viernes, septiembre 16, 2016

Invitación a presentación

El 20 de septiembre a las 19:00 hrs en Bellas Artes se presenta el libro La fiesta mexicana (2 tomos), en el que tuve la fortuna de participar. Les extiendo la presente invitación por si nos quieren acompañar. Dicen que la presentación estará muy bien.

miércoles, agosto 24, 2016

La peor lágrima

Un día, un golpe. Descubre entonces que ha girado al rededor de un portentoso centro innombrable. El descubrimiento es sorprendente a la vez que doloroso. Como sucede con todo lo que sorprende y duele, quiere desentenderse de eso. Lo que más le desconcierta es que en tanto innombrable no es comunicable. Poco puede afirmar o pensar sobre ello por tanto. Para salir al paso, quisiera considerarlo como un error, pero sabe que al carecer de nombre la experiencia en sí no puede ser equívoca. En ese girar cual hoja en un remolino de agua se da cuenta que otra persona está también girando, azorada. Quiere decirle algo pero la experiencia consume a ambos. Una lágrima silenciosa les habita porque aunque saben que lo que sigue es nombrar lo innombrable, cual han hecho los demiurgos del mundo, se sienten tentados de dejarse ir a un lugar más apacible, lejano de ese remolino. La renuncia, la huida, como anestesia para la experiencia de lo innombrable. Esa es la peor lágrima, piensas.

domingo, agosto 14, 2016

La tristeza del mar cabe en un vaso de agua. Poema de Luis García Montero

Copio este poema de Luis García Montero que alguien me lo hizo llegar por razones obvias.

La tristeza del mar cabe
en un vaso de agua
...
Los hombres tristes,
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
me recuerdan a mí.

jueves, agosto 11, 2016

Aquí

Aquí, en la esquina de piedra, veo florecer amores juveniles, pasiones bulliciosas, entusiastas pláticas sobre el hoy y el mañana. En esta esquina de piedra, con el viento jugando a ser una tímida caricia, me veo ausente, meditabundo, casi perdido. Conmigo mi sombra, conmigo palabras que se estiran y cierran como fuelle de acordeón. Desde esta esquina de piedra o una parecida, el poeta escribió De un tiempo a esta parte. En esta esquina de piedra, unos mueren un poco, y otros nacen cada vez más.

domingo, julio 24, 2016

Beirut y la urgente travesía

Nunca supe cómo ni cuándo sucedió. Pese a todos mis cuidados, mi amuleto, particularmente significativo por la persona que lo escogió y lo trajo desde los territorios liberados de Chiapas, se rompió. Por supuesto, cuando lo vi, me puse triste pero no le di mayor importancia. Con delicadeza, en un pedazo de seda guardé las dos partes que antes eran una sola.

Sin buscarlo me lo encontré. Al desenvolver la seda me sobrecogió ver las dos partes de mi amuleto. Por un instante pensé que lo sucedido de alguna manera presagió mis propias rupturas: la del tendón, la del conducto inguinal, las otras. No pude dejar de sentirme hipnotizado por esas dos partes. Una hipnosis que casi inmediatamente se convirtió en angustia por no poder precisar si por descuido o “destino” se rompió.

Lentamente hago el intento de unir ambas piezas que para mi sorpresa embonan perfectamente. Por una mera ilusión óptica parece quedar completo y reparado. No obstante, sobre su superficie aparentemente reconstruida todavía puede observarse un pequeño orificio que no oculta la grieta que rompe su ilusoria unidad. Aún así, con una mezcla de alegría y tristeza, lo tomo para ponérmelo en el corazón, después en la boca, luego en la frente. Diría que este acto lo hice instintivamente pero mentiría, lo vi en algún documental o película. Dudo de su magia, pero ofrece consuelo; tranquiliza mis pensamientos, regula el latido del corazón.

Lo dejo así, ficticiamente arreglado, sobre la mesa de trabajo mientras pienso en ese maravilloso párrafo de Pessoa que mi hermano me hizo llegar con la intención de mitigar el desequilibrio de mi ánimo. El poeta portugués instruye sobre el cambio y la travesía para no quedarse al margen de uno mismo. Habla de la necesidad de dejar la ropa amoldada al cuerpo, los caminos conocidos que conducen al mismo lugar. Con todo, no dice nada de cuando la ropa, los caminos, la persona misma y su voluntad están rotos. Hay que emprender la travesía sí, pero roto. No es lo mismo, aunque parezca igual.

Es aquí cuando mi amuleto decide darme una lección inolvidable: reconstruir lo roto exige algo de arte, cuidado y ternura, aunque nunca podrá ahuyentarse u olvidarse por completo su evidente fragilidad. Ahí está el pequeño orificio que revela la grieta, la ausencia que hace imposible la unidad definitiva, una unidad que no podrá alejarse de las riveras de la añoranza. No hay manera de olvidar que está roto, que se está roto: en mi caso las cicatrices de mi dedo, de mi ingle, las heridas de mi alma que espero pronto se vuelvan cicatrices no me lo dejarán olvidar nunca, pese a los parabienes de quienes con actos de cariño, sonrisas y manos tendidas hicieron y siguen haciendo de manera sincera, sin abandonar el barco en picada, acto de presencia en estos meses difíciles. Un puñado de personas se ha vuelto un conjunto de pequeños oasis de existencia en medio de un cúmulo de heridas, cicatrices, dolores, sinsabores.

Quizá a esta condición se refiera el novelista Vernon Subutex con aquello de que pasados los cuarenta todos parecemos una ciudad bombardeada: eso nunca pasa del todo, nunca se olvida, está presente en lo material, en lo espiritual, en la memoria. Pero así, roto y bombardeado, hay que emprender la travesía. No se trata de la necesidad de abandonar la comodidad para no perderse sino de una suerte de urgencia artística, cariñosa y paciente para con uno mismo si lo que se quiere es en verdad seguir viviendo de una u otra forma, pese a saber de la fragilidad, de que en cualquier momento vendrá de nuevo el golpe preciso en la grieta que nos hará estallar. El problema, como siempre, es querer seguir. La vida, conforme pasa, suele dar menos motivos para asirse a ella.

Mi hermano, en otro de sus aciertos, me hizo llegar la afirmación de Subutex. En el juego de las referencias me otorgó el nombre de Kosovo. Yo, por mi parte, he decidido darle a mi amuleto el nombre de Beirut. Kosovo es a fin de cuentas una región, Beirut una ciudad bombardeada una y otra vez. La novela de Zena El Khalil lo cuenta, lo refiere, la retrata, la vida juvenil en medio de los bombardeos. Por eso he decidido llamar a mi amuleto Beirut y a mí mismo darme como segundo nombre Kosovo. Aunque no lo parezca, los segundos nombres son importantes. No los que nos han sido dados, sino los que labramos. Cuando pienso en mi padre, por ejemplo, su segundo nombre es el  de constructor; cuando en mi madre, es eclosión; en mi hermano, el sabio; en mi hermana, la solidaria; una de mis tías, la caminante; la otra, la maestra, y así, la gente que me es cercana, tiene para mí su segundo nombre. El de algunos es tan feo, terrible, que prefiero dejarles solamente su nombre de pila, porque el segundo parece el de una enfermedad, una devastación, una desgracia. Pero mi amuleto roto solamente tiene uno, Beirut; yo, roto y bombardeado, Kosovo.

Beirut permanece en mi escritorio. Kosovo pasa a Beirut por su corazón, su boca, su cabeza, cual si fuera el necesario ritual de una urgente travesía. Pronto o tarde, Kosovo regresará a su nombre de pila y Beirut asumirá el nombre de un paisaje.

martes, julio 05, 2016

Desencuentros rojinegros*

La huelga en la UNAM era ya una caricatura de sí misma. Los meses, el acoso y la intolerancia habían hecho lo suyo. Por una causa aún inexplicable para mí, fui de los pocos no expulsados de la huelga. Los “activistas” que quedaban en la facultad de Filosofía y Letras me detestaban pero a saber por qué me toleraban. Recuerdo las últimas semanas de la huelga como una sucesión de días monótonos y cansinos, sin perspectiva alguna para el Consejo General de Huelga, que anunciaban la debacle de un movimiento con el que nunca me sentí cómodo. Aquellos días, aprovechando que aún podía ingresar, daba vueltas por Ciudad Universitaria, incrédulo de su semejanza con el desierto.
            Para entonces, el rector Juan Ramón de la Fuente había propuesto la estrategia que muchos vieron con buenos ojos: poner fin a la huelga mediante una consulta universitaria. Uno de esos días recibí una llamada de mi amigo Eduardo: por instrucciones de la administración de la facultad, nos invitaba a mí y a Nahuatzen a una reunión para platicar sobre la consulta.
            Con varios compañeras y compañeros, entre ellos Nahuatzen, intentamos por un tiempo y desde dentro redefinir el rumbo de la huelga. Nos hicimos notar, pero fracasamos rotundamente. Muchos de ese grupo, el que realizó el “Encuentro por la Universidad”, del que salieron algunas publicaciones que creo siguen siendo pertinentes, se fueron por voluntad propia u obligados por la intolerancia de un CGH mermado.
            Me sorprendió la propuesta de reunión. Ya no éramos nada, ya nadie era nada. Lo entendí como un acto de desesperación. Mi amigo, en cambio, como un reconocimiento. Nos citaron en una casa de Coyoacán. La reunión fue tersa. En parte porque entre Nahuatzen y yo fluía una corriente de simpatía e ironía que con frecuencia nos hacía estallar en carcajadas. En parte porque el representante de la Dirección de la facultad, Josu Landa, nos conocía bastante bien: tiempo ha que nos habíamos conocido, confrontado, y solucionado nuestros desacuerdos.
            Antes de entrar en materia, hablamos sobre cualquier nimiedad. Luego nos pusimos serios. Josu Landa fue claro: nos dijo que nosotros “representábamos” algo, que el estudiantado nos conocía, y que nuestra colaboración en la consulta era importante para alentar la participación. Sensible al fin, después de explicar su punto de vista, se retiró para que Nahuatzen y yo conversáramos sobre su propuesta.
            Lo discutimos bastante. Coincidimos en que era necesario levantar la huelga, que la existencia de la UNAM desde hacía meses estaba en riesgo. Pero discrepamos sobre la consulta: para mí, tan sólo era un pretexto para la entrada de la policía; para él, era dar un paso legítimo que muy probablemente terminaría con la entrada de la policía a la universidad. Discutimos mucho porque no se trataba de un asunto de matiz. Yo me negaba a justificar un acto de autoridad.
            Al salir de la casa de Coyoacán, Nahuatzen y yo caminamos en silencio. Ambos sabíamos que algo se había fracturado entre nosotros. No hubo ironía ni necesidad de decir nada. Luego de unas cuadras nos despedimos. Él colaboró en la consulta, yo ni siquiera voté. Cuando la policía entró a la universidad, una marcha enorme de protesta se organizó. Salió de CU; llegó hasta el Monumento a la Revolución. Allí estuvimos varios de aquel grupo que se disolvió andando el tiempo de la huelga, pero no recuerdo haberlo visto a él marchando. Quizá solamente no lo vi.
            Nahuatzen y yo nos seguimos frecuentando. Tras aquello nos encontramos en trincheras distintas. Por un tiempo ambos trabajamos en el gobierno de la ciudad, en áreas que eran rehenes de “corrientes” diferentes. Pese a ello, solíamos sentarnos a solucionar los problemas que debíamos solucionar. Lo hacíamos como amigos, como universitarios.
            Poco tiempo después Nahuatzen murió. Nunca tocamos el tema de la consulta ni nuestras posturas al respecto. Ninguno de los dos se benefició de la huelga o de esa reunión. Al contrario, de alguna manera, nos exiliamos de la universidad. Yo sigo parcialmente en esa condición.

            Así que parte de mi recuerdo personal de la huelga es poco edificante. No sólo porque terminó en el descrédito, aunque reconozco que pareció salvar a la UNAM del destino neoliberal que le tenían preparado, sino porque, entre otras muchas cosas, la asocio a una fractura, al exilio, a una muerte.

*Este texto lo escribí en febrero de 2014  para un libro conmemorativo de la huelga de 99 que, me parece, nunca salió a la luz. Lo dejo como recuerdo de ciertas cosas.

sábado, junio 11, 2016

La sonrisa de la libélula

La sonrisa de la libélula

Texto leído el día 11 de junio en el Faro de Oriente


Nos convoca hoy, en el inicio de los festejos de los 16 años de existencia del Faro de Oriente, un libro y una experiencia multifacética. El libro Fábricas de Artes y Oficios de la ciudad de México. Quince años de navegar el siglo XXI, publicado por la editorial Trilce, con su inconfundible sello de saturación de imágenes, poco discurso escrito, numeralias, tipografía que simula la que antaño hacían máquinas de escribir Olivetti necesitadas de mantenimiento (como si eso le diera un aura que en verdad solamente el tiempo transcurrido puede otorgar), narra –con una suerte de estilo impresionista– la historia de la Red de Faros de la ciudad de México y las particularidades de cada una de las Fábricas de Artes y Oficios que la conforman: Oriente, Tláhuac, Milpa Alta-Miacatlán, Cuautepe-Indios Verdes, y otro más que en este mes de junio se inaugurará: el Faro Aragón-Cine Corregidora. Se trata de un libro equilibrado, con ejes temáticos bien establecidos, pensado y hecho por la entrañable y muy inteligente María Rivera, quien ha estado muy cerca de esta Red desde la fundación del primer Faro, este, el de Oriente, en el año 2000, hasta el día de hoy.

Si ustedes lo leen –y ojalá lo hagan, no tiene desperdicio– les quedará claro el origen de cada una de estas fábricas, su historia, el espacio y el entorno donde se erigen, las áreas operativas que les constituyen, su vocación, y un pequeño conjunto de historias personales o colectivas llamadas perfiles que, dicho sin demeritar el resto de las participaciones, resulta la parte más interesante porque “aterriza” lo que de manera abstracta e incluso teórica se quiere decir sobre la Red de Faros de la Ciudad de México.

Junto con estos perfiles, las fotografías que lo ilustran, algunas de ellas en verdad espectaculares, realizadas por fotógrafos de casa, nos hablan desde la mirada: la mirada que está detrás de la lente, la mirada de los que mirando viven la experiencia Faro, la mirada de los que mirando esta experiencia miran su ciudad. Fotografías que son en sí mismas un discurso de lo urbano marginal, del conflicto y de la duda, de la alegría y de la belleza, de la esperanza y de la exploración que solamente desde allí se puede percibir y fijar en ese momentáneo pero eterno juego de luz que es la fotografía.

Cabe destacar la portada y contraportada de este libro: un conjunto de motivos (estampas, grabados, graffitis, sticks) que llama poderosamente la atención por su fuerza. Si se les observa con detenimiento se encuentran incluso leyendas inquietantes o sugerentes, como la que sostiene un orangután que en inglés dice “Ríe ahora, pero algún día estaremos al mando”, o esa otra que cual rezo de bienvenida dice “Hola libertad”, o esa otra que como exigencia creativa sugiere: “Destruye todo el diseño”. No estoy seguro de que todo este conjunto de motivos, como síntoma que es de lo que se hace en los faros, sea una nueva estética, pero sí estoy convencido de que se trata de una que los catrines de la ciudad, los formados en la educación formal, prefieren obviar e ignorar.

Una de las fotografías que contiene este libro (pág. 137), cuya autoría es de Jesús López, nos muestra a una mujer joven practicando danza área en el Faro de Tláhuac. Más allá de su estética, de su discutible manipulación digital, lo que embelesa es esa mujer cuya sonrisa la motiva el logro de estar en vilo, como si en consonancia con la libélula que tiene tatuada en su espalda, visible gracias al pronunciado escote de su leotardo, ella misma pudiese volar. Esta imagen de alguna manera sintetiza eso que tanto quiere definirse como modelo Faro, eso que de manera atinada en este libro se refiere como experiencia.

En efecto, lo que la mujer de esa fotografía experimenta es una relación creativa consigo misma y lo que transmite es una sensación de plenitud. En otras palabras, lo que allí vemos gracias al lente de Jesús López es a una mujer inventándose a sí misma, y esta invención concita la percepción de una plenitud que, de alguna manera, parece ayudarle a mantenerse en el aire además de, por supuesto, las telas en torno a sus brazos y piernas y la técnica adecuada para tal efecto. Para quien quiera y sepa mirar, allí está cifrado el misterio del modelo Faro y la esencia de su experiencia.

El éxito de las Fábricas de Artes y Oficios de la Ciudad de México reside en que se proponen, y logran, ofrecer la posibilidad de la invención de sí mismo a través de un oficio y su estética en medio y en contra de una realidad globalizada que lo que otorga es la programación de una individualidad ad hoc a la pobreza generalizada, no sólo material sino también espiritual, en que vive el mundo contemporáneo. Ante el imperio del fragmento que es la vida cotidiana actual, la degradación de esta vida en instantáneas facebookeras y twitteras, el entusiasta sometimiento a la explotación y caducidad programadas, la resignación ante la barbarie disfrazada de discursos de superación personal, y la confusión del compromiso social con el emprendedor que emprende allí donde la oportunidad de negocio profundiza el desastre, la plenitud que la Red de Faros ofrece como posibilidad y realidad llama mucho la atención: de aquí el enrome prestigio que posee. El modelo y experiencia Faro va a contracorriente de lo que sucede precisamente porque ofrece la posibilidad de la invención personal con otros en una realidad que exige y demanda sumisión total y solitaria. De esto hablan de una u otra manera todos los testimonios, los de ellas, los de ellos, que se aglutinan en la sección de perfiles de cada Faro en este libro. Remiten a esta experiencia creativa, a esta sensación de plenitud, a este encontrarse en un laberinto no escogido e inmerecido que en cada Faro parece haber encontrado su merecida salida.

Esto mismo aparece en lo que de manera un tanto laxa en este libro se llama vocación de cada Faro: la de Oriente, artes plásticas; la de Tláhuac, danza área y performance; la de Milpa Alta, Telar de Cintura y Globos de Cantoya; la de Indios Verdes, la danza; la de Aragón, lo audiovisual. No puede pasar inadvertido lo que hay de implícito en estas vocaciones. Todas ellas, salvo la de Aragón que aún está por verse, se encuentran estrechamente vinculadas a la experiencia misma del cuerpo y sus sentidos. Lo cual en sí mismo es ya toda una propuesta si se considera que actualmente al cuerpo se le sacrifica con un doble desdén acompañado de una consideración meramente utilitaria. Usualmente al cuerpo no solamente se lo considera como “opuesto” al pensamiento y lo racional, sino también como la cuna de todos los  pecados, nido de todas las tentaciones y ejecutor de todos los impulsos que suelen llamarse “irracionales”. Lo que de él en realidad se quiere en la sociedad actual es su ordenado, controlado y reprimido funcionamiento que facilite una dócil adecuación a la máxima explotación con la mínima inversión posible, o en su defecto, la reducción de su vitalidad al de una mercancía apetecible que incite al consumo y en ese sentido una constante renovación antes de su programada fecha de caducidad (vaya la reiteración del botox antes del ataúd, la compra de la juventud antes del colapso final). En suma, lo que se propone en nuestra sociedad globalizada como ideal es un cuerpo fragmentario, disminuido, vigilado, reprimido, vuelto mercancía. Contra esto precisamente se erige la experiencia de los faros: en ellos el cuerpo es fundamento, no medio; es razón, no pretexto; es motivo, no excusa. También por esto la fotografía de la mujer de danza aérea a la que he aludido es importante: porque en esta batalla por la liberación y resignificación del cuerpo son las mujeres las más comprometidas, las más decididas, las más radicales.

Estas y muchas otras cosas pueden ustedes encontrar en este libro y en la experiencia multifacética de los faros de la ciudad de México. Vale la pena sumergirse 
en el libro e ir a cada faro. Generalmente uno acaba enamorándose de estos espacios entrañables.

Desde este lugar, la primera Fábrica de Artes y Oficios de la ciudad, el Sol podría decirse de uno de los proyectos más importantes de los gobiernos electos democráticamente en esta ciudad, es necesario reconocer y aplaudir a quienes con su hacer se han hecho de él y del resto de la fábricas. Felicitemos a quienes han hecho posible la existencia de esta experiencia: a los que la idearon, a los que la fundaron, a los que la operan, y a los que la viven.

También es necesario reconocer que el Faro de Oriente es, además de todo, un gran semillero. Si el Faro de Oriente surgió como una alternativa ante el páramo cultural que en los noventa del siglo pasado se podía constatar en gran parte de la ciudad, particularmente lejos de su consentido corredor del centro al sur, hoy, a 16 años, el panorama es cualitativamente distinto: inspirados, rozados, engullidos, expulsados por la experiencia de este lugar, muchos promotores culturales, talleristas, artistas, etcétera, se han esparcido por la ciudad fundado y operando sus propios espacios. Podría decirse que el Faro de Oriente no solamente ha ganado en el discurso, sino que felizmente se ha vuelto un virus altamente contagioso que alcanza ya a gran parte de la ciudad e incluso otras latitudes nacionales e internacionales.


Y justo por su condición de sol y semillero tiene un deber ineludible: el de impulsar la creación de un nuevo universo y nuevo jardín del edén, podría decirse. Me parece le ha llegado el momento de dejar de pensarse como centro para convertirse en fundamento. Este giro me parece es importante para consolidar la Red de Faros de la Ciudad de México. Es necesario que el Faro de Oriente asuma y se sume, con su experiencia, con su inteligencia, con su apertura y rebelde bondad al nuevo reto que la actual ciudad le demanda, esto es, la invención de un nuevo universo, de un nuevo jardín, de una ciudad muy otra, en la que el festivo, juguetón y hasta desesperado intento por reinventar lo humano se imponga sobre la fría forma de la mercancía y el helado paisaje de la barbarie que prevalece hoy en día en sus calles, en el país y el mundo. Vaya, una ciudad, un país, un mundo, donde impere la sonrisa de la libélula.