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miércoles, agosto 24, 2016

La peor lágrima

Un día, un golpe. Descubre entonces que ha girado al rededor de un portentoso centro innombrable. El descubrimiento es sorprendente a la vez que doloroso. Como sucede con todo lo que sorprende y duele, quiere desentenderse de eso. Lo que más le desconcierta es que en tanto innombrable no es comunicable. Poco puede afirmar o pensar sobre ello por tanto. Para salir al paso, quisiera considerarlo como un error, pero sabe que al carecer de nombre la experiencia en sí no puede ser equívoca. En ese girar cual hoja en un remolino de agua se da cuenta que otra persona está también girando, azorada. Quiere decirle algo pero la experiencia consume a ambos. Una lágrima silenciosa les habita porque aunque saben que lo que sigue es nombrar lo innombrable, cual han hecho los demiurgos del mundo, se sienten tentados de dejarse ir a un lugar más apacible, lejano de ese remolino. La renuncia, la huida, como anestesia para la experiencia de lo innombrable. Esa es la peor lágrima, piensas.

jueves, agosto 11, 2016

Aquí

Aquí, en la esquina de piedra, veo florecer amores juveniles, pasiones bulliciosas, entusiastas pláticas sobre el hoy y el mañana. En esta esquina de piedra, con el viento jugando a ser una tímida caricia, me veo ausente, meditabundo, casi perdido. Conmigo mi sombra, conmigo palabras que se estiran y cierran como fuelle de acordeón. Desde esta esquina de piedra o una parecida, el poeta escribió De un tiempo a esta parte. En esta esquina de piedra, unos mueren un poco, y otros nacen cada vez más.

domingo, julio 24, 2016

Beirut y la urgente travesía

Nunca supe cómo ni cuándo sucedió. Pese a todos mis cuidados, mi amuleto, particularmente significativo por la persona que lo escogió y lo trajo desde los territorios liberados de Chiapas, se rompió. Por supuesto, cuando lo vi, me puse triste pero no le di mayor importancia. Con delicadeza, en un pedazo de seda guardé las dos partes que antes eran una sola.

Sin buscarlo me lo encontré. Al desenvolver la seda me sobrecogió ver las dos partes de mi amuleto. Por un instante pensé que lo sucedido de alguna manera presagió mis propias rupturas: la del tendón, la del conducto inguinal, las otras. No pude dejar de sentirme hipnotizado por esas dos partes. Una hipnosis que casi inmediatamente se convirtió en angustia por no poder precisar si por descuido o “destino” se rompió.

Lentamente hago el intento de unir ambas piezas que para mi sorpresa embonan perfectamente. Por una mera ilusión óptica parece quedar completo y reparado. No obstante, sobre su superficie aparentemente reconstruida todavía puede observarse un pequeño orificio que no oculta la grieta que rompe su ilusoria unidad. Aún así, con una mezcla de alegría y tristeza, lo tomo para ponérmelo en el corazón, después en la boca, luego en la frente. Diría que este acto lo hice instintivamente pero mentiría, lo vi en algún documental o película. Dudo de su magia, pero ofrece consuelo; tranquiliza mis pensamientos, regula el latido del corazón.

Lo dejo así, ficticiamente arreglado, sobre la mesa de trabajo mientras pienso en ese maravilloso párrafo de Pessoa que mi hermano me hizo llegar con la intención de mitigar el desequilibrio de mi ánimo. El poeta portugués instruye sobre el cambio y la travesía para no quedarse al margen de uno mismo. Habla de la necesidad de dejar la ropa amoldada al cuerpo, los caminos conocidos que conducen al mismo lugar. Con todo, no dice nada de cuando la ropa, los caminos, la persona misma y su voluntad están rotos. Hay que emprender la travesía sí, pero roto. No es lo mismo, aunque parezca igual.

Es aquí cuando mi amuleto decide darme una lección inolvidable: reconstruir lo roto exige algo de arte, cuidado y ternura, aunque nunca podrá ahuyentarse u olvidarse por completo su evidente fragilidad. Ahí está el pequeño orificio que revela la grieta, la ausencia que hace imposible la unidad definitiva, una unidad que no podrá alejarse de las riveras de la añoranza. No hay manera de olvidar que está roto, que se está roto: en mi caso las cicatrices de mi dedo, de mi ingle, las heridas de mi alma que espero pronto se vuelvan cicatrices no me lo dejarán olvidar nunca, pese a los parabienes de quienes con actos de cariño, sonrisas y manos tendidas hicieron y siguen haciendo de manera sincera, sin abandonar el barco en picada, acto de presencia en estos meses difíciles. Un puñado de personas se ha vuelto un conjunto de pequeños oasis de existencia en medio de un cúmulo de heridas, cicatrices, dolores, sinsabores.

Quizá a esta condición se refiera el novelista Vernon Subutex con aquello de que pasados los cuarenta todos parecemos una ciudad bombardeada: eso nunca pasa del todo, nunca se olvida, está presente en lo material, en lo espiritual, en la memoria. Pero así, roto y bombardeado, hay que emprender la travesía. No se trata de la necesidad de abandonar la comodidad para no perderse sino de una suerte de urgencia artística, cariñosa y paciente para con uno mismo si lo que se quiere es en verdad seguir viviendo de una u otra forma, pese a saber de la fragilidad, de que en cualquier momento vendrá de nuevo el golpe preciso en la grieta que nos hará estallar. El problema, como siempre, es querer seguir. La vida, conforme pasa, suele dar menos motivos para asirse a ella.

Mi hermano, en otro de sus aciertos, me hizo llegar la afirmación de Subutex. En el juego de las referencias me otorgó el nombre de Kosovo. Yo, por mi parte, he decidido darle a mi amuleto el nombre de Beirut. Kosovo es a fin de cuentas una región, Beirut una ciudad bombardeada una y otra vez. La novela de Zena El Khalil lo cuenta, lo refiere, la retrata, la vida juvenil en medio de los bombardeos. Por eso he decidido llamar a mi amuleto Beirut y a mí mismo darme como segundo nombre Kosovo. Aunque no lo parezca, los segundos nombres son importantes. No los que nos han sido dados, sino los que labramos. Cuando pienso en mi padre, por ejemplo, su segundo nombre es el  de constructor; cuando en mi madre, es eclosión; en mi hermano, el sabio; en mi hermana, la solidaria; una de mis tías, la caminante; la otra, la maestra, y así, la gente que me es cercana, tiene para mí su segundo nombre. El de algunos es tan feo, terrible, que prefiero dejarles solamente su nombre de pila, porque el segundo parece el de una enfermedad, una devastación, una desgracia. Pero mi amuleto roto solamente tiene uno, Beirut; yo, roto y bombardeado, Kosovo.

Beirut permanece en mi escritorio. Kosovo pasa a Beirut por su corazón, su boca, su cabeza, cual si fuera el necesario ritual de una urgente travesía. Pronto o tarde, Kosovo regresará a su nombre de pila y Beirut asumirá el nombre de un paisaje.

sábado, enero 23, 2016

Convalecer

Hay algo en el dolor que ata. El dolor físico, y ese otro dolor indefinido que podríamos decir se ubica en el alma. A esta hora, llevo acumulados dolores físicos muy particulares después de la operación a la que fui sometido. Y también dolores del alma. Pero lo que me sorprende es la cantidad de ondas de ternura y cariño que me llegan sea por medio de las palabras y actos, sea incluso por esas extrañas sensaciones compartidas a distancia sin mediar palabra alguna salvo para describir el suceso. Quizá sea esto lo que más me conmueve. Y estas lágrimas que de pronto y sin permiso brotan poco tienen que ver con el dolor y más con esa ternura. En esta muy voluntaria soledad, esa ternura se convierte en agradable cobija del corazón y del cuerpo que envuelve esos dolores físicos. Y así, cobijado, me sorprendo de la actitud de mi mano derecha para con mi izquierda. Recuerdo al Dalai Lama hablando sobre cómo una mano ayuda a la otra cuando está lastimada, no la castiga, no la penaliza. Así la una acarciando a la otra, hablándole con un lenguaje mudo Definitivamente muchas cosas me sorprenden, la mayoría de ellas triviales, pero así es como pasa uno la convalecencia: acostado, solo, pensando, y por fortuna sintiendo demasiado otras tantas cosas, no únicamente ese dolor físico que no cede.