sábado, octubre 31, 2009

La sirena y su amante

Últimamente el agua se ha vuelto compañía y confesionario. No sé cómo recibe mis palabras no dichas, mis pensamientos vueltos infinitas burbujas de aire que afectan su superficie. Lo suyo es el silencio. Pero durante más de media hora me recibe, no dócil pero sí afable. Me exige un ritmo y sólo cuando lo alcanzo permite que comience con mi decir silencioso. Ella suele purificarme. Como mujer se me entrega cuando la acaricio pero me regresa una sabiduría que no se suele decir frecuentemente: estás solo. De eso se trata la vida. Lo demás, por ese solo hecho, ya es ganancia. Y con esa idea, me despido de ella. Camino por la tierra pensando en eso que me repite casi todos los días. Y aunque las horas a menudo me hacen dudar de lo acertado de su aseveración, suceden cosas que acaban por darle la razón. Por ejemplo, esta mujer que como ciclón me envuelve y me deposita en el regazo de su corazón. Ella me recuerda siempre una canción, aquella que habla de la “lengua de gato”, del “pan de centeno”, de la “suela de zapatos”. Me pregunto si no es ella sirena que de esa agua matutina sale para acompañar mis pasos en tierra. Y en efecto, ese solo hecho es una ganancia abrumadora en esta, que al parecer, todavía es mi vida.