domingo, julio 24, 2016

Beirut y la urgente travesía

Nunca supe cómo ni cuándo sucedió. Pese a todos mis cuidados, mi amuleto, particularmente significativo por la persona que lo escogió y lo trajo desde los territorios liberados de Chiapas, se rompió. Por supuesto, cuando lo vi, me puse triste pero no le di mayor importancia. Con delicadeza, en un pedazo de seda guardé las dos partes que antes eran una sola.

Sin buscarlo me lo encontré. Al desenvolver la seda me sobrecogió ver las dos partes de mi amuleto. Por un instante pensé que lo sucedido de alguna manera presagió mis propias rupturas: la del tendón, la del conducto inguinal, las otras. No pude dejar de sentirme hipnotizado por esas dos partes. Una hipnosis que casi inmediatamente se convirtió en angustia por no poder precisar si por descuido o “destino” se rompió.

Lentamente hago el intento de unir ambas piezas que para mi sorpresa embonan perfectamente. Por una mera ilusión óptica parece quedar completo y reparado. No obstante, sobre su superficie aparentemente reconstruida todavía puede observarse un pequeño orificio que no oculta la grieta que rompe su ilusoria unidad. Aún así, con una mezcla de alegría y tristeza, lo tomo para ponérmelo en el corazón, después en la boca, luego en la frente. Diría que este acto lo hice institivamente pero mentiría, lo vi en algún documental o película. Dudo de su magia, pero ofrece consuelo; tranquiliza mis pensamientos, regula el latido del corazón.

Lo dejo así, ficticiamente arreglado, sobre la mesa de trabajo mientras pienso en ese maravilloso párrafo de Pessoa que mi hermano me hizo llegar con la intención de mitigar el desequilibrio de mi ánimo. El poeta portugués instruye sobre el cambio y la travesía para no quedarse al margen de uno mismo. Habla de la necesidad de dejar la ropa amoldada al cuerpo, los caminos conocidos que conducen al mismo lugar. Con todo, no dice nada de cuando la ropa, los caminos, la persona misma y su voluntad están rotos. Hay que emprender la travesía sí, pero roto. No es lo mismo, aunque parezca igual.

Es aquí cuando mi amuleto decide darme una lección inolvidable: reconstruir lo roto exige algo de arte, cuidado y ternura, aunque nunca podrá ahuyentarse u olvidarse por completo su evidente fragilidad. Ahí está el pequeño orificio que revela la grieta, la ausencia que hace imposible la unidad definitiva, una unidad que no podrá alejarse de las riveras de la añoranza. No hay manera de olvidar que está roto, que se está roto: en mi caso las cicatrices de mi dedo, de mi ingle, las heridas de mi alma que espero pronto se vuelvan cicatrices no me lo dejarán olvidar nunca, pese a los parabienes de quienes con actos de cariño, sonrisas y manos tendidas hicieron y siguen haciendo de manera sincera, sin abandonar el barco en picada, acto de presencia en estos meses difíciles. Un puñado de personas se ha vuelto un conjunto de pequeños oasis de existencia en medio de un cúmulo de heridas, cicatrices, dolores, sinsabores.

Quizá a esta condición se refiera el novelista Vernon Subutex con aquello de que pasados los cuarenta todos parecemos una ciudad bombardeada: eso nunca pasa del todo, nunca se olvida, está presente en lo material, en lo espiritual, en la memoria. Pero así, roto y bombardeado, hay que emprender la travesía. No se trata de la necesidad de abandonar la comodidad para no perderse sino de una suerte de urgencia artística, cariñosa y paciente para con uno mismo si lo que se quiere es en verdad seguir viviendo de una u otra forma, pese a saber de la fragilidad, de que en cualquier momento vendrá de nuevo el golpe preciso en la grieta que nos hará estallar. El problema, como siempre, es querer seguir. La vida, conforme pasa, suele dar menos motivos para asirse a ella.

Mi hermano, en otro de sus aciertos, me hizo llegar la afirmación de Subutex. En el juego de las referencias me otorgó el nombre de Kosovo. Yo, por mi parte, he decidido darle a mi amuleto el nombre de Beirut. Kosovo es a fin de cuentas una región, Beirut una ciudad bombardeada una y otra vez. La novela de Zena El Khalil lo cuenta, lo refiere, la retrata, la vida juvenil en medio de los bombardeos. Por eso he decidido llamar a mi amuleto Beirut y a mí mismo darme como segundo nombre Kosovo. Aunque no lo parezca, los segundos nombres son importantes. No los que nos han sido dados, sino los que labramos. Cuando pienso en mi padre, por ejemplo, su segundo nombre es el  de constructor; cuando en mi madre, es eclosión; en mi hermano, el sabio; en mi hermana, la solidaria; una de mis tías, la caminante; la otra, la maestra, y así, la gente que me es cercana, tiene para mí su segundo nombre. El de algunos es tan feo, terrible, que prefiero dejarles solamente su nombre de pila, porque el segundo parece el de una enfermedad, una devastación, una desgracia. Pero mi amuleto roto solamente tiene uno, Beirut; yo, roto y bombardeado, Kosovo.

Beirut permanece en mi escritorio. Kosovo pasa a Beirut por su corazón, su boca, su cabeza, cual si fuera el necesario ritual de una urgente travesía. Pronto o tarde, Kosovo regresará a su nombre de pila y Beirut asumirá el nombre de un paisaje.

martes, julio 05, 2016

Desencuentros rojinegros*

La huelga en la UNAM era ya una caricatura de sí misma. Los meses, el acoso y la intolerancia habían hecho lo suyo. Por una causa aún inexplicable para mí, fui de los pocos no expulsados de la huelga. Los “activistas” que quedaban en la facultad de Filosofía y Letras me detestaban pero a saber por qué me toleraban. Recuerdo las últimas semanas de la huelga como una sucesión de días monótonos y cansinos, sin perspectiva alguna para el Consejo General de Huelga, que anunciaban la debacle de un movimiento con el que nunca me sentí cómodo. Aquellos días, aprovechando que aún podía ingresar, daba vueltas por Ciudad Universitaria, incrédulo de su semejanza con el desierto.
            Para entonces, el rector Juan Ramón de la Fuente había propuesto la estrategia que muchos vieron con buenos ojos: poner fin a la huelga mediante una consulta universitaria. Uno de esos días recibí una llamada de mi amigo Eduardo: por instrucciones de la administración de la facultad, nos invitaba a mí y a Nahuatzen a una reunión para platicar sobre la consulta.
            Con varios compañeras y compañeros, entre ellos Nahuatzen, intentamos por un tiempo y desde dentro redefinir el rumbo de la huelga. Nos hicimos notar, pero fracasamos rotundamente. Muchos de ese grupo, el que realizó el “Encuentro por la Universidad”, del que salieron algunas publicaciones que creo siguen siendo pertinentes, se fueron por voluntad propia u obligados por la intolerancia de un CGH mermado.
            Me sorprendió la propuesta de reunión. Ya no éramos nada, ya nadie era nada. Lo entendí como un acto de desesperación. Mi amigo, en cambio, como un reconocimiento. Nos citaron en una casa de Coyoacán. La reunión fue tersa. En parte porque entre Nahuatzen y yo fluía una corriente de simpatía e ironía que con frecuencia nos hacía estallar en carcajadas. En parte porque el representante de la Dirección de la facultad, Josu Landa, nos conocía bastante bien: tiempo ha que nos habíamos conocido, confrontado, y solucionado nuestros desacuerdos.
            Antes de entrar en materia, hablamos sobre cualquier nimiedad. Luego nos pusimos serios. Josu Landa fue claro: nos dijo que nosotros “representábamos” algo, que el estudiantado nos conocía, y que nuestra colaboración en la consulta era importante para alentar la participación. Sensible al fin, después de explicar su punto de vista, se retiró para que Nahuatzen y yo conversáramos sobre su propuesta.
            Lo discutimos bastante. Coincidimos en que era necesario levantar la huelga, que la existencia de la UNAM desde hacía meses estaba en riesgo. Pero discrepamos sobre la consulta: para mí, tan sólo era un pretexto para la entrada de la policía; para él, era dar un paso legítimo que muy probablemente terminaría con la entrada de la policía a la universidad. Discutimos mucho porque no se trataba de un asunto de matiz. Yo me negaba a justificar un acto de autoridad.
            Al salir de la casa de Coyoacán, Nahuatzen y yo caminamos en silencio. Ambos sabíamos que algo se había fracturado entre nosotros. No hubo ironía ni necesidad de decir nada. Luego de unas cuadras nos despedimos. Él colaboró en la consulta, yo ni siquiera voté. Cuando la policía entró a la universidad, una marcha enorme de protesta se organizó. Salió de CU; llegó hasta el Monumento a la Revolución. Allí estuvimos varios de aquel grupo que se disolvió andando el tiempo de la huelga, pero no recuerdo haberlo visto a él marchando. Quizá solamente no lo vi.
            Nahuatzen y yo nos seguimos frecuentando. Tras aquello nos encontramos en trincheras distintas. Por un tiempo ambos trabajamos en el gobierno de la ciudad, en áreas que eran rehenes de “corrientes” diferentes. Pese a ello, solíamos sentarnos a solucionar los problemas que debíamos solucionar. Lo hacíamos como amigos, como universitarios.
            Poco tiempo después Nahuatzen murió. Nunca tocamos el tema de la consulta ni nuestras posturas al respecto. Ninguno de los dos se benefició de la huelga o de esa reunión. Al contrario, de alguna manera, nos exiliamos de la universidad. Yo sigo parcialmente en esa condición.

            Así que parte de mi recuerdo personal de la huelga es poco edificante. No sólo porque terminó en el descrédito, aunque reconozco que pareció salvar a la UNAM del destino neoliberal que le tenían preparado, sino porque, entre otras muchas cosas, la asocio a una fractura, al exilio, a una muerte.

*Este texto lo escribí en febrero de 2014  para un libro conmemorativo de la huelga de 99 que, me parece, nunca salió a la luz. Lo dejo como recuerdo de ciertas cosas.

sábado, junio 11, 2016

La sonrisa de la libélula

La sonrisa de la libélula

Texto leído el día 11 de junio en el Faro de Oriente


Nos convoca hoy, en el inicio de los festejos de los 16 años de existencia del Faro de Oriente, un libro y una experiencia multifacética. El libro Fábricas de Artes y Oficios de la ciudad de México. Quince años de navegar el siglo XXI, publicado por la editorial Trilce, con su inconfundible sello de saturación de imágenes, poco discurso escrito, numeralias, tipografía que simula la que antaño hacían máquinas de escribir Olivetti necesitadas de mantenimiento (como si eso le diera un aura que en verdad solamente el tiempo transcurrido puede otorgar), narra –con una suerte de estilo impresionista– la historia de la Red de Faros de la ciudad de México y las particularidades de cada una de las Fábricas de Artes y Oficios que la conforman: Oriente, Tláhuac, Milpa Alta-Miacatlán, Cuautepe-Indios Verdes, y otro más que en este mes de junio se inaugurará: el Faro Aragón-Cine Corregidora. Se trata de un libro equilibrado, con ejes temáticos bien establecidos, pensado y hecho por la entrañable y muy inteligente María Rivera, quien ha estado muy cerca de esta Red desde la fundación del primer Faro, este, el de Oriente, en el año 2000, hasta el día de hoy.

Si ustedes lo leen –y ojalá lo hagan, no tiene desperdicio– les quedará claro el origen de cada una de estas fábricas, su historia, el espacio y el entorno donde se erigen, las áreas operativas que les constituyen, su vocación, y un pequeño conjunto de historias personales o colectivas llamadas perfiles que, dicho sin demeritar el resto de las participaciones, resulta la parte más interesante porque “aterriza” lo que de manera abstracta e incluso teórica se quiere decir sobre la Red de Faros de la Ciudad de México.

Junto con estos perfiles, las fotografías que lo ilustran, algunas de ellas en verdad espectaculares, realizadas por fotógrafos de casa, nos hablan desde la mirada: la mirada que está detrás de la lente, la mirada de los que mirando viven la experiencia Faro, la mirada de los que mirando esta experiencia miran su ciudad. Fotografías que son en sí mismas un discurso de lo urbano marginal, del conflicto y de la duda, de la alegría y de la belleza, de la esperanza y de la exploración que solamente desde allí se puede percibir y fijar en ese momentáneo pero eterno juego de luz que es la fotografía.

Cabe destacar la portada y contraportada de este libro: un conjunto de motivos (estampas, grabados, graffitis, sticks) que llama poderosamente la atención por su fuerza. Si se les observa con detenimiento se encuentran incluso leyendas inquietantes o sugerentes, como la que sostiene un orangután que en inglés dice “Ríe ahora, pero algún día estaremos al mando”, o esa otra que cual rezo de bienvenida dice “Hola libertad”, o esa otra que como exigencia creativa sugiere: “Destruye todo el diseño”. No estoy seguro de que todo este conjunto de motivos, como síntoma que es de lo que se hace en los faros, sea una nueva estética, pero sí estoy convencido de que se trata de una que los catrines de la ciudad, los formados en la educación formal, prefieren obviar e ignorar.

Una de las fotografías que contiene este libro (pág. 137), cuya autoría es de Jesús López, nos muestra a una mujer joven practicando danza área en el Faro de Tláhuac. Más allá de su estética, de su discutible manipulación digital, lo que embelesa es esa mujer cuya sonrisa la motiva el logro de estar en vilo, como si en consonancia con la libélula que tiene tatuada en su espalda, visible gracias al pronunciado escote de su leotardo, ella misma pudiese volar. Esta imagen de alguna manera sintetiza eso que tanto quiere definirse como modelo Faro, eso que de manera atinada en este libro se refiere como experiencia.

En efecto, lo que la mujer de esa fotografía experimenta es una relación creativa consigo misma y lo que transmite es una sensación de plenitud. En otras palabras, lo que allí vemos gracias al lente de Jesús López es a una mujer inventándose a sí misma, y esta invención concita la percepción de una plenitud que, de alguna manera, parece ayudarle a mantenerse en el aire además de, por supuesto, las telas en torno a sus brazos y piernas y la técnica adecuada para tal efecto. Para quien quiera y sepa mirar, allí está cifrado el misterio del modelo Faro y la esencia de su experiencia.

El éxito de las Fábricas de Artes y Oficios de la Ciudad de México reside en que se proponen, y logran, ofrecer la posibilidad de la invención de sí mismo a través de un oficio y su estética en medio y en contra de una realidad globalizada que lo que otorga es la programación de una individualidad ad hoc a la pobreza generalizada, no sólo material sino también espiritual, en que vive el mundo contemporáneo. Ante el imperio del fragmento que es la vida cotidiana actual, la degradación de esta vida en instantáneas facebookeras y twitteras, el entusiasta sometimiento a la explotación y caducidad programadas, la resignación ante la barbarie disfrazada de discursos de superación personal, y la confusión del compromiso social con el emprendedor que emprende allí donde la oportunidad de negocio profundiza el desastre, la plenitud que la Red de Faros ofrece como posibilidad y realidad llama mucho la atención: de aquí el enrome prestigio que posee. El modelo y experiencia Faro va a contracorriente de lo que sucede precisamente porque ofrece la posibilidad de la invención personal con otros en una realidad que exige y demanda sumisión total y solitaria. De esto hablan de una u otra manera todos los testimonios, los de ellas, los de ellos, que se aglutinan en la sección de perfiles de cada Faro en este libro. Remiten a esta experiencia creativa, a esta sensación de plenitud, a este encontrarse en un laberinto no escogido e inmerecido que en cada Faro parece haber encontrado su merecida salida.

Esto mismo aparece en lo que de manera un tanto laxa en este libro se llama vocación de cada Faro: la de Oriente, artes plásticas; la de Tláhuac, danza área y performance; la de Milpa Alta, Telar de Cintura y Globos de Cantoya; la de Indios Verdes, la danza; la de Aragón, lo audiovisual. No puede pasar inadvertido lo que hay de implícito en estas vocaciones. Todas ellas, salvo la de Aragón que aún está por verse, se encuentran estrechamente vinculadas a la experiencia misma del cuerpo y sus sentidos. Lo cual en sí mismo es ya toda una propuesta si se considera que actualmente al cuerpo se le sacrifica con un doble desdén acompañado de una consideración meramente utilitaria. Usualmente al cuerpo no solamente se lo considera como “opuesto” al pensamiento y lo racional, sino también como la cuna de todos los  pecados, nido de todas las tentaciones y ejecutor de todos los impulsos que suelen llamarse “irracionales”. Lo que de él en realidad se quiere en la sociedad actual es su ordenado, controlado y reprimido funcionamiento que facilite una dócil adecuación a la máxima explotación con la mínima inversión posible, o en su defecto, la reducción de su vitalidad al de una mercancía apetecible que incite al consumo y en ese sentido una constante renovación antes de su programada fecha de caducidad (vaya la reiteración del botox antes del ataúd, la compra de la juventud antes del colapso final). En suma, lo que se propone en nuestra sociedad globalizada como ideal es un cuerpo fragmentario, disminuido, vigilado, reprimido, vuelto mercancía. Contra esto precisamente se erige la experiencia de los faros: en ellos el cuerpo es fundamento, no medio; es razón, no pretexto; es motivo, no excusa. También por esto la fotografía de la mujer de danza aérea a la que he aludido es importante: porque en esta batalla por la liberación y resignificación del cuerpo son las mujeres las más comprometidas, las más decididas, las más radicales.

Estas y muchas otras cosas pueden ustedes encontrar en este libro y en la experiencia multifacética de los faros de la ciudad de México. Vale la pena sumergirse 
en el libro e ir a cada faro. Generalmente uno acaba enamorándose de estos espacios entrañables.

Desde este lugar, la primera Fábrica de Artes y Oficios de la ciudad, el Sol podría decirse de uno de los proyectos más importantes de los gobiernos electos democráticamente en esta ciudad, es necesario reconocer y aplaudir a quienes con su hacer se han hecho de él y del resto de la fábricas. Felicitemos a quienes han hecho posible la existencia de esta experiencia: a los que la idearon, a los que la fundaron, a los que la operan, y a los que la viven.

También es necesario reconocer que el Faro de Oriente es, además de todo, un gran semillero. Si el Faro de Oriente surgió como una alternativa ante el páramo cultural que en los noventa del siglo pasado se podía constatar en gran parte de la ciudad, particularmente lejos de su consentido corredor del centro al sur, hoy, a 16 años, el panorama es cualitativamente distinto: inspirados, rozados, engullidos, expulsados por la experiencia de este lugar, muchos promotores culturales, talleristas, artistas, etcétera, se han esparcido por la ciudad fundado y operando sus propios espacios. Podría decirse que el Faro de Oriente no solamente ha ganado en el discurso, sino que felizmente se ha vuelto un virus altamente contagioso que alcanza ya a gran parte de la ciudad e incluso otras latitudes nacionales e internacionales.


Y justo por su condición de sol y semillero tiene un deber ineludible: el de impulsar la creación de un nuevo universo y nuevo jardín del edén, podría decirse. Me parece le ha llegado el momento de dejar de pensarse como centro para convertirse en fundamento. Este giro me parece es importante para consolidar la Red de Faros de la Ciudad de México. Es necesario que el Faro de Oriente asuma y se sume, con su experiencia, con su inteligencia, con su apertura y rebelde bondad al nuevo reto que la actual ciudad le demanda, esto es, la invención de un nuevo universo, de un nuevo jardín, de una ciudad muy otra, en la que el festivo, juguetón y hasta desesperado intento por reinventar lo humano se imponga sobre la fría forma de la mercancía y el helado paisaje de la barbarie que prevalece hoy en día en sus calles, en el país y el mundo. Vaya, una ciudad, un país, un mundo, donde impere la sonrisa de la libélula.

jueves, junio 09, 2016

Dejar de musitar

Dejar de musitar
Reflexiones en torno al libro Vivo por mi madre y muero por mi Barrio.
Significados de la violencia y la muerte en el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha.
(Texto leído el 23 de abril del presente en el marco de la Feria del Libro y la Rosa)

Ya que el libro que nos convoca se refiere a la Mara Salvatrucha, el Barrio 18, y los significados que ellos dan a la violencia y la muerte, quizá convenga iniciar mi intervención con una anécdota que, además, explica en parte (solamente en parte) porqué me encuentro aquí, presentado el libro de Alfredo Nateras, admirado y querido amigo, a quien, por cierto, conocí hace ya algunos ayeres gracias a quien hoy nos volvió a juntar precisamente aquí, mi también querido amigo Elí Evangelista.

A finales de agosto de 2009 estaba yo en El Salvador con el equipo de el Laboratorio Audiovisual del CIESAS. Nuestro anfitrión, el venezolano Carlos Herníquez Consalvi, mejor conocido como el comandante Santiago, fundador y principal animador de Radio Venceremos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional durante la cruenta guerra civil salvadoreña en la década de los ochenta del siglo pasado, procedente a su vez de las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional, órgano que encabezó la triunfante revolución en Nicaragua en 1979, autor por cierto del libro La terquedad del Izote (que acá entre nos se lee muy bien en compañía del libro que hoy presentamos), había organizado un encuentro en el que teníamos que discutir los avances de un gran proyecto consistente en recuperar la memoria de revolución salvadoreña, amenazada no solamente por los discursos hegemónicos y la profunda desconfianza que se asomaba ya en el mundo hacia el mito e idea de revolución (no digamos a la revolución misma), sino porque los soportes materiales en los que estaba resguardada se estaban deteriorando rápidamente. Al comandante Santiago le urgía salvaguardar la memoria, y nosotros estábamos de acuerdo en eso.

Uno de esos días de nuestra estancia en El Salvador, por la noche, Ricardo Pérez Montfort, entonces Coordinador General del Laboratorio Audiovisual del CIESAS, y yo decidimos salir a conocer San Salvador en esas horas en las que cualquier humanista sabe se debe conocer toda ciudad. Para nuestra sorpresa y hasta enojo, no pudimos traspasar el umbral de la puerta principal del hotel en el que estábamos hospedados. Muy amablemente tanto el gerente como un par de policías con armas largas nos indicaron que no solamente no era seguro sino que era su deber salvaguardar la integridad de los huéspedes. Les informamos que veníamos de la ciudad de México, un lugar que no descollaba por su seguridad, que sabíamos cuidarnos y que queríamos ejercer nuestra libertad. Ellos sonrieron amablemente, nos negaron la salida con un argumento sucinto e inobjetable: allá no hay Maras. Molestos y frustrados nos regresamos a beber en el bar del hotel en el que fuimos lo más parecido a dos fantasmas.

Al día siguiente, el comandante Santiago se rió de nuestra frustrada osadía. Nos llevó de paseo y poco a poco nos fue develando ciertos hechos relacionados con eso que llamaban Maras. Lo hacía disimuladamente, casi musitando. Ocho años antes, en Guatemala, acompañado de Bolívar Echeverría e Immanuel Wallerstein, yo ya había vivido esa experiencia de tener que esforzarme por escuchar atentamente lo que actores de guerrillas, revoluciones y víctimas de la represión musitaban a regañadientes sobre esa realidad centroamericana infestada de dictaduras, opresión, desapariciones, persecución, violencia, muerte. Como ya tenía yo presente que ese musitar poseía un muy específico significado entendí con toda claridad lo que el comandante Santiago estaba diciendo explícita e implícitamente con ese tono. Además, resultó obvia la vigilancia cotidiana a la que era sometido el comandante, y por ende, nosotros durante nuestra estadía.

En nuestras conversaciones sobre las Maras salió una y otra vez el documental llamado La vida loca, realizado por el fotógrafo y cineasta hispano-francés Christian Poveda un año antes (2008). Rápidamente se había convertido en un referente sobre el tema. Por eso, nos sorprendió su asesinato el 2 de septiembre de ese año, justo cuando emprendíamos nuestro regreso a la ciudad de México. Al menos a mí me pareció incomprensible que hubiese sido asesinado por integrantes del Barrio 18. Después de todo, Poveda parecía haber construido una relación sólida y de amistad con las Maras, de otro modo no podría haber filmado lo que filmó. Y según mi muy elemental criterio de entonces, la amistad debió de haberlo salvado de semejante destino. Defino mi criterio de entonces como elemental porque en el libro de Nateras queda claro que para la tercera generación de maras la amistad como elemento decisivo de las relaciones intra-maras ha dejado de tener la relevancia que le otorgaban las dos generaciones anteriores.

Ya en México seguí el caso en los periódicos. Leyéndolos pude notar cómo se construyó una versión oficial del asesinato: la muerte de Poveda, se dijo, se debió a que al parecer estaba pasando información a la policía, aunque los responsables de la política de mano dura negaran esto. En otras palabras, lo que se afirmaba es que lo habían matado por soplón, un modo cruel de imputar al muerto la responsabilidad de su propia muerte. La versión cumplía con creces con la idea que se puede tener de una pandilla (con toda la carga negativa que la palabra implica, tal y como lo sostiene Nateras en su libro): al violar un pacto Poveda solito se puso la soga al cuello.

Tiempo después de esta anécdota, me encontré con Alfredo Nateras. Fue entonces cuando me enteré que estaba haciendo la investigación que culminaría en el libro que hoy presentamos y que ya va en su segunda edición. Me pareció del todo curioso que más o menos por las mismas fechas anduviéramos los dos por El Salvador y otros países de la Región del Triángulo del Norte Centroamericano (El Salvador, Honduras y Guatemala) y que no hubiésemos coincidido, a fin de cuentas las capitales centroamericanas no son la Ciudad de México.

Al preguntarle sobre Poveda, me dio su versión de lo que a su vez fue la versión de los líderes del B-18, a quienes había entrevistado. Esta versión, que no obstante discordante con la oficial se unía a ella por otra vertiente en el tema de la lealtad, me sorprendió por igual, pero sobre todo me hizo pensar en la audacia de Alfredo para hacer trabajo de campo multisituado en zonas en las que, según comprobé personalmente, el miedo y la tensión se podían cortar con la uña del dedo dada su densidad y pesadez. Una audacia, por supuesto, no exenta de miedo y ansiedades. Si quieren tener idea de las implicaciones que supuso para Nateras el trabajo de campo para esta investigación échenle un ojo al capítulo V de Vivo por mi madre y muero por mi barrio. Significados de la violencia y la muerte en el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha y a las fotografías de las páginas 176 y 177, en las que Alfredo aparece junto con sus informantes con el torso desnudo, como un acto de confianza, comunión, simpatía.

Uno puede preguntarle a Nateras, muy al estilo del único filósofo mexicano solvente  que canta (me refiero a Juan Gabriel), pero ¿qué necesidad?, ¿para qué tanto problema? A reserva de que quizá nos quiera obsequiar una respuesta aquí, me permito aventurar un par de ideas al respecto. Diría que lo hace por la exigencia que interés y compromiso le plantean. Me explico.

En este país, pero particularmente en esta ciudad, hasta finales de la década de los noventa del siglo pasado, ser joven suponía andar dos caminos que si bien en su superficie aparecían como opuestos e incluso hasta distantes el uno del otro, en realidad por lo bajo se unían de manera sospechosa. Por un lado, el trazado por el estereotipo de César Costa y Enrique Guzmán; por el otro, el andado por Sergio Jiménez, Óscar Chávez, Ernesto Gómez Cruz y Eduardo López Rojas, es decir, el Capitán Gato y sus Caifanes. En otras palabras: el joven que vive un momento transitorio en el que a fuerza de educación se lo incorpora al bien y a la producción, o el joven que sin este elemento de fuerza aplicado revela su verdadera naturaleza de rebelde sin causa. Mientras a uno se le exalta, al otro se le criminaliza. No obstante, por más diferentes que se nos presenten a la mirada, en realidad ambos caminos parten de una misma matriz: la desconfianza hacia el joven, la suposición de que esencialmente es malo, propenso a descarriarse, inclinado a perderse.

Este modo de entender al joven determinó su trato desde mediados del siglo XX. Por eso, escuela y correccional, trabajo y cárcel solían ser para el joven (y me parece que pese a todo lo siguen siendo) los dos pilares que sostienen el umbral que marca la entrada a la vida socialmente útil. E incluso, como nos lo dice la historia de este país y del mundo, cuando el joven emerge como actor político exigiendo lo imposible, la imaginación al poder, haciéndose de los iconos revolucionarios, experimentando consigo mismo para abrir las puertas de la percepción, lo que halló fue una represión feroz que fue mucho más allá de la cárcel: hubo balas, tortura, ejecuciones.

Puede decirse, aunque sea reduccionista y generalizador, que este fue el gran marco en el que muchos de nosotros crecimos y vivimos como jóvenes. Aunque Alfredo y yo no somos de la misma rodada, compartimos esta experiencia terrible. Ser joven en la década de los setenta y ochenta en México no fue precisamente una gran fiesta. Los caminos trazados para los jóvenes estaban agotados aunque su matriz crecía exponencialmente. De aquí que surgiera con inusitada fuerza la reflexión sobre los jóvenes, de la que Alfredo forma parte de manera descollante. En efecto, desde sus iniciales trabajos con jóvenes reprimidos y marginales, Nateras, combinando sus saberes, bastante vastos por cierto, de psicología social, sociología y antropología social, se ha dedicado a este tema, lo ha explorado, lo ha investigado, lo ha entendido, y se ha esforzado por difundir sus hallazagos, suscitando y convocando la reflexión en torno a esto desde diversas trincheras: la academia, las políticas públicas, los medios de comunicación masiva (canal 11). En este sentido, Alfredo Nateras es uno de los “juvenólogos” mexicanos más reconocidos aunque en este libro, haciendo gala de la sabiduría que me parece viene con ese otro mundo, el de la vejez, se despide de este aspecto de su vida intelectual para que otros, precisamente jóvenes, se pongan a pensarse a sí mismos.

Podría decirse entonces que para Nateras el tema de los jóvenes le vino como interés personal y como compromiso con esa parte de la sociedad mexicana condenada al esencialismo estéril a la vez que útil para cualquier imputación individual y la irresponsabilidad institucional o bien a la promesa vacua de una incoporación productiva que, si es que llega, lo hace de modo humillante. Interés y compromiso que en la trama del libro comienza con la anécdota de unos balazos y termina por llevarlo a la Región del Triángulo del Norte Centroamericano para estudiar a otros jóvenes que en efecto por esos años ocupaban las primeras planas de los periódicos y que fueron utilizados como pretexto para políticas de mano dura en un contexto de brutal globalización y neoliberlismo rampante.

El libro que Nateras nos ofrece es lo que coloquialmente se llama un tabique (546 páginas); es un libro de irremediable tono académico (su tesis de doctorado); es un libro que conjuga teoría social, etnografía, interpretación y propuesta. Es un libro que dialoga y debate, refuta y sugiere. Precisamente es esto último lo que lo hace asequible para el lego, para el que no anda metido de cabeza en estos temas, para el académico y el estudiante en general, y en última instancia para el joven que anda a la búsqueda de sí mismo y de su rol social, de la conciencia de sus problemáticas y de las posibilidades a seguir a partir de allí.

Entre todo lo que se puede decir sobre este libro, que es mucho, me parece fundamental destacar un par de cosas. Primero, el punto de partida de Alfredo, que puede resumirse de la siguiente manera. Los jóvenes no pueden entenderse ni comprenderse desde discursos esencialistas; ellos al igual que el resto de la sociedad se hallan situados en un contexto expecífico que ayuda a comprender su circunstancia, su proceder, su simbolización, incluso si se trata de la violencia y la muerte. El problema central reside en que sobre esto se calla más de lo que se dice, se oculta más de lo que se muestra bajo la exigencia inmediata y noticiosa de la realidad global o de un domesticado discurso académico. Y cuando se explora eso que se calla y se oculta, lo que se halla es precisamente un musitar. La apuesta de Alfredo es justamente dejar de musitar, porque al hacerlo, no solamente se disputa a los discursos hegemónicos miopes y obsecados la posibilidad de entender de una manera distinta a los jóvenes, sino que se pueden vislumbrar caminos viables más allá de la represión, la cárcel, el desdén, la incomprensión. Esto es lo que impulsó a Nateras a su trabajo de campo multisituado en la Región del Norte del Triángulo Centroamericano.

Segundo, por tal motivo los jóvenes del Barrio 18 y de la Mara Salvatrucha, cuyo número real de integrantes se desconoce, han de explicarse no por una supuesta maldad instrínseca que les corroe las venas, sino porque ha sido el modo en que han logrado sobrevivir a una triple violencia, secuencial e imbricada:  la de la postguerra civil (donde el Estado es como un queso gruyere con más hoyos que queso e instituciones elusivas y en su mayoría inoperantes); la de las políticas de mano dura en las que para reconstituirse el Estado inventa un adversario terrible (las Maras) y se convierte en su principal adversario; y la de un sistema (la globalización y neoliberalismo), siempre más brutal en sus periferias que en sus centros, que no sólo cierra a los jóvenes la llave de toda promesa, sino que los estigmatiza y expulsa para justificar el hecho de que en verdad los considera como desechables en tanto que la base del sistema consiste en una desesperada lucha, violenta y asesina, por sobrevivir a como dé lugar, ya sea como explotado, como victimario, como desplazado.

Desde esta perspectiva, la violencia y la muerte que viven y ejercen (a fin de cuentas víctimas y victimarios) los del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha se entienden, se comprenden, en su vasta complejidad. Dejan de aparecer como irracionales para convertirse en dispositivos de sobreviviencia, de inserción, de simbolización en medio de una sociedad devastada, un Estado disminuido y un sistema hipócrita y cínico que condena la violencia de los marginados, excluidos y expulsados al mismo tiempo que sobre ellos ejerce su devasadora violencia y muerte bajo la forma de expotación, sumisión, ignorancia, devastación y barbarie.

Y en medio de todo eso las Maras se organizan para sobrevivir. Ubican con claridad al adeversario, tejen las redes para comprender y entender, se protegen, establecen sus códigos performáticos que van desde su forma de hablar hasta su forma de vestir, su forma de saludar hasta sus tatuajes, hoy menos visibles que antes, se articulan en torno a jerarquías y roles sociales intra y extra Maras, etcétera. Entre otros muchos méritos, el libro de Nateras nos hace comprender esto a cabalidad.



Quiero terminar explicitando una duda que me acosó todo el tiempo que leí este libro, desde su primera página hasta la última. En uno de sus momentos más lúcidos y radicales, Karl Marx sostuvo que sólo había una respuesta posible a la violencia del opresor: la violencia del oprimido. Lo dijo, por supuesto, pensando en la revolución y el papel que a su juicio en ella debían tener los obreros. Muerto el mito de la revolución, desdibujada su idea, ¿no es la violencia y la muerte la respuesta inevitable a un sistema que lo que provee en última instancia es violencia y muerte? Lo pregunto porque lo que yo veo en la violencia y muerte de los Maras, de los 43 de de Ayotzinapa, de los miles que han quedado en fosas clandestinas, del narco, etcétera, no es otra cosa que la interiorización y la concepctualización del otro como desechable, sí, pero sobre todo como una cosa inanimada a la que se puede destrozar, desjagar, quemar, destruir y desaparecer, como se puede hacer con cualquier objeto. De ser esto cierto, me parece que a las ciencias sociales y a las humanidades les corresponde no sólo el tema del saber y el conocimiento socialmente útil sino en el mejor de los sentidos el de la utopía y hasta cierto punto el del cuidado y aliento de la casi extinta vela de la revolución si ésta se entiende como la recuperación de la plenitud humana. Y creo sinceramente que una de las mejores maneras de hacerlo es como la que ha llevado Alfredo Nateras en este libro: dejando de musitar.

martes, mayo 03, 2016

En mi cabeza...

En mi cabeza nubes grises, la premonición de una tormenta. Cada paso un dolor, la mirada buscando los imperceptibles restos de una belleza largo tiempo relegada. Mi voz confundida con esas voces que irreales inundan todos los rincones de ese incierto lugar entre mirada e hígado. Hay un dejo de tristeza en lo que veo. Me pregunto si esas huellas que conozco desde hace tiempo pero que no son mías caminan por mis pasos. El sol, en medio de un cielo horrendo, me distrae con su color naranja: el ocaso que no sé por qué me huele a final. Si como decía el novelista todo lo que en un tiempo fue es una herida, ¿de qué tamaño es la mía, la tuya, la nuestra? El desesperante ruido de los autos empujan la posible respuesta demasiado lejos. En mi cabeza hay, además de nubes, este concierto de voces que incordian. Al lado de mí no está ya ni siquiera aquel fantasma que solía caminar conmigo. La premonición parece no ser ya tal sino umbral que sin mucho ánimo cruzo.

domingo, abril 03, 2016

Mi primo y su secreto.

Gabriel García Ruiz murió esta madrugada.  Era mi primo. Un hombre bueno que fue una incógnita para mí por el secreto que sin saberlo llevaba en sí.

Enterró a dos de sus hermanos, a su padre, a su esposa. Como todos, tuvo una vida llena de altibajos, pero a diferencia de casi todos parecía saber que la felicidad y la alegría se encuentran en una esfera independiente que tiene poca relación con las avatares de la vida, no pocas veces desgraciados y aviesos. Siempre me pareció que ese era su secreto: saber que esa esfera se cultiva, se procura, se protege. Su gesto parecía ser la escultura misma de ese secreto: en una suerte de solución de continuidad combinaba la tristeza y la alegría. Así lo recuerdo ante el féretro de su padre; así, cuando hablaba de su difunta esposa.

Nunca supe cómo llegó a ese secreto; por eso para mí era una incógnita. Hacia el final de su vida parecía arañar la felicidad completa: el amor, el ser abuelo, la posibilidad de un nuevo horizonte. Quedamos de vernos y eso ya no será posible nunca más. Así son la vida y la muerte: juntan, joden, separan. La enfermedad se lo llevó; sucumbió a esa asesina serial.

De mi primo me quedo con su secreto, ese que algún día quisiera alcanzar.

miércoles, marzo 23, 2016

Pinche mamón

11:30 de la mañana, metro Villa de Cortés. Suben al vagón en que me encuentro dos jóvenes que no pasan de los 23 años. Con la marcha del convoy uno de ellos comienza a recitar un poema. Lo hace de memoria, sin matices, con algo de prisa. Esta forma desmerece un bello poema, ese que comienza con “Espero curarme de ti”.

Fuese por la forma o porque la poesía no suele calar hondo en los usuarios del metro o porque todos saben que después del arte viene el sablazo, la mayoría ignora al joven que recita. Éste, al terminar, consciente de su fracaso, remata afirmando que ese es el México del siglo XXI, un país inmerso en la tecnología, en las relaciones virtuales, incapaz de la sonrisa sincera, de atender al otro. El gélido recibimiento a sus palabras le orilla a hablar del poema apenas recitado. Afirma que lo escribió el Subcomandante Marcos. Lo dice con aire de superioridad, como si el solo nombre le concediese una legitimidad que su ignorancia ignorada no le otorga.

Mientras pide dinero o sonrisas que no llegan, le miro curioso. De alguna manera este joven sintentiza parte de lo que sucede en el país: una superioridad moral que no se corresponde con un mínimo acto consecuente sino con un error emanado de la ignorancia en el mejor de los casos o con una flagrante mentira en el peor.

Cuando se aproxima a mí, le informo sonriente que ese poema no es del subcomandante. Por toda respuesta obtengo un iracundo “pinche mamón”. Definitivamente este es el México del siglo XXI: la ignorancia vuelta virtud; la moral, una bufanda de temporada que se usa a la moda; y la poesía una herramienta que sirve para ver por encima del hombro. No en todos por supuesto, pero sospecho que sí en muchos.

Como sea, yo llegué demasiado tarde al siglo XX y en el XXI soy un pinche mamón. Desterrado y desubicado en el metro de un país ultrarecontrarrequete moderno.