martes, febrero 12, 2008

Trastocado

Arrobado miraba a la Diosa. Su silueta enmarcada le daba la certeza de su existencia como súbdito. Dueña y señora del territorio del imaginario y del deseo, de la aspiraciones y de los rezos, él sólo podía adorarla como lo hacen los súbditos, de manera reverencial.

Pero la vida, que siempre tiene su ironía, le obsequió la posibilidad de lo impensable: acercarse a la Diosa, estrecharla, besarla, olerla, penetrarla. El súbdito supo entonces que se hallaba en el paraíso.

Un paraíso ciertamente efímero que sin embargo lo trastocó para siempre.

Desde entonces ya no sabe de su existencia ni como súbdito ni como Dios. Vive sin vivir.