquello que se teme y pone el acento sobre la responsabilidad de la autoridad para salvaguardar el bienestar de los que pueden resultar afectados por el actuar y proceder de un “enfermo”.

La cuestión es más seria si el “enfermo” ocupa un puesto público.  Su capacidad de daño es exponencial. Así, corresponde al propio Estado y al gobierno (recuérdese que hay división de poderes, al menos formalmente), en plena ejecución de sus políticas preventivas, tomar las medidas pertinentes al respecto. De lo contrario, están faltando a su propio deber y resultan incongruentes con lo que se ha proclamado en las últimas décadas. Cabe recordar que un Estado y un gobierno que no velan por el bienestar de sus habitantes y ciudadanos no merecen obediencia alguna. Y que, dado el caso, es la sociedad la que debe procurar su propio bienestar, incluso deponiendo a sus propias autoridades.

Cuando el representante de un poder ejecutivo se convierte en un problema de salud pública por su “enfermedad”, las restantes ramas del gobierno han de proceder adecuadamente. Ejemplos sobran: Jaime Abdalá Bucarán Ortiz, en Ecuador (1997); Bill Clinton en Estados Unidos (1998) y ahora Berlusconi (2011). Desde esta perspectiva, es el conjunto del gobierno y el propio Estado mexicano los que están en la mira. Por eso Aristegui insistió en que se debía aclarar si el señor Felipe Calderón padece o no un problema de alcoholismo. El que se le haya cesado de MVS indica la pertinencia de su exigencia y nos da motivos para exigir un nuevo gobierno y, por qué no, un nuevo Estado.
P.D. A los pájaros en el alambre, que me consta frencuentan este espacio, debe quedarles claro que no se está incitando a ninguna rebelión. Por fortuna para un servidor y por desgracia para ustedes, las rebeliones surgen de otro lado, de aquellos que por carecer de internet o celular, no son “espiables” pero padecen las impericias de un gobierno que parece estar encabezado por un alcohólico. Allí está Egipto. 

lunes, enero 31, 2011

Fantasmas

Eran fantasmas. Así los percibía la gente que al verlos respingaba. Cierto espanto se le dibuajaba en el rostro a quien se cruzaba con ellos. Encontrarlos a las ocho de la mañana, en ese estado, provocaba la duda sobre lo que podrían hacer. Su lenguaje, a veces soez, otras veces violento, por momentos trascendente, y en ocasiones escasas sublime, no ofrecía certeza o tranquilidad alguna para quien los “topaba”. Su aspecto, claramente desaliñado y fuera de lugar, generaba risa, pero su actitud intimidaba  y saboteaba cualquier intento de sorna. Caminaban tropezadamente, como si no supieran caminar bajo los primeros rayos del sol. Sin pretenderlo, jugaban a esquivar autos.

Hubo quien logró resistir el temor que estos fantasmas provocaban. Quien lo hizo, se encontró con cinco amigos que con sus décadas a cuestas desafiaban el paso de los años repitiendo viejas hazañas. Por supuesto, lo hacían torpemente. Lo suyo ya no era la grácil e irreponsable juventud. Cierto cansancio se notaba en sus cuerpos, y los surcos en sus rostros, acompañados de algunas canas, hablaban de seres forjados en batallas, discusiones, borracheras. No compartían la misma “aura”, sin embargo, en conjunto, irradiaban una particular armonía: todos construyendo algo, desde lo que es propio a la arquitectura hasta lo que es propio al filósofo y el poeta, pasando por el político. Siempre endeudados, hasta para hacer lo poco que la realidad deja hacer de los sueños. Y siempre incómodos, rozando el “salón de la fama”, pero negándose a adquirir derecho de entrada.

Esos fantasmas, a su paso por las calles, dejaron tras de sí el aroma de una generación que cabalga entre la que se adjudica la “transición democrática” del país y la que adjetivaron como “perdida”. “Es –se dijo uno de ellos– la generación del metro”. Es decir, de la circulación, de las masas, de lo informal, de la aventura a la vuelta del vagón, de los olores y la peste, de las horas de transitar en las que de vez en cuando pensaron algo sobre su entorno, de la escasez, del ambulantaje, y de los madrazos sin amparo alguno, del vigilante que intimida, amenza y soborna.

Pero son fantasmas. Fantasmas que de vez en cuando se aparecen juntos por las calles de la ciudad para que otros les vean caminar de manera suicida en ese filo que separa la gloria de la decadencia.

domingo, enero 09, 2011

La ciencia de la historia.

"El terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia, que transforma el desastre en épica". Philip Roth.
La conjura contra América.

-- Desde el umbral del mundo

lunes, noviembre 29, 2010

Consejito 2

Si usted sigue sin encontrar el sol y siente que el frío habita en sus huesos, tenga la certeza de que vive en México. No deje usted de leer ni de ver ni de escuchar las noticias. Cuando sienta que el peso de la desilusión y el agravio es insoportable, tómelo con calma. Hágase un té o un café y comienza a preguntarse varias cosas. Por ejemplo, ¿lo que llamamos México es como nos dicen que es? O mejor ¿quién dice que este país es como es? Proceda entonces a hacer un recuento de lo que le han dicho sobre este país y quién se lo ha dicho desde que usted, si tuvo la fortuna, ingresó a la escuela primaria y aprendió a leer. Haga un esfuerzo y recuerde sus libros gratuitos de primaria, sus clases, las fiestas cívicas, las historias que lo han acompañado a lo largo de sus estudios. Acuérdese de las series de televisión y las películas. Si por pura casualidad usted se pensó ilustrado, haga un recuento de todas esas revistas que los “intelectuales”, siempre sesudos, siempre “críticos”, han hecho. ¿Se acuerda de la devoción con que leía ciertas revistas de “renombre? Acuérdese quiénes escribían allí y de dónde procedían. Si por casualidad lo supo, recordará que, por ejemplo, aquellos que proclamaban que el intelectual debía vivir de su trabajo, se autoadjudicaron las becas para creadores que un gobierno muy honesto como el de un tal Salinas creó para acallar la mala conciencia sobre un fraude electoral. Puede que en este recuento sienta vértigo, se canse, se agote, se desespere. Pero usted siga tomando café o té. Ahora pregúntese qué es lo que usted sabe de este país. No se sienta mal si llega a la conclusión que sabe lo que otros le dijeron, por ejemplo, los de aquella revista o el gobierno en turno o los magnates de los medios masivos de comunicación. Por ejemplo, que la nación dio origen al Estado y que como México no hay dos. O por ejemplo que la nuestra es una nación de esforzados, como lo demostró el indio Juan Diego o Benito Juárez o el hijo desobediente apellidado Calderón, con antecedentes tan notables como un tal Zedillo que boleaba zapatos cuando niño. O por ejemplo que México es un semillero de creatividad y arte. Y cosas así o del estilo: México siempre ha deseado la democracia. En un esfuerzo supremo quizá recuerde usted que el debate sobre este país, como hasta hoy, se ha centrado sobre lo que el Estado debe ser y lo que las mafias políticas han hecho de él. Haciendo una gran síntesis probablemente usted llegue a la conclusión de que lo que le han querido decir siempre puede formularse de la siguiente manera: hay una forma idónea del Estado que si se depura de lastres y perversiones puede funcionar correcta y adecuadamente. Se dará cuenta que, palabras más o palabras menos, es lo que este señor Calderón dijo hace unos cuantos días. O incluso, para su sorpresa, se dará cuenta que es lo que sostienen los políticos de oposición, aun los más “radicales”. No piense mal de usted si se pregunta cómo puede ser esto posible. Tampoco si duda de que exista tal versión del Estado. Porque, a fin de cuentas, quizá usted perciba, nebulosamente, que el Estado, en su versión más depurada, está allí para proteger la propiedad privada del ciudadano. Es más, que el ciudadano sólo es tal en tanto que posee bienes. Y que su calidad de ciudadano está en relación directa y proporcional al cúmulo de bienes que cada quien posee. A lo mejor, también de manera nebulosa, usted se da cuenta que un tal Slim es más ciudadano que usted en tanto que en momentos “decisivos” sus opiniones cuentan más que las de usted. Por ejemplo, quizá usted ha gastado sus zapatos marchando, exigiendo, y ha recibido la andanada de críticas y descalificaciones de quien está allí para cumplir sus exigencias pero que no lo hace. Y tal vez usted ahora proceda por analogía: ¿cuándo ha marchado el tal Slim por alguna exigencia que, evidentemente, siempre está en relación directa del beneficio de quien exige? Nunca, se responderá. Entonces muy probablemente usted comience a dudar de los beneficios del Estado con o sin lastres, con o sin perversiones. Para este momento usted ya no tendrá ni café ni té. Ahora sírvase alguna bebida. De preferencia que tenga alcohol. Vuélvase a preguntar ¿qué sé de este país? A lo mejor se dice que nada o si ha soportado todo esto se puede decir a sí mismo que sabe lo que le han dicho desde un cierto punto de vista que, sorpresivamente, está vinculado al Estado y su concepción de la propiedad privada. Ahora vea todas las cosas que usted tiene, posee, y explore en su interior si es eso lo que le hace sentir bien y si su inconformidad se debe a que no puede poseer más bienes, a la insatisfacción de no poder poseer más y más bienes. Si se responde que sí, entonces usted se siente mal, no ve el sol, no porque tenga alguna idea de país sino porque siente que el dinero no le alcanza y que la estructura estatal no le garantiza la propiedad de lo que posee. Posiblemente ahorita usted se sienta un ser mezquino. Dígase con confianza que usted es un proletario con ganas de ser burgués. No pasa nada con esta confesión. No pasa nada por el momento, porque si todavía está sobrio se dará cuenta cuál es la primera guerra que hay que enfrentar y en dónde hay que vencer y cuál es la segunda...

sábado, noviembre 27, 2010

La carta (Texto escrito para su presentación el 25 del presente en el CIESAS)

Peregrina sin posada
Isaac García Venegas
Laboratorio Audiovisual
CIESAS
En 2005 se dio a conocer La batalla de las cruces. Protesta social y acciones colectivas en torno a la violencia sexual en Ciudad Juárez, documental realizado por Rafael Bonilla, basado en las investigaciones que desde agosto de 2001 realiza Patricia Ravelo, investigadora del CIESAS-DF, sobre el feminicidio en aquella ciudad y las respuestas ciudadanas que se han gestado para detener este flagelo que afecta, severa y trágicamente, a mujeres de cierta edad y condición social así como a sus familias. Ahora, cinco años después, ofrecen al público en general La carta, un documental que si bien puede verse como la continuidad de La batalla de las cruces, es distinto porque, por un lado, a diferencia de lo que se hace en aquel, se presenta un caso particular, diríase emblemático, que sintetiza la problemática del feminicidio, y por otro, porque aborda aspectos que quizá de manera menos evidente pero igualmente corrosiva se padecen en todo el país.

La carta cuenta la historia de un doloroso despertar que lejos de ahuyentar lo que podría pensarse y quererse como una pesadilla, en realidad la confirma como condición de vida. Paula Flores, la protagonista de este documental, ha padecido severos reveses desde que migró con su esposo y siete hijos a Lomas de Poleo, en Ciudad Juárez, Chihuahua, en la década de los noventa del siglo pasado. En 1998 enfrentó el secuestro, la violación y el asesinato de la cuarta de sus hijas, María Sagrario González Flores, de 17 años, trabajadora de la maquiladora CAPCON. El nuevo siglo le trajo más agravios y dolores: la usurpación por parte de magnates gaseros de la región de los predios en los que ella y otras tantas familias hicieron su vida y que pacientemente dotaron de los servicios indispensables para vivir decorosamente. Por oponerse a este acto de despojo, en 2003 fue encarcelada y liberada tras pagar una fianza de más de 400 pesos. Y tres años después de eso, sufrió el extraño suicidio de su esposo, Jesús González Flores.

La sola enumeración de estos reveses eriza la piel. Verlos lo hace aún más. No obstante, vale la pena destacar la manufactura de este documental, que los aborda sin incurrir en un tratamiento amarillista ni ofrecerlo como el resultado de un informe de investigación en el que una voz en off abunda sobre lo tratado, como en cierto modo sucedió en La batalla de las cruces. Al dejar que la protagonista cuente su propia historia de vida, me parece que el tratamiento es adecuado, lo mismo que el manejo de cámara (salvo algunas escenas en las que resulta inexplicable la aparición en cuadro de un camarógrafo con su operador de boom) y la fotografía. El ritmo que posee facilita verlo sin salir corriendo de la sala de exhibición. No es vertiginoso pero la brutalidad de los temas tratados cala tan profundamente que si no fuera por las escenas de la vida cotidiana, tanto de lo que queda de la familia de Paula Flores (seis integrantes) como de Ciudad Juárez en general, incluida su vida nocturna, y del paisaje, como el desierto y los atardeceres, el espectador fácilmente podría irse a pique o poner distancia con quien narra sus tragedias.

La propia Paula Flores ayuda en mucho a que el espectador no se sature del dolor que ella cuenta. Aunque no lo oculta (las lágrimas y la voz entrecortada se presentan de manera recurrente), paradójicamente ante cuadro ofrece una extraña sensación de sosiego. Resulta sorprendente que pese a todo lo que cuenta no tenga un rostro endurecido, una actitud resignada, de derrota, de abandono o profundamente religiosa. La canción que la gente de Casa Talavera le hizo y que se escucha en diversos momentos del documental es sin duda certera: ella es una mujer de amor, valiente, guerrera. Es esa imagen la que prevalece ante el espectador.

¿De dónde le viene todo eso si la vida se ha ensañado con ella? Le viene precisamente de ese despertar doloroso merced de las tragedias que la agobian. Su pesadilla no la constituye solamente la sucesión de éstas sino la realidad institucional que se ve obligada a enfrentar a partir de ellas. Su sosiego es el de una ciudadana que descubre semejante realidad y que entonces asume la responsabilidad de moldear su entorno. Para Paula Flores el Estado, la oligarquía y la delincuencia se confabulan en contra de la población pobre, siendo ella uno de los blancos más visibles. Las instituciones gubernamentales, estatales, no sólo no le responden como debieran sino que la atacan cuando no la ignoran. Y ella a su vez responde, primero, de manera intuitiva, con actos simbólicos, como pintar cruces negras en los postes, para posteriormente fundar una organización ciudadana (Voces sin eco) dedicada a buscar mujeres desaparecidas y a apoyar a las familias que padecen lo mismo que ella. Así mismo se obliga a incursionar en el lenguaje jurídico y judicial para encontrar justicia, esa peregrina sin posada en el Estado mexicano. Su persistencia llevó a la cárcel a uno de los responsables de la muerte de su hija, pero como ella dice, el caso aún no se resuelve porque el resto está libre. El despertar doloroso ante una realidad brutal le llevó a fundar, junto con otras madres, un jardín de niños en su entorno completamente desfavorecido para educar a los niños sin violencia, con la esperanza de contener la reproducción del círculo vicioso que culmina en el feminicidio. En suma, Paula Flores, por de la tragedia, se conviritió en ciudadana plena en un país a cuyo gobierno poco le interesa que esto sea así.

En mi opinión, y esta es solamente mi opinión, lo que este caso muestra es que nos encontramos no tanto ante un Estado fallido, como suele decirse, sino ante la razón de ser del Estado burgués: garantizar el funcionamiento de una economía de mercado que vela por la acumulación de capital a costa de quienes solamente poseen su fuerza de trabajo. Si en este país existe una guerra se trata de la que el capital emprende en contra de la fuerza de trabajo, a la que, en virtud de los avances tecnológicos y su desaforada productividad, concibe ya desechable. Gracias al Estado esta guerra se pretende legal, aunque como lo demuestra la vida de Paula Flores en la última década, es a todas luces ilegítima e injusta.

Pero Paula Flores lucha contra su pesadilla también de otras maneras. Sobre todo a través de la escritura. Ella le escribe a sus muertos. Le importa recordar y decir, preguntar y añorar, quiere esclarecer y esclarecerse. No se trata de un diario ni de una relación de agravios, sino de lo que en soledad se puede decir con sinceridad a quienes han dejado de existir por la brutal dinámica de un sistema y de una sociedad abandonada a su suerte. Podría decirse que este documental, de alguna manera, es una carta visual de remitente conocido con múltiples destinatarios. En este sentido, creo se procedió con acierto. La carta nos interpela.  Valdría la pena no haceerse los sordos o los analfabetas funcionales.

Quiero decir, para finalizar, que percibo cierto desequilibrio en el documental. Si el hilo conductor fundamental es la muerte de María Sagario González Flores y cómo esto transformó la vida de Paula Flores, sus dos derivaciones, el conflicto de los terreos en Lomas de Poleo y el suicidio de Jesús González Flores no son tratados con la misma claridad. El último tema queda registrado pero sin mayor explicación. En algunos artículos que se han escrito sobre este ya laureado documental se afirma que el suicidio se debió a que ya no pudo soportar el dolor de la pérdida de su hija. En realidad, el contexto y la forma del sucidio cuestionan esta explicación. Probablemente por motivos éticos o de respeto a la propia protagonista, los realizadores optaron por solamente insinuar que tras el suicidio hay algo más complejo y delicado. Si esta fue la razón, resulta comprensible, lo cual, no obstante, en términos formales da una sensación de desequilibrio en el documental.

Sea como fuere, me parece que, como ya lo demostró su reciente premiación, este documental será bien acogido en diversos circuitos académicos y comerciales. No me resta sino felicitar a Rafael Bonilla, Patricia Ravelo y el productor..... por haber hecho este documental.

domingo, noviembre 21, 2010

Orígenes

Intento regresar a los orígenes pero no puedo. Justo cuando el camino se me hace conocido y creo reconocer su cercanía, llego a un punto que en algo se parece a lo que recuerdo como orígenes pero que no lo es. La sensación de estar en un lugar recordado pero desconocido me provoca escalofríos. Pero aún así me siento en aquella piedra en la que me recuerdo por primera vez. Busco la calma de entonces. Y su música. Súbitas ráfagas de frío obligan el abrigo. De todos lados salen aquellas palabras que me dije en los orígenes. Son como un murmullo en principio confuso, pero rápidamente se vuelven nítidas. Me siento como aquel ángel que desde la victoria lo escuchaba todo. Pero no son palabras recordadas. Lo sé porque cada una de ellas trae su daga. Escoger cualquiera es mutilarse. Me queda claro que no encontraré la calma añorada. Poco a poco comprendo que estoy en un campo de batalla: cada palabra dejará una herida. ¿Qué busco en los orígenes? Quizá el momento de crearlo todo de nuevo, me digo. Ya no reconozco nada del entorno. Las ráfagas cesaron. Se hizo el silencio. Tomo la pluma y comienzo de nuevo.

viernes, noviembre 19, 2010

Entre la vida y la muerte

En el pretil de mi ventana hay una abeja. No se mueve. La sola idea de que esté muerta me entristece. ¿Qué hacer con una abeja muerta? Tomo una hoja de papel para levantarla. Ella, casi sin fuerzas, logra moverse. Me entusiasma que todavía haya un soplo de vida en ella. Miro cómo sus patitas, débiles, apenas y pueden asirse a la hoja. No puede alzar el vuelo, no puede picarme, no puede caminar. Despacio, como si se tratara de un tesoro, la llevo a una maceta que por aquí tengo. Delicadamente la deposito en la hoja de una planta y traigo un poco de agua que pongo junto al tallo. Me preparo un café y espero el desenlace de esta historia que se trata del eterno debate entre la vida y la muerte.

Comunión con la nada

Devastadora esta sensación de estar hablando con la nada. Si alguna revelación atroz hay es la que nos hace evidente, con virulencia, la dimensión del desperdicio y la inutilidad. Habrá, entonces, que hacer comunión con la nada para, de momento, sobrevivirla.

domingo, noviembre 14, 2010

Magia

Con tu delicado dedo traza otro horizonte para que las estrellas sean tus ojos. Con tu mano crea ese mundo sin tiempo en el que sueles sumergirme. Con tus labios inventa suavemente las palabras que dan origen a todas las cosas que existen en ese mundo que inventas. Deja que tu cabello dicte el ritmo de mi respirar. No cejes. Ando por los poros de tu existir.

viernes, noviembre 12, 2010

Consejito...

Si usted despierta y se sorprende porque no encuentra los rayos de sol de los que siempre le hablaron cuando niño, no se asuste, usted amaneció en México: un país que cual elote se desgrana acelaradamente. Tómelo con calma. Busque en algún lugar de usted el valor necesario para levantarse, prender la radio, leer los periódicos. Si las malas noticias hacen mella en usted, no se tire a la depresión. Salga a la calle, observe a la gente, y dígase, con confianza, un día más. Quizá la tristeza se le suba al alma y el frío le cale hasta las huesos; quizá cada paso le duela y cada sonrisa le cueste sangre. Pero créame, nadie le juzgará, a menos que sea un hipócrita o un ciego...

lunes, noviembre 01, 2010

Adieu

Eso de las coincidencias suele perturbarme. ¿Quién lo diría? Previo a atenderme, el ejecutivo del banco la atiende a ella. La observo. Sólo la he visto en fotos. Y las fotos, como siempre, indican que la vida sigue su camino. Regreso a pie. Las calles, la gente, ese pobre chavo asaltado y golpeado, el otro drogado, la contaminación, el sol –como aquel único ojo de JEP–, el metro, la niña de la calle, el ruido, todo eso son hoy los senderos de mi andar. Y en el mundo virtual me encuentro las otras fotos que me hacen pensar en ese modo extraño de ser que concede beneficios de la duda donde no los puede ni debe haber. Saberse, en eso, fastidiosamente amable. Comprender el derroche de energía, de tiempo, de sentimiento, para saberse cansado. Tomar el libro y encontrar lo necesario para decir adieu. Toparse, sorpresivamente, con la calma que no perturba la salsa que desmesurada sube por el aire mientras alguien baila y silba. Dejar que la pluma escriba:

Poros heridos
El sol niega el bálsamo
Nostalgia plena

Arrancar la hoja para hacerlo avión de papel. Ir al puente que cruza la avenida. Detenerse justo en medio. Lanzar el avión y verlo descender lentamente hasta posarse en las vías del metro. Esperar a que el metro pase para arrollar esas palabras, esa hoja, ese avión. Decirse adieu para emprender el regreso. Ver a ese otro chavo que vacila. Preguntarme si el asalto viene. La desconfianza entre ambos se siente como viento polar. Y decir "buenas días" como inicio radical después del suicido de aquellas palabras...