viernes, diciembre 02, 2016

El tufillo del siglo XX

No dejan de sorprenderme los múltiples finales del siglo XX que se alegan. Leo con algo de azoro que para algunos la muerte de Fidel Castro puede entenderse como el fin del siglo pasado. Otros, en latitudes latinoamericanas, afirman que recién terminó el “largo siglo XX” con la salida de Inglaterra de la Unión Europea. Personas, hechos, muertes aisladas que por representativas, supongo, se usan para liquidar un siglo. Me parece que todas estas argumentaciones olvidan que lo siglos históricos se definen por un conjunto de fenómenos sociales y no por hechos aislados, por más significativos que a los contemporáneos les parezcan.

Pero si es muy necesario mantenerse en esto de lo significativo, puede lanzarse la pregunta de si la "simultaneidad" del triunfo de Donald Trump en las elecciones estadunidenses y la muerte de Fidel Castro en Cuba expresa algo en torno a nuestra época. Quizá en las posibles respuestas a esta pregunta se  halle algo relevante.

El triunfo de Donald Trump es el de la barbarie incluso dentro de la barbarie capitalista. Su "elección democrática" (ya se está cuestionando el sistema electoral estadunidense) es la afirmación contundente de la muerte de la política. Su campaña, sus tumbos declarativos, los perfiles de su gabinete, tienen una lógica empresarial que irrita incluso a los empresarios que aún se someten a ciertas reglas del juego capitalista. En este sentido hay una sinceridad escalofriante en Trump: lo que nos dice es que la vida social debe someterse a las exigencias llanas y brutales de una lógica empresarial que “ha sabido hacerla” incluso pasando por sobre las leyes que en su ejercicio intentan limitar esa avidez de “hacerla y en grande”. Por eso Trump puede decir una cosa por la mañana y otra por la tarde: fluctúa como los mercados, como la ganancia. Lo que ofrece es precisamente eso: quitarse las molestas máscaras de la política para que reine la barbarie, sin tapujos, sin culpa, sin óbice alguno. Eso ofreció, eso hará, y eso fue precisamente lo que los votantes compraron. Esto es lo que hace ver a Brack Obama tan desconcertado: un mínimo creyente en la política no sabe qué hacer ante la ovacionada muerte de ésta en un proceso electoral.

La muerte de Fidel Castro es también la muerte de la política. A diferencia de Trump, Castro dirigió una revolución, perfiló un país, lo insertó en el discurso geopolítico, comandó algunos logros y también muchos hundimientos. Amado o denostado, lo que no puede negarse es su fascinación por la política: sus largos discursos, su forma de entender al Estado como una entidad que debía ocuparse de su sociedad (al extremo, es cierto, de ahogarla), su solidarizarse con procesos de liberación internacionales, su saber (que nunca fue poco), etcétera, hablan de un personaje que tuvo a lo político como razón central de su existencia y también de la existencia misma de la sociedad. No la política como la entendemos nosotros, no solamente la que se vive entre partidos (o en su caso en su partido), sino la que moldea a la sociedad en una convivencia más orgánica, colectiva. Puede discutirse mucho y largamente sobre lo que algunos llaman “falta de democracia” en Cuba durante la era de Castro, pero hay que subrayar, siempre, que esa crítica se hace desde lo que se entiende por “democracia liberal”, que se basa en el mercado y la “representación”, haciendo caso omiso de “lo político” y la democracia directa. Estudios serenos, con el tiempo, darán cuenta de todo esto. Nos ayudarán a entender lo sucedido, siempre y cuando no se hagan desde el dogma, sea para atacar o para defender.

Entonces, quizá, pueda afirmarse que la simultaneidad del triunfo de Trump y la muerte de Castro es la constatación de la muerte de la política. Pero hay que ser sinceros: ella lleva muerta décadas. En realidad, esa simultaneidad es la total desaparición del tufillo de un cadáver que por pena, nostalgia o gana arrastramos de un lado a otro. Un cadáver que al parecer, hoy, no tiene sustituto ni renace.

Desde esta perspectiva, el siglo XX terminó hace tiempo: su extenderlo hasta hoy solamente es ese tufillo que unos y otros usan para llenar páginas de opiniones ante una ausencia que parece no remediarse con nada.

viernes, septiembre 16, 2016

Invitación a presentación

El 20 de septiembre a las 19:00 hrs en Bellas Artes se presenta el libro La fiesta mexicana (2 tomos), en el que tuve la fortuna de participar. Les extiendo la presente invitación por si nos quieren acompañar. Dicen que la presentación estará muy bien.

miércoles, agosto 24, 2016

La peor lágrima

Un día, un golpe. Descubre entonces que ha girado al rededor de un portentoso centro innombrable. El descubrimiento es sorprendente a la vez que doloroso. Como sucede con todo lo que sorprende y duele, quiere desentenderse de eso. Lo que más le desconcierta es que en tanto innombrable no es comunicable. Poco puede afirmar o pensar sobre ello por tanto. Para salir al paso, quisiera considerarlo como un error, pero sabe que al carecer de nombre la experiencia en sí no puede ser equívoca. En ese girar cual hoja en un remolino de agua se da cuenta que otra persona está también girando, azorada. Quiere decirle algo pero la experiencia consume a ambos. Una lágrima silenciosa les habita porque aunque saben que lo que sigue es nombrar lo innombrable, cual han hecho los demiurgos del mundo, se sienten tentados de dejarse ir a un lugar más apacible, lejano de ese remolino. La renuncia, la huida, como anestesia para la experiencia de lo innombrable. Esa es la peor lágrima, piensas.

domingo, agosto 14, 2016

La tristeza del mar cabe en un vaso de agua. Poema de Luis García Montero

Copio este poema de Luis García Montero que alguien me lo hizo llegar por razones obvias.

La tristeza del mar cabe
en un vaso de agua
...
Los hombres tristes,
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
me recuerdan a mí.

jueves, agosto 11, 2016

Aquí

Aquí, en la esquina de piedra, veo florecer amores juveniles, pasiones bulliciosas, entusiastas pláticas sobre el hoy y el mañana. En esta esquina de piedra, con el viento jugando a ser una tímida caricia, me veo ausente, meditabundo, casi perdido. Conmigo mi sombra, conmigo palabras que se estiran y cierran como fuelle de acordeón. Desde esta esquina de piedra o una parecida, el poeta escribió De un tiempo a esta parte. En esta esquina de piedra, unos mueren un poco, y otros nacen cada vez más.

domingo, julio 24, 2016

Beirut y la urgente travesía

Nunca supe cómo ni cuándo sucedió. Pese a todos mis cuidados, mi amuleto, particularmente significativo por la persona que lo escogió y lo trajo desde los territorios liberados de Chiapas, se rompió. Por supuesto, cuando lo vi, me puse triste pero no le di mayor importancia. Con delicadeza, en un pedazo de seda guardé las dos partes que antes eran una sola.

Sin buscarlo me lo encontré. Al desenvolver la seda me sobrecogió ver las dos partes de mi amuleto. Por un instante pensé que lo sucedido de alguna manera presagió mis propias rupturas: la del tendón, la del conducto inguinal, las otras. No pude dejar de sentirme hipnotizado por esas dos partes. Una hipnosis que casi inmediatamente se convirtió en angustia por no poder precisar si por descuido o “destino” se rompió.

Lentamente hago el intento de unir ambas piezas que para mi sorpresa embonan perfectamente. Por una mera ilusión óptica parece quedar completo y reparado. No obstante, sobre su superficie aparentemente reconstruida todavía puede observarse un pequeño orificio que no oculta la grieta que rompe su ilusoria unidad. Aún así, con una mezcla de alegría y tristeza, lo tomo para ponérmelo en el corazón, después en la boca, luego en la frente. Diría que este acto lo hice instintivamente pero mentiría, lo vi en algún documental o película. Dudo de su magia, pero ofrece consuelo; tranquiliza mis pensamientos, regula el latido del corazón.

Lo dejo así, ficticiamente arreglado, sobre la mesa de trabajo mientras pienso en ese maravilloso párrafo de Pessoa que mi hermano me hizo llegar con la intención de mitigar el desequilibrio de mi ánimo. El poeta portugués instruye sobre el cambio y la travesía para no quedarse al margen de uno mismo. Habla de la necesidad de dejar la ropa amoldada al cuerpo, los caminos conocidos que conducen al mismo lugar. Con todo, no dice nada de cuando la ropa, los caminos, la persona misma y su voluntad están rotos. Hay que emprender la travesía sí, pero roto. No es lo mismo, aunque parezca igual.

Es aquí cuando mi amuleto decide darme una lección inolvidable: reconstruir lo roto exige algo de arte, cuidado y ternura, aunque nunca podrá ahuyentarse u olvidarse por completo su evidente fragilidad. Ahí está el pequeño orificio que revela la grieta, la ausencia que hace imposible la unidad definitiva, una unidad que no podrá alejarse de las riveras de la añoranza. No hay manera de olvidar que está roto, que se está roto: en mi caso las cicatrices de mi dedo, de mi ingle, las heridas de mi alma que espero pronto se vuelvan cicatrices no me lo dejarán olvidar nunca, pese a los parabienes de quienes con actos de cariño, sonrisas y manos tendidas hicieron y siguen haciendo de manera sincera, sin abandonar el barco en picada, acto de presencia en estos meses difíciles. Un puñado de personas se ha vuelto un conjunto de pequeños oasis de existencia en medio de un cúmulo de heridas, cicatrices, dolores, sinsabores.

Quizá a esta condición se refiera el novelista Vernon Subutex con aquello de que pasados los cuarenta todos parecemos una ciudad bombardeada: eso nunca pasa del todo, nunca se olvida, está presente en lo material, en lo espiritual, en la memoria. Pero así, roto y bombardeado, hay que emprender la travesía. No se trata de la necesidad de abandonar la comodidad para no perderse sino de una suerte de urgencia artística, cariñosa y paciente para con uno mismo si lo que se quiere es en verdad seguir viviendo de una u otra forma, pese a saber de la fragilidad, de que en cualquier momento vendrá de nuevo el golpe preciso en la grieta que nos hará estallar. El problema, como siempre, es querer seguir. La vida, conforme pasa, suele dar menos motivos para asirse a ella.

Mi hermano, en otro de sus aciertos, me hizo llegar la afirmación de Subutex. En el juego de las referencias me otorgó el nombre de Kosovo. Yo, por mi parte, he decidido darle a mi amuleto el nombre de Beirut. Kosovo es a fin de cuentas una región, Beirut una ciudad bombardeada una y otra vez. La novela de Zena El Khalil lo cuenta, lo refiere, la retrata, la vida juvenil en medio de los bombardeos. Por eso he decidido llamar a mi amuleto Beirut y a mí mismo darme como segundo nombre Kosovo. Aunque no lo parezca, los segundos nombres son importantes. No los que nos han sido dados, sino los que labramos. Cuando pienso en mi padre, por ejemplo, su segundo nombre es el  de constructor; cuando en mi madre, es eclosión; en mi hermano, el sabio; en mi hermana, la solidaria; una de mis tías, la caminante; la otra, la maestra, y así, la gente que me es cercana, tiene para mí su segundo nombre. El de algunos es tan feo, terrible, que prefiero dejarles solamente su nombre de pila, porque el segundo parece el de una enfermedad, una devastación, una desgracia. Pero mi amuleto roto solamente tiene uno, Beirut; yo, roto y bombardeado, Kosovo.

Beirut permanece en mi escritorio. Kosovo pasa a Beirut por su corazón, su boca, su cabeza, cual si fuera el necesario ritual de una urgente travesía. Pronto o tarde, Kosovo regresará a su nombre de pila y Beirut asumirá el nombre de un paisaje.

martes, julio 05, 2016

Desencuentros rojinegros*

La huelga en la UNAM era ya una caricatura de sí misma. Los meses, el acoso y la intolerancia habían hecho lo suyo. Por una causa aún inexplicable para mí, fui de los pocos no expulsados de la huelga. Los “activistas” que quedaban en la facultad de Filosofía y Letras me detestaban pero a saber por qué me toleraban. Recuerdo las últimas semanas de la huelga como una sucesión de días monótonos y cansinos, sin perspectiva alguna para el Consejo General de Huelga, que anunciaban la debacle de un movimiento con el que nunca me sentí cómodo. Aquellos días, aprovechando que aún podía ingresar, daba vueltas por Ciudad Universitaria, incrédulo de su semejanza con el desierto.
            Para entonces, el rector Juan Ramón de la Fuente había propuesto la estrategia que muchos vieron con buenos ojos: poner fin a la huelga mediante una consulta universitaria. Uno de esos días recibí una llamada de mi amigo Eduardo: por instrucciones de la administración de la facultad, nos invitaba a mí y a Nahuatzen a una reunión para platicar sobre la consulta.
            Con varios compañeras y compañeros, entre ellos Nahuatzen, intentamos por un tiempo y desde dentro redefinir el rumbo de la huelga. Nos hicimos notar, pero fracasamos rotundamente. Muchos de ese grupo, el que realizó el “Encuentro por la Universidad”, del que salieron algunas publicaciones que creo siguen siendo pertinentes, se fueron por voluntad propia u obligados por la intolerancia de un CGH mermado.
            Me sorprendió la propuesta de reunión. Ya no éramos nada, ya nadie era nada. Lo entendí como un acto de desesperación. Mi amigo, en cambio, como un reconocimiento. Nos citaron en una casa de Coyoacán. La reunión fue tersa. En parte porque entre Nahuatzen y yo fluía una corriente de simpatía e ironía que con frecuencia nos hacía estallar en carcajadas. En parte porque el representante de la Dirección de la facultad, Josu Landa, nos conocía bastante bien: tiempo ha que nos habíamos conocido, confrontado, y solucionado nuestros desacuerdos.
            Antes de entrar en materia, hablamos sobre cualquier nimiedad. Luego nos pusimos serios. Josu Landa fue claro: nos dijo que nosotros “representábamos” algo, que el estudiantado nos conocía, y que nuestra colaboración en la consulta era importante para alentar la participación. Sensible al fin, después de explicar su punto de vista, se retiró para que Nahuatzen y yo conversáramos sobre su propuesta.
            Lo discutimos bastante. Coincidimos en que era necesario levantar la huelga, que la existencia de la UNAM desde hacía meses estaba en riesgo. Pero discrepamos sobre la consulta: para mí, tan sólo era un pretexto para la entrada de la policía; para él, era dar un paso legítimo que muy probablemente terminaría con la entrada de la policía a la universidad. Discutimos mucho porque no se trataba de un asunto de matiz. Yo me negaba a justificar un acto de autoridad.
            Al salir de la casa de Coyoacán, Nahuatzen y yo caminamos en silencio. Ambos sabíamos que algo se había fracturado entre nosotros. No hubo ironía ni necesidad de decir nada. Luego de unas cuadras nos despedimos. Él colaboró en la consulta, yo ni siquiera voté. Cuando la policía entró a la universidad, una marcha enorme de protesta se organizó. Salió de CU; llegó hasta el Monumento a la Revolución. Allí estuvimos varios de aquel grupo que se disolvió andando el tiempo de la huelga, pero no recuerdo haberlo visto a él marchando. Quizá solamente no lo vi.
            Nahuatzen y yo nos seguimos frecuentando. Tras aquello nos encontramos en trincheras distintas. Por un tiempo ambos trabajamos en el gobierno de la ciudad, en áreas que eran rehenes de “corrientes” diferentes. Pese a ello, solíamos sentarnos a solucionar los problemas que debíamos solucionar. Lo hacíamos como amigos, como universitarios.
            Poco tiempo después Nahuatzen murió. Nunca tocamos el tema de la consulta ni nuestras posturas al respecto. Ninguno de los dos se benefició de la huelga o de esa reunión. Al contrario, de alguna manera, nos exiliamos de la universidad. Yo sigo parcialmente en esa condición.

            Así que parte de mi recuerdo personal de la huelga es poco edificante. No sólo porque terminó en el descrédito, aunque reconozco que pareció salvar a la UNAM del destino neoliberal que le tenían preparado, sino porque, entre otras muchas cosas, la asocio a una fractura, al exilio, a una muerte.

*Este texto lo escribí en febrero de 2014  para un libro conmemorativo de la huelga de 99 que, me parece, nunca salió a la luz. Lo dejo como recuerdo de ciertas cosas.