domingo, abril 03, 2016

Mi primo y su secreto.

Gabriel García Ruiz murió esta madrugada.  Era mi primo. Un hombre bueno que fue una incógnita para mí por el secreto que sin saberlo llevaba en sí.

Enterró a dos de sus hermanos, a su padre, a su esposa. Como todos, tuvo una vida llena de altibajos, pero a diferencia de casi todos parecía saber que la felicidad y la alegría se encuentran en una esfera independiente que tiene poca relación con las avatares de la vida, no pocas veces desgraciados y aviesos. Siempre me pareció que ese era su secreto: saber que esa esfera se cultiva, se procura, se protege. Su gesto parecía ser la escultura misma de ese secreto: en una suerte de solución de continuidad combinaba la tristeza y la alegría. Así lo recuerdo ante el féretro de su padre; así, cuando hablaba de su difunta esposa.

Nunca supe cómo llegó a ese secreto; por eso para mí era una incógnita. Hacia el final de su vida parecía arañar la felicidad completa: el amor, el ser abuelo, la posibilidad de un nuevo horizonte. Quedamos de vernos y eso ya no será posible nunca más. Así son la vida y la muerte: juntan, joden, separan. La enfermedad se lo llevó; sucumbió a esa asesina serial.

De mi primo me quedo con su secreto, ese que algún día quisiera alcanzar.

miércoles, marzo 23, 2016

Pinche mamón

11:30 de la mañana, metro Villa de Cortés. Suben al vagón en que me encuentro dos jóvenes que no pasan de los 23 años. Con la marcha del convoy uno de ellos comienza a recitar un poema. Lo hace de memoria, sin matices, con algo de prisa. Esta forma desmerece un bello poema, ese que comienza con “Espero curarme de ti”.

Fuese por la forma o porque la poesía no suele calar hondo en los usuarios del metro o porque todos saben que después del arte viene el sablazo, la mayoría ignora al joven que recita. Éste, al terminar, consciente de su fracaso, remata afirmando que ese es el México del siglo XXI, un país inmerso en la tecnología, en las relaciones virtuales, incapaz de la sonrisa sincera, de atender al otro. El gélido recibimiento a sus palabras le orilla a hablar del poema apenas recitado. Afirma que lo escribió el Subcomandante Marcos. Lo dice con aire de superioridad, como si el solo nombre le concediese una legitimidad que su ignorancia ignorada no le otorga.

Mientras pide dinero o sonrisas que no llegan, le miro curioso. De alguna manera este joven sintentiza parte de lo que sucede en el país: una superioridad moral que no se corresponde con un mínimo acto consecuente sino con un error emanado de la ignorancia en el mejor de los casos o con una flagrante mentira en el peor.

Cuando se aproxima a mí, le informo sonriente que ese poema no es del subcomandante. Por toda respuesta obtengo un iracundo “pinche mamón”. Definitivamente este es el México del siglo XXI: la ignorancia vuelta virtud; la moral, una bufanda de temporada que se usa a la moda; y la poesía una herramienta que sirve para ver por encima del hombro. No en todos por supuesto, pero sospecho que sí en muchos.

Como sea, yo llegué demasiado tarde al siglo XX y en el XXI soy un pinche mamón. Desterrado y desubicado en el metro de un país ultrarecontrarrequete moderno.

sábado, enero 23, 2016

Convalecer

Hay algo en el dolor que ata. El dolor físico, y ese otro dolor indefinido que podríamos decir se ubica en el alma. A esta hora, llevo acumulados dolores físicos muy particulares después de la operación a la que fui sometido. Y también dolores del alma. Pero lo que me sorprende es la cantidad de ondas de ternura y cariño que me llegan sea por medio de las palabras y actos, sea incluso por esas extrañas sensaciones compartidas a distancia sin mediar palabra alguna salvo para describir el suceso. Quizá sea esto lo que más me conmueve. Y estas lágrimas que de pronto y sin permiso brotan poco tienen que ver con el dolor y más con esa ternura. En esta muy voluntaria soledad, esa ternura se convierte en agradable cobija del corazón y del cuerpo que envuelve esos dolores físicos. Y así, cobijado, me sorprendo de la actitud de mi mano derecha para con mi izquierda. Recuerdo al Dalai Lama hablando sobre cómo una mano ayuda a la otra cuando está lastimada, no la castiga, no la penaliza. Así la una acarciando a la otra, hablándole con un lenguaje mudo Definitivamente muchas cosas me sorprenden, la mayoría de ellas triviales, pero así es como pasa uno la convalecencia: acostado, solo, pensando, y por fortuna sintiendo demasiado otras tantas cosas, no únicamente ese dolor físico que no cede.

jueves, diciembre 31, 2015

2015-2016

Este ir y venir; el trajín lineal que se detiene y ahoga en el ciclo; la gana de valorar, desear, suponer; la ceguera voluntaria e involuntaria; el ruido que pocas veces halla armonía alguna; las palabras, las dichas y las leídas; los silencios, los ligeros y los pesados; la permanente sensación de fracaso con el terror de saber que lo hecho “se desvanece en el aire”; la soledad, a veces liviana y alegre, otras pesada y devastadora; los muertos, los asesinados, los desaparecidos, que persiguen y corroen el tuétano; el encabronamiento y la furia; los vivos, no siempre agradables; yo, mucho menos soportable de lo que parece. Así los meses, así los días, así las horas. Y sin embargo, cuando cierro los ojos y me concentro en el silencio, hallo en mí los cariños, las sonrisas, las miradas de los que por su muy real gana han querido acompañarme en mi enrevesado vivir. A todos les agradezco; para todos (y cada uno de ustedes sabe que está en esa totalidad indefinida) un abrazo enorme; un abrazo de agradecimiento y de complicidad. Que sin ustedes mi mundo sería mucho más desértico de lo que a veces me parece. Lo mejor para lo que viene.

miércoles, noviembre 25, 2015

Arrojemos todos la primera piedra

En un mundo carente de sentido ni la moral se salva. Obsérvese cómo la moral, convertida en mero discurso sin sustento, se ha vuelto un conjunto de consignas útiles para pontificar al mismo tiempo que condenar y descalificar a los otros. Esto, que hasta cierto punto era frecuente en el ámbito religioso (ya se sabe, creyentes de una religión pero no practicantes de la misma) hoy es común en la política, la economía, la academia, la cultura y un largo etcétera. Funcionarios, políticos, empresarios, religiosos, académicos, intelectuales, etcétera, sacan su espada para cercenar la cabeza de sus enemigos, adversarios, contrincantes, competidores, santiguándose primero, bañándose en un pudor y una pureza de la que carecen en su vida cotidiana después, para luego acusar en los otros lo que en ellos es santo y seña. No todos es cierto, pero sí una creciente mayoría lo hace. Lo interesante es que hoy la moral es atractiva porque remoza el vacío y vacuna contra la pesada tarea de pensar críticamente la realidad. Arrojemos todos la primera piedra para que entre descalabrados y ciegos nadie note la bajeza del procedimiento ni tampoco lo muy mal habido. Esta y no otra es la nueva consigna de los tiempos. Y los espectadores aplauden a rabiar entre más sangre haya, porque después de todo, si no hay sentido en la vida, por lo menos que haya espectáculo.

miércoles, noviembre 11, 2015

domingo, noviembre 01, 2015

Una calaverita.

La Parca muy alebrestada estaba,
porque el día de muertos se aproximaba.
Muy emocionada ella bailaba,
porque pronto visitaría su república tan amada.

En la espera a que llegara el día,
la Parca vio que la Llorona por allí venía.
“Llorona de mis días, qué te pasa, que te veo más afligida”.

¡Ay Parca adorada, de esa tu república tan querida, vengo yo este día!
De esa república, Parca mía,
¡no queda ni una chirimía!

¡Ay Parca mía!,
en esa república tan querida,
¡la gente no muere un día,
sino que es desaparecida!

Mis lamentos ya no alcanzan para tanto Parca mía,
porque creo que ni tú a los miles que son hallarías.
No vayas a tu república tan querida, Paraca mía,
que sin oficio ni beneficio ni allí te querrías.

Llorona de mi vida,
tremenda noticia llega de tu boca querida.
Pero Llorona mía,
sin una ofrendita vivir no podría.
Es la hora de cambiar Llorona mía.
Seré delincuente priista
en esa nueva y terrorífica monarquía.