lunes, enero 31, 2011

Fantasmas

Eran fantasmas. Así los percibía la gente que al verlos respingaba. Cierto espanto se le dibuajaba en el rostro a quien se cruzaba con ellos. Encontrarlos a las ocho de la mañana, en ese estado, provocaba la duda sobre lo que podrían hacer. Su lenguaje, a veces soez, otras veces violento, por momentos trascendente, y en ocasiones escasas sublime, no ofrecía certeza o tranquilidad alguna para quien los “topaba”. Su aspecto, claramente desaliñado y fuera de lugar, generaba risa, pero su actitud intimidaba  y saboteaba cualquier intento de sorna. Caminaban tropezadamente, como si no supieran caminar bajo los primeros rayos del sol. Sin pretenderlo, jugaban a esquivar autos.

Hubo quien logró resistir el temor que estos fantasmas provocaban. Quien lo hizo, se encontró con cinco amigos que con sus décadas a cuestas desafiaban el paso de los años repitiendo viejas hazañas. Por supuesto, lo hacían torpemente. Lo suyo ya no era la grácil e irreponsable juventud. Cierto cansancio se notaba en sus cuerpos, y los surcos en sus rostros, acompañados de algunas canas, hablaban de seres forjados en batallas, discusiones, borracheras. No compartían la misma “aura”, sin embargo, en conjunto, irradiaban una particular armonía: todos construyendo algo, desde lo que es propio a la arquitectura hasta lo que es propio al filósofo y el poeta, pasando por el político. Siempre endeudados, hasta para hacer lo poco que la realidad deja hacer de los sueños. Y siempre incómodos, rozando el “salón de la fama”, pero negándose a adquirir derecho de entrada.

Esos fantasmas, a su paso por las calles, dejaron tras de sí el aroma de una generación que cabalga entre la que se adjudica la “transición democrática” del país y la que adjetivaron como “perdida”. “Es –se dijo uno de ellos– la generación del metro”. Es decir, de la circulación, de las masas, de lo informal, de la aventura a la vuelta del vagón, de los olores y la peste, de las horas de transitar en las que de vez en cuando pensaron algo sobre su entorno, de la escasez, del ambulantaje, y de los madrazos sin amparo alguno, del vigilante que intimida, amenza y soborna.

Pero son fantasmas. Fantasmas que de vez en cuando se aparecen juntos por las calles de la ciudad para que otros les vean caminar de manera suicida en ese filo que separa la gloria de la decadencia.